Martes, 12 de febrero de 2008

El turista ap?tico
Arturo P?rez-Reverte


Estoy sentado en la terraza de un caf? de la plaza de San Marcos, en Venecia, mirando a la gente que hace cola para subir al campanario, desde donde hay una vista espl?ndida de esta ciudad singular. Eso de la vista espl?ndida lo digo por boca de terceros, pues nunca he subido all? arriba. Hace trece a?os ?desde que me jubil? de reportero dicharachero de Barrio S?samo? que paso aqu? cada Nochevieja. Conozco bien la ciudad, pero sigo sin saber c?mo se ve Venecia a vista de gaviota. Nunca sub? al campanile ni a donde los caballos, arriba, en la catedral. Ni creo que lo haga. No soy muy de alturas, e incluso algunas bajuras siguen sin darme fr?o ni calor: cero grados. Quiero decir con esto que soy un turista m?s bien ap?tico, de los que coleccionan pocas fotos. O ninguna.

Jam?s sub? a la torre Eiffel, por ejemplo. En Gizeh siempre me qued? sentado a la sombra de la Esfinge, fumando un cigarrillo, mientras ve?a desplomarse a lo lejos, rodando pir?mides abajo, a turistas osados y sudorosos que a?ad?an el infarto de miocardio a sus bonitos recuerdos viajeros. Lo mismo hice en Teotihuacan, en Notre Dame, en Samarra, en Nueva York y en cuantos lugares recuerdo. ?nicamente en Waterloo recorro siempre todo el campo de batalla y subo hasta el le?n; pero h?ganse cargo: se trata de Waterloo. Por otra parte, no es cuesti?n de trepar o no trepar. Viajo desde hace cuarenta a?os, pero hay ciudades y lugares donde conozco, pese a frecuentarlos de toda la vida, s?lo algunos hoteles, caf?s, restaurantes o librer?as, unas calles, un puente o un paisaje. En Par?s apenas salgo de la orilla izquierda, en Florencia me muevo entre el r?o y un par de plazas, en Buenos Aires pocas veces me alejo del caf? La Biela, ni en Culiac?n del mercadito Buelna o la cantina La Ballena. Las incursiones fuera del territorio habitual me dan pereza. Hay monumentos famosos que nunca vi, museos que nunca visit?, paisajes que nunca admir?; mientras que otros podr?a dibujarlos de memoria, detalle a detalle, si tuviera mano. Como dice uno de los marinos de La carta esf?rica ?y disculpen que me cite, pero viene al caso?: ?Baj? a tierra en Panam? y s?lo llegu? hasta el primer bar?.

Creo que esa apat?a parcial viene de mis tiempos de reportero, cuando viajar era un trabajo y no una actividad relacionada con el ocio. Era frecuente, entonces, llegar a una ciudad, ir al hotel, trabajar en la zona concreta del conflicto, enviar las cr?nicas y regresar cuando aquello dejaba de ser noticia, sin tiempo para otra cosa. Tengo la memoria llena de trozos de ciudades que conoc? de ese modo: San Salvador, Beirut, Nicosia, Teher?n, Yamena, Managua, Jartum, Bagdad, Sarajevo? Casi todas figuran en mis recuerdos reducidas a lugares concretos, bares, hoteles, caf?s, tugurios, calles y plazas que a veces corresponden a paisajes sombr?os, desprovistos de gente y de vida. En esta memoria incompleta de ciudades y lugares, no siempre hay visi?n de conjunto, referencias art?sticas, monumentales o tur?sticas. Eso imprime una especie de car?cter, supongo. Una forma de mirar. Resignaci?n ante lo que ves, lo que puedes ver y lo que nunca ver?s. Ante lo que ya te da igual ver o no. Supongo que uno ??se al menos es mi caso? establece su territorio en cada sitio: sus referencias estables, acogedoras, seguras. Aquello que controla, que conoce. ?mbito donde la sorpresa o la incertidumbre se reducen hasta l?mites razonables. Donde no se pisan minas. Despu?s, creo, llevas contigo esa forma de ver las cosas al resto de tu vida, a los lugares en apariencia ordenados y tranquilos. Y estableces all? el mismo esquema, la misma visi?n del espacio propio. Supongo que s?. Creo que eso es lo que me pasa.

Adem?s, resulta c?modo en los tiempos que corren. Ahora que la cultura se ha hecho democr?tica y todos tenemos derecho a orinar amontonados en su portal, y el nivel Maribel de ?sta se calcula en funci?n de los ocho segundos que el visitante permanece ante La batalla de San Romano, del n?mero de autocares aparcados ante la columna Trajana o de la longitud de las colas de turistas que, por decreto, desfilan este a?o ante los Goya del museo del Prado, la ausencia de ambici?n tur?stica puede ser, incluso, satisfactoria y pr?ctica. Te sientas en el rinc?n escogido, lees, piensas, miras. Da igual no verlo todo. En vez de correr de un lado a otro, empujando a la gente c?mara en mano, procuras exprimir discretamente el rinc?n que elegiste o te cay? en suerte, agot?ndolo hasta la ?ltima pincelada o la ?ltima piedra. No hay museo, real o metaf?rico, que pueda visitarse en una hora. Ni siquiera en una vida. Y a menudo las mejores salas, los mejores lugares, est?n vac?os. As?, adem?s, no te empujan y subes pocos escalones. Te cansas y te cabreas menos.


Tags: Arturo Pérez-Reverte, El turista apático

Publicado por carmenlobo @ 9:32  | P?rez-Reverte, Arturo
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