Martes, 01 de enero de 2008
Los presos de la C?rcel Real
Arturo P?rez-Reverte





Hoy vamos de historieta hist?rica, si me permiten. Merece la pena. En los ?ltimos tiempos, y por razones de trabajo, me he visto entre libros y documentos bicentenarios, de esos que a veces estremecen y otras te dejan una sonrisilla c?mplice cuando proyectas, sobre la prosa fr?a del documento, imaginaci?n suficiente para revivir el asunto. El de hoy se refiere al dos de mayo de 1808, cuando Madrid estaba en plena pajarraca insurreccional contra las tropas francesas. Es rigurosamente ver?dico, aunque parezca esperpento propio de una pel?cula de Berlanga. Y es que, a veces, tambi?n la Espa?a negra tiene su puntito.

Todo empez? con una carta escrita a media ma?ana, cuando la ciudad era un tiroteo de punta a punta, la gente sublevada peleaba donde pod?a, y la caballer?a francesa cargaba contra paisanos armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. La carta iba dirigida al director de la C?rcel Real de Madrid ?situada junto a la plaza Mayor, hoy sede del ministerio de Asuntos Exteriores? por Francisco Xavier Cay?n, uno de los reclusos, y estaba escrita en nombre de sus compa?eros: ?Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisi?n con sus compa?eros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros?. Entregada al carcelero jefe F?lix ?ngel, la solicitud lleg? a manos del director. Y lo asombroso es que, en vista del panorama y de que los presos, ya artillados de hierros afilados, tostones y palos, estaban montando una bronca de ?rdago, se les dej? salir a la calle bajo palabra. Tal cual.

Ahora imag?nense el cuadro. Sin mucho esfuerzo, porque la Historia conserv? los pormenores del episodio. De los noventa y cuatro reclusos, treinta y ocho prefirieron quedarse en el estarivel, a salvo con los boquis, y cincuenta y seis caimanes se echaron al mundo. Eran, claro, lo m?s fino de cada casa: gente del bronce y de pu?alada f?cil, chanfaina de los barrios crudos del Rastro, Lavapi?s y el Barquillo, brecheros, afufadores, jaques de putas, Monipodios, Rinconetes, Cortadillos, Pasamontes y otras prendas, incluido un pastor de cabras que hab?a dado unas cuantas mojadas a un tabernero por aguarle el morapio. Y, bueno. Como digo, salieron. De estamp?a. L?stima de foto que nadie les hizo. Porque menuda escena. Ignoro cu?ntas ermitas visitaron de camino aquellos ciudadanos para entonarse de uvas antes de la faena; pero unos franchutes, que manejaban en la plaza Mayor un ca??n con el que hac?an fuego hacia la calle de Toledo, vieron caerles encima una j?bega de energ?menos morenos, patilludos, tatuados y vociferantes, que a los gritos de ??Viva el rey!? y ??Muerte a los gabachos!? se los pasaron literalmente por la piedra de amolar, d?ndole ajo a siete. En pleno escabeche, por cierto, se incorpor? a la pe?a otro preso del talego del Puente Viejo de Toledo, que se hab?a abierto sin ruegos ni instancias, por la cara. Se llamaba Mariano C?rdova, era natural de Arequipa, Per?, y ten?a veinte a?os. Ven?a buscando gresca y se les uni? con entusiasmo. Ya se sabe: Dios los cr?a.

El zafarrancho de la plaza Mayor dur? un rato, y tuvo su aquel. Los presos dieron la vuelta al ca??n de los malos y le arrimaron candela a un escuadr?n de caballer?a de la Guardia Imperial que cargaba desde la puerta del Sol. Al cabo, faltos de munici?n, inutilizaron el ca??n y se desparramaron por las callejuelas del barrio, cachicuerna en mano, busc?ndose la vida. Entre carreras, navajazos y descargas francesas, palmaron el peruano C?rdova y el ilustre manolo del barrio de la Paloma Francisco Pico Fern?ndez. Su compa?ero Domingo Pal?n result? descosido de asaduras y acab? en el Hospital General, y dos presos m?s se dieron por desaparecidos y, seg?n los testigos, por fiambres. Pero lo m?s bonito, lo pintoresco del color?n colorado de esta singular historia, es que, de los cincuenta y dos restantes, s?lo uno falt? al recuento final. Entre aquella noche y la ma?ana del d?a siguiente, cincuenta y un cofrades regresaron a la C?rcel Real, solos o en peque?os grupos. Me gusta imaginar a los ?ltimos llegando al alba ?alguno visitar?a antes a la parienta, supongo? exhaustos, ensangrentados, provistos de armas y despojos de franceses, con los bolsillos llenos de anillos, monedas gabachas, dientes de oro y otros detallitos, tras haber hecho concienzudo alto en cuantas tabernas hallaron de camino. Con una sonrisa satisfecha y feroz pintada en el careto, supongo. Cincuenta y un presos de vuelta, y uno s?lo declarado pr?fugo. Cumpliendo como caballeros, ya ven. Gente de palabra.


Publicado por carmenlobo @ 15:13  | P?rez-Reverte, Arturo
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