Mi?rcoles, 12 de diciembre de 2007
Abordajes callejeros y otras situaciones

Patente de corso, por Arturo P?rez-Reverte




Soy el hombre m?s cort?s del mundo ?sostiene Heinrich Heine en sus Cuadros de viaje?. No he sido grosero nunca, incluso en esta tierra llena de insoportables bellacos que vienen a sentarse al lado de uno, a contarle sus cuitas e incluso a declamarle sus versos?? Aunque esa cita figura como ep?grafe en una de mis primeras novelas, no llego a tanto. Pero es cierto que, sin tener la delicadeza de don Enrique, nunca soy descort?s con nadie que me aborde por la calle, en un caf? o en donde sea, declamaci?n de versos incluida. Cada vez, haci?ndome cargo de las circunstancias, cierro el libro que leo o interrumpo la conversaci?n que mantengo, me pongo en pie si la situaci?n lo exige, saludo y firmo lo que haga falta. Hasta con nombre ajeno, cuando me confunden con otro. Sin pegas. Tambi?n me hago cientos de fotos con esos malditos tel?fonos m?viles con c?mara que ahora todo cristo lleva encima. Por supuesto, si alguien trae una novela m?a, la dedico con gusto y sincero agradecimiento. Todo eso tambi?n lo hago cuando me interrumpen ocupado en otras cosas, incluso aunque no est? de humor para la vida social. Pues todo hay que decirlo: la pe?a, en su espont?nea buena voluntad, no siempre es capaz de calcular la oportunidad del abordaje. Una cosa es que te digan que son lectores tuyos y que firmes la servilletita del caf?, y eso ocurra cuando est?s solo y relajado en un lugar tranquilo, leyendo el peri?dico. Otra, que pretendan hacerse fotos contigo llamando la atenci?n en un sitio donde quieres pasar inadvertido, o mientras una mujer te pide el divorcio, o cuando un amigo te cuenta que tiene c?ncer y le queda un telediario. Por ejemplo. Aun as?, trago. O suelo tragar. Es precio de la vida y del oficio. Adem?s, la gente ?ser lector de libros ya es un filtro razonable? suele ser comedida, y a menudo agradable.

A veces, sin embargo, la inoportunidad desarma tu cortes?a. Una vez, en Valencia, tuve que decirle que no ?sonriendo cort?s y sin detenerme? a una se?ora que exig?a aut?grafo y conversaci?n mientras yo iba con mucha prisa porque llegaba tarde a una cita de trabajo, y se qued? atr?s, llam?ndome de todo. En otra ocasi?n, un amable turista encaj? mal que me negara a fotografiarme con flash a su lado frente al altar mayor de la catedral de Granada, sin que mi explicaci?n ???ste no es lugar adecuado?? lo convenciera en absoluto. Aun as?, s?lo una vez mand? al individuo literalmente a hacer pu?etas. Ocurri? hace poco, en la calle Mayor de Madrid. Yo estaba parado en la acera, hablando por tel?fono, y un transe?nte daba vueltas alrededor, esperando a que terminase para decirme algo. Como mi conversaci?n se prolongaba, el hombre, impaciente, empez? a darme toquecitos en el hombro. Lo mir?, sonre?, hice un adem?n indicando el tel?fono y segu? mi conversaci?n. El tipo esper? unos treinta segundos y volvi? a tocarme el hombro. Dej? de hablar y lo mir? inquisitivo. ?T? eres Reverte, ?verdad??, dijo entonces el fulano. Compuse otra sonrisa de excusa ?esta vez me sali? algo crispada?, segu? hablando por tel?fono, y el pr?jimo, tras esperar un poco m?s, volvi? a tocarme en el hombro. ?Te sigo mucho?, dijo. Ah? fue, lo admito, donde ya no pude contenerme: ?Pues deje de seguirme ?dije? y v?yase a hacer pu?etas?.

En cualquier caso, nada de eso puede compararse con lo que me ocurri? hace alg?n tiempo, en el hoy desaparecido Gran Bar de Cartagena. Hab?a entrado un momento en los servicios de hombres, yendo a situarme cara a la pared, donde uno se sit?a en tales lugares. El mingitorio vecino, separado del m?o por un peque?o panel de m?rmol, estaba ocupado por un individuo, y all? nos alivi?bamos ambos, codo con codo, cada uno ocupado en su asunto. De pronto, a media faena, el fulano se volvi? a mirarme y exclam?: ??Anda la hostia, si es P?rez-Reverte!?. Imaginen mi situaci?n. Aun as?, con cierta presencia de ?nimo, hice lo que pude: sin desatender la delicada operaci?n en que me hallaba, sonre? y, algo cortado, dije buenos d?as. Mi vecino de toilette deb?a de ser un lector entusiasta, porque no satisfecho con el intercambio verbal, se aplic? unas sacudidas monumentales en el instrumento para acabar pronto, dijo ?tanto gusto? y me tendi?, por encima del panel de m?rmol, una mano franca. No s? qu? habr?an hecho ustedes en mi lugar. Yo ten?a ambas manos ocupadas, por supuesto, donde pueden imaginar. Pero en la estrechez de aquello, no hab?a escapatoria. Adem?s, la sonrisa del fulano era feliz, resplandeciente de puro sincera. De verdad se alegraba de verme all?. As? que, resignado, liber? la diestra lo mejor que pude, y con ella estrech? la de aquel h... de p....



Tags: Arturo Pérez-Reverte

Publicado por carmenlobo @ 10:40  | P?rez-Reverte, Arturo
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