Viernes, 09 de noviembre de 2007
El dictador
El Pa?s, 2006



"Aunque nada pueda devolverte aquel tiempo del esplendor en la hierba y la gloria de las flores, no debes dolerte por ello; en la belleza que qued? atr?s tienes que encontrar toda la fuerza". La gente de mi generaci?n dif?cilmente podr?a recitar estos versos de William Wordsworth. Treinta a?os han pasado, treinta veranos, treinta largos inviernos desde la muerte del dictador. A Franco lo juzgar? la historia, afirman a?n sus adictos; pero, de hecho, el juicio ya lo ha emitido el espejo corrosivo del tiempo donde su imagen va adquiriendo la forma de un esperpento aciago a medida que se aleja en el recuerdo. Desde esta altura de la vida uno vuelve la mirada y no encuentra en aquel espacio gris de la dictadura ning?n esplendor donde agarrarse, salvo que en medio de un pa?s aplastado por la miseria pol?tica, nuestra juventud estaba diluida en los placeres de la naturaleza y pese a todo nos cre?amos inmortales. El d?a en que enterraron a Franco una ni?a se hallaba en un desv?n, que ol?a a manzanas y desde all? o?a la voz de un cardenal que por la radio recitaba las exequias del muerto en la plaza de Oriente. Un tembloroso adolescente a su lado le pas? el cigarrillo para que diera la primera calada y el humo envolvi? tambi?n el primer beso y las primeras caricias con que la ni?a se inici? en el amor, mientras el sonido del funeral llegaba hasta el desv?n desde el jard?n donde brindaban sus padres con unos amigos. Treinta a?os han pasado. A partir del momento en que una losa de mil kilos cubri? los despojos del dictador, el azar comenz? a gobernar los sue?os de aquella ni?a, lejos ya de la voluntad del tirano. Su cuerpo espig? en la transici?n, tuvo otros amores en medio de la libertad y puede que hoy esa mujer asocie la dulzura del pasado al perfume de manzanas que dio sepultura a aquel terrible difunto. En cambio, nuestra generaci?n, vuelve hoy la mirada atr?s sin ira y s?lo halla un espacio color ala de mosca poblado de guardias desdentados, trenes desolados, aulas con olor a or?n escol?stico, ventanillas mugrientas, fritangas de calamares y chorizos banderilleados por un mondadientes, saba?ones que luego se convirtieron en anillos de oro de la especulaci?n y la paciencia infinita de las madres ib?ricas que limpiaban los mocos a sus ni?os en la sala de espera de los hospitales. Nada podr? devolvernos a nosotros el tiempo del esplendor en la hierba y la gloria de las flores. ?sa es la miseria del franquismo, el que nos haya arrebatado tambi?n la dulzura de la memoria.






Tags: Dictador; Manuel Vincent

Publicado por carmenlobo @ 12:21  | Vincent, Manuel
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