Viernes, 12 de octubre de 2007
La compa?era de Barbate
EL Semanal 23/09/2007

ARTURO P?REZ-REVERTE



Una vez, hace ya algunos a?os, estuve a punto de darme de hostias con un periodista de la prensa guarra porque me llam? compa?ero. Sal?a de cenar con una supermodelo francesa ?absolutamente tonta del culo, por cierto? que estaba a punto de rodar una pel?cula sobre una historia m?a, y un fot?grafo al acecho en la puerta del restaurante quiso inmortalizar el momento, no porque yo fuese carne de ?Hola!, sino porque la pava lo era, y mucho. Que me sacaran a su lado no me hac?a feliz, pero tampoco cortaba mi digesti?n. Son gajes del oficio. Lo que me quem? el fusible fue que, ante mi mala cara y poca disposici?n a colaborar, el paparazzo me dijese: ?Parece mentira, t? que has sido compa?ero?. Ah? me toc?, como digo, la fibra. Y sigui? un peque?o incidente que podr?amos resumir en mi comentario final: ?Yo era un buitre cabr?n como t?, pero un buitre cabr?n honrado. Nunca anduve fisgando co?os, y a ti nunca te vi en Beirut o en Sarajevo. As? que no hemos sido compa?eros en la puta vida?.

Me acord? el otro d?a de eso, viendo la tele. Un temporal de levante hab?a tumbado un pesquero a quince millas de Barbate, llev?ndose a siete u ocho tripulantes, y las familias aguardaban en el puerto para averiguar los nombres de los supervivientes. Hab?a all? un centenar de personas angustiadas e inm?viles, mujeres, hijos, hermanos, padres y compa?eros, esperando noticias con la entereza resignada y silenciosa de la gente de mar. Entre ellos se mov?a en directo una reportera de televisi?n, y las palabras se mov?a son exactas. No es que esa reportera se limitara, como se espera de su oficio, a informar sobre la tragedia con aquellas atribuladas familias como fondo, o muy cerca. A fin de cuentas, tal es el canon: una cosa sobria, elocuente, respetuosa, a tono con las tr?gicas circunstancias y el ambiente. Pero ocurr?a todo lo contrario. De acuerdo con las actuales costumbres de la fr?vola telebasura, la reporteriz bailaba, casi literalmente, entre aquella pobre gente, yendo de un lado a otro con saltar?n entusiasmo. En vez de informar sobre la desaparici?n de unos marineros arrastrados por el mar, parec?a hallarse, muy suelta y a gusto, en un plat? de sobremesa, en el estreno de una pel?cula o en una pantojada cualquiera del Qu? Me Cuentas o el Coraz?n De Entretiempo.

Les juro a ustedes que yo no daba cr?dito. No es ya que la torda fuese vestida y maquillada como quien sale de la redacci?n dispuesta a darle el canutazo a Jesul?n de Ubrique, a Carmen Mart?nez-Bordi? o a Rappel en tanga de leopardo. No es, tampoco, que el tono de su informaci?n, en vez de contenido y respetuoso como exig?a el drama de esa gente ?entre la que hab?a una docena de viudas y hu?rfanos?, fuese chill?n, superficial y marchoso en plan yupi, coleguis, como para darle vidilla al directo y animar a los telespectadores a enviar mensajes para ganar un viaje a Canc?n. Es que, adem?s, aquella prometedora joya del periodismo a pie de obra iba metiendo la alcachofa de corro en corro sin el menor pudor. Mas no crean ustedes que la desanimaban silencios o negativas expresas, ni se echaba atr?s ante quienes le volv?an la espalda neg?ndose a hablar, como ocurri? con un tripulante que hab?a tenido la suerte de no embarcar en el pesquero perdido: hasta tres veces tuvo que decir, el hombre, que no quer?a comentar nada de nada. Porque, fiel a las maneras impuestas en los ?ltimos tiempos por el infame callejeo de la telemierda, la periodista no se desanimaba ante silencios o negativas expresas, sino todo lo contrario: parec?a dispuesta a que esa tarde la ficharan, a toda costa, para el Cuate qu? Tomate. Crecida en la adversidad, inasequible al desaliento, segu?a movi?ndose de ac? para all? en busca de testimonios vivos para justificar el directo, como si en vez de en un velatorio marino se encontrase acosando a cualquier pedorra y a su macr? en el aeropuerto de M?laga. Y el momento culminante lleg? cuando, tras localizar a alguien dispuesto a decir ante la c?mara que su hermano estaba vivo y a salvo, la reportera casi dio saltitos de alegr?a, compartiendo a voces la felicidad de aquella familia como si acabara de tocarles el gordo de Navidad. Todo eso, a dos palmos de las caras hoscas de todas aquellas viudas, hu?rfanos y parientes cuyo d?cimo sal?a sin premio.

Pero, la verdad. Lo que m?s me sorprendi? fue que nadie le arrancara a aquella reportera dicharachera de Barrio S?samo la alcachofa de la mano, y se la encajara en la bisectriz. Ser? que la tele impone mucho, o que la gente humilde es muy sufrida. S?. Debe de ser eso.





Publicado por carmenlobo @ 11:17  | P?rez-Reverte, Arturo
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