Lunes, 10 de septiembre de 2007
La librera del Sena
ARTURO P?REZ-REVERTE
EL Semanal 5 de agosto de 2007



Cada cual tiene su Par?s, naturalmente. El m?o incluye algunos museos, restaurantes y caf?s, los soportales del Palais Royal, la casa de V?ctor Hugo en la plaza de los Vosgos, la estatua del mariscal Ney ?bravo entre los bravos? junto a la Closerie des Lilas, el le?n junto al que pasaron los republicanos espa?oles de la Divisi?n Leclerc, el Pont des Arts, la rue Jacob ?all? est?n mis editores gabachos?, alg?n anticuario al que soy fiel desde hace casi cuarenta a?os, una veintena de librer?as y los buquinistas del Sena. Esos puestos de libros viejos son mi recuerdo m?s remoto, la primera e inolvidable certeza que tuve, siendo un chiquillo, de que al fin estaba en el Par?s de Dumas, Stendhal, Balzac, Sue, Feval, Chateaubriand, Hugo y Maupassant. Las orillas del Sena ya no son lo que fueron, por supuesto. Los a?ejos libros, revistas y grabados han cedido el sitio a reproducciones burdas, postales y recuerdos para turistas; aunque, con tiempo y paciencia, puede desenterrarse a veces algo pintoresco. Hace a?os que no compro nada all?, pero siempre dedico un rato a pasear entre N?tre Dame y el Louvre, observando los puestos y a la gente detenida ante ellos. En ocasiones creo reconocerme, al otro lado del tiempo, en alg?n jovencito flaco de mochila al hombro al que veo husmear, con emoci?n de cazador inexperto, vocacional, en alguno de los puestos que ofrecen algo a quienes todav?a buscan y sue?an.

Tambi?n ella sigue all?, donde siempre. Ahora debe de rondar los cincuenta y ocho, o los sesenta. La he visto envejecer en cada una de mis visitas a esta ciudad, en cada paseo junto al Sena. La primera vez que la vi era yo un muchacho casi imberbe, y ella una atractiva muchacha de cabello rojizo que, a la hora de comer, sustitu?a a su padre en el puesto de libros. Me parec?a tan guapa e interesante que siempre me quedaba por all?, observ?ndola de lejos, fascinado por el aplomo con que se mov?a, su seguridad en la forma de ordenar los cajones, de atender a los clientes. A veces pasaba muy cerca, junto al puesto, y me deten?a a mirar tal o cual libro, sintiendo fijos en m? sus ojos, que eran de un singular color gris azulado. Se me pegaba la lengua al paladar. No me atrev?a a cambiar con ella m?s que alg?n saludo formal, a preguntar el precio de tal o cual libro, a pagarlo y decir gracias mientras me alejaba. Me parec?a inalcanzable, sacerdotisa de un mundo que yo veneraba. Hija de un buquinista, calculen. Guardiana de los fantasmas de mis viejos cl?sicos, cuyos nombres reluc?an en letras doradas alineados en el caj?n. En Par?s, nada menos. Y tan guapa.

Pas? el tiempo. Entre viaje y viaje la vi crecer, y yo tambi?n lo hice. Le?, anduve, adquir? aplomo, conoc? otras orillas del Sena. Cada vez que volv?a a esa ciudad la encontraba all?, atendiendo a los clientes o sentada en una silla, leyendo, ante el tenderete. Por supuesto, ni se fijaba en m?. Un d?a el padre muri?, o se jubil?, pues no volv? a verlo. Ahora era siempre ella la que abr?a los cajones sobre las once de la ma?ana y los cerraba al atardecer. Ni siquiera me reconoc?a de una vez a otra. Bonjour, bonsoir. As? pasaron unos quince a?os. Y al fin, cierto atardecer, despu?s de comprar un libro y sin pretenderlo ?as? ocurren estas cosas?, me qued? conversando con ella. Algo sobre la edici?n Garnier de Dumas, que yo buscaba. Cerr? el puesto, cogi? su bicicleta, caminamos por la orilla del r?o y nos detuvimos algo m?s lejos. Se mostr? locuaz. Demasiado. Y sentados en la mesita de una terraza frente al Louvre, mientras ella hablaba sin parar, comprend? que no ten?a nada que ver con la muchacha grave y silenciosa que yo hab?a imaginado durante a?os. Me pareci? esquinada, superficial. Y no demasiado inteligente. Hablaba de dinero y clientes con una frivolidad asombrosa. Tambi?n me cont? algo de su vida, divorcio incluido. Y cuando lleg? el momento de pausa inc?moda en que los ojos preguntan ?y ahora, qu?, sonre? cort?s, mir? el reloj, pagu? los caf?s y la acompa?? hasta el sem?foro. Despu?s camin? por la orilla del Sena, junto a los puestos cerrados, sintiendo desvanecerse una vieja sombra de juventud.

De aquella tarde han pasado m?s de veinte a?os. Ella sigue junto al Sena: unas veces el tenderete est? cerrado, y otras la veo de lejos, desde la acera opuesta. Ya nunca me paro all?. La ?ltima vez estuve un momento frente al escaparate de un anticuario, en cuyo cristal pod?a ver su reflejo. Era una tarde gris y de pocos clientes. Le?a, sentada. Imposible reconocer en ella a la muchacha de cabello rojizo. Tampoco reconoc? al hombre que la miraba desde el cristal.




Publicado por carmenlobo @ 20:53  | P?rez-Reverte, Arturo
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