Lunes, 09 de julio de 2007
La hoster?a del Chorrillo
Arturo Perez Reverte




Estoy sentado en una terraza, leyendo junto al viejo puerto del castillo del Huevo, en N?poles. Y me digo que los libros sirven, entre otras cosas, para amueblar paisajes. Llegas a tal o cual sitio, aunque nunca antes hayas estado all?, y las p?ginas le?das permiten ver cosas que otros, menos afortunados o previsores, no son capaces de advertir. Un islote despoblado y rocoso del Mediterr?neo, por ejemplo, es s?lo un pedrusco seco cuando quien lo contempla desconoce las peripecias de Ulises y sus compa?eros. Sin Lampedusa y su Gatopardo, Palermo no ser?a m?s que una calurosa e inc?moda ciudad siciliana. Quien viaja a M?xico ignorando los textos de Bernal D?az del Castillo o de Juan Rulfo, no sabe lo mucho que se pierde. Y no es lo mismo pasear por Oviedo, o por Buenos Aires, con o sin La regenta, Roberto Arlt y Borges en el curr?culum.

Con N?poles me ocurre exactamente eso. Amo esta ciudad pese a su car?cter ruidoso, sucio y ca?tico. Y la amo no s?lo por su bell?sima bah?a, sus islas pr?ximas y el mar venerable al que se asoma, sino por las im?genes y lecturas acumuladas durante toda mi vida: Curzio Malaparte, Tot?, Stendhal, el duque de Rivas, Sof?a Loren, Benedetto Croce, Giuseppe Galasso y tantos otros. Pero sucede que, aparte todo eso, en N?poles no soy extranjero; ning?n espa?ol lo es. Desde Alfonso V de Arag?n y durante trescientos cincuenta a?os, nuestra presencia fue intensa y constante, sobre todo en los siglos XVI y XVII, cuando esta ciudad y su entorno eran tan espa?oles como Andaluc?a, Vizcaya o Catalu?a. Aqu? estuvo Francisco de Quevedo con su amigo el duque de Osuna; y de este puerto, bajo las cuatro torres negras de Castelnuovo, salieron las galeras espa?olas para corsear en el mar de Levante, combatir la pirater?a turca y vencer en Lepanto. Soldados embarcados en esas galeras ?uno de ellos se llamaba Miguel de Cervantes? dejar?an cumplida constancia en memorias, relaciones y escritos. Todos, adem?s, hablaron de N?poles con c?lida a?oranza: clima templado, hermoso pa?s, dinero de botines para gastar, ventorrillos de Chiaia, mujeres guapas, manceb?as de la v?a Catalana, tabernas del Mandaracho y del Chorrillo. Ciudad magn?fica, la llamaron: pepitoria del orbe y escenario de su dorada juventud, cuando Espa?a era todav?a la potencia m?s poderosa de Europa, ten?a a medio mundo agarrado por el pescuezo y estaba en guerra con el otro medio.

As?, visitar esta ciudad es pasear tambi?n por la historia de Espa?a. Hasta el dialecto napolitano qued? trufado de espa?olismos espl?ndidos: mperrarse, mucciaccia, mantiglia, fanfarone, guappo. Las iglesias est?n empedradas de l?pidas funerarias con nombres de gobernantes, religiosos y soldados espa?oles, y en cada esquina despunta un recuerdo, un nombre, una referencia inalterada, directa: calle del Sargento Mayor, Trinidad de los Espa?oles, Santiago de los Espa?oles, v?a Toledo, v?a Catalana, calle de Cervantes, Barrio Espa?ol? Este ?ltimo, que todav?a se llama as?, Quartieri Spagnoli, es un conjunto de calles que durante el virreinato alberg? las posadas y casas particulares donde viv?an los tres mil soldados de la guarnici?n. Recorrer despacio sus calles adornadas con hornacinas de v?rgenes y santos supone moverse a?n por aquellos viejos siglos. Y si a uno lo acompa?an las lecturas id?neas, el itinerario se convierte en deliciosa incursi?n por el pasado y la memoria. Eso incluye tambi?n gui?os personales, pues me es imposible pasar por la esquina de la calle San Matteo con el vico della Tofa sin recordar que all? imagin? la posada de Ana de Osorio, donde el capit?n Alatriste e ??igo Balboa se alojaron en 1627, cuando serv?an en el tercio de N?poles. Y sin las relaciones de los veteranos soldados espa?oles ?ahora me refiero a las aut?nticas?, la v?a del Cerriglio, situada en otro lugar de la ciudad, no ser?a hoy m?s que una calle fea y desangelada; pero all? estuvo la famosa hoster?a del Chorrillo, frecuentada por la m?s ruda soldadesca del virreinato: p?caros, buscavidas, valentones y otras joyas de la chanfaina hispana. Visitarla con el eco de Alonso de Contreras, Miguel de Castro, Jer?nimo de Pasamonte o Diego Duque de Estrada en la memoria, subir esquivando inmundicias por la estrecha ?y muy sucia? calle de los escalones de la Piazzeta, permite detenerse, cerrar los ojos, escuchar y advertir cuanto late todav?a en sus viejos rincones; vislumbrar las sombras entra?ables que se mueven alrededor, habl?ndote al o?do de lo que N?poles fue, de lo que t? mismo fuiste, y de lo que somos. Entonces compadeces a quienes son incapaces de amueblar el mundo con libros.



Publicado por carmenlobo @ 10:22  | P?rez-Reverte, Arturo
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