Mi?rcoles, 20 de junio de 2007
El taxi maldito



Le hago la se?al al taxi al ver su lucecita verde y el cartel de Libre, y un segundo despu?s compruebo que hay otra persona en el asiento contiguo al conductor: una joven rubia. Demasiado tarde para dejar que el veh?culo siga adelante, pues se detiene. No es frecuente, pero ocurre: subir a un taxi a cuyo conductor acompa?a, durante parte del trayecto, un pariente, novia, esposa o lo que sea. No es agradable, pero tampoco hay mucho que objetar. Rechazarlo ser?a descort?s. As? que, resignado, abro la portezuela, doy los buenos d?as y me acomodo en el asiento posterior. ?A Felipe IV, n?mero 4?, apunto. Luego abro el cat?logo de una librer?a de viejo que acabo de recibir. ?Aza?a, Manuel. La invenci?n del Quijote y otros ensayos. 20 ??, empiezo a leer. El taxi arranca.

A los quince segundos comprendo que he cometido un error. Por los altavoces suena un bakalao estremecedor, pumba, pumba, que retumba en mi caja tor?cica. El taxista es joven, de la variedad macarra madrile?a en versi?n posmoderna, tatuajes y actitudes incluidas, que conduce a base de frenazos bruscos y golpes de volante, salt?ndose carriles mientras me zarandea de un lado para otro. Por si fuera poco, est? encabronado con su novia, que es la rubia que va en el asiento de al lado, delante de m?, con el pelo largo agit?ndose a un palmo de mi nariz a causa del viento que entra por la ventanilla abierta. ?Te digo que no passsa nada?, repite ?l una y otra vez, mientras la torda le pone morros y lo llama cabr?n por lo bajini. ?Y a esa t?a ?a?ade el taxista, sin especificar nombres? le voy a dar dos hostias por bocazas.? A tales alturas, el drama humano que se desarrolla a cuatro palmos de mis orejas impide que me concentre en el cat?logo. ?Conyers, Frank. Manual del tintorero y quitamanchas, 25 ??, leo distra?do. De pronto, el taxista hace otra maniobra brusca, frena, acelera, me doy contra el asiento de la rubia y pasamos por cent?metros entre un autob?s municipal y un mensaka en moto. ?No tengo ninguna prisa?, le digo con rintint?n ?o como se diga? al taxista, que ya me tiene algo acojonado. ??Qu???, responde el fulano, mir?ndome por el retrovisor. ?Dice que no corras tanto, gilipollas?, le aclara la pava, flem?tica. ??De qu? vas, t?a??, inquiere hosco el fitipaldi, mir?ndome de nuevo por el retrovisor como si me atribuyera toda la responsabilidad de la crisis. Me sumerjo de nuevo en el cat?logo, o lo intento. ?Mara??n, Gregorio. Ra?z y decoro de Espa?a. 40 ?.? Hay que joderse, me digo. Hay que joderse.

Quince frenazos, ocho golpes de volante y veintisiete zarandeos m?s tarde, con el bakalao haciendo pumba, pumba, un t?mpano descolgado y el otro flojo, y mientras la discusi?n entre la rubia y su pr?jimo sube de tono ?ahora mencionan a un tal Paco y a la madre de ella, que por lo visto se llama Encarni y vive en Legan?s? una maniobra absolutamente infame de mi taxista favorito hace que el conductor de una furgoneta increpe ?spero a mi primo el bielas. Desde mi privilegiado lugar de observaci?n asisto, casi en primera l?nea de fuego, al intercambio verbal entre el taxista y el furgonetero, que tiene un aspecto inmigrante del tipo Machu Pichu de toda la vida. ??Vete a cagar, panchito!?, sugiere el castizo. ??Hijoputa!?, responde bravo y sin achantarse el otro, que ya domina con soltura ?todo es ponerse a ello? la dial?ctica nacional. El taxista hace amago de bajarse, pero la rubia lo contiene. Arrancamos de nuevo. Otro aceler?n. ?Mussolini, Benito. La revoluci?n fascista. 35 ?.? El cat?logo se me cae al suelo. Al duod?cimo frenazo tras el incidente de la furgoneta, bailan las letras y hace un calor que se muere la perra. Tiene huevos: empiezo a sentir n?useas, yo que presumo de no haberme mareado nunca y comerme, en la mar procelosa, temporales crudos y sin pelar. Mientras lucho por no largar la pota y arrimo la cara a la ventanilla abierta para que me d? el aire, el pelo de la rubia, agitado por el viento ?seguimos circulando a toda leche mientras ellos discuten a grito pelado?, me roza las napias con muchas cosquillas. Estornudo como un descosido, hasta dislocarme el estern?n. Y no llevo encima un maldito cl?nex. ??Resfriado??, interroga la rubia, volvi?ndose sol?cita. ?Alergia?, respondo moqueando, a punto de echarme a llorar.

Frenazo. Fin de trayecto, gracias a Cristo. ?Felipe IV, caballero.? Les arrojo el precio de la carrera y salgo del taxi de estamp?a, cual morlaco desde toriles, cayendo en los brazos acogedores de un conserje de la RAE. Y con chirrido de neum?ticos ?llev?ndose el cat?logo, que con las prisas he olvidado en el asiento?, el taxista arranca y se pierde con su churri, haciendo pumba, pumba, tras el cas?n del Buen Retiro.



Publicado por carmenlobo @ 10:40  | P?rez-Reverte, Arturo
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios