Lunes, 04 de junio de 2007
El vendedor de loter?a
Arturo P?rez-Reverte



Desde que Alfonso, cerillero y anarquista, ya no monta guardia junto a la puerta del caf? Gij?n, no juego a la loter?a, ni a nada que tenga que ver con el azar, excepto cuando me acorralan por Navidad y en momentos as?. Ahora s?lo palmo cada diciembre en alg?n bar de la esquina, o con los conserjes que esperan emboscados junto al perchero del vest?bulo de la Real Academia, relami?ndose como francotiradores implacables, los malditos, para preguntarme cu?ntas participaciones quiero. Y no se trata de alergia a gastar viruta, sino de simple falta de fe. A diferencia de algunos conocidos m?os, habituales del d?cimo o del cup?n, y aunque uno de mis mejores amigos regenta un negocio de loter?a en Burgos y otro vende cupones de la ONCE en la esquina de la librer?a de El Corte Ingl?s, en la Puerta del Sol, nunca confi? en el golpe afortunado que de la noche a la ma?ana, alehop, soluciona la vida. Ignoro c?mo funcionan la bonoloto o el euromill?n ?ni siquiera s? si son lo mismo?, y carezco de experiencia en marcar o rascar. Si me ponen una quiniela en la mano, no s? qu? hacer con ella; entre otras cosas porque, a diferencia de Javier Mar?as, que es del Real Madrid ?cada cual tiene sus perversiones?, tampoco de f?tbol tengo la menor idea. De m?quinas tragaperras, ni les cuento. Todos esos botones, luces, colores y m?sicas me agobian lo que no est? en los mapas. Juro por el Cangrejo de las Pinzas de Oro que con tales artilugios me siento tan desconcertado y receloso como un pol?tico espa?ol delante de un libro. Del que sea. De cualquier libro.

Me gustan mucho, sin embargo, los vendedores ambulantes de loter?a. Me refiero a los tradicionales, especie que considero en franca extinci?n. A lo mejor, si me interesan es porque resulta cada vez m?s raro tropez?rselos en su aspecto cl?sico. Cambian las costumbres de la gente, claro. No somos los mismos. Ni siquiera nos damos los buenos d?as como hace diez, veinte o treinta a?os. A veces ni siquiera nos los damos. Tambi?n cambia el tipo de relaci?n social que hace posible ciertas cosas y descarta otras. A menudo eso ocurre para bien, y a veces para mal. En lo que a vendedores de loter?a de toda la vida se refiere, los que callejean ofreciendo sus d?cimos, hay ciudades, sobre todo hacia el sur de Espa?a, donde todav?a es posible verlos en su estado puro, habitual, de siempre. En Sevilla y C?diz conozco a un par de ellos, aplomados profesionales de lo suyo, a los que alguna vez incluso he seguido un trecho, observando con inter?s casi cient?fico su modo de abordar a los clientes. En Madrid tambi?n es posible dar con ciertos ejemplares impecables en los bares taurinos, o que anta?o lo fueron, como el Vi?ap? y alg?n otro de los que est?n entre la plaza de Santa Ana y la Puerta del Sol. Cuando estoy con una ca?a en la barra y los veo entrar, casi me pongo en posici?n de firmes. Palabra. Me gusta el modo antiguo, mezcla de familiaridad y respeto, con que se dirigen al personal, sus d?cimos por delante, sin molestar nunca. Prudentes y con ojo avezado, experto, sabiendo a qui?n y c?mo. Act?an sin descomponerse, cual si tomaran prestadas las maneras de las fotos de toreros que hay en las paredes, junto al cartel de tal o cual feria de San Isidro. Perfectos en lo suyo, profesionales, sin tutear jam?s, aceptando una negativa con la misma dignidad con la que puede aceptarse una honrada propina. A fin de cuentas, son ellos quienes le hacen un favor al cliente.

El otro d?a encontr? a uno de esos vendedores de loter?a donde menos lo esperaba: el peque?o y venerable bar-restaurante La Marina, junto al puerto pesquero y la lonja de Torrevieja. Estaba yo comiendo huevas a la plancha cuando lo vi entrar con sus d?cimos, silencioso, el aire grave. Iba despacio de mesa en mesa, sin molestar a nadie. Dec?a buenas tardes, aguardaba cinco segundos e iba a otra mesa. Algunos comensales ni se molestaban en levantar la cabeza del plato. Al fin se detuvo a mi lado. Era un fulano serio, agitanado. Vest?a chaqueta, corbata y zapatos relucientes. Tambi?n se tocaba con sombrero, luc?a anillo grueso de oro en la mano con la que mostraba la loter?a y llevaba el bigote recortado, muy formal. Cinco cigarros habanos asomaban por el bolsillo superior de su chaqueta. La estampa y las maneras resultaban irresistibles, as? que dije: ?Deme un d?cimo?. Lo cort? solemne, cobr?, le ped? que conservara el cambio, se toc? el ala del sombrero y dijo: ?Gracias, caballero?. Luego se fue andando muy erguido y muy despacio. Impasible. Torero.

No recuerdo lo que hice con el billete de loter?a, ni d?nde lo guard?. Qu? m?s da. Comprender?n ustedes que eso era lo de menos.


Publicado por carmenlobo @ 11:03  | P?rez-Reverte, Arturo
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