Lunes, 01 de enero de 2007
Un ataque de sentimentalismo
Juan Jos? Mill?s



En el sal?n del hotel rural donde pas? el fin de semana hab?a una especie de libro de firmas en el que la gente escrib?a unas frases y estampaba su nombre. Mientras esperaba a mi mujer, que se hab?a quedado en la habitaci?n arregl?ndose para salir a cenar, me sent? en una butaca de orejas, tom? el libro y le? algunos de estos mensajes. Por lo general, eran estupideces acerca de lo feliz que se hab?a sido en aquel lugar. Abundaba la f?rmula: ?En este hotel me reencontr? con mi esposa? (o con mi marido). Tambi?n se hac?an numerosas alusiones al paisaje en el que estaba situado el hotel, que era de un pintoresquismo algo t?pico: se encontraba al lado del mar, cerca de un acantilado en el que daban m?s ganas de suicidarse que de ser feliz (a m? al menos). Muchos hu?spedes alud?an a los desayunos, donde abundaba la boller?a supuestamente casera. Una colecci?n, en fin, de lugares comunes propia de gente convencida de que hay algo verdadero en los lugares ?con encanto?.

En esto, al pasar una p?gina, mis ojos tropezaron con la firma de mi ex mujer. Hab?a escrito una nota en la que daba las gracias a la direcci?n del hotel por haberla ayudado a ser feliz con Antonio. Hac?a a?os que no sab?a nada de Julia y me hizo gracia que me llegaran noticias suyas de este modo. Era forense y me dej? por un endocrino (Antonio). Su vida, como se ve, eran las v?sceras. Yo soy dermat?logo. Detesto las profundidades, siempre me quedo en la superficie de las cosas. Eso nos separ?. Cuando lleg? mi mujer, cerr? el libro y exager? mis muestras de admiraci?n por lo guapa que se hab?a puesto para disimular mi turbaci?n. No le cont? nada del encuentro que acababa de tener con mi pasado.

Lo cierto es que durante toda la noche estuve d?ndole vueltas a la historia. No creo en el destino ni nada semejante, pero me parec?a una casualidad excesiva aquel encuentro. Normalmente no voy a sitios con encanto, los detesto por lo que tienen de decorado. Me encontraba all? porque mi mujer se hab?a empe?ado en que celebr?ramos de ese modo nuestro aniversario. Le di el gusto por no discutir y met? un par de novelas policiacas en la maleta, para pasar el trago. Tambi?n era raro que hubiera ca?do en la tentaci?n de mirar el libro de firmas. No contienen m?s que un c?mulo de estupideces. No entiendo que personas sensatas y maduras caigan en la sensibler?a de exponer sus sentimientos (nada originales, por cierto) a la vista del que quiera verlos. Todo era muy raro, en fin.

Cuando mi mujer se durmi?, baj? al sal?n del hotel y tom? de nuevo el libro de firmas. Busqu? la nota de Julia y la le? tres o cuatro veces. Comprend? entonces que lo que me hab?a llamado la atenci?n era que hab?a en ella algo de despedida de la vida. Agradec?a haber sido feliz con Antonio, pero al modo del que ya no lo ser? m?s. Leyendo sus palabras con atenci?n, se advert?a en ellas una amenaza, como si estuviera desahuciada y aquel viaje hubiera constituido su despedida de la existencia. No soy una persona con imaginaci?n, de modo que era dif?cil que me montara una novela de estas caracter?sticas si la realidad no me daba pie para ello. Los m?dicos conocemos bien las per?frasis que se utilizan para decirle a alguien que se va a morir, incluso para decirnos a nosotros mismos que vamos a morir, y la frase de Julia en aquel absurdo libro de firmas ol?a a necrol?gica.

De modo que all? estaba yo, a las tres de la ma?ana, en una puta casa con encanto, leyendo el epitafio de la que hab?a sido mi primera mujer. Tuve un momento de debilidad, quiz? una bajada de az?car, y me ech? a llorar. Mis l?grimas cayeron sobre las letras de Julia y corrieron la tinta, lo que me pareci? una profanaci?n. Una profanaci?n, me repet? a m? mismo entre hipidos, qu? estupidez. No s? lo que es una profanaci?n. No hab?a habido hasta entonces nada que no me pareciera profanable. No hab?a llorado desde que era peque?o. No hab?a tenido aquel ataque de sentimentalismo jam?s. ?Qu? me estaba ocurriendo?

No s? lo que me estaba ocurriendo, pero lo cierto es que tom? el bol?grafo y me puse a escribir en el maldito libro una nota de agradecimiento por haberme puesto en contacto de s?bito con mi pasado. Bueno, empez? siendo eso, una nota de agradecimiento, pero al final se convirti? en una carta en la que fui capaz de decirle a Julia todo lo que hab?a sido incapaz de decirle, Dios me perdone, durante los a?os que hab?amos estado casados. Me desped? de ella, en fin, de un modo decente, y al amanecer me met? en la cama. Me despert? al mediod?a y vi una nota en la que mi mujer me dec?a adi?s: hab?a le?do mientras desayunaba el maldito libro de firmas. No somos nadie.




Publicado por carmenlobo @ 10:16  | Millas, Juan Jose
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