Jueves, 28 de diciembre de 2006


JUAN JOSÉ MILLÁS



Leo en la sala de espera del urólogo una entrevista con un viticultor al que el reportero pregunta si practica el cultivo ecológico. «Sí», responde, «y respetamos la planta y su entorno. Trabajamos con inhibidores sexuales, para provocar la confusión sexual, a partir de pequeñas cápsulas que se colocan en los alambres que sueltan feromonas, que provocan confusión sexual en los insectos y, en lugar de fecundar a la hembra, el macho se pierde. De este modo hay poca cantidad en la puesta de huevos, por lo cual se respeta la especie. Nuestros abonos son orgánicos».

El periodista continúa la entrevista como si hubiera entendido la respuesta, y como si le pareciera normal lo que acaba de escuchar, pero el lector se dice quieto ahí, pero qué acaba de decir este hombre. ¿Se puede confundir sexualmente a los machos soltando cerca de ellos unos polvitos? ¿Puede perderse un macho por el simple hecho de oler una sustancia fabricada en el laboratorio? ¿Será eso lo que me ocurre a mí? ¿Toda esta confusión venérea, todo este desorden glandular, con sus consecuencias de orden sentimental, pueden estar causadas por unas cápsulas que alguien coloca, pongamos por caso, en el suelo del ascensor? Si se hace con las moscas, que son animales de Dios, que no se meten con nadie, ¿por qué no con usted o conmigo, que tenemos adversarios en la oficina, en el taller, en el periódico, en el restaurante y en la comunidad de vecinos?

Pasa uno al lado de una cepa y no tiene ni idea del drama que se está desarrollando alrededor de sus hojas. Mira qué uvas tan hermosas, nos decimos. Sí, pero a qué precio. Cuántos insectos se habrán vuelto locos al no saber qué hacer con su sexualidad. La vida de uno de estos animalillos es de unas 24 horas y no tiene otro objeto que el de fecundar a la hembra. Tanto es así que algunos carecen de estómago porque no les daría tiempo ni a hacer una digestión. Vienen al mundo comidos y bebidos. Si se les desvía de la función reproductora, su paso por el mundo se convierte en un absurdo atroz. «Nuestros abonos son orgánicos», asegura el viticultor sin aclarar a qué se refiere, aunque nos tememos lo peor. Que pase el siguiente, dice la enfermera y el siguiente soy yo. Ahora qué le digo al urólogo.

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Publicado por carmenlobo @ 13:53  | Millas, Juan Jose
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