Mi?rcoles, 29 de noviembre de 2006
Arturo P?rez-Reverte
El Semanal 25 junio 2006


Ah? sigue, el t?o. A?n no se ha vuelto un mercenario de la tiza, de esos que entran en el aula como quien ficha donde ni le va ni le viene. Tal vez porque todav?a es joven, o porque es optimista, o porque tuvo un profesor que alent? su amor por las letras y la Historia, cree que siempre hay justos que merecen salvarse aunque llueva pedrisco rojo sobre Sodoma. Por eso, cada d?a, pese a todo, sigue visti?ndose para ir a sus clases de Geograf?a e Historia en el instituto con la misma decisi?n con la que sus admirados h?roes, los que descubri? en los libros entre versos de la Il?ada, se pon?an la bronc?nea loriga y el tremolante casco, antes de pelear por una mujer o por una ciudad bajo las murallas de Troya. Dicho en tres palabras: todav?a tiene fe.

A?n no ha llegado a despreciarlos: sabe que la mayor parte son buenos chicos, con ganas de agradar y de jugar. Tienen unas faltas de ortograf?a y una pobreza de expresi?n oral y escrita estremecedoras, y tambi?n una escalofriante falta de educaci?n familiar. Sin embargo, merecen que se luche por ellos. Est? seguro de eso, aunque algunos sean b?rbaros rematados, aunque los padres hayan perdido todo respeto a los profesores, a sus hijos y a s? mismos. ?Voy a tener que plantearme quitarle de su habitaci?n la play-station y la tele?, le comentaba una madre hace pocas semanas. Dispuesta, al fin, tras decirle por en?sima vez que lo de su hijo estaba en un callej?n sin salida, a plantearse el asunto. La buena se?ora. Preocupada por su ni?o, claro. Desasosegada, incluso. Faltar?a m?s. La ejemplar ciudadana.

Pero, como digo, no los desprecia. Lo conmueven todav?a sus expresiones cada vez que les explica algo y comprenden, y se dan con el codo unos a otros, y piden a los alborotadores que dejen al profesor acabar lo que est? contando. Lo hacen estremecerse de j?bilo las miradas de inteligencia que cambian entre ellos cuando algo, un hecho, un personaje, llama de veras su atenci?n. Entonces se vuelven lo que son todav?a: maravillosamente apasionados, generosos, ?vidos de saber y de transmitir lo que saben a los dem?s.

En ocasiones, claro, se le cae el alma a los pies. El ?a ver qu? hacemos todo el d?a con ?l en casa?, como ?nica reacci?n de unos padres ante la expulsi?n de su hijo por vandalismo. Por suerte, a ?l nunca se le ha encarado un chico, ni amenazado con darle un par de hostias, ni se las han dado, el alumno o los padres, como a otros compa?eros. Tampoco ha le?do todav?a el texto de la nueva ley de Educaci?n, pero tiene la certeza de que los alumnos que no abran un libro seguir?n siendo tratados exactamente igual que los que se esfuercen, a fin de que las ministras correspondientes, o quien se tercie, puedan afirmar imperturbables que lo del informe Pisa no tiene importancia, y que pese a los alarmistas y a los agoreros, los escolares espa?oles saben hacer perfectamente la O con un canuto. Mucho mejor, incluso, que los desgraciados de Portugal y Grecia, que est?n todav?a peor. Etc?tera.

Y sin embargo, cuando siente la tentaci?n de presentarse en el ministerio o en la consejer?a correspondiente con una escopeta y una caja de postas ??Hola, buenas, aqu? les traigo una reforma educativa del calibre doce??, se consuela pensando en lo que s? consigue. Y entonces recuerda la expresi?n de sus alumnos cuando les explica c?mo Howard Carter entr?, emocionado, con una vela en la c?mara funeraria de la tumba de Tutankhamon; o c?mo unos valientes monjes robaron a los chinos el secreto de la seda; o c?mo vendieron caras sus vidas los trescientos espartanos de las T?rm?pilas, fieles a su patria y a sus leyes; o c?mo un impresor alem?n y un juego de letras m?viles cambiaron la historia de la Humanidad; o c?mo unos baturros testarudos, con una bota de vino y una guitarra, tuvieron en jaque a las puertas de su ciudad, peleando casa por casa, al m?s grande e inmortal ej?rcito que se pase? por el suelo de Europa. Y as?, despu?s de contarles todo eso, de hacer que lo relacionen con las pel?culas que han visto, la m?sica que escuchan y la televisi?n que ven, considera una victoria cada vez que los oye discutir entre ellos, desarrollar ideas, situaciones que ?l, con paciente habilidad, como un cazador antiguo que arme su trampa con astucia infinita, ha ido disponiendo a su paso. Entonces se siente bien, orgulloso de su trabajo y de sus alumnos, y se mira en el espejo por la noche, al lavarse los dientes, pensando que tal vez merezca la pena.




Publicado por carmenlobo @ 9:38  | P?rez-Reverte, Arturo
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