Martes, 19 de septiembre de 2006
Arturo P?rez-Reverte
El Semanal 7 de agosto de 2006



Lo bueno que tiene esto de la literatura, o sea, ser lector de libros, es que uno puede celebrar los aniversarios que le salgan de las narices, sin que el asunto dependa de los editores ni de las fotos que le convenga hacerse cada temporada a la titulara de Cultura correspondiente. Y m?s ahora, que no pasa jornada sin que se entere uno de que est? viviendo el d?a internacional de algo: d?a del taxista, d?a de la conducta ecol?gica, d?a sin alcohol, d?a del ciclista, d?a del peat?n, d?a del capullo en flor. Faltan hojas del calendario, como digo, para tantas nobles causas; y la gente anda por ah?, como loca, buscando un d?a libre al que endi??rsela. No digo que la cosa aburra, claro. Dios me libre de decir que estoy hasta la bisectriz de celebrar sin respiro, uno tras otro, el d?a internacional de salvamento urgente ya mismo de la Amazonia, el d?a mundial contra la violencia en las videoconsolas, y el d?a universal del orgullo del transexual inmigrante de g?nero. Al contrario. Me parece bien. Me parece muy solidario; y, sobre todo, eficaz que te vas de vareta. Lo que pretendo decirles es que, puestos a establecer d?as conmemorativos, aniversarios y cosas as?, los libros permiten mont?rtelo por tu cuenta. Y hoy me lo monto, tal cual. As? que, como este a?o se cumplen ciento diez del nacimiento de Francis Scott Fitzgerald, y ?sa es una cifra tan v?lida como otra cualquiera, he decidido celebrarlo por mi cuenta.

No tuvo el gancho medi?tico de Hemingway, su amigo y rival, que lo envidiaba y se burlaba de ?l, y cuyas fanfarronadas escuchaba Fitzgerald humilde y fiel. Ni tuvo la fama o la adulaci?n de cr?ticos y lectores como Faulkner o Steinbeck. Pero posey? una mirada extraordinaria, lucid?sima, que ve?a mucho m?s all? de la m?sica del jazz, los felices veinte, las flappers, la costa Azul, las borracheras, el lujo y la disipaci?n. Gan? dinero y lo gast? en caprichos propios y de su mujer, Zelda, bella y notoria imb?cil con la que tuvo la desgracia de casarse. ?Cuando estoy sobrio -escribi?- no puedo soportar a la gente, y cuando estoy borracho, es la gente la que no me soporta a m?.? Se bebi? hasta el agua de los floreros, y tras encarnar el ?xito a la americana, encarn? el fracaso y el suicidio alcoh?lico a la irlandesa. ?Toda vida -as? empieza La grieta, su libro p?stumo de ensayos, notas y cartas- es un proceso de demolici?n.? Hay una novela que no es suya y que, parad?jicamente, deber?a ser le?da antes de enfrentarse a su obra: El desencantado. La escribi? Budd Schulberg, que conoci? a Fitzgerald en Hollywood e inspir? en ?l su personaje Manley Hallyday; para quien valdr?a el epitafio que Dorothy Parker dedic? al propio Fitzgerald cuando vio su cad?ver en la morgue, el d?a que su alcoholismo se resolvi? en crisis cardiaca: ?Pobre hijo de puta?.

C?lebre a los veintitr?s a?os, guapo como un arc?ngel hasta su muerte a los cuarenta y tres, brillante como la carrocer?a de un autom?vil de lujo, elegante, inculto y superficial, Scott Fitzgerald no creci? nunca. Fue irresponsable en su juventud, insoportable en su madurez, pat?tico en su final, y corri? a la cat?strofe con los ojos abiertos y pisando el acelerador. Sin embargo, fue el m?s profundamente po?tico de los escritores estadounidenses, y el que mejor supo narrar la inmensa desolaci?n, el vac?o tras cada s?mbolo de los grandes logros del sue?o americano. Bajo su prosa a veces inacabada, siempre extraordinaria, lat?a la desesperada lucidez de quien nunca fue, pese a las apariencias, un hombre de mundo ni un triunfador. Sin olvidar el rencor, por supuesto. Fitzgerald fue, y ?l lo sab?a perfectamente, un advenedizo de clase media fascinado por el ?xito, pero con las tripas revueltas por sonre?r y adular a los ricos que le proporcionaban cuanto ?l y Zelda -siempre esa maldita majara al fondo- ambicionaban. Algunas p?ginas suyas, como el relato Un diamante grande como el Ritz, hierven de ese odio desesperado y violento. Y la mirada de Gatsby paseando entre sus invitados en El gran Gatsby, la de Stahr en la inacabada El ?ltimo magnate, o la de Dick Diver contemplando el fracaso de su matrimonio y de su vida en Suave es la noche -mi favorita entre la obra scottfitzgeraldiana-, adem?s de llevar al lector a trav?s de la m?s plena y absoluta literatura, lo asoman, estremecido, al coraz?n sensible del hombre que, con una sonrisa desesperada y un vaso de whisky en la mano, afront? la certeza de su levedad. Porque el talento inmenso de Scott Fitzgerald es que supo, como nadie, contar el vac?o de su propia vida. Novelar la nada.




Publicado por carmenlobo @ 12:39  | P?rez-Reverte, Arturo
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