S?bado, 17 de junio de 2006
Arturo P?rez-Reverte
El Semanal 14 de mayo de 2006


Vaya por Dios. Ahora resulta que nadie sab?a nada. Que todos estaban en la inopia, mirando hacia otro lado. Hacia cualquier lado, claro, que no fuera aquel donde no conven?a mirar. Ahora van y dicen, mis primos, esos centenares y miles de primos que moran, trabajan y votan en los pueblos y ciudades de esa Costa del Sol, de esa Costa Blanca o de tantos y tantos lugares con o sin costa, que mientras toda esa pe?a de notorios sinverg?enzas robaba a mansalva sin distinci?n de ideolog?a, lengua o bandera, se repart?a cada ladrillo y cada metro cuadrado urbanizable o por urbanizar y se zampaba mariscadas maquinando c?mo llev?rselo muerto por la patilla, todo eso, cada chanchullo, cada chantaje, cada mordida, ocurr?a ?y sigue ocurriendo? bajo sus napias sin que nadie, nunca, se percatara de ello. Sin que nadie se extra?ase porque camareros o fulanos en el paro estuviesen, al cabo de pocos a?os, conduciendo cochazos de quince kilos y construy?ndose casas de pel?cula entre campos de golf. Sin que a ninguno de tantos miles de ciudadanos honrados y honorables le pusiera la mosca tras la oreja el hecho probado de que, en cualquier ayuntamiento espa?ol, la concejal?a de Cultura te cae sin que la pidas, mientras que por la de urbanismo, que es donde se mueve la mortadela, hay bofetadas y navajazos sin piedad.

Vayan y preg?ntenles. Me refiero a ellos, a los ciudadanos ejemplares que ahora mueven la cabeza y dicen hay que ver. Asombra lo poco que advert?an el estado real de las cosas. Lo despistados que andaban con su buena fe entre tanto hijo de puta de ambos sexos. Me recuerdan, salvando las distancias ?que en el fondo tampoco son muchas?, a todos esos buenos ciudadanos alemanes que, despu?s de haber sacudido cada ma?ana, durante a?os, la ceniza de la ropa que ten?an colgada a secar en el balc?n, pusieron ojos como platos al enterarse, perdida la guerra, de que en las afueras de su puto pueblo hab?a hornos crematorios. Me recuerdan tambi?n ?salvando igualmente las distancias, faltar?a m?s? a todos esos buenos ciudadanos vascos y vascas que despu?s de tantos a?os tom?ndose los chiquitos a gusto, paseando el domingo con la familia y murmurando ?algo habr? hecho? cuando se cruzaban con un fiambre o con alguien que hac?a las maletas, mueven ahora la cabeza comentado ?ya dec?a yo que las cosas terminar?an arregl?ndose solas?. Me recuerdan, en resumen, a toda esa buena y honrada gente que, como don Tancredo, nunca se entera de nada, nunca mueve un m?sculo, hasta que pasa el toro. Y luego, por supuesto, se indigna un huevo. Faltar?a m?s. O se es persona o no se es.

Pero es que, como digo, ellos no sab?an nada. En un pa?s de golfos donde quienes mandan de verdad no son los pol?ticos ?que ya ser?a una desgracia por s? misma?, sino los capitostes de la mafia del ladrillo con sus pol?ticos a sueldo, todo cristo estaba en lo alto de un guindo. Y sigue estando, claro. De los esc?ndalos ya conocidos o los cientos por conocer, nunca supo ni sabe nada el vendedor de coches de lujo que se frota las manos cada vez que don Fulano o don Mengano ?antes del pelotazo, Fulanillo y Menganillo a secas? se dejan caer por el concesionario con los bolsillos abultados de fajos de billetes de quinientos euros, de esos que las autoridades econ?micas acaban de saber ?los ciudadanos normales lo sab?amos desde hace mucho? que uno de cada cuatro, o m?s, circulan en Espa?a. No sabe nada el honrado comerciante que les vende los televisores y el deuved?, ni el que les amuebla la casa, ni el que les instala los cuartos de ba?o con grifer?a de oro. No sabe nada el del vivero que les pone el c?sped, ni el tendero que les vende el caviar, ni quien consigue que, gracias a tal o cual favor o sumisi?n, su hijo, su cu?ado o su nuera consigan curro en tal o cual sitio. Tampoco sabe nada el notario que se ocupa de sus contratos, ni el due?o del restaurante en cuyo reservado, a setecientos euros cada botella de gran reserva, se re?nen a comer con los socios y los amigos para recalificar esto o aquello. No sabe nada el empleado de la agencia que prepara los billetes para el safari, ni el del hotel que dispone la suite de costumbre. No saben nada el electricista, ni el fontanero, ni el panadero, ni la florista, ni el del kiosco que les vende el Marca, ni yo, ni usted, ni el vecino. Nada, oigan. En absoluto. Ninguno sabemos una pu?etera mierda. Todos somos asquerosamente inocentes.





Tags: Arturo Pérez Reverte

Publicado por carmenlobo @ 11:38  | P?rez-Reverte, Arturo
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