Mi?rcoles, 14 de junio de 2006
MANUEL VICENT



Un t?rrido d?a de verano en que el resplandor del mediod?a coagulaba el universo, con la sangre todav?a muy joven, le? el primer libro de Albert Camus, tumbado frente al mar en una terraza donde hab?a unas s?banas blancas tendidas. Recuerdo que en un barranco cercano, lleno de alacranes, balaba una cabra dolorida que se hab?a enredado en una zarza, mientras yo le?a que la rebeld?a de Prometeo era el s?mbolo del humanismo. Este h?roe hab?a robado el fuego a los dioses y fue por ello encadenado a una roca a merced de los buitres, que le sacaron las entra?as. Con ese libro descubr? el Mediterr?neo. La rebeld?a consist?a en no resignarse nunca a vivir sin la belleza y sin la libertad y tambi?n sin un placer, exento de melancol?a: esa era la mejor arma contra los dioses. El brillo cruel de aquella luz no estaba hecho para la reflexi?n, sino para la pasi?n cuyo sentido era la oscura inocencia. A partir de ese d?a comenc? a sostener el cigarrillo entre los dedos como lo hac?a Albert Camus y despu?s me compr? una gabardina blanca con trinchera pensando que de esta forma adquirir?a tambi?n toda su filosof?a. Entonces yo viv?a los veranos en medio de un fulgor negro, como el de Or?n y Argel, y la tierra ten?a unas pulsiones id?nticas. El sol que incendiaba las s?banas tendidas en la terraza era el fuego que Prometeo hab?a robado a los dioses: de ?l se derivaba una moral sin culpa y el compromiso contra el dolor de los inocentes. Como en la playa de Or?n, a mi alrededor hab?a barcas varadas en la arena con los pantoques color naranja y entre ellas corr?an ni?os desnudos; y los j?venes miraban con ojos pastodos a las chicas con sandalias y telas ligeras, como en las terrazas de los caf?s de la calle Michelet, de Argel. Ahora junto con el balido de la cabra, o?a los gritos de unos adolescentes, que hab?an abandonado el partido de futbol en la calle, para ir en auxilio del animal. Ya se sabe c?mo son de rebeldes las cabras. No se someten al reba?o, no obedecen al pastor, pero de pronto quedan enredadas en una zarza y comienzan a llorar. Quien no haya realizado este trabajo no sabe lo dif?cil que resulta liberar a una cabra cuando est? rodeada de espinos. Tratas de ayudarla, ella te rechaza, al mismo tiempo quiere ser libre y aun se enreda m?s sin dejar de balar con una tristeza cada vez m?s airada. Desde la terraza contempl? la maniobra. Aquellos adolescentes no estaban liberando a Prometeo, se trataba s?lo de una cabra, que, tal vez, con sus balidos estaba maldiciendo tambi?n a los dioses.

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Publicado por carmenlobo @ 11:33  | Vincent, Manuel
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