Mi?rcoles, 19 de abril de 2006
MOIS?S NA?M
EL PA?S 21-02-2006


En 1849, el ensayista escoc?s Thomas Carlyle llam? a la econom?a "la ciencia funesta". Dos siglos despu?s, los economistas contempor?neos siguen enfrentados a decisiones funestas: ?m?s inflaci?n o menos empleo? ?Gastar o ahorrar? Tambi?n se han puesto muy arrogantes. El complejo de superioridad intelectual de los economistas tiene mucho que ver con su orgullo por las sofisticadas t?cnicas estad?sticas en las que se basan para analizar fen?menos como la inflaci?n, el desempleo, el comercio, e incluso los efectos a largo plazo de los abortos sobre los niveles de criminalidad. Esto con frecuencia los lleva a estar convencidos de que sus m?todos son superiores y m?s rigurosos que los de las dem?s ciencias sociales. As?, cualquier investigaci?n social cuyas conclusiones no se basen en el an?lisis cuantitativo de una masiva cantidad de datos es desde?ada por los economistas por ser "literatura" o, a?n peor, por ser "periodismo". Hay un chiste entre economistas que dice que, para los antrop?logos, el plural de an?cdota es "base de datos".

Recientemente, la arrogancia de los economistas ha sido rigurosamente confirmada por una investigaci?n cuantitativa publicada en una de sus revistas especializadas. El estudio, publicado por The Journal of Economic Perspectives, revela que el 77% de los alumnos de doctorado en econom?a de las m?s prestigiosas universidades de los Estados Unidos piensa que "la econom?a es la ciencia social m?s cient?fica". Sin embargo, resulta que esta certeza no se basa en la alta opini?n que tienen de su propia disciplina, sino en lo mucho que desprecian todas las dem?s ciencias sociales. A pesar de su casi total unanimidad respecto a la superioridad relativa de su disciplina, tan s?lo el 9% de los entrevistados opina que hay consenso con respecto a c?mo responder preguntas b?sicas de la ciencia econ?mica.

Y tienen raz?n. Hoy en d?a, los economistas no tienen respuestas para los temas fundamentales de su ciencia. Esta ignorancia a menudo tiene graves consecuencias que trascienden las meras controversias acad?micas. Cuando los economistas se equivocan en teor?a, la gente sufre en la pr?ctica. El anterior presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, recuerda que en plena crisis financiera de su pa?s recibi? llamadas de ganadores del premio Nobel de Econom?a y de otras superestrellas del firmamento econ?mico mundial. Cada uno le daba un consejo diferente, y cada uno estaba absolutamente seguro de que su recomendaci?n era la ?nica correcta. Cardoso, un distinguido soci?logo, logr? sacar a Brasil de la crisis gracias a su considerable talento y experiencia, atinando a cu?les de los famosos economistas creer y a cu?les ignorar. Algunos, por ejemplo, le insist?an en la necesidad de adoptar un r?gimen de cambio fijo de la moneda similar al que ten?a entonces Argentina. Hoy en d?a, estas ideas han pasado de moda y est?n muy desprestigiadas.

"En realidad desconocemos las causas del crecimiento econ?mico", reconoce Fran?ois Bourguignon, el economista jefe del Banco Mundial. "S? tenemos una idea bastante clara sobre cu?les son los principales obst?culos para el crecimiento y cu?les son las condiciones sin las cuales una econom?a no puede crecer.

Pero estamos mucho menos seguros respecto a qu? otros ingredientes se necesitan para generar y sostener el crecimiento". Y este desconcierto no s?lo se hace evidente con respecto a c?mo enfrentar los dif?ciles problemas econ?micos de los pa?ses pobres. Los economistas tambi?n est?n confundidos por mucho de lo que est? sucediendo en las econom?as m?s avanzadas del mundo. Hace poco le pregunt? a una influyente economista de Wall Street qu? era lo que m?s la desconcertaba actualmente. "Los tipos de inter?s", dijo. "Deber?an estar m?s altos". Y, efectivamente, la teor?a econ?mica predice que los actuales tipos de inter?s a largo plazo -los intereses de las hipotecas o bonos que se pagar?n dentro de a?os- deber?an estar m?s altos y con tendencia a seguir subiendo impulsados por los desmesurados d?ficit comerciales y fiscales de la econom?a estadounidense. Pero no es as?: los tipos de inter?s a largo plazo siguen bajos e incluso est?n cayendo. Antes de jubilarse en enero, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, confes? que para ?l estas tendencias eran un "cunundrum", una mezcla de acertijo y rompecabezas. Robert Samuelson, columnista de The Washington Post, analiz? las diferentes explicaciones que ofrecen los economistas para esta anomal?a y lleg? a la conclusi?n de que todas ellas eran deficientes. Seg?n Samuelson, la incapacidad de los expertos para explicar algo tan fundamental "es una prueba de nuestra ignorancia econ?mica".

Los economistas tampoco tienen una explicaci?n convincente sobre el valor del d?lar. Durante m?s de una d?cada han mantenido que el d?lar era demasiado caro y que su devaluaci?n era inevitable. En efecto, y tal como pronosticaron, el d?lar cay?, perdiendo el 39% de su valor entre 2002 y 2004. "Un efecto ineludible del equivalente econ?mico de la ley de la gravedad", explicaban los gur?s econ?micos con sobrada naturalidad. Un pa?s con un d?ficit comercial gigantesco y en aumento, un presupuesto fuera de control, agobiado por una guerra que hasta ahora ha costado del orden de un bill?n de d?lares y con el precio del petr?leo disparado, es imposible que sostenga su moneda.

Pero la coincidencia entre la realidad y los libros de texto dur? poco. Tan poco, que los manuales de econom?a no tuvieron tiempo de registrar el cambio. El d?lar se recuper?, y se revaloriz? m?s de un 14% en 2005 a pesar de los d?ficit, la guerra, el petr?leo y todas las otras razones te?ricas para que sea m?s barato de lo que ahora es.

En un estudio sobre los pa?ses que ten?an las mayores posibilidades de alcanzar un alto desempe?o econ?mico en los pr?ximos a?os, el catedr?tico de Econom?a de Harvard Richard B. Freeman lleg? a la conclusi?n de que, para el ?xito econ?mico de un pa?s, "la suerte parece tan importante como la pol?tica econ?mica".

Una ciencia que se debe re-signar a usar la suerte como factor fundamental para estimar el porvenir econ?mico de miles de millones de personas es ciertamente una ciencia funesta, y no s?lo por las razones por las cuales as? la bautiz? Carlyle, sino porque est? m?s cerca de la brujer?a que de la ciencia. Es cierto que las otras ciencias sociales no est?n mucho mejor y que muchas de ellas son a?n menos confiables que la econom?a. Aun as?, a los economistas les convendr?a cambiar su arrogancia intelectual por una actitud m?s humilde y ver qu? pueden aprender de otros. Albert O. Hirschman, un economista tremendamente original, lleg? a muchas conclusiones ?tiles e innovadoras gracias a su disposici?n a transgredir fronteras intelectuales y tomar prestadas ideas de otras disciplinas. A la econom?a le vendr?an bien m?s transgresores como Hirschman.

Afortunadamente, algunos de los economistas actuales est?n empezando a cruzar las fronteras interdisciplinarias y est?n usando la psicolog?a, la sociolog?a y las ciencias pol?ticas para nutrir sus an?lisis. Muchos de estos esfuerzos de importaci?n de ideas de otras disciplinas a la econom?a probablemente no tendr?n ?xito. Y los economistas que se arriesguen a incursionar en este contrabando intelectual ser?n seguramente denunciados por los ortodoxos por estarse relacionando con colegas metodol?gicamente impuros. Pero visto el funesto estado de la ciencia funesta, la b?squeda de ideas ?tiles en otras ?reas de las ciencias sociales para fortalecer el conocimiento econ?mico no conlleva muchos riesgos. O, como dir?an los economistas: en vista del pobre rendimiento de los actuales esfuerzos, el costo de oportunidad de disminuirlos no es alto. Lo que en castellano quiere decir: la cosa est? tan mal que hay poco que perder si se buscan ideas en otro lado.




Publicado por carmenlobo @ 8:29
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