Viernes, 07 de abril de 2006
El mundo todo es m?scaras: Todo el a?o es carnaval
Mariano Jos? de Larra

El Pobrecito Hablador. Espa?a, 14 de marzo de 1833.



?Qu? gente hay all? arriba, que anda tal estr?pito? ?Son locos?
-Morat?n, Comedia nueva-



No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto, y entregado a profundas meditaciones filos?ficas, nacidas de la dificultad de escribir diariamente para el p?blico. ?C?mo contentar a los necios y a los discretos, a los cuerdos y a los locos, a los ignorantes y los entendidos que han de leerme, y sobre todo a los dichosos y a los desgraciados, que con tan distintos ojos suelen ver una misma cosa?

Animado con esta reflexi?n, cog? la pluma y ya iba a escribir nada menos que un elogio de todo lo que veo a mi alrededor, el cual pensaba rematar con cierto discurso encomi?stico acerca de lo adelantado que est? el arte de la declamaci?n en el pa?s, para contentar a todo el que se me pusiera por delante, que esto es lo que conviene en estos tiempos tan valentones que corren; pero tropec? con el inconveniente de que los hombres sensatos hab?an de sospechar que el dicho elogio era burla, y esta reflexi?n era m?s pesada que la anterior.

Al llegar aqu? arroj? la pluma, despechado y decidido a consultar todav?a con la almohada si en los t?rminos de lo l?cito me quedaba algo que hablar, para lo cual determin? verme con un amigo, abogado por m?s se?as, lo que basta para que se infiera si debe de ser hombre entendido, y que ?ste, registrando su Nov?sima y sus Partidas, me dijese para de aqu? en adelante qu? es lo que me est? prohibido, pues en verdad que es mi mayor deseo ir con la corriente de las cosas sin andarme a buscar "cotufas en el golfo", ni el mal fuera de mi casa, cuando dentro de ella tengo el bien.

En esto estaba ya para dormirme, a lo cual hab?a contribuido no poco el esfuerzo que hab?a hecho para componer mi elogio de modo que tuviera trazas de cosa formal; pero Dios no lo quiso as?, o a lo que yo tengo por m?s cierto, un amigo que me alborot? la casa, y que se introdujo en mi cuarto dando voces en los t?rminos siguientes, u otros semejantes:

-?Vamos a las m?scaras, Bachiller! -me grit?.
-?A las m?scaras?
-No hay remedio; tengo un coche a la puerta, ?a las m?scaras! Iremos a algunas casas particulares, y concluiremos la noche en uno de los grandes bailes de suscripci?n.
-Que te diviertas: yo me voy a acostar.
-?Qu? desprop?sito! No lo imagines: precisamente te traigo un domin? negro y una careta.
-?Adi?s! Hasta ma?ana.
-?Ad?nde vas? Mira, mi querido Mungu?a, tengo inter?s en que vengas conmigo; sin ti no voy, y perder? la mejor ocasi?n del mundo...
-?De veras?
-Te lo juro.
-En ese caso, vamos. ?Paciencia! Te acompa?ar?.

De mala gana entr? dentro de un amplio ropaje, baj? la escalera, y me dej? arrastrar al comp?s de las exclamaciones de mi amigo, que no cesaba de gritarme:
-?C?mo nos vamos a divertir! ?Qu? noche tan deliciosa hemos de pasar!

Era el coche alquil?n; a ratos parec?a que and?bamos tanto atr?s como adelante, a modo de quien pisa nieve; a ratos que est?bamos columpi?ndonos en un mismo sitio; lleg? por fin a ser tan completa la ilusi?n, que temeroso yo de alguna pesada burla de carnaval, parecida al viaje de Don Quijote y Sancho en el Clavile?o, abr? la ventanilla m?s de una vez, deseoso de investigar si despu?s de media hora de viaje estar?amos todav?a a la puerta de mi casa, o si habr?amos pasado ya la l?nea, como en la aventura de la barca del Ebro.

Ello parecer? incre?ble, pero llegamos, qued?ndome yo, sin embargo, en la duda de si habr?a andado el coche hacia la casa o la casa hacia el coche; subimos la escalera, verdadera imagen de la primera confusi?n de los elementos: un Edipo, sacando el reloj y viendo la hora que era; una vestal, at?ndose una liga el?stica y dejando a su criado los chanclos y el capote escoc?s para la salida; un romano coet?neo de Cat?n dando ?rdenes a su cochero para encontrar su land? dos horas despu?s; un indio no conquistado todav?a por Col?n, con su papeleta impresa en la mano y bajando de un birlocho; un Oscar acabando de fumar un cigarrillo de papel para entrar en el baile; un moro santigu?ndose asombrado al ver el gent?o; cien domin?s, en fin, subiendo todos los escalones sin que se sospechara que hubiese dentro quien los moviese y tap?ndose todos las caras, sin saber los m?s para qu?, y muchos sin ser conocidos de nadie.

Despu?s de un molesto reconocimiento del billete y del sello y la r?brica y la contrase?a, entramos en una salita que no ten?a m?s defecto que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello es m?s preciso tener m?scaras que sala donde colocarlas. Alg?n ciego alquilado para toda la noche, como la ara?a y la alfombra, y para descansarle un piano, tan piano que nadie lo consigui? o?r jam?s, eran la m?sica del baile, donde nadie bail?. Pon?anse, s?, de vez en cuando a modo de parejas la mitad de los concurrentes, y d?banse con la mayor intenci?n de ?nimo sendos encontrones a derecha e izquierda, y aquello era el bailar, si se nos permite esta expresi?n.
Mi amigo no encontr? lo que buscaba, y seg?n yo llegu? a presumir, consisti? en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que a otros muchos les acontece. Algunas madres, s?, buscaban a sus hijas, y algunos maridos a sus mujeres; pero ni una sola hija buscaba a su madre, ni una sola mujer a su marido.

-Acaso -dec?an- se habr?n quedado dormidas entre la confusi?n en alguna otra pieza...
-Es posible -dec?a yo para m?-, pero no es probable.
Una m?scara vino disparada hacia m?.
-?Eres t?? -me pregunt? misteriosamente.
-Yo soy -le respond?, seguro de no mentir.
-Conoc? el domin?; pero esta noche es imposible: Paquita est? ah?, mas el marido se ha empe?ado en venir; no sabemos por d?nde diantres ha encontrado billetes.
-?L?stima grande!
-?Mira t? qu? ocasi?n! Te hemos visto, y no atrevi?ndose a hablarte ella misma, me env?a para decirte que ma?ana sin falta os ver?is en la Sart?n... Domin? encarnado y lazos blancos.
-Bien.
-?Est?s?
-No faltar?.
-?Y tu mujer, hombre? -le dec?a a un ente rar?simo que se hab?a vestido todo de cuernecitos de abundancia, un domin? negro que llevaba otro igual del brazo. -Durmiendo estar? ahora; por m?s que he hecho, no he podido decidirla a que venga; no hay otra m?s enemiga de diversiones.
-As? descansas t? en su virtud: ?piensas estar aqu? toda la noche?
-No, hasta las cuatro.
-Haces bien.
En esto se hab?a alejado el de los cuernecillos, y entreo? estas palabras:
-Nada ha sospechado.
-?C?mo era posible? Si sal? una hora despu?s que ?l...
-?A las cuatro ha dicho?
-S?.
-Tenemos tiempo. ?Est?s segura de la criada?
-No hay cuidado alguno, porque...
Una oleada cort? el hilo de mi curiosidad; las dem?s palabras del di?logo se confundieron con las repetidas voces de: "?Me conoces?", "Te conozco", etc?tera, etc?tera.

?Pues no parec?a estrella m?a haber tra?do esta noche un domin? igual al de todos los amantes, m?s feliz por cierto que Quevedo, que se parec?a de noche a cuantos esperaban para pegarlos?
-?Chis! ?Chis! Por fin te encontr? -me dijo otra m?scara esbelta asi?ndome del brazo, y con su voz tierna y agitada por la esperanza satisfecha-. ?Hace mucho que me buscabas?
-No por cierto, porque no esperaba encontrarte.
-?Ay! ?Cu?nto me has hecho pasar desde antes de anoche! No he visto hombre m?s torpe; yo tuve que componerlo todo; y la fortuna fue haber convenido antes en no darnos nuestros nombres, ni aun por escrito. Si no...

-?Pues qu? hubo?
-?Qu? hab?a de haber? El que ven?a conmigo era Carlos mismo.
-?Qu? dices?
-Al ver que me alargabas el papel, tuve que hacerme la desentendida y dejarlo caer, pero ?l le vio y le cogi?. ?Qu? angustias!
-?Y c?mo saliste del paso?
-Al momento me ocurri? una idea. "?Qu? papel es ese?", le dije. "Vamos a verle; ser? de alg?n enamorado": se lo arrebato, veo que empieza "querida Anita"; cuando no vi mi nombre respir?; empec? a echarlo a broma. "?Qui?n ser? el desesperado?", le dec?a ri?ndome a carcajadas; "veamos." Y ?l mismo ley? el billete, donde me dec?as que esta noche nos ver?amos aqu?, si pod?a venir sola. ?Si vieras c?mo se re?a!
-?Cierto que fue gracioso!
-S?, pero, por Dios, "don Juan, de ?stas, pocas".

Acompa?? largo rato a mi amante desconocida, siguiendo la broma lo mejor que pude... El lector comprender? f?cilmente que bendije las m?scaras, y sobre todo el talism?n de mi impagable domin?. Salimos por fin de aquella casa, y no pude menos de soltar la carcajada al o?r a un m?scara que a mi lado bajaba:
-?Pesia a m?! -le dec?a a otro-; no ha venido; toda la noche he seguido a otra creyendo que era ella, hasta que se ha quitado la careta. ?La vieja m?s fea de Madrid! No ha venido; en mi vida pas? rato m?s amargo. ?Qui?n sabe si el papel de la otra noche lo habr? echado todo a perder? Si don Carlos lo cogi?...
-Hombre, no tengas cuidado.
-?Paciencia! Ma?ana ser? otro d?a. Yo con ese temor me he guardado muy bien de traer el domin? cuyas se?as le daba en la carta.
-Hiciste bien.
-Perfect?simamente -repet? yo para m?, y salime riendo de los azares de la vida.

Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aqu? y all? por la escalera. La noche no dej? de tener tampoco alg?n contratiempo para m?. Yo me hab?a llevado la querida de otro; en justa compensaci?n otro se hab?a llevado mi capa, que deb?a parecerse a la suya, como se parec?a mi domin? al del desventurado querido. "Ya est?s vengado -exclam?-, oh burlado mancebo."
Felizmente yo, al entregarla en la puerta, hab?a tenido la previsi?n de despedirme de ella tiernamente para toda mi vida. ?Oh previsi?n oportuna! Ciertamente que no nos volveremos a encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero; hab?a salido ya de la casa, hab?a andado largo trecho, y a?n volv?a la cabeza de rato en rato hacia sus altas paredes, como H?ctor al dejar a su Andr?maca, diciendo para m?: "All? qued?, all? la dej?, all? la vi por la ?ltima vez".

Otras casas recorrimos, en todas el mismo cuadro: en ninguna nos admir? encontrar intrigas amorosas, madres burladas, chasqueados esposos o sol?citos amantes. No soy de aquellos que echan de menos la acci?n en una buena cantatriz, o alaban la voz de un mal comediante, y por tanto no voy a buscar virtudes a las m?scaras. Pero nunca llegu? a comprender el af?n que por asistir al baile hab?a manifestado tantos d?as seguidos don Cleto, que hizo toda la noche de una silla cama y del estruendo arrullo; no entiendo todav?a a don Jorge cuando dice que estuvo en la funci?n, habi?ndole visto desde que entr? hasta que sali? en derredor de una mesa en un verdadero ecart?.

Toda la diferencia estaba en ?l con respecto a las dem?s noches, en ganar o perder vestido de mamarracho. Ni me s? explicar de una manera satisfactoria la raz?n en que se fundan para creer ellos mismos que se divierten un enjambre de m?scaras que vi buscando siempre, y no encontrando jam?s, sin hallar a quien embromar ni quien los embrome, que no bailan, que no hablan, que vagan errantes de sala en sala, como si de todas les echaran, imitando el vuelo de la mosca, que parece no tener nunca objeto determinado. ?Es por ventura un apetito desordenado de hallarse donde se hallan todos, hijo de la pueril vanidad del hombre? ?Es por aturdirse a s? mismos y creerse felices por espacio de una noche entera? ?Es por dar a entender que tambi?n tienen un inter?s y una intriga? Algo nos inclinamos a creer lo ?ltimo, cuando observamos que los m?s de ?stos os dicen, si los hab?is conocido: "?Chit?n! ?Por Dios! No dig?is nada a nadie". Seguidlos, y os convencer?is de que no tienen motivos ni para descubrirse ni para taparse. Andan, sudan, gastan, salen quebrantados del baile... nunca empero se les olvida salir los ?ltimos, y decir al despedirse: "?Ma?ana es el baile en Sol?s? Pues hasta ma?ana". "?Pasado ma?ana es en San Bernardino? ?Diez onzas diera por un billete!"

Ya que sin respeto a mis lectores me he metido en estas reflexiones filos?ficas, no dejar? pasar en silencio antes de concluirlas la m?s principal que me ocurr?a. ?Qu? mejor careta ha menester don Braulio que su hipocres?a? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los d?as, y reza sus devociones; a merced de esta m?scara que tiene constantemente adoptada, mirad c?mo enga?a, c?mo intriga, c?mo murmura, c?mo roba... ?Qu? empe?o de no parecer Julianita lo que es! ?Para eso s?lo se pone un rostro de cart?n sobre el suyo? ?Teme que sus facciones delaten su alma? Viva tranquila; tampoco ha menester careta. ?Veis su cara angelical? ?Qu? suavidad! ?Qu? atractivo! ?Cu?n f?cil trato debe de tener! No puede abrigar vicio alguno. Miradla por dentro, observadores de superficies: no hay d?a que no enga?e a un nuevo pretendiente; veleidosa, infiel, perjura, desvanecida, envidiosa, ?spera con los suyos, insufrible y altanera con su esposo: ?sa es la hermosura perfecta, cuya cara os enga?a m?s que su careta. ?Veis aquel hombre tan amable y tan cort?s, tan comedido con las damas en sociedad? ?Qu? deferencia! ?Qu? previsi?n! ?Cu?n sumiso debe ser! No le escoja s?lo por eso para esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero de la que le entrega su coraz?n.

Su cara es tambi?n m?s p?rfida que su careta; por ?sta no est?s expuesta a equivocarte, porque nada juzgas por ella; ?pero la otra...! Imperfecta disc?pula de Lavater, crees que debe ser tu clave, y s?lo puede ser un p?rfido gu?a, que te entrega a tu enemigo.

Bien presumir? el lector que al hacer estas metaf?sicas indagaciones alg?n pesar muy grande deb?a afligirme, pues nunca est? el hombre m?s fil?sofo que en sus malos ratos; el que no tiene fortuna se encasqueta su filosof?a, como un falto de pelo su biso??; la filosof?a es, efectivamente, para el desdichado lo que la peluca para el calvo; de ambas maneras se les figura a entrambos que ocultan a los ojos de los dem?s la inmensa laguna que dej? en ellos por llenar la naturaleza madrastra.

As? era: un pesar me aflig?a. Hab?amos entrado ya en uno de los principales bailes de esta corte; el continuo transpirar, el estar en pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar, hab?an debilitado mis fuerzas en tales t?rminos que el hambre era a la saz?n mi maestro de filosof?a. As? de mi amigo, y de com?n acuerdo nos decidimos a cenar lo m?s espl?ndidamente posible. ?Funesto error! As? se refugiaban m?scaras a aquel estrecho local, y se api?aban y empujaban unas a otras, como si fuera de la puerta las esperase el m?s inminente peligro. Iban y ven?an los mozos aprovechando claros y describiendo sinuosidades, como el arroyo que va buscando para correr entre las bre?as las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya; apenas hab?a un plato de que disponer; pedimos sin embargo, de lo que hab?a, y nos trajeron varios restos de manjares que alguno que hab?a cenado antes que nosotros hab?a tenido la previsi?n de dejar sobrantes. "Hicimos semblante" de comer, seg?n dec?an nuestros antepasados, y como dicen ahora nuestros vecinos, y pagamos como si hubi?ramos comido.

?sta ha sido la primera vez en mi vida, sal? diciendo, que me ha costado dinero un rato de hambre.
Entr?monos de nuevo en el sal?n de baile y, cansado ya de observar y de o?r sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el n?mero de hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambici?n se limit? a conquistar con los codos y los pies un rinc?n donde ceder algunos minutos a la fatiga. All? me recost?, p?seme la careta para poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpi?ndose mi imaginaci?n entre mil ideas opuestas, hijas de la confusi?n de sensaciones encontradas de un baile de m?scaras, me dorm?, mas no tan tranquilamente como lo hubiera yo deseado.

Los fisi?logos saben mejor que nadie, seg?n dicen, que el sue?o y el ayuno, prolongado sobre todo, predisponen la imaginaci?n d?bil y acalorada del hombre a las visiones nocturnas y a?reas, que vienen a tornar en nuestra irritable fantas?a formas corp?reas cuando est?n nuestros p?rpados aletargados por Morfeo. M?s de cuatro que han pasado en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no existe, han debido al sue?o y al ayuno sus estupendas apariciones. Esto es precisamente lo que a m? me aconteci?, porque al fin, seg?n expresi?n de Terencio, homo sum et nihil humani a me alienum puto.

No bien hab?a cedido al cansancio, cuando imagin? hallarme en una profunda oscuridad; reinaba el silencio en torno m?o; poco a poco una luz fosf?rica fue abri?ndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma m?gica se me fue acercando misteriosamente por s? sola, como un luminoso meteoro. Salt? un tap?n con que ven?a herm?ticamente cerrada, un torrente de luz se escap? de su cuello destapado, y todo volvi? a quedar en la oscuridad. Entonces sent? una mano fr?a como el m?rmol que se encontr? con la m?a; un sudor yerto me cubri?; sent? el crujir de la ropa de una fantasma bulliciosa que ligeramente se mov?a a mi lado, y una voz semejante a un leve soplo me dijo con acentos que no tienen entre los hombres signos representativos: "Abre los ojos, Bachiller; si te inspiro confianza, s?gueme"; el aliento me falt? flaquearon mis rodillas; pero la fantasma despidi? de s? un peque?o resplandor, semejante al que produce un fumador en una escalera tenebrosa aspirando el humo de su cigarro, y a su escasa luz reconoc? brevemente a Asmodeo, h?roe del Diablo Cojuelo.

-Te conozco -me dijo-, no temas; vienes a observar el carnaval en un baile de m?scaras. ?Necio!, ven conmigo; do quiera hallar?s m?scaras, do quiera carnaval, sin esperar al segundo mes del a?o.

Arrebatome entonces insensible y r?pidamente, no s? si sobre alg?n drag?n alado, o vara m?gica, o cualquier otro bagaje de esta especie. Ello fue que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en la atm?sfera sobre Madrid, como el ?guila que se columpia en el aire buscando con vista penetrante su temerosa presa, fue obra de un instante. Entonces vi al trav?s de los tejados como pudiera al trav?s del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.

-Mira -me dijo mi extra?o cicerone-. ?Qu? ves en esa casa?
-Un joven de sesenta a?os disponi?ndose a asistir a una suar?; pantorrillas postizas, porque va de calz?n; un frac diplom?tico; todas las maneras afectadas de un seductor de veinte a?os; una persuasi?n, sobre todo, indestructible de que su figura hace conquistas todav?a...
-?Y all??
-Una mujer de cincuenta a?os.
-Obs?rvala; se ti?e los blancos cabellos.
-?Qu? es aquello?
-Una caja de dientes; a la izquierda una pastilla de color; a la derecha un polis?n.
-?C?mo se ci?e el cors?! Va a exhalar el ?ltimo aliento.
-Repara su gesticulaci?n de coqueta.
-?Ente execrable! ?Horrible desnudez!
-M?s de una ha deslumbrado tus ojos en alg?n sarao, que debieras haber visto en ese estado para ahorrarte algunas locuras.
-?Qui?n es aquel m?s all??
-Un hombre que pasa entre vosotros los hombres por sensato; todos le consultan: es un c?lebre abogado; la librer?a que tiene al lado es el disfraz con que os enga?a. Acaba de asegurar a un litigante con sus libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido; mira c?mo cierra los libros en cuanto sali?, como t? arrojar?s la careta en llegando a tu casa. ?Ves su sonrisa maligna? Parece decir: venid aqu?, necios; dadme vuestro oro; yo os dar? papeles, yo os dar? frases. Ma?ana ser? juez; ser? el int?rprete de Temis. ?No te parece ver al loco de Cervantes, que se cre?a Neptuno?

Observa m?s abajo: un moribundo; ?oyes c?mo se arrepiente de sus pecados? Si vuelve a la vida, tornar? a las andadas. A su cabecera tiene a un hombre bien vestido, un bast?n en una mano, una receta en la otra: "O la tomas, o te pego. Aqu? tienes la salud", parece decirle, "yo sano los males, yo los conozco"; observa con qu? seriedad lo dice; parece que lo cree ?l mismo; parece perdonarle la vida que se le escapa ya al infeliz. "No hay cuidado", sale diciendo; ya sube en su bomb?; ?oyes el chasquido del l?tigo?
-S?.
-Pues oye tambi?n el ?ltimo ay del moribundo, que va a la eternidad, mientras que el doctor corre a embromar a otro con su disfraz de sabio. Ven a ese otro barrio.
-?Qu? es eso?
-Un duelo. ?Ves esas caras tan compungidas?
-S?.
-M?ralas con este anteojo.
-?Cielos! La alegr?a rebosa dentro, y cuenta los d?as que el decoro le podr? impedir salir al exterior.
-Mira una boda; con qu? buena fe se prometen los novios eterna constancia y fidelidad.
-?Qui?n es aqu?l?
-Un militar; observa c?mo se paga de aquel oro que adorna su casaca. ?Qu? de trapitos de colores se cuelga de los ojales! ?Qu? vano se presenta! "Yo s? ganar batallas", parece que va diciendo.
-?Y no es cierto? Ha ganado la de ***.
-?Insensato! ?sa no la gan? ?l, sino que la perdi? el enemigo.
-Pero...
-No es lo mismo.
-?Y la otra de ***?
-La casualidad... Se est? vistiendo de grande uniforme, es decir, disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E.; ?l y los que as? le ven, creen que ya no es un hombre como todos.
?

-Ya lo ves; en todas partes hay m?scaras todo el a?o; aquel mismo amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la querida que te repite que te adora, ?no te est?n embromando toda la vida? ?A qu?, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal a la calle y ver?s las m?scaras de balde. S?lo te quiero ense?ar, antes de volverte a llevar donde te he encontrado -concluy? Asmodeo-, una casa donde dicen especialmente que no las hay este a?o. Quiero desencantarte.

Al decir esto pas?bamos por el teatro.
-Mira all? -me dijo- a un autor de comedia. Dice que es un gran poeta. Est? muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes y de Ner?n y de Otelo... ?Infeliz! ?Pero qu? mucho? Un inmenso concurso se lo cree tambi?n. ?Ya se ve! Ni unos ni otros han conocido a aquellos se?ores. Repara y r?ete a tu salvo. ?Ves aquellos grandes palos pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y casas, y habitaciones, ?y qu? m?s s? yo! ?Ves aquel que sale ahora? Aqu?l dice que es el grande sacerdote de los griegos, y aquel otro Edipo, ?los conoces t??
-S?; por m?s se?as que esta ma?ana los vi en misa.

-Pues m?ralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y Yocasta, y el pueblo tebano entero, se van a cenar sin m?s acompa?amiento, y dej?ndose a su patria entre bastidores, alg?n carnero verde, o si quieres un excelente beefsteak hecho en casa de Genyeis. ?Quieres o?r a Sem?ramis?
-?Est?s loco, Asmodeo? ?A Sem?ramis?
-S?; m?rala; es una excelente conocedora de la m?sica de Rossini. ?O?ste qu? bien cant? aquel adagio? Pues es la viuda de Nino; ya expira; a imitaci?n del cisne, canta y muere.

Al llegar aqu? est?bamos ya en el baile de m?scaras; sent? un golpe ligero en una de mis mejillas.

"?Asmodeo!", grit?. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno m?o. "?Asmodeo!", quise gritar de nuevo; despi?rtame empero el esfuerzo. Llena a?n mi fantas?a de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes api?ados, todos los pa?ses me rodean en breve espacio; un chino, un marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un escoc?s... ?Cielos! ?Qu? es esto? ?Ha sonado ya la trompeta final?

?Se han congregado ya los hombres de todas las ?pocas y de todas las zonas de la tierra, a la voz del Omnipotente, en el valle de Josafat...? Poco a poco vuelvo en m?, y asustando a un turco y una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosof?a de un hombre que no ha cenado, e imitando las expresiones de Asmodeo, que a?n suenan en mis o?dos: "El mundo todo es m?scaras: todo el a?o es carnaval".

Publicado por carmenlobo @ 8:00
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