Mi?rcoles, 29 de marzo de 2006
El vendedor de libros

El Semanal
26 de marzo de 2006


El primer d?a que lo vi ?a principios de los a?os setenta? me qued? asombrado por su mercanc?a y su aspecto: un fulano cargado de libros, deambulando como un buhonero por la enloquecida redacci?n de Pueblo, entre redactores apresurados, jefes de secci?n al borde del infarto, correctores, linotipistas, fot?grafos, enviados especiales regresando de Oriente Medio, reporteros de sucesos con la foto ?robada con el marco a la viuda? del sereno muerto la noche anterior, actores de cine busc?ndose la vida, flamencas, toreros, putas, alcoh?licos relativamente an?nimos, burlangas que palmaban la n?mina en una noche, y toda, en fin, la fauna estrafalaria que en aquellos tiempos se mov?a por el legendario edificio de la calle Huertas de Madrid.

El librero ambulante se llamaba Jos? Bustillo, y se ganaba la vida por las redacciones de los diarios, las radios y la televisi?n. Era un tipo sesent?n, simp?tico y vivaz, que ten?a el pelo blanco ligeramente rizado, usaba lentes y vest?a muy correcto, con chaqueta y corbata. Aparec?a por el peri?dico el d?a de cobro, con montones de libros que sub?a desde su coche, aparcado en la puerta. El coche era una verdadera librer?a m?vil que inclu?a desde las ?ltimas novedades a cl?sicos, colecciones de lujo e incluso libros de texto. Y su sistema de venta era arriesgado, pero funcionaba. Vend?a a cr?dito, bajo palabra, y cada mes se le satisfac?a, seg?n las posibilidades de cada cual, la cuota adecuada. Apenas le puse la vista encima, me apunt? al sistema. Tras un breve an?lisis de mi limitada econom?a veintea?era, acordamos tres mil pesetas al mes: la novena parte de mis ingresos de entonces. Y durante catorce o quince a?os, hasta su muerte, cumplimos como caballeros. Yo abon? mis deudas mensuales puntualmente, y ?l, a cambio, fue llenando los estantes de mi casa y mi mochila de reportero con libros maravillosos.

A?n siguen junto a m? cuando escribo estas l?neas, treinta a?os despu?s: el Casares y el Mar?a Moliner, los tres vol?menes del vocabulario de Lope de Vega editados por la Academia, el valioso caudal biogr?fico de Emil Ludwig y de Andr? Maurois, las obras completas de Stendhal, Goethe, Tolstoi y Dostoievsky en Aguilar, y las de Thomas Mann y Proust en Plaza y Jan?s, e innumerables libros de Austral, Alianza o la Biblioteca de Autores Espa?oles. Tambi?n fue ?l quien me proporcion? los primeros vol?menes ?Herodoto, Jenofonte, Eur?pides? de la Biblioteca Cl?sica Gredos, de la que, tres d?cadas despu?s, otro librero amigo, Antonio M?ndez, acaba de enviarme el n?mero 345: volumen VI de los discursos de Cicer?n. A Jos? Bustillo debo tambi?n la primera pieza de la que, con el tiempo, se convertir?a en densa bibliograf?a hist?rica del siglo XVII, base documental de las aventuras del capit?n Alatriste: los siete amen?simos vol?menes de Deleyto y Pi?uela sobre la Espa?a de Felipe IV. Sin olvidar la deuda que tengo a medias con Bustillo y con un querido compa?ero de entonces, el periodista Jos? Ram?n Zabala, quienes, durante una charla nocturna en torno a tres tazas de caf?, a la hora de cierre de la edici?n de provincias, me descubrieron, v?a El jugador de ajedrez, a un novelista y bi?grafo para m? desconocido, pero que ser?a decisivo en mi vida y mi biblioteca: el Stefan Zweig de las obras completas encuadernadas en cuero verde por la editorial Juventud; autor entonces ninguneado por la cr?tica literaria espa?ola, y al que, tras la espl?ndida rehabilitaci?n hecha por la editorial Acantilado, los mismos que entonces lo despreciaban ?la ?nica literatura seria eran Faulkner y Joyce, sosten?a esa panda de gilipollas? ensalzan ahora sin ning?n rubor, como si Zweig y ellos se tutearan de toda la vida.

No recuerdo el a?o en que muri? el vendedor de libros. Fue a finales de los ochenta. Lo que s? recuerdo es que su viuda llam? por tel?fono para decirme que en las notas de su marido quedaba pendiente un pago m?o, el ?ltimo, de cinco mil pesetas. Acud? de inmediato a la peque?a tienda familiar que ten?an junto a la plaza del Callao, y satisfice mi deuda econ?mica. La otra, a la que intento hacer justicia tecleando estas l?neas, no podr? satisfacerla nunca. Los libros que he escrito existen, en parte, tambi?n gracias a Jos? Bustillo. Y me gusta pensar que tal vez se habr?a sentido orgulloso llev?ndolos en el abollado maletero de su coche, pase?ndolos por las redacciones de los peri?dicos donde con tanta nobleza se ganaba la vida.





Publicado por carmenlobo @ 8:18  | P?rez-Reverte, Arturo
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