Mi?rcoles, 23 de noviembre de 2005

F?LIX DE AZ?A
EL PAIS


Har? cosa de un mes, Fernando Savater comentaba sagazmente su novela del verano. Como reflejo del inmisericorde est?o hab?a elegido un grueso volumen, La monta?a m?gica, soberbio relato que tiene lugar en la clausura de un sanatorio para tuberculosos. All? sit?a Thomas Mann el jerogl?fico de nuestro paso por la prisi?n del tiempo, en cuyos l?mites debemos negociar con la muerte. Fraternalmente, mi libro de agosto, otro monstruo de 860 p?ginas, trataba tambi?n de una reclusi?n, pero en un claustro espacial, un desolado campo de trabajos forzados.

Con el t?tulo de El v?rtigo, Evgenia Ginzburg relat? su agon?a de casi veinte a?os en el gulag de Kolyma, frente al golfo de Shelijov, en el extremo septentrional de la URSS asi?tica. Triturada por la m?quina del terror estalinista desde las primeras purgas de 1937 y confinada hasta su rehabilitaci?n en 1957, es milagroso que una tan excepcional narradora haya sobrevivido entre millones de cad?veres para poder contar la espantosa historia de su reclusi?n. Anteriormente publicada en dos tomos, la autobiograf?a ha sido reeditada por Galaxia Gutenberg en uno solo y con emocionante pr?logo de Antonio Mu?oz Molina.

Si el claustro temporal de Mann nos permit?a conocer c?mo se negocia con la muerte, el encierro espacial de Ginzburg nos ilustra sobre el negocio de la vida. El reflexivo y ocioso Hans Castorp est? permanentemente ocupado por el sentido o m?s bien sinsentido de la muerte, rodeado de moribundos reflexivos y ociosos. Para los esclavos del gulag, en cambio, la muerte no es el problema, muy al contrario: all?, en donde amanecer a la pr?xima aurora depende de unos gramos de pan, de la resaca del carcelero o de conservar un diente capaz de roer ra?ces, la muerte no es el problema, sino m?s bien la soluci?n del verdadero problema, que es c?mo seguir con vida las pr?ximas horas.

Conocemos mucho mejor el aparato destructivo del nazismo que el del estalinismo. En principal lugar, porque los alemanes perdieron la guerra, pero tambi?n gracias a las im?genes que han quedado de la barbarie nazi. En cambio, apenas hay im?genes de la barbarie sovi?tica. Los testimonios escritos de Solyenitzin y Ginzburg tienen, por lo tanto, la misma relevancia que las memorias de Primo Levi, pero con el valor a?adido de su rareza. Tras la apertura de los archivos rusos en tiempos de Yeltsin, la investigaci?n hist?rica ha permitido evaluar el horror estalinista, en muchos aspectos superior al de los nazis. No obstante, la barbarie nazi ha sido infinitamente m?s asimilada e interiorizada que la bolchevique. De ah? la conveniencia de seguir leyendo testimonios como el de Ginzburg. En ellos se aprende a vivir.

Lo m?s chocante de los asesinatos y deportaciones estalinistas no es su arbitrariedad, su condici?n ca?tica, chapucera, delirante, sino su eficacia. Muchas veces olvidamos que los reg?menes totalitarios son monstruosamente eficaces gracias a su ineficacia y que el Reich alem?n logr? asesinar a millones de jud?os mientras perd?a una guerra. Para Hitler y para Stalin lo en verdad importante era la destrucci?n de sus s?bditos. Todo lo dem?s era secundario. La eficacia de la destrucci?n interna es la ?nica eficacia demostrada por los reg?menes totalitarios. Y para conseguirla necesitan colaboradores.

En las memorias de Ginzburg aparecen con consoladora frecuencia gestos de coraje casi suicida por parte de algunas gentes que tratan de defender a los inocentes. Estas conmovedoras escenas nos reconcilian con la especie, pero no es menos cierto que casi todas las muestras de valent?a y honradez las protagonizan otros reclusos, deportados, presos, o habitantes de los campos de trabajo, desprovistos de ciudadan?a. Aquella parte de la poblaci?n que se hab?a librado moment?neamente de la destrucci?n no s?lo evitaba cualquier contacto con los condenados, sino que ayudaba servilmente a la polic?a, aun cuando le constara la inocencia del acusado. O precisamente porque le constaba la inocencia del acusado.

En esto consiste la fat?dica eficacia del totalitarismo. Cuando Ginzburg asiste at?nita a sus primeros juicios por "terrorismo trotskista", todav?a cree ser objeto de un craso error administrativo que se remediar? de inmediato. Ella es una comunista fan?tica, pertenece al partido, ocupa un cargo de responsabilidad, forma parte de la aristocracia del sistema. No es de extra?ar que se sorprenda una y otra vez cuando comprueba que los testigos de cargo, los que van a enviarla a la muerte, son sus amigos y colaboradores m?s pr?ximos, los cuales conocen con absoluta certeza la falsedad de las acusaciones. As? funciona un mecanismo cuya perversi?n no cabe en la cabeza de personas honestas y moralmente sanas como Ginzburg, es decir, que un proyecto pol?tico consista en condenar inocentes. Y que si alguien testifica en contra de lo exigido por el partido, de inmediato la polic?a descubra con enorme ?xito a otro peligroso terrorista.

Los m?s avispados lo entendieron desde el primer momento. Se percataron al instante de que la eficacia del terror se basa en la arbitrariedad, de manera que cuando vieron caer en las fauces bolcheviques a un pariente, un amigo, un camarada obviamente inocente, se apresuraron a confirmar las acusaciones para ponerse a salvo, no fuera a ser que la proximidad les condenara a ellos por ?smosis. Lo m?s abyecto del terror totalitario es que su aparato conf?a en la inevitable colaboraci?n de los m?s cercanos a las v?ctimas. Esa traici?n genera una culpa imborrable en los colaboradores, y permite a las dictaduras imponerse tanto tiempo cuanto dure la culpa compartida por una generaci?n.

El terror es tanto m?s eficaz cuanto m?s incomprensible e insensato. Una administraci?n tan rudimentaria como la sovi?tica, incapaz de llevar a cabo un plan agr?cola, pudo, sin embargo, cosechar millones de vidas y horas de trabajo en los campos de concentraci?n con una eficacia admirable. Cuando los consejeros americanos planificaron la represi?n chilena tras el golpe de Pinochet, insistieron en que se asesinara a gente inocente. S?lo de ese modo las buenas personas, el com?n de la sociedad, colaborar?an amablemente con la polic?a. Y as? fue. El momento de mayor terror en las provincias vascongadas no tuvo lugar mientras ETA asesinaba guardias civiles (una sociedad atemorizada sabe justificar el sacrificio de los subordinados), sino cuando comenz? a matar ingenieros y peluqueros. De inmediato se produjo una colaboraci?n popular espont?nea que antes no exist?a. Primero, en trela gente m?s vulnerable, en las aldeas y caser?os; luego, en el aparato pol?tico del PNV. La denuncia, el chivatazo, las dianas trazadas con tinta negra, las exclusiones, los insultos, los an?nimos, las expulsiones, la barbarie, han culpabilizado a la sociedad vasca para varias generaciones.

En el encierro espacial, en el lager, en el gulag, en aquellas sociedades que construyen muros a su alrededor, es imprescindible la invenci?n de un enemigo interno que debe ser destruido. Al comienzo, las razones son caprichosas y est?ticas: la raza, la sangre, la tradici?n, la religi?n, la revoluci?n, la identidad, pero por lo menos hay un intento de racionalizar la discriminaci?n. Muy pronto, en cuanto caen los primeros inocentes, los verdugos asumen la vileza y se convierten en v?ctimas. Los oficiales de la polic?a sovi?tica que torturaban a Ginzburg se mostraban indignados por el peligro que corr?an viviendo en contacto diario con gente tan peligrosa como ella y sus compa?eros de esclavitud. Aquel semicad?ver cubierto de harapos era juzgado como un temible enemigo por los abrigados, bien nutridos, robustos verdugos. As? es la ley del terror: son las v?ctimas quienes amenazan nuestra vida, nuestra libertad y nuestra identidad..., dicen los verdugos mientras despojan de identidad, libertad y vida a sus v?ctimas.

Para salvar el pellejo y a imitaci?n de los verdugos, la sociedad atemorizada reacciona contra los inocentes. Pero para colaborar con entusiasmo en la represi?n no es preciso tener pendiente la vida. A?os m?s tarde, cuando ya s?lo estaba en juego el disfrute de los privilegios, la amistad de los poderosos o la opini?n del partido seg?n sus comisarios, la buena gente segu?a alimentando la calumnia contra los inocentes. Hasta el ?ltimo momento, hasta que Jruschev puso en marcha el deshielo con el fin de librarse del aparato estalinista para imponer el suyo, hasta que se hizo oficial que Stalin hab?a sido un genocida, la buena gente segu?a diciendo que los esclavos de Kolyma eran unos peligrosos criminales y que el Gran Padrecito hab?a mostrado una singular inteligencia al descubrirlos y machacarlos veinte a?os atr?s.

El terror totalitario puede llegar a ser tan colosal como el de la Alemania nazi o la Rusia de Stalin, pero hay tambi?n un totalitarismo de baja intensidad. Los EE UU del macartismo, la Argentina peronista, la Sur?frica del apartheid, la Sicilia de la Mafia, la Serbia de Karadzic. Son prisiones totalitarias todos aquellos lugares que se cierran en s? mismos como un claustro y en los que un grupo toma en propiedad la totalidad del espacio p?blico. Como por partenog?nesis, en los territorios cerrados la poblaci?n se escinde en v?ctimas y verdugos. No hay adversarios con los que negociar, s?lo enemigos a destruir. Los inocentes, por su parte, deben negociar la vida minuto a minuto. Son excluidos, son calumniados, m?s tarde o m?s temprano ser?n condenados. ?Su culpa? Ser v?ctimas y, en consecuencia, provocar la inconfesable verg?enza de los verdugos. El verdugo no soporta a los testigos de su verg?enza, as? que no tiene otro remedio que destruir a las v?ctimas. Y entonces, cuando dispara el tiro en la nuca, pronuncia la frase inmortal: "?Ves lo que me obligas a hacer, h de p?".



Publicado por carmenlobo @ 4:24
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