Viernes, 25 de noviembre de 2005

Arturo P?rez-Reverte
El Semanal (Noviembre 2005)

Mendigar es tambi?n cuesti?n de oportunidad y de concepto. Si se lo curran, les das la camisa


Qu? bonito. El otro d?a un concejal de no s? qu? habl? de mendigos y mendigas. Ya hasta la miseria real o presunta debe ser socialmente correcta. Y est? bien ponerla al d?a, la verdad, porque ?ltimamente todo cristo pide algo por la calle. Como antes, pero m?s. Est?s parado en una esquina, sentado en la terraza de un bar, caminas por la acera, bajas las escaleras del metro, y siempre hay alguien que te pide una moneda. Los hay que abordan con tacto exquisito ??si es usted tan amable??, que lo plantean como un favor puntual ??pr?steme para el autob?s??, los que se curran el registro del colegueo ??dame argo que ando tieso, pa m? y pal perro?? y diversos etc?teras m?s, incluidas las rumanas de los sem?foros, que no te las quitas de encima ni atropell?ndolas, y esas Rosarios de rompe y rasga que, cuando rechazas la ramita de romero, te llenan de maldiciones y desean que te salga un c?ncer en mal sitio, por malaje. Tambi?n vuelve un tipo de mendigo que parec?a extinguido: el que ense?a los mu?ones como en tiempos de Quevedo, s?lo que ahora suele tener acento eslavo o de por ah?. Aunque uno al que veo mucho en la puerta del Sol no s? qu? acento tiene, porque va por la calle Preciados con los mu?ones de los dos brazos al aire y un vasito de m?quina de caf? cogido con los dientes para que le pongan las monedas, soltando unos gemidos infrahumanos que hielan la sangre.

De todos ellos, como creo haberles contado alguna vez, los que nunca me sacan un c?ntimo son los llorones: los que se ponen de rodillas gritando que tienen hambre, o sit?an un Cristo o una Virgen delante, los brazos en cruz y el rostro inclinado entre la supuesta oraci?n y la supuesta verg?enza por tener que pedir para que coman sus hijos; como uno que no me extra?a que tenga hambre, porque lleva diez a?os arrodillado con su estampita junto a un lujoso hotel de Madrid en vez de buscar trabajo en la obra m?s cercana, que est? llena de inmigrantes con casco, ganarse el pan y comer algo. Tampoco me gustan los que piden con malos modos o mala sombra, por la cara. Si me van a sacar viruta, pienso, al menos que se la trajinen. No hace mucho, paseando una noche con Javier Mar?as, nos abord? un sujeto con malos modos y acento extranjero. Al decirle que no, el jambo se puso delante cort?ndonos el paso y nos solt?: ?Maricones?. Cuando me dispon?a a darle una patada en los huevos, Javier se interpuso, meti? la mano en el bolsillo y afloj? un euro. ?Por perspicaz?, le dijo con mucho humor. Fuese el otro, y no hubo nada. Y es que el rey de Redonda es as?: pac?fico. Y lleva suelto.

A otros, en cambio, si se lo curran, les das la camisa. Es cuesti?n de oportunidad y de concepto. De arte. El caso m?s espl?ndido me ocurri? hace poco en C?diz. Sal?a con mi compadre ?scar Lobato de comer en El Faro, en el barrio de la Vi?a; y cerca de all? hab?a en la acera, junto a un portal, un fulano sentado en un sill?n de cretona con cabezal de ganchillo: un sill?n casero de toda la vida, sacado afuera, supongo, para que su propietario tomara el fresco. Y el propietario en cuesti?n estaba a tono: ch?ndal, zapatillas, treinta y tantos a?os largos, tatuaje carcelario en la mano, un pitillo en la boca. Imag?nense la escena, el tipo sentado en el sill?n, la ropa tendida, las marujas de charla en los balcones, las palomas picoteando restos de bollicao en el suelo. ?Denme argo, caballeros?, dijo el fulano cuando pasamos por delante, sin moverse y con mucha educaci?n. ?scar, que es de la tierra, se detuvo ante ?l, lo mir? con una cara muy seria y la guasa en sus ojos de zorro veterano, y coment?: ??Hace calor dentro, verdad??. Y el del sill?n dijo: ?Jorrorozo?. ?scar introdujo con parsimonia la mano en el bolsillo. ?T? eres de C?diz, claro?, apunt?. Y el otro, sosteni?ndole la mirada imperturbable, respondi?: ?De Cai, zize??. Y a musha jonra?. Mi compadre le dio un euro, yo otro, y cuando echamos de nuevo a andar, el pavo se puso en pie, fue caminando un trecho detr?s, y al cabo lo vimos cruzar la calle y meterse tranquilamente en un bar, a invertir el capital: uno de esos sitios con barriles de cerveza en la puerta, mucho t?o dentro, mostrador de cinc y fotos de equipos de f?tbol en la pared. Nos lo quedamos mirando, y al fin ?scar, con un suspiro, murmur?: ?C?diz?. Y luego, con una sonrisa: ?C?mo no le vas a dar. A la criatura?.





Publicado por carmenlobo @ 10:55  | P?rez-Reverte, Arturo
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