Jueves, 20 de octubre de 2005
Arturo P?rez-Reverte El Semanal 9/10/2005



Siempre he dicho que, en un incendio, salvar?a a Mordaunt, mi perro, y la colecci?n completa de las aventuras de Tint?n: todos los vol?menes en su antiguo formato, con tapa dura y lomos de tela. Alguno de los m?s viejos a?n tiene pegada la etiqueta con su precio original: 60 pesetas. Ca?an en mis manos dos o tres veces al a?o ?juntaba cien pesetas el d?a de mi santo y cincuenta cada cumplea?os?, cuando, son?ndome las monedas en el bolsillo de los pantalones cortos, me paraba ante el mostrador de madera donde el librero, el se?or Escarabajal, me mostraba los ejemplares para que eligiese uno, antes de salir a la calle con ?l en las manos, aspirando el olor maravilloso a buen papel y a tinta fresca que, desde aquellos primeros a?os ?editorial Juventud, Mateu, Bruguera, Molino?, asoci? siempre con el viaje y la aventura. Y viceversa: m?s tarde, cuando aterrizaba en lugares lejanos o desembarcaba en puertos ex?ticos, a menudo los vincul? con aquel olor a papel y aquellas p?ginas. No es extra?o, despu?s de todo, que para un reportero tintin?filo contumaz, el primer viaje profesional fuese al Pa?s del Oro Negro, y que la primera vez que puse pie en los Balcanes, el pensamiento inicial fuese que hab?a llegado, por fin, a Syldavia.

A?n los hojeo de vez en cuando, sobre todo mi favorito: Stock de coque. Me gusta mucho ese volumen porque lo considero el m?s equilibrado y perfecto, pero sobre todo porque su protagonista principal es el mar, y porque adem?s de Piotr Pst ?ametrallador con babero? y viejos amigos como el general Alc?zar, Abdallah, Muller, el malvado Rastapopoulos y el comerciante Oliveira de Figueira, aparece todo el tiempo el capit?n Haddock. Y les juro a ustedes que una de las razones por las que me ech? una mochila a la espalda y puse un pie delante del otro, fue porque iba en busca de un amigo como ?se. Porque quer?a conocer al Haddock que la vida pod?a tenerme destinado en alguna parte.

Lo encontr?, desde luego. Varias veces tuve ese privilegio. Unos se le parecieron mucho y otros menos. Unos siguen vivos y otros no. Unos le pegaban al Loch Lomond y otros manejaban con soltura los ep?tetos de saj?, vendedor de alfombras, paranoico e imb?cil. Cada cual tuvo su registro. Pero en todos ellos, en cada compa?ero fiel que la vida me depar? en mi juventud, cada vez que alguien estuvo junto a m?, hombro con hombro, cuando un avi?n Mosquito del Jemed viraba sobre la popa de un sambuk para ametrallarnos en el mar Rojo ??cu?ntas veces no me sent? dentro de esa vi?eta inolvidable!?, pude reconocer al marino gru??n y barbudo que acompa?? tantas horas felices y tantos sue?os de mi infancia, desde el d?a decisivo y magn?fico en que lo conoc? a bordo del Karaboudjan, buscando luego el aerolito misterioso en el puente del nav?o polar Aurora, acompa??ndolo despu?s ?o quiz? me acompa?? ?l a m? tras el rastro del Unicornio al mando del Sirius de su amigo el capit?n Chester, esquivando en otra ocasi?n los torpedos del submarino pirata, marcha adelante y marcha atr?s, con el tel?grafo de ?rdenes del Ramona, o repeinado con raya en medio y uniforme de gala en la sala de marina del castillo de Moulinsart, all? donde Bianca Castafiore ?el ruise?or milan?s? estuvo a pique de llev?rselo al huerto, seg?n reportaje de Paris Flash, con fotos de Walter Rizotto y texto de Jean-Loup de la Battelerie.

El otro d?a ocurri? algo extra?o. Recib? una carta de un joven lector, asegurando que a veces, en algunos de estos art?culos, cuando despotrico sobre zuavos, bachibuzuks y coloquintos, le recuerdo al capit?n Haddock. Con barba y todo, a?ad?a el amigo. Y me dej? pensando. Despu?s fui a la biblioteca, saqu? Stock de coque y lo hoje? un rato. Dios m?o, pens? de pronto. El capit?n, al que siempre vi como un hombre mayor, viejo y curtido por el mar y la vida, ya es m?s joven que yo. ?l sigue ah?, en los libros de Tint?n, sin envejecer nunca, con su barba y su pelo negros, su gorra y su jersey de cuello vuelto con el ancla en el pecho; mientras que la imagen que me devuelve el espejo, la m?a, tiene m?s arrugas, y canas en el pelo y en la barba. Canas que Archibald Haddock, capit?n de la marina mercante, no tendr? jam?s. Soy yo quien envejece, no ?l. Ya no soy Tint?n, ni volver? a serlo nunca. Soy yo quien ha pasado, con el tiempo, al otro lado de las vi?etas que acompa?aban mi infancia. Y mientras devuelvo el ?lbum a su estanter?a, me sube a la garganta una risa desesperada y melanc?lica. Mil millones de mil naufragios.



Tags: Arturo Pérez-Reverte

Publicado por carmenlobo @ 14:59  | P?rez-Reverte, Arturo
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