Lunes, 21 de febrero de 2005
El abrigo de vis?n
Arturo P?rez-Reverte


Alguna vez he escrito de mis compadres los viejos choros, artistas capaces de quitarle herraduras a un caballo al galope, maestros de lo suyo, espl?ndidos buscavidas de aquella Espa?a cutre que ya s?lo es posible revisitar en las viejas pel?culas de Pepe Isbert, Manolo Mor?n y Tony Leblanc. Esas pel?culas divertidas, geniales, que ninguna televisi?n de este pu?etero pa?s emite nunca, porque a los imb?ciles de sus programadores les resulta m?s f?cil inundarnos de telemierda norteamericana.

Esta ma?ana me llam? por tel?fono uno de esos amigos: Antonio Carnera, hoy ancianete y jubilado, que en otro tiempo perteneci? a esa ilustre cofrad?a de trileros, piqueros y timadores que hasta hace treinta o cuarenta a?os fue aristocracia barriobajera en puertos y estaciones de ferrocarril. Antonio y el arriba firmante hemos estado charlando un rato de viejos tiempos, de la pensi?n de jubilado que nunca tuvo, de amigos y conocidos comunes como Amalia la Verderona, maestra de piqueros y tomadores del dos, de ?ngel, mi famoso choro de La ley de la calle, o del legendario Muelas, creador del timo del tel?metro y autor inmortal de la venta a un pringao del tranv?a 1001, que es el m?s extraordinario hito de la historia del timo en Espa?a.
Al final hemos quedado en vernos y tomar unas ca?as. Y aunque hace ya un par de horas que colgu? el tel?fono, todav?a sonr?o al recordar el acento madrile?o y chuleta de Antonio, su viejo orgullo profesional cuando le tiro de la h?meda y le hago que largue, y recuerde. Dentro de unos d?as, cuando nos tomemos unas ca?as en cualquier mostrador de zinc o m?rmol, le har? contarme despacio y por en?sima vez su mayor logro profesional, su obra maestra: el timo del abrigo de vis?n. Antonio, que de joven ten?a una planta estupenda, con clase, recurr?a a ese registro cuando quer?a correrse por el morro una juerga. La ?ltima vez fue en el a?o 59, en Madrid, despu?s de haber tocado con ?xito el mismo palo en provincias. Primero alquil? una suite en el Palace, donde se dio una buena zampa; y luego, bien maqueado y engominado, se fue a Pasapoga en busca de la torda m?s espectacular que hubiera a tiro. A los tres boleros, un bayon y dos mambos empez? a ense?ar billetes y a decir eso de qu? hace una mujer como t? en un sitio como ?ste, bomb?n, a ti te ten?a yo como a una reina. Y para demostrarlo, te voy a regalar ma?ana un abrigo de vis?n. Que no, que s?, que t? me tomas el pelo, chato, que yo hablo en serio, mi vida, que ?sa es la fet?n y a m? me salen las lechugas por las orejas, y ese cuerpazo, am?n de otras cosas, est? pidiendo un vis?n pero ya mismo. Total: al d?a siguiente, cita con la gach?, a?n algo incr?dula, en la mejor peleter?a. Pru?bate ?ste. Y ?ste. Nos llevamos ?se, el m?s caro. La jai, por supuesto, alucinando en colores. Y a la hora de pagar, Manolo desenfunda arte y labia: vaya, qu? contrariedad, se me han terminado los cheques, es igual, ll?vemelo a las seis de la tarde al Palace, habitaci?n tal. Y se va con la torda.

Luego, fase crucial: oye, prenda, son las dos, vamos al hotel si te parece, comemos caviar y champ?n y esperamos el abrigo. Chachi. Y claro, a la suite. Y all?, esperando el vis?n, piscolabis de lujo y polvazo inmenso y gratis -?de esos que uno se cae de la cama, colega?-- con la mejor hembra de Pasapoga. Y a las cinco y media en punto, Antonio se levanta. Oye, perdona, mi vida, bajo un minuto a la caja del hotel a sacar met?lico, que traer?n el vis?n de un momento a otro. El resto se lo imaginan ustedes: ese Antonio que se viste. Ese Antonio que baja y cruza el vest?bulo. Ese Antonio que sale a la calle como si fuera a por tabaco. Ese Antonio que no vuelve. Y a las seis, puntual como un clavo, llega el peletero con el vis?n, y sube al cuarto; y le abre la jaca, que ya se va mosqueando, y se monta el pifostio. Y en esas aparece el cajero del Palace sin nadie que le pague una cuenta que te cagas, incluida la suite, y el caviar, y el champ?n, y las flores que Antonio -que es un rom?ntico- le regal? a la gach?.
Eso, se pongan como se pongan los mojigatos y las feministas galopantes, es arte, se mire por donde se mire. Arte de verdad, de la vieja escuela; filigrana imposible sin mucho morro, aplomo y talento. Y o?rselo contar al artista, imaginen.

Por eso ya disfruto de antemano el momento en que Antonio Carnera, con la cuarta cerveza a la mitad, encienda un Ducados, me mire con su temple de viejo jugador de mus, y cuente por en?sima vez aquello de: ?Y en mitad del mambo, la apalanco as? y digo: una mujer con ese cuerpo merece que la tengan como a una reina?.




Publicado por carmenlobo @ 23:52  | P?rez-Reverte, Arturo
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