Martes, 14 de agosto de 2012

LuCES y SOmBRAS
Orlando Van Bredam

a tarde en que el Negro Ludovico comenzó a girar
alrededor del mástil de la plaza, al Doctor
Arismendi se le murió el décimo paciente en el término
de tres meses. Mientras el Negro intentaba batir el
record de permanencia en bicicleta, el médico sentía
que el fracaso, como una sombra espesa, ocupaba
todos los rincones de la clínica.
Era curioso que, a partir de esa tarde en que se llevaron casi a escondidas los restos de Abel Figueroa,
nadie más entró al consultorio. Ni por una gripe, ni por
un resfrío, ni siquiera por un certificado de favor.
Primero las dos enfermeras, después el médico, advirtieron que la gente no sólo no entraba sino que muchos
apuraban el paso como asustados o cruzaban a la vereda de enfrente, a la vereda de la plaza precisamente al
lugar donde Ludovico persistía en la tarea de dar vueltas y vueltas.
El médico había sentido el sismo hacía tiempo, tal
vez dos años atrás, cuando la suerte comenzó a urdirle
un tejido en el cual, con cada gesto, se enred

Había tenido casos difíciles, es cierto, como el de
Antonia Sanabria que llegó cuando ya tenía un pie en el
cajón, o el de Isidro Mendieta que había pasado por las
manos de tres médicos antes de que él le cerrara los
ojos, o el de Gustavo Salazar con una avanzada peritonitis, pero otros, la mayoría habían entrado cantando y
habían salido para el cementerio. Sin ir más lejos, el
propio Abel Figueroa, que vino por una pequeña cirugía y se quedó en la anestesia.
De aquel prestigio levantado en pocos años junto
con la clínica modelo para Raíces sólo quedaban ruinas. Ruinas y un médico y dos enfermeras cada vez más
solos, cada vez más pendientes de lo que ocurría en la
calle, porque el sanatorio siempre vacío les helaba el
alma. Primero miraban desde los ventanales entreabiertos, después desde la puerta del consultorio y por último terminaron sentándose en la vereda e hicieron girar
el mate durante horas con la misma monotonía con la
que Ludovico recorría su círculo en torno del mástil.
Arismendi no había perdido solamente la alegría que
el éxito le había prestado, sino también el habla. Las
enfermeras terminaron por no dirigirle más la palabra
porque él quedaba como sorprendido en una larga
ausencia, ausencia que las horas y los días fueron pronunciando y no contestaba o contestaba con un vago
movimiento de cabeza. Las enfermeras terminaron

hablando entre sí, de todo, menos de enfermedades,
mucho menos de los otros dos médicos de Raíces que
iban absorbiendo los pacientes que la decadencia de
Arismendi dispersaba. Pero de lo que más hablaron las
enfermeras porque naturalmente se les imponía, era de
Ludovico y su bicicleta.
Cada vez que miraban hacia la plaza, cada vez que
querían sorprender un estallido de flores entre los canteros, los últimos juegos del sol en el crepúsculo, las primeras parejas del anochecer, se interponía el Negro
Ludovico con su boina negra, su remera de rayas azules, su bicicleta roja, su infernal recorrido. Siempre
había alguien para darle aliento, para alcanzarle un
mate, una gaseosa, unas galletitas. Siempre había
alguien para que la música de un gigantesco grabador
no lo abandonara nunca. Y Ludovico seguía girando,
infatigable y sonriente.
Y fue precisamente la sonrisa de Ludovico la que
comenzó a inquietar a Arismendi, más que la proeza de
permanecer horas, días y semanas sobre el asiento de
una bicicleta. La sonrisa del Negro Ludovico sacó al
médico de su distracción o, al menos, le cambió el
motivo. Las enfermeras no tardaron en darse cuenta y
dirigirse puntapié cómplices, pero cualquiera que
hubiese pasado entre las ocho y las diez de la mañana
o entre las cuatro y las siete de la tarde, horas en que el

médico sacaba su sillón a la vereda, hubiera advertido
la tenacidad con que Arismendi miraba sin ver o veía de
otra manera la infatigable presencia de Ludovico. Las
enfermeras no sabían a que atribuir este embelesamiento hasta que Arismendi lo dijo, más como un descuido
del pensamiento que como una confesión:
Esa sonrisa…
Esa sonrisa no tenía nada de particular, era simplemente la que se sobreponía a la fatiga, la que devolvía
Ludovico a todo aquel que pasaba por la plaza y le
hacía un gesto de aliento o lanzaba una exclamación,
esa sonrisa era una espontánea respuesta a quienes se
preocupaban por su salud, a los dos o tres o quince o
veinte, según las horas del día y según el día que se
convocaban en la improvisada pista que las ruedas de
la bicicleta habían ido trazando. Sin embargo, para
Arismendi, esa sonrisa no se agotaba en la superficie,
era la forma tallada desde adentro de una razón que
aún no lograba precisar.
Al cabo de dos semanas en que nadie pisó su consultorio, Arismendi concedió un mes de licencia a una
de las enfermeras y prometió hacer lo mismo con la otra
si al término de ese tiempo la situación continuaba.
Severamente preocupado y contra sus principios había
decidido volver al Hospital al que había renunciado
hacía muchos años, seducido por la prosperidad de su

clínica. Las presiones de su mujer, los gastos permanentes de sus hijos, las cuotas del automóvil, el mantenimiento de su sanatorio, la inminencia de las vacaciones, amenazaban tragarse sus ahorros. Debía vencer los
escollos y el orgullo y la antipatía que le provocaba el
Director para hacer las dos cuadras que lo separaban
del Hospital Regional. Entre tanto, seguía sacando la
silla a la vereda y seguía preguntándose por qué sonreía
Ludovico. ¿De qué podía alegrase alguien que sólo
tenía una bicicleta, alguien a quien no se le conocía un
trabajo estable o un oficio definido, alguien que apenas
había cursado la escuela primaria, que vivía en una
modesta casita de palmas en los suburbios de Raíces?
Lo cierto es que a medida que la oscuridad se
cerraba sobre Arismendi y su sanatorio, la luz nacía
sobre Ludovico. Raíces se despertaba y se dormía con
un médico oscuro y un ciclista luminoso, con dos
puntos opuestos pero contiguos. Arismendi comenzó
a entender la sonrisa del Negro Ludovico, la tarde
número veinte en que no menos de doscientas personas rodearon el mástil para aplaudir la hazaña de cuatrocientas horas en bicicleta, verdadero récord en todo
el mundo como vociferaba la radio local. Al grito de
“Ludovico Campeón”, hombres, niños, mujeres y
ancianos celebraban la proeza. Fotografías, filmaciones, corresponsales de diarios de la zona intentaban

perpetuar el acontecimiento.
Arismendi, sentado en el sillón de siempre, tuvo en
plenitud la razón de aquella sonrisa. ¿Todo por esto?, se
decía, todo ese esfuerzo por unos aplausos, por unas
fotos en los diarios, ¿y después qué?, se interrogaba y no
dejaba de mirar aquellas demostraciones de afecto,
aquellos coros que incesantemente vivaban al Negro
Ludovico. Arismendi estaba más solo que nunca, hasta
la única enfermera lo había abandonado para cruzarse
con su permiso hasta la plaza y acompañar el orgullo
de todos los raiceanos por la hazaña del atleta que
había superado los límites del pueblo y cuyo nombre ya
sonaba en la Capital y sus alrededores. La euforia lo
había alzado en andas y Arismendi pudo ver en todo su
esplendor la cansada sonrisa del triunfo, la cansada
sonrisa del Negro Ludovico al que todos querían palmear, abrazar, pesar.
Tocados por confusos sentimientos, Arismendi recogió el sillón y se hundió en el sanatorio. Comenzó a
caminar por el largo pasillo vacío. Hacía sonar los tacos
con furia y descontrol. En esas idas y venidas escuchó
el casi olvidado sonido del timbre de calle, aquel timbre que durante veinte días o más nadie había tocado.
Esperó en suspenso y no dudó. Lo buscaban. A él
mismo le pareció absurdo, pero lo buscaban. Con una
sonrisa abrió la puerta del consultorio y con la mismalo había sido- dos meses después cua

sonrisa escuchó las palabras entrecortadas de quienes
sostenían con dificultad el cuerpo de Ludivico.
–Está muy mal, doctor… el Negro se descompuso.
No reacciona.
Tres lo colocaron sobre la camilla mientras decenas
se acumulaban en los pasillos, el jardín, la vereda.
Nunca hubo tanta gente en la Clínica Modelo de
Raíces. Arismendi sabía lo que eso significaba, tanto lo
sabía que sonreía feliz pero también lleno de miedo.
En sus manos quedaba el ídolo, con la sonrisa apagada; de sus manos vendría la salvación o la condena,
la recuperación o el hundimiento definitivo. Aunque
era sencillo reanimar aquel cuerpo agotado, Arismendi
se persignó antes de colocarle la máscara de oxígeno.
Mientras las enfermeras inyectaban una intravenosa,
Arismendi se quitó el sudor de la frente y comenzó a
sonreír con una sonrisa nueva, desconocida.
No dejó de sonreír cuando el Negro Ludovico caminó con los brazos en alto hacia la muchedumbre que en
el jardín de la clínica lo recibió con aplausos; tampoco
cuando una avalancha de manos apretaron las suyas
para agradecerle. Mucho menos, cuando, al otro día, la
enfermera recibió azorada los primeros pacientes y él,
esa misma tarde, se dio el lujo de decirle que no, definitivamente que no, al Director del Hospital Regional.
No dejó de sonreír y de tornarse locuaz -como siempre

lo había sido- dos meses después cuando la Clínica
Modelo de Raíces le exigió contratar los servicios de dos
nuevas enfermeras.
Sospechaba a su alrededor la existencia de un orden
recobrado. Todo volvía a ser como antes, aún cuando no
resistía la tentación de mirar hacia el mástil de la plaza
e imaginar con fastidio la proeza del ciclista. Dejó de
sospecharlo y lo que es peor, de sonreír, la mañana en
que alguien en su consultorio le dijo:
–¿Sabe, doctor?… Desde mañana el Negro Ludovico
intentará batir su propio record.
Esa noche Arismendi no durmió. Desvelado, completamente desvelado, pensaba en el Negro Ludovico y
su bicicleta. Pensaba en la cesárea que debía practicar
al día siguiente. Sobre todo, pensaba con miedo, con
mucho miedo, a quién le tocaría sonreír en este extraño
juego de luces y sombras.

Orlando Van Bredam
Nació en Villa San Marcial (Entre Ríos, Argentina) en l952. Es
profesor en letras. Tiene a su cargo las cátedras de Teoría
Literaria y Literatura Iberoamericana en la Universidad
Nacional de Formosa. Ha abordado el cuento, la poesía, la
novela breve, el ensayo y el teatro. Ha estrenado numerosas
obras teatrales en la región. Ha sido incluido por Mempo
Giardinelli en dos antologías nacionales de cuentos. Algunos
textos suyos han sido traducidos al portugués y al flamenco.
Reside en El Colorado, Provincia de Formosa, Argentina. Por
su novela Teoría del desamparo se hizo acreedor del Premio
Emecé 2007.

http://planlectura.educ.ar/pdf/literarios/van_bredan_int.pdf


Publicado por carmenlobo @ 16:08  | Literatura
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios