Lunes, 12 de marzo de 2012

(El Libro de la Memoria, volumen seis.)
Le parece extraordinario, incluso en la ordinaria realidad de la experiencia, tener los pies sobre la tierra, sentir cómo sus pulmones se contraen y se expanden con elaire que respira, saber que si pone un pie frente al otro será capaz de caminar desde donde está hacia donde quiere ir. Le parece extraordinario que algunas mañanas, pocodespués de despertar, cuando se agacha para atarse los cordones, lo inunde una dicha tan intensa, una felicidad tan natural y armoniosamente a tono con el mundo, que le permite sentirse vivo en el presente, un presente que lo rodea y lo impregna, que llega hasta él con la súbita y abrumadora conciencia de que está vivo. La felicidad que descubre en sí mismo en esos momentos es extraordinaria; y aunque no lo sea, él la encuentra extraordinaria.

A veces parece que vagamos por una ciudad sin rumbo. Vamos por una calle,giramos caprichosamente por otra, nos detenemos a admirar la cornisa de un edificio onos agachamos a examinar una mancha de alquitrán en la acera que nos recuerda a ciertocuadro que admiramos. Observamos las caras de la gente que pasa junto a nosotrosintentando imaginar su vida interior, entramos en un restaurante barato para comer, salimosotra vez y continuamos nuestro camino en dirección al río (si la ciudad tiene un río) paramirar cómo navegan los veleros o contemplar los grandes barcos anclados en el puerto; talvez cantando para nosotros mismos mientras andamos, tal vez silbando, o tal vezintentando recordar algo que hemos olvidado. A veces caminamos por la ciudad y nos parece que no vamos a ninguna parte, que buscamos una forma de matar el tiempo y quesólo nuestra fatiga nos dirá dónde y cuándo detenernos. Pero así como un paso llevainevitablemente a otro, un pensamiento sigue al anterior, y en el caso de que engendre másde uno (digamos dos o tres, equivalentes en todas sus consecuencias), será necesario no sóloseguir al primero hasta su conclusión, sino volver atrás, a la posición inicial, para seguir elhilo del segundo hasta su conclusión, y así sucesivamente. De este modo, si intentamosformar una imagen de este proceso en nuestras mentes, comienza a dibujarse una red decaminos, como en la representación del aparato circulatorio del hombre (corazón, arterias,venas, capilares) o corno en un mapa (por ejemplo, una guía de calles, preferentemente deuna ciudad grande o incluso de carreteras, como los mapas de las gasolineras con rutasque se extienden, se bifurcan y serpentean a lo largo del territorio). Lo que en realidadhacemos cuando caminamos por la ciudad es pensar de tal modo que nuestros pensamientos dibujan un trayecto, compuesto ni más ni menos que por los pasos quehemos seguido. En conclusión, podemos decir sin temor a equivocarnos que hemos hechoun viaje, aunque no hayamos salido de la habitación; podemos afirmar con segundad que hemos estado en algún sitio, incluso si no sabemos dónde.

Libro: La invención de la soledad


Tags: El libro de la memoria, Paul auster

Publicado por carmenlobo @ 19:31  | Literatura
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios