Lunes, 19 de diciembre de 2011

El existencialismo de Ernesto Sabato


La literatura de Sabato se sustenta en un existencialismo que tiene como ejes
principales la soledad, la incomunicación y la humanización de la sociedad. Sabato parte de
la idea de que el ser humano contemporáneo vive una profunda crisis, no económica ni
social, sino espiritual.
El escritor argentino mantiene la teoría de que dicha crisis arranca de una serie de
cambios que se produjeron durante el Renacimiento:
El Renacimiento produjo tres paradojas: fue un movimiento individualista que
condujo a la masificación; fue un movimiento naturalista que terminó en la máquina;
y, en fin, fue un humanismo que desembocó en la deshumanización.
Y ese proceso fue promovido por dos potencias dinámicas y amorales: el dinero
y la razón. Con su ayuda, el hombre conquistó el poder secular, pero (y ahí está la
raíz de la triple paradoja) la conquista se hizo a costa de la abstracción: desde la
palanca hasta el logaritmo, desde el lingote de oro hasta el clearing, la historia
creciente de dominio sobre el universo ha sido la historia de sucesivas y cada vez más
vastas abstracciones. (El Escritor y sus fantasmas, 1971: 55)
La cosificación del ser humano, su conversión en un mero engranaje, es uno de los
temas que más ha preocupado a Sabato durante toda su vida. La solución que plantea a este
problema no es otra que volver la vista a lo esencialmente humano, que para él es el alma:
¿Qué es lo humano? No la carne pura, que es su fundamento zoológico; ni el espíritu
puro, que es su aspiración divina. Lo humano, lo específicamente humano, lo
dolorosamente humano, es el alma. (El Escritor y sus fantasmas, 1971: 176)
Tarea difícil, pero no imposible, en la que el escritor tiene un importante papel. Su
función es explorar las profundidades del alma humana y proporcionar de esa manera un
camino de salvación. Aunque no todos los escritores siguen, a su juicio, este empeño:
En medio del desastre y del combate, inmersos en una realidad que cruje y se
derrumba a lo largo de formidables grietas, los artistas se dividen en aquellos que
valientemente se enfrentan con el caos, haciendo una literatura que describe la
condición del hombre en el derrumbe; y los que, por temor o asco, se retiran hacia

sus torres de marfil o se evaden hacia mundos fantásticos. (El Escritor y sus
fantasmas, 1971: 151)
El comienzo de ese camino de salvación se encuentra en el surgimiento de la angustia,
que aparece con el despertar del individuo a lo terrible de su situación:
Lanzado ciegamente a la conquista del mundo externo, preocupado por el solo
manejo de las cosas, el hombre terminó por cosificarse él mismo, cayendo al mundo
del bruto en el que rige el ciego determinismo. Empujado por los objetos, títere de la
misma circunstancia que había contribuido a crear, el hombre dejó de ser libre, y se
volvió tan anónimo e impersonal como sus instrumentos. Ya no vive en el tiempo
originario del ser sino en el tiempo de sus propios relojes. Es la caída del ser en el
mundo, es la exteriorización y la banalización de su existencia. Ha ganado el mundo
pero se ha perdido a sí mismo.
Hasta que la angustia lo despierta, aunque lo despierte a un universo de
pesadilla. Tambaleante y ansioso busca nuevamente el camino de sí mismo, en medio
de las tinieblas. Algo le susurra que a pesar de todo es libre o puede serlo, que de
cualquier modo él no es equiparable a un engranaje. Y hasta el hecho de descubrirse
mortal, la angustiosa convicción de comprender su finitud también de algún modo es
reconfortante, porque al fin de cuentas le prueba que es algo distinto a aquel
engranaje indiferente y neutro: le demuestra que es un ser humano. Nada más pero
nada menos que un hombre. (El Escritor y sus fantasmas, 1971: 135)
Aunque la visión del argentino es bastante pesimista, vemos que la esperanza juega un
papel importante en su pensamiento. Los fragmentos seleccionados pertenecen a una obra
madura en la que ya se encuentra matizado el pesimismo extremo de sus primeras obras,
aunque, en esencia, éstas son las mismas que entonces.
Del mismo modo que puede apreciarse este cambio en su obra ensayística, se percibe
una evolución paralela en su narrativa. Desde su primera novela, El túnel, hasta la última,
Abaddón el exterminador, se produce un cambio de perspectiva. Mientras que El túnel está
dominado por el nihilismo y una desgarradora desesperanza (bastante acorde con la crisis
dominante durante la posguerra mundial), en Sobre héroes y tumbas se abre una puerta a la
esperanza que proseguirá abierta en Abaddón el exterminador.

http://www.ual.es/revistas/PhilUr/pdf/PhilUr05.3.HernandezYVique.pdf


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Publicado por carmenlobo @ 18:41  | Psico - Filo
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