
EL EXISTENCIALISMO
Con esta introducción al existencialismo pretendemos dar una idea general del
movimiento filosófico que nació en Europa como fruto de las traumáticas experiencias
acaecidas en la Primera Guerra Mundial, y que se difundió por el continente americano,
para luego poder aplicarla a las dos obras literarias que estamos comparando en este
artículo.
Para ello, es necesario añadir que entre los iniciadores de esta corriente encontramos
nombres como Kierkegaard, Jean Paul Sartre o Albert Camus. No obstante, es cierto lo que
señala Paul Foulquié cuando menciona que «hay casi tantos existencialismos como
filósofos existencialistas» (Foulquié, 1973: II, 51). Por esta cuestión, nosotras sólo
ofrecemos en este trabajo un breve panorama de esta corriente filosófica para, en el
siguiente apartado, profundizar en los aspectos que nos interesan y que se reflejan en las
novelas de Camus y Sabato.
El existencialismo es una filosofía de lo concreto que se caracteriza, como bien su
nombre indica, porque su interés se dirige hacia la existencia humana. No obstante, no es
una teoría simple, ya que no se orienta a la existencia en general, sino que se orienta «hacia
la existencia de lo que existe» (Foulquié, 1973: II, 53). Para tratar de esclarecer esta
cuestión, que puede resultar un caos impactante debido a lo confuso de la afirmación de
Foulquié, hemos de añadir que el existencialismo vuelve a lo concreto del ser humano, a su
vida interior. Lo que esta corriente estudia es la individualidad del ser humano, la existencia
de cada persona en particular. Aunque el existencialismo va más allá y se adentra en la
relación que hay entre la existencia y lo existente. Encontramos un ejemplo muy ilustrativo
en Sartre cuando el protagonista de La náusea (1938) descubre la existencia de las cosas y
por tanto, la suya propia. En esta obra, el ser humano tiene conciencia de su propia
existencia y ello es algo que lo conduce al asombro.
Hemos de añadir que resulta harto complejo tratar de definir lo que los filósofos de esta
corriente entienden por existir, puesto que en el léxico existencialista la palabra existir no
tiene el mismo significado que ser. Como señala Foulquié, «se capta la existencia de lo
existente, pero no en sí misma» (Foulquié, 1973: II, 60). De este modo, la existencia sólo
puede ligarse a las acciones: sólo existe la persona que se hace a sí misma, sólo existe quien
se elige libremente convirtiéndose, de esta forma, en su propia obra. Es esta misma
posibilidad de libertad de elección lo que hace que el pensador existencialista sea amoral.
No existe ni malo ni bueno, no existe ética, si bien es cierto que hay una conciencia.
Tratando la moralidad y el amoralismo de la corriente existencialista, Norberto Bobbio
explica lo siguiente:
Una antropología, esto es, la investigación del hombre realizada con el objeto de
revelar su posición en el cosmos, implica supuestos éticos o es ella misma la fuente
de una ética, si por ética se entiende un sistema de valores a base de los cuales se
hacen valoraciones y se establecen normas del obrar. Cierto es que la antropología
ontológica de Heidegger, ni la antropología patético-mística de Jaspers se presentan
como sistemas de ética o confluyen en una filosofía que, como el existencialismo, se
resista a tomar cualquier posición moral y sepa evitar con igual rigor todo
compromiso con la filosofía moral, e incluso con el nombre mismo de «moral» (R.
Bobbio, 1949: VI, 49).
Por estas razones y esta falta de moralidad, surge el conocido como «drama de la
existencia», puesto que al tener que hacerse a sí mismo y hacer, a su vez, el mundo, el
pensador existencialista se ve en la obligación de vivir su propia idea. Nos ponemos del
lado de Foulquié cuando propone que «de la profunda irracionalidad de lo real el
existencialismo tiene un sentimiento tan agudo que se convierte en doloroso» (Foulquié,
1973: II, 67). Este drama de la existencia relega al filósofo existencialista a la soledad, a la
amoralidad, a la necesidad de compromiso y, especialmente, a la angustia existencial.
El existencialista se siente arrojado a un mundo inhóspito que lo obliga a crearse a sí
mismo sin tener un patrón que lo guíe en sus elecciones, de modo que debe elegir sin
ningún principio de elección, sin ninguna moral y, sobre todo, se encuentra obligado a
elegir sin haberlo querido. Este sentimiento doloroso lo conduce a la existencia auténtica.
Estos son los fundamentos originarios del existencialismo. No obstante, si recordamos
lo que unas líneas antes hemos propuesto, hay distintos tipos de existencialismo, distintas
formas de apreciar el existencialismo. Una de estas formas es el existencialismo cristiano
(que es el existencialismo más antiguo), que no resulta tan pesimista como sí lo es el
existencialismo ateo. Dentro de la rama del existencialismo cristiano encontramos a figuras
tan representativas como Gabriel Marcel, Jaspers o Kierkegaard. El cristianismo, debido a
su confianza en Dios y en Cristo escapa a la angustia existencial hasta cierto punto pero,
desde otra perspectiva, tampoco aporta una satisfacción completa y absoluta al espíritu
racionalista.
En este artículo nos interesa destacar más el existencialismo ateo, puesto que es al que
nos enfrentamos en las obras de Camus y Sabato. Como máximos representantes, el
existencialismo ateo cuenta con personalidades como Heidegger o Sartre, además de
novelistas y ensayistas como Camus o Sabato. Si, como hemos hecho mención antes, el
hombre es quien se crea a sí mismo, nos referimos a que es el ser humano quien crea su
esencia individual. Cada persona es quien modela su propia esencia individual. Una vez
lanzada esta afirmación, debemos pensar, pues, que el ser humano tiene una libertad sin
límites. Sostiene Foulquié lo siguiente:
Sartre va más allá y la libertad que él concede al hombre no es la del sentido común.
En principio, no existe ninguna autoridad ni reglas que impongan al hombre una
conducta (Foulquié, 1973: II, 85).
A pesar de todo, esta libertad ilimitada se ve contenida por el mismo individuo
debido a que «nuestros fines jamás están definitivamente fijados», como añade
Foulquié más tarde.
La angustia existencial deviene de la responsabilidad que conlleva esta libertad
sin límites. Refiriéndose a esto, Foulquié señala que la conciencia de elegirnos «se
traduce por el doble «sentimiento» de la angustia y de la responsabilidad», ambos
específicamente existencialistas. (&hellip
La responsabilidad que el existecialismo
sartriano hacer pesar sobre el hombre difiere esencialmente de lo que ordinariamente
se entiende por esta palabra. [...] Para este [Sartre], el individuo elige sus propias
normas sin haber podido de antemano juzgar acerca de su valor, ya que este valor le
viene de su elección. ¿No hay motivo para estar inquieto, dado principalmente que al
hacer su elección legisla para el mundo entero? (Foulquié, 1973: II, 89-92).
De este modo, resulta lógico el temor a una elección incorrecta por parte del individuo
existencialista. La angustia que provocan estas elecciones y la pérdida de valores originan
en el individuo el rechazo hacia el mundo y la idea del absurdo y el nihilismo que tan
patentes se hacen en las novelas que a continuación vamos a estudiar y comparar.
ESTUDIO COMPARATIVO DE EL TÚNEL Y EL EXTRANJERO
2.1. La filosofía de Albert Camus: el concepto de hombre absurdo
En ocasiones se le ha reprochado a Camus no ser un auténtico filósofo, un filósofo
profesional, por desarrollar buena parte de sus ideas a través de la literatura. No obstante, es
evidente que su obra está sustentada en un sistema filosófico bastante sólido que, por otra
parte, expuso en sus ensayos.
Su ensayo más conocido es El mito de Sísifo, publicado en 1942, el mismo año en que
sale a la luz El extranjero. En dicho ensayo, Camus parte del tronco existencialista, pero
pronto se aparta de él.
El ensayo comienza con las siguientes palabras:
No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que
la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder al pregunta fundamental
de la filosofía. (El mito de Sísifo, 1967: 13)
Según Camus, la vida humana no tiene sentido. Pero, ¿es el suicidio la única solución
consecuente ante la presencia aplastante de esta idea? A primera vista puede parecerlo, pero
el escritor y filósofo francés llega a otra conclusión. Y, para ello, desarrolla su pensamiento
sobre el absurdo.
Camus defiende que la idea del absurdo, del sinsentido de la vida, puede asaltarnos en
cualquier momento:
Suele suceder que las decoraciones se derrumben. Levantarse, tomar el tranvía,
cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la
comida, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo
ritmo es una ruta que se sigue fácil la mayor parte del tiempo. Sólo que un día se alza
el «por qué» y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. «Comienza»: esto es
importante. La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inicia al
mismo tiempo el movimiento de la conciencia. La despierta y provoca la
continuación. La continuación es la vuelta inconsciente a la cadena o el despertar
definitivo. (El mito de Sísifo, 1967: 20)
Muchas veces a lo largo de nuestra vida podemos sentir el absurdo, pero una vez
tomamos conciencia de él, es imposible escapar a esa constatación. Llegados a ese punto,
cualquier intento de hallar el sentido de la existencia es inútil.
Este sinsentido de la vida humana encuentra su explicación en la negación de la
existencia de Dios y la trascendencia. El hombre desea lo que el mundo no le ofrece:
eternidad y sentido. De la confrontación de estas dos realidades tan desproporcionadas (los
deseos del ser humano y lo que éste vive) surge el absurdo. Así, dirá Camus:
En la especie y en el plano de la inteligencia puedo decir, por lo tanto, que lo
Absurdo no está en el hombre (si semejante metáfora pudiera tener sentido), ni en el
mundo, sino en su presencia común. (El mito de Sísifo, 1967: 32)
El ser humano, ante esta revelación, puede optar por asumirla con dignidad y lucidez o
aceptarla con angustia y amargura. En el segundo grupo se encuentran, según Camus, la
mayor parte de los existencialistas y racionalistas. Y es que en el panorama de la filosofía
existencialista domina la actitud evasiva:
Mediante un razonamiento singular, partiendo de lo absurdo sobre los escombros de
la razón, en el universo cerrado y limitado a lo humano, [las filosofías existenciales]
divinizan lo que los aplasta y encuentran una razón para esperar en lo que les
desguarnece. (El mito de Sísifo, 1967: 33)
Los existencialistas divinizan el absurdo de la existencia y entienden la oscuridad y la
ignorancia que éste trae consigo en luz y explicación de todo. Este procedimiento por el
cual un pensamiento intenta superarse a sí mismo constituye una negación y da lugar a una
paradoja ineludible para Camus. Es aquí, pues, donde Camus se separa del tronco existencialista,
cuya actitud denomina, por estar basada en la negación, «suicidio filosófico».
El pensamiento de Camus tampoco es afín a los que sostienen que todo es razón y se
obstinan en dar una explicación del mundo:
No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera, pero sé que no conozco ese
sentido y que por el momento me es imposible conocerlo. […] Y sé también que no
puedo conciliar estas dos certidumbres: mi apetencia de absoluto y de unidad y la
irreductibilidad de este mundo a un principio racional y razonable. (El mito de Sísifo,
1967: 46)
Aceptar el absurdo con dignidad consiste en mostrar una actitud rebelde, que Camus
define como «una confrontación permanente del hombre con su propia obscuridad» o «la
seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarlo» (El
mito de Sísifo, 1967: 48). Y es que un destino, una experiencia, no se vive plenamente si no
se la acepta por completo. Así pues, el suicidio no es una salida aceptable, ya que el
suicidio «resuelve el absurdo» y «para mantenerse, lo absurdo no puede resolverse» (El
mito de Sísifo, 1967: 49). Para el filósofo argelino, la rebeldía restituye el valor a la vida y
la llena de grandeza.
http://www.ual.es/revistas/PhilUr/pdf/PhilUr05.3.HernandezYVique.pd
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