Lunes, 11 de julio de 2011

Patente de corso, por Arturo P?rez-Reverte

Sobre ni?os, vida y ajedrez


Hace poco pas? unos d?as como espectador de infanter?a en ellegendario Magistral de Le?n, un apasionante torneo de ajedrez que lleva veinticuatro a?os enrocado en la tierra natal de mi viejo amigo el capit?n Alatriste. Esta vez el duelo era de campanillas: el campe?n del mundo, Vishy Anand, contra uno de mis jugadores favoritos: el let?n nacionalizado espa?ol Alexei Shirov, que ha estado dos veces a punto de alzarse con el t?tulo mundial. Y disfrut? mucho, como digo. Una cena con Shirov me dej? en la cabeza, aparte de mucha simpat?a por ese oso grandote y rubio de mirada tierna, algunas ideas ?tiles para cosas que ando escribiendo estos d?as. Pero lo que tal vez me interes? m?s fue el torneo de j?venes talentos, donde una veintena de ni?os de entre doce y diecis?is a?os -el m?s torpe, capaz de darme mate en diez jugadas, sin despeinarse- compitieron entre s? con objeto de jugar la ?ltima partida, los finalistas, en la misma mesa y con las mismas piezas que utilizaban Anand y Shirov.?

Lo de los cr?os y el ajedrez es, por cierto, una asignatura?pendiente en Espa?a. Demasiado pendiente, creo. Un deporte que tambi?n es cultura; un juego antiguo como ?se, fascinante, f?cil de comprender ya por un ni?o de cuatro a?os, s?lo es obligatorio en cincuenta colegios espa?oles y figura como actividad extraescolar en menos de un millar. Culpables de esto son los propios ajedrecistas, a menudo enfrascados en sus propias partidas e incapaces de organizarse para reclamar mayor presencia del tablero en los lugares adecuados; pero tambi?n son responsables los padres que, por indiferencia o ignorancia, privan a sus hijos del aprendizaje b?sico, al menos en su fase elemental, de una disciplina que consideran menos ?til que el f?tbol o las manualidades art?sticas. Y sin embargo, pocos juegos son tan atractivos para un ni?o como ese lidiar precoz dotado de reglas de cortes?a y comportamiento; ese juego divertido, agresivo y elegante al mismo tiempo, que ense?a a pensar con raz?n y l?gica a cualquiera que lo practique.?

En lo que se refiere a nuestra clase pol?tica, imaginen. Susensibilidad para este asunto equivale a la de un trozo de carne de cerdo poco hecha. El ministerio de Educaci?n y los responsables del deporte espa?ol consideran el ajedrez -cuando se les obliga a pensar en ?l y no tienen m?s remedio- como la m?s fea del baile: algo desconocido e inc?modo, dif?cil de encajar en planes educativos dise?ados por psicopedagogilipollas seguros de que la igualdad y la excelencia se logran mejor si los ni?os juegan con mu?ecas y las ni?as al f?tbol que si se enfrentan, miden y conocen, al otro y a ellos mismos, sobre un tablero de ajedrez. Un ejemplo: aunque hace ya seis a?os el Senado aprob? por ins?lita unanimidad -tendr?an prisa por irse de puente o cobrar dietas- instar al Gobierno a que facilitase la introducci?n del ajedrez en los colegios espa?oles, tanto el central como los auton?micos de entonces y de ahora se pasaron, y siguen haci?ndolo, tan provechosa recomendaci?n por el forro de sus respectivas legislaturas.?

En fin. Qu? quieren que les diga. Quienes de ustedes me leen?desdeLa tabla de Flandes?conocen la importancia que el ajedrez tiene en varias de mis novelas, como en mi concepci?n del mundo y de las cosas. Soy un mal jugador; pero crec? entre libros, marinos y ajedrecistas, y mis primeros recuerdos est?n unidos a la imagen de mi padre y sus amigos inclinados sobre un tablero, entre humo de cigarros y pipas. Me acerqu? a ese juego desde muy ni?o, incluso antes de comprenderlo, intuyendo en ?l claves ?tiles sobre los misterios insondables o estremecedores de la vida. Despu?s, los cuadros blancos y negros, las piezas en sus escaques, me ayudaron a entender mejor el mundo por donde ech? a andar temprano, mochila al hombro. Gracias al ajedrez, o a los perfectos s?mbolos que lo inspiran -repito que soy jugador mediocre, a menudo torpe-, encaj? de modo razonable el miedo al aguzado alfil, el horror de la torre devastadora, la soledad del pe?n aislado en su casilla, los cuadros blancos, negros, fundidos en grises, de la turbia condici?n humana. Y mientras estuve -todos estamos alguna vez, tarde o temprano- en el vientre del caballo de madera esperando mi turno para degollar troyanos dormidos, y luego, cuando al regreso con sangre en las u?as la vida me despobl? el cielo de dioses, el ajedrez me dio respuestas, consuelo, sosiego y media docena de certezas ?tiles con las que ahora envejezco, leo, navego y escribo novelas. Otros van a la iglesia, y yo voy al ajedrez. De puntillas, con humildad y respeto, a ver oficiar los misterios de la vida. Como quien asiste a misa.


Tags: Arturo Pérez-Reverte

Publicado por carmenlobo @ 21:08  | P?rez-Reverte, Arturo
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