martes, 05 de julio de 2011

‎..."Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias..."...

 


..."Appena lui le amalava il noema, a lei sopraggiungeva la clamise e cadevano in idromorrie, in selvaggi ambani, in sossali esasperanti. Ogni volta che lui cercava di lequire le incopeluse, si avviluppava in un grimado lamentoso e doveva invulsinarsi di fronte al novelo, sentendo in qual modo a poco a poco le arniglie si specunnavano, peltronandosi, redduplinandosi, fino a restare come il trimalciato di ergomanina al quale son state lasciate cadere delle fillule di cariconcia. E tuttavia era appena il principio, perché a un certo punto lei si tortorava gli irgugli, permettendogli di avvicinarvi dolcemente gli orfenni. Appena si intrapiuvavano, qualcosa simile ad un ulucordio li faceva raccrestare, li contrunniva e li parammoveva, all'improvviso era l’urgano, la stervorosa convolcante delle materglie, l'annesante imboccapluvia dell'orgomio, gli esproemi del mirpasmo in una surrumitica argopausa. Evohé Evohé! Avvolpati nella cresta del morelio, si sentivano balparamare, perlacei e marili. Tremava il troc, erano vinte le marpenne. e tutto si ressogliva in un profondo pinnice, in nioremi d'argatesi garze, in carenie quasi crudeli che li artavagliavano fino al limite delle cunfee..."...


Hoy vamos a hablar de palabras inventadas, recién creadas, nuevas; las que Cortázar nos soltó en el capítulo 68 de Rayuela, texto que siempre concebiremos como poema en prosa dentro de la proteica novela que se marcó el argentino.

Ahí lo tienen. Él le amala el noema, a ella se le agolpa el clémiso y ya está la ecuación en la pizarra, el clima creado, los pantanos rebosantes, las constelaciones en marcha. Dos seres van a reeditar el milagro de la carne, la hoguera sin vanidades; dos personas gramaticales, él y ella en este caso, se disponen a desperezar los genes que parecían dormitar tras siglos de civilización, lenguaje y construcciones megalíticas. ¿Cómo narrar, sin incurrir en salmodias repetitivas y en diez líneas, lo que ya ha sido narrado millones de veces? ¿Cómo evocar otra vez lo que los bisabuelos hicieron en su siglo, lo que los padres han hecho en su mitológica adolescencia de padres y los tataranietos seguirán haciendo cuando nosotros pertenezcamos ya, irrevocablemente, a los álbumes amarillentos del pasado?

Cortázar sabía que no podía emplear palabras existentes, manoseadas, exánimes, de modo que, con la parsimonia con que el ebanista doma la madera y con la diligencia con la que él relama las incopelusas y ella se tordula gustosamente los hurgalios, el escritor hipnotiza al lenguaje y le hace enloquecer. El vocabulario, en trance gozoso, rompe a articular vocablos venidos de no sabemos qué ruta de la seda: es entonces cuando las arnillas se espejunan, se apeltronan, ¡hasta se reduplimen! Y nosotros, sin saber qué demonios son las arnillas ni de qué forma éstas pueden alcanzar la espejunación, ya tomamos consciencia de la imagen de los dos amantes enroscándose en amalgaba de miembros y protuberancias, explorando veredas que conducen a los secretos mejor guardados por la tribu, a la estancia del sarcófago.

¿No los ven? A la luz de una lámpara de mesa, en una madrugada de sombras amarillentas en la que los libros asisten atónitos desde las estanterías y las paredes se caen solas, de pronto llega el clinón. El clinón, momento en el que los dos cuerpos, Cortázar y nosotros mismos sentimos el cosquilleo tentador de los esproemios del merpasmo, como una marea que sube, como una tortura de la que no quisiéramos librarnos; ahora es más patente que nunca que el lenguaje no nos sirve, así que arrojamos lejos palabras como sí, manta, no, alféizar, así deidad . ¡Evohé, Evohé!, sólo nos vale el grito de los seguidores de Baco, un gutural ronquido de placer y agonía. Exiliadas las palabras conocidas, el cuerpo se da ya, sin ninguna atadura, a los ulucordios encrestoriados, a la sobrehumítica agopausa, sí, hasta el paroxismo, hasta quedar tendidos como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.

Nosotros, ah, ya tan mayores, sólo podemos aspirar a leer a Cortázar, que no es poco. Pero a fe nuestra que aún nos extrayuntamos cuando recordamos de qué forma la fruta de la carne joven se balparamó, hizo temblar el troc y logró vencer al tiempo y a las marioplumas. Sólo desde el decadentismo somos capaces, a estas alturas, de tratar de tú a tú con un poema en prosa; sólo con palabras inventadas podemos responder a Cortázar; sólo desde el límite traspasado y otoñal de nuestras propias gunfias podemos poner cara de póker para sumarnos al argentino al grito de ¡Evohé! Sólo nos queda Cortázar, repetimos, pero que conste: qué crudelísimas carinias nos ordopenaron antaño, ay.

 

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Tags: Julio Cortázar, Rayuela Capítulo 68

Publicado por carmenlobo @ 10:51  | Julio Cortàzar
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