Domingo, 05 de junio de 2011

Patente de corso, por Arturo P?rez-Reverte

Ayer entr? en un bar y no pude tomarme un vermut porque lam?quina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla t?ctil y casillas determinadas para cada consumici?n, y se hab?a estropeado. Le dije al camarero que me dijese cu?nto deb?a, y punto. Como toda la vida. Pero respondi? que imposible. Ten?a que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la m?quina funcionase, no pod?a servir nada. As? que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simp?tica: un sitio como Dios manda, con moscas, alba?iles y borracho de plantilla. La due?a hablaba espa?ol con acento entre chino y de Lavapi?s. Tom? mi vermut, pagu? y dej? propina. Cuando sal? a la calle me acordaba del?Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en ?l con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a m?. Cielos. No estaba previsto.?

Mientras me alejaba, pens? m?s cosas. En c?mo nos gusta?apretar un bot?n y tener la vida resuelta. En los peligrosos atajos suicidas por donde nos deslizamos sin vuelta atr?s, por la cuerda floja. En c?mo hacemos el mundo cada vez m?s vulnerable, sujeto al chispazo m?s tonto, al fallo inevitable, al iceberg puesto por el Destino en el rumbo del fr?gil barco en el que navegamos a toda m?quina, a ciegas en la noche. En los millones de cuentas bancarias y tarjetas de cr?dito, por ejemplo, que unos piratas inform?ticos destriparon hace unos d?as, al meterse en unas plataformas de juegos electr?nicos. O en el amigo cont?ndome hace poco que, durante un viaje a Nueva York, perdi? su tel?fono m?vil y con ?l toda su agenda; y cuando le pregunt? por qu? no ten?a una libreta de tel?fonos anotados, como yo, me dijo: ?Hala, antiguo?, como si yo fuera el abuelo Cebolleta.?

Record? tambi?n cuando fui a echar una carta a Correos y se?hab?a ido la luz, y el de la ventanilla me dijo que verdes las iban a segar, porque la m?quina de franquear era el?ctrica. Y cuando ped? un sello de siempre, de aquellos con el careto del rey, se tronch? de risa y dijo que de eso no ten?an ya. Que probara suerte en un estanco. Tambi?n record? cuando en un restaurante no funcion? el chisme de las tarjetas y el camarero dijo que esperase a que volviera la l?nea, y yo respond? que me hicieran una copia manual de la tarjeta o me iba a esperar a la calle, y entonces me hicieron la copia. Aunque la culpa fue m?a; porque tambi?n, como todos, llevo la cartera llena de pl?stico con claves, chips y cosas as?, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que, en nombre del confort y el m?nimo esfuerzo, nos zambullimos todos de cabeza. Entre otras cosas -lo dir? a modo de descargo-, porque a quien no acepta lo dejan fuera. Hace tiempo, por ejemplo, que es imposible sacar un billete de avi?n normal en una oficina de Iberia de Madrid, y cualquier d?a las agencias dejan de emitirlos. Entonces s?lo podr?n sacarse por Internet; y el que no sepa manejarse all?, o no le apetezca, o sea un carcamal opuesto a teclas y pantallas de ordenador, que se fastidie. Que trague, o que no viaje.?

Y as?, unos sinverg?enzas ahorran personal y sueldos, y otros?idiotas nos vamos al diablo. Resolver cualquier problema nos cuesta horas de tel?fono frente a voces enlatadas, marcando tal para esto o cual para lo otro. Todo cristo se ha puesto contestador autom?tico en el m?vil, en vez de la antigua se?al de comunicando sale un buz?n de voz, y ahora llamamos cinco veces a quien antes llam?bamos una. Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electr?nico. O nos vemos sin tel?fono, sin ordenador port?til, sin tableta electr?nica o sin lo que sea, porque se escachifolla el cargador y la tienda de repuestos no abre hasta ma?ana. O no hay tienda. Yo mismo, el idiota al que mejor conozco, dependo cada d?a de que haya electricidad para que funcionen el teclado y la pantalla con que me gano la vida. De nada me sirve haber tenido la precauci?n de conservar dos viejas Olivetti, por si acaso, si ya no venden en ning?n sitio las cintas de m?quina de escribir que las alimentan.?

Hay un consuelo: as? lo hemos querido. Nadie nos obligaba. Perohasta los m?s renuentes hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imb?cil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente espec?fico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradis?aca su ola asesina. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos. Ya nos est?n dando. Y d?jenme que les diga algo: a veces, incluso cuando palmo yo, me alegro. O casi. Hay siglos en que simpatizo con el profesor Moriarty.?

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Tags: El iceberg del Titanic, Arturo Pérez-Reverte

Publicado por carmenlobo @ 15:27  | P?rez-Reverte, Arturo
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