
Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte
No conservo muchos recuerdos materiales de los veintiún años que estuve
como reportero dicharachero en Barrio Sésamo: el casco de un soldado serbio
muerto en Vukovar, el de un iraquí que palmó en Kuwait, el mío de kevlar de
Bosnia, un Kalashnikov inutilizado, un par de casquillos vacíos, algún fragmento
de metralla especialmente saltarina y un cartel de madera donde pone Peligro
minas, de cuando el Sáhara. Y junto a eso, situado en un rincón oscuro de
casa por donde nunca pasan las visitas, hay una botella de vino vacía. La
botella de Vranac.
Descubrí ese vino en el hotel Esplanade de Zagreb durante la
guerra de Croacia, merced a Paco Eguiagaray, maestro de maestros.
Paco, que ya cría malvas como tantos buenos colegas de entonces -parece mentira
cuántos se fueron ya-, era un gran señor del periodismo y de la vida. Baste
decir que en Viena, para demostrar que ya había currado con él y por tanto era
de confianza, un taxista se presentó así: «Yo trabajar con don Francisco.
Champán, chicas, facturas. No problema». El caso, como digo, es que los regresos
del frente croata con Márquez, la intérprete Jadranka, la productora Maite
Lizundia y otros colegas de entonces, solíamos remojarlos con ese estupendo
tinto de Montenegro, embotellado junto al lago Skadar. Nos quedó la costumbre,
por así decirlo; y durante los tres años siguientes, mientras duró la guerra de
los Balcanes, el Vranac -Crnogorsko Vrhunsko Crno Vino- se convirtió en
nuestro vino de cabecera. Todavía hoy, cuando recuerdo aquellos regresos al
hotel, agotados, llenos de polvo y mierda, cargados con el equipo y con la
cabeza llena de imágenes que ansiábamos olvidar, los asocio con una ducha
caliente, una buena comida y el sabor de aquel excelente vino en la boca.
Durante el largo asedio de Sarajevo, los reporteros nos
alojábamos en el hotel Holiday Inn, muy agujereado por la artillería serbia.
Allí el Vranac siguió siendo grata costumbre, con el inconveniente de que
estábamos cercados, Montenegro quedaba en el bando enemigo, y las provisiones de
ese vino mermaban día a día. Si algo aprendí pronto en mi antiguo oficio es que
los subalternos mandan más que los jefes. Así que toda la vida procuré -todavía
lo hago- establecer relaciones de amistad, no con los figurones que posan en las
fotos, sino con quienes de verdad resuelven tus problemas: camareros veteranos,
secretarias, proxenetas, putas bien informadas, conserjes, porteros de hotel,
suboficiales, policías, traficantes, taxistas espabilados, jefes de talleres,
telefonistas y gente así. Tan útiles y complejas relaciones no se improvisan,
claro; se establecen con tiempo, sentido común, cortesía, y algo personal que no
está en los libros ni se logra con dinero: una naturalidad de trato, resumible
en el gesto amistoso de ponerle al otro una mano en el hombro -en realidad las
propinas son sólo un pretexto-, en ademán equivalente a decir: hoy por mí,
mañana por ti, y en todo caso te la debo. Amigo mío.
Mustafá, el maître del restaurante del Holiday Inn de Sarajevo, era de ésos.
Compartíamos cigarrillos, humor negro, lengua francesa e interés por las piernas
de una guapa camarera subordinada suya. Acabamos siendo íntimos, y recuerdo que
ni siquiera los aparatosos sobornos de los productores gringos de la CNN, que
compraban con dólares cuanto se movía, lograron interponerse. Nuestro equipo -se
turnaban de cámaras Márquez, Miguel de la Fuente y Paco Custodio- siempre fue su
ojito derecho. El Vranac resultaba solicitadísimo por la escasez; pero Mustafá,
fiel a las reglas no escritas, mantuvo mi suministro hasta el final. Bromeábamos
sobre las últimas botellas, y él decía que era mejor que me las calzara yo que
los serbios cuando tomaran la ciudad. Por fin, un día, me llamó aparte y me
entregó un paquete. «Es la última botella de Vranac de Sarajevo –dijo-, y no se
la beberá el invasor.»
No me la bebí. La guardé como un tesoro, a pesar de los sobresaltos de la guerra,
y regresé a Madrid con ella en mi mochila. Un día, hace cuatro o cinco años,
Márquez vino a casa y nos pusimos a
hablar de aquello; de Miguel Gil, de Julio Fuentes y de los otros compañeros que
ya no beben vino ni beben nada. Así que fui al armario, la descorché, y
brindando por sus fantasmas entrañables cayó entera, al fin. Pero no tiré la
botella. La guardo todavía, como dije, en ese rincón oscuro de mi casa que nadie
ve. Y ahora, mientras cuento su historia, la tengo puesta delante, sobre la
mesa. En su etiqueta, escrito a bolígrafo con letras desvaídas por el tiempo,
aún puedo leer: «Vin de l´invasseur pour Arturo. Saraievo 92».
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