Viernes, 27 de mayo de 2011


Patente de corso, por Arturo P?rez-Reverte
No conservo muchos recuerdos materiales de los veinti?n a?os que estuve
como reportero dicharachero en Barrio S?samo: el casco de un soldado serbio
muerto en Vukovar, el de un iraqu? que palm? en Kuwait, el m?o de kevlar de
Bosnia, un Kalashnikov inutilizado, un par de casquillos vac?os, alg?n fragmento
de metralla especialmente saltarina y un cartel de madera donde pone Peligro
minas
, de cuando el S?hara. Y junto a eso, situado en un rinc?n oscuro de

casa por donde nunca pasan las visitas, hay una botella de vino vac?a. La
botella de Vranac.

Descubr? ese vino en el hotel Esplanade de Zagreb durante la
guerra de Croacia, merced a Paco Eguiagaray, maestro de maestros.
Paco, que ya cr?a malvas como tantos buenos colegas de entonces -parece mentira
cu?ntos se fueron ya-, era un gran se?or del periodismo y de la vida. Baste
decir que en Viena, para demostrar que ya hab?a currado con ?l y por tanto era
de confianza, un taxista se present? as?: ?Yo trabajar con don Francisco.
Champ?n, chicas, facturas. No problema?. El caso, como digo, es que los regresos
del frente croata con M?rquez, la int?rprete Jadranka, la productora Maite
Lizundia y otros colegas de entonces, sol?amos remojarlos con ese estupendo
tinto de Montenegro, embotellado junto al lago Skadar. Nos qued? la costumbre,
por as? decirlo; y durante los tres a?os siguientes, mientras dur? la guerra de
los Balcanes, el Vranac -Crnogorsko Vrhunsko Crno Vino- se convirti? en
nuestro vino de cabecera. Todav?a hoy, cuando recuerdo aquellos regresos al
hotel, agotados, llenos de polvo y mierda, cargados con el equipo y con la
cabeza llena de im?genes que ansi?bamos olvidar, los asocio con una ducha
caliente, una buena comida y el sabor de aquel excelente vino en la boca.


Durante el largo asedio de Sarajevo, los reporteros nos
aloj?bamos en el hotel Holiday Inn, muy agujereado por la artiller?a serbia.
All? el Vranac sigui? siendo grata costumbre, con el inconveniente de que
est?bamos cercados, Montenegro quedaba en el bando enemigo, y las provisiones de
ese vino mermaban d?a a d?a. Si algo aprend? pronto en mi antiguo oficio es que
los subalternos mandan m?s que los jefes. As? que toda la vida procur? -todav?a
lo hago- establecer relaciones de amistad, no con los figurones que posan en las
fotos, sino con quienes de verdad resuelven tus problemas: camareros veteranos,
secretarias, proxenetas, putas bien informadas, conserjes, porteros de hotel,
suboficiales, polic?as, traficantes, taxistas espabilados, jefes de talleres,
telefonistas y gente as?. Tan ?tiles y complejas relaciones no se improvisan,
claro; se establecen con tiempo, sentido com?n, cortes?a, y algo personal que no
est? en los libros ni se logra con dinero: una naturalidad de trato, resumible
en el gesto amistoso de ponerle al otro una mano en el hombro -en realidad las
propinas son s?lo un pretexto-, en adem?n equivalente a decir: hoy por m?,
ma?ana por ti, y en todo caso te la debo. Amigo m?o.

Mustaf?, el ma?tre del restaurante del Holiday Inn de Sarajevo, era de ?sos.
Compart?amos cigarrillos, humor negro, lengua francesa e inter?s por las piernas
de una guapa camarera subordinada suya. Acabamos siendo ?ntimos, y recuerdo que
ni siquiera los aparatosos sobornos de los productores gringos de la CNN, que
compraban con d?lares cuanto se mov?a, lograron interponerse. Nuestro equipo -se
turnaban de c?maras M?rquez, Miguel de la Fuente y Paco Custodio- siempre fue su
ojito derecho. El Vranac resultaba solicitad?simo por la escasez; pero Mustaf?,
fiel a las reglas no escritas, mantuvo mi suministro hasta el final. Brome?bamos
sobre las ?ltimas botellas, y ?l dec?a que era mejor que me las calzara yo que
los serbios cuando tomaran la ciudad. Por fin, un d?a, me llam? aparte y me
entreg? un paquete. ?Es la ?ltima botella de Vranac de Sarajevo ?dijo-, y no se
la beber? el invasor.?

No me la beb?. La guard? como un tesoro, a pesar de los sobresaltos de la guerra,
?y regres? a Madrid con ella en mi mochila. Un d?a, hace cuatro o cinco a?os,
?M?rquez vino a casa y nos pusimos a
hablar de aquello; de Miguel Gil, de Julio Fuentes y de los otros compa?eros que
ya no beben vino ni beben nada. As? que fui al armario, la descorch?, y
brindando por sus fantasmas entra?ables cay? entera, al fin. Pero no tir? la
botella. La guardo todav?a, como dije, en ese rinc?n oscuro de mi casa que nadie
ve. Y ahora, mientras cuento su historia, la tengo puesta delante, sobre la
mesa. En su etiqueta, escrito a bol?grafo con letras desva?das por el tiempo,
a?n puedo leer: ?Vin de l?invasseur pour Arturo. Saraievo 92?.


Tags: La botella de Vranac, Arturo Pérez Reverte

Publicado por carmenlobo @ 8:40  | P?rez-Reverte, Arturo
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