S?bado, 30 de abril de 2011

Mart?n tambi?n dijo que aunque no hubiese pasado nada entre ellos, aunque
s?lo hubiera estado o hablado con ella en una ?nica ocasi?n, a prop?sito de
cualquier nimiedad, no habr?a podido ya olvidar su cara en el resto de su vida.
Y Bruno pensaba que era cierto, pues era algo m?s que hermosa. O, mejor
dicho no se pod?a estar seguro de que fuera hermosa. Era distinto. Y resultaba
poderosamente atractiva para los hombres, como se advert?a caminando a su
lado. Ten?a cierto aire distra?do y concentrado a la vez, como si estuviera
cavilando en algo angustioso o mirando hacia adentro, y era seguro que
cualquiera que tropezase con ella deb?a preguntarse, ?qui?n es esta mujer, qu?
busca, qu? est? pensando?
Aquel primer encuentro fue decisivo para Mart?n. Hasta ese momento, las
mujeres eran o esas v?rgenes puras y heroicas de las leyendas, o seres
superficiales y fr?volos, chismosos y sucios, eg?latras y charlatanes, p?rfidos y
materialistas ("como la propia madre de Mart?n", pens? Bruno que Mart?n
pensaba). Y de pronto se encontraba con una mujer que no encajaba en ninguno
de esos dos moldes, moldes que hasta ese encuentro ?l hab?a cre?do que eran los
?nicos. Durante mucho tiempo le angusti? esa novedad, ese inesperado g?nero
de mujer que, por un lado, parec?a poseer algunas de las virtudes de aquel
modelo heroico que tanto le hab?a apasionado en sus lecturas adolescentes, y,
por otro lado, revelaba esa sensualidad que ?l cre?a propia de la clase que
execraba. Y a?n entonces, ya muerta Alejandra, y despu?s de haber mantenido
con ella una relaci?n tan intensa, no alcanzaba a ver con claridad en aquel gran
enigma; y se sol?a preguntar qu? habr?a hecho en aquel segundo encuentro si
hubiera adivinado que ella era lo que luego los acontecimientos revelaron.
?Habr?a huido?
Bruno lo mir? en silencio: "S?, ?qu? habr?a hecho?" Mart?n lo mir? a su vez con
concentrada atenci?n y despu?s de unos segundos, dijo:
--Sufr? con ella tanto que muchas veces estuve al borde del suicidio.
"Y, no obstante, aun as?, aun sabiendo de antemano todo lo que luego me
sucedi?, habr?a corrido a su lado."
"Por supuesto", pens? Bruno. "?Y qu? otro hombre, muchacho o adulto, tonto o
sabio, no habr?a hecho lo mismo?" --Me fascinaba --agreg? Mart?n-- como
un abismo tenebroso y si me desesperaba era precisamente porque la quer?a y la
necesitaba. ?C?mo ha de desesperarnos algo que nos resulta indiferente?
Qued? largo rato pensativo y luego volvi? a su obsesi?n: se empecinaba en
recordar (en tratar de recordar) los momentos con ella, como los enamorados
releen la vieja carta de amor que guardan en el bolsillo, cuando ya est? alejado

?para siempre el ser que la escribi?; y, tambi?n como en la carta, los recuerdos se?

iban agrietando y envejeciendo, se perd?an frases enteras en los dobleces del
alma, la tinta iba desvaneci?ndose y, con ella, hermosas y m?gicas palabras que
creaban el sortilegio. Y entonces era necesario esforzar la memoria como quien
esfuerza la vista y la acerca al resquebrajado y amarillento papel. S?, s?: ella le
hab?a preguntado por d?nde viv?a, mientras arrancaba un yuyito y empezaba a
masticar el tallo (hecho que recordaba con nitidez). Y despu?s le habr?a
preguntado con qui?n viv?a. Con su padre, le respondi?. Y despu?s de un
momento de vacilaci?n, agreg? que tambi?n viv?a con su madre. "?Y qu? hace
tu padre?" le pregunt? entonces Alejandra, a lo que ?l no respondi? en seguida,
hasta que por fin dijo que era pintor. Pero al decir la palabra "pintor" su voz fue
levemente distinta, como si fuese fr?gil, y temi? que el tono de su voz hubiese
llamado la atenci?n de ella como debe llamar la atenci?n de la gente la forma de
caminar de alguien que atraviesa un techo de vidrio. Y que algo raro not?
Alejandra en aquella palabra lo probaba el hecho de que se inclin? hacia ?l y lo
observ?.
--Te est?s poniendo colorado --coment?.
--?Yo? --pregunt? Mart?n.
Y, como sucede siempre en esas circunstancias, enrojeci? aun m?s.
--Pero, ?qu? te pasa? --insisti? ella, con el tallito en
suspenso.
--Nada, qu? me va a pasar.
Se produjo un momento de silencio, luego Alejandra volvi? a recostarse de
espaldas sobre el c?sped, recomenzando su tarea con el tallito. Y mientras
Mart?n miraba una batalla de cruceros de algod?n, reflexionaba que ?l no ten?a
por qu? avergonzarse del fracaso de su padre.
Una sirena de barco se oy? desde la D?rsena y Mart?n pens? Coral Sea,
Islas Marquesas. Pero dijo:
--Alejandra es un nombre raro. --?Y tu madre? --
pregunt?.
Mart?n se sent? y empez? a arrancar unas matitas de hierba. Encontr? una
piedrita y pareci? estudiar su naturaleza, como un ge?logo. --?No me o?s? --
S?.
--Te pregunt? por tu madre.
--Mi madre --respondi? Mart?n en voz baja-- es una cloaca.
Alejandra se incorpor? a medias, apoy?ndose sobre un codo y mir?ndolo
con atenci?n. Mart?n, sin dejar de examinar la piedrita, se manten?a en silencio,
con las mand?bulas muy apretadas, pensando cloaca, madrecloaca. Y despu?s
agreg?:
--Siempre fui un estorbo. Desde que nac?. Sent?a como si gases venenosos y
f?tidos hubiesen sido inyectados en su alma, a miles de libras de presi?n. Su
alma, hinch?ndose cada a?o m?s peligrosamente, no cab?a ya en su cuerpo y

amenazaba en cualquier momento lanzar la inmundicia a chorros por las?
grietas.
--Siempre grita: ?Por qu? me habr? descuidado!

Ernesto Sabato

Photo: Willy Ronis

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Tags: Ernesto sAbato, Sobre heroes y tumbas, alejandra

Publicado por carmenlobo @ 19:14  | Literatura
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