S?bado, 30 de abril de 2011

"Me llamo Ernesto..."

Extracto del libro de memorias 'Antes del fin' (1999). El texto hace referencia a su infancia, juventud y actitud ?tica y pol?tica y fue publicado en EL PA?S en enero de ese a?o.

ERNESTO S?BATO??30/04/2011

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Me llamo Ernesto, porque cuando nac?, el 24 de junio de 1911, d?a del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre sigui? llamando Ernestito, porque muri? siendo una criatura. "Aquel ni?o no era para este mundo", dec?a. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y ten?a noventa a?os cuando mencion?, por ?ltima vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los a?os, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.

Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para m? algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motiv?, quiz?, los misterios?simos pavores que sufr? de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sent?a solo en una c?smica b?veda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padec? sonambulismo. Yo me levantaba desde el ?ltimo cuarto donde dorm?amos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jam?s ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mam? y luego volv?a a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que hab?a pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la ma?ana ella me dec?a, con tristeza -?tanto sufri? por m?!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sent?a un extra?o temblor. Ella tem?a ese sonambulismo, me lo dijo muchos a?os m?s tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mam?, no comprend?a, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.

La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extra?as, se hallaba invadida por el terror que sent?a hacia ?l. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mam? corr?a a ocultarme. Con tal desesperaci?n mi madre se hab?a aferrado a m? para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acab? aisl?ndome del mundo. Convertido en un ni?o solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me hab?a sido vedado.

De alguna manera, nunca dej? de ser el ni?o solitario que se sinti? abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Ser? siempre el que esper? a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".

Y as?, de una u otra forma, necesit? compasi?n y cari?o.

Cuando me enviaron desde mi pueblo al colegio nacional de La Plata para hacer el secundario, en el instante en que me pusieron en el ferrocarril sent? resquebrajarse el suelo incierto sobre el cual me mov?a, pero al que a?n le aguardaban peores hundimientos. Durante un tiempo segu? so?ando con aquella madre que ve?a entre l?grimas, mientras me alejaba hacia qu? infinita soledad. Y cuando la vida hab?a marcado ya en mi rostro las desdichas, cu?ntas veces, en un banco de plaza, apesadumbrado y abatido, he esperado nuevamente un tren de regreso.

Entre esa multitud de colonizadores, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar esta "tierra de promisi?n", que se extend?a m?s all? de sus l?grimas.

Mi padre descend?a de monta?eses italianos, acostumbrados a las asperezas de la vida; en cambio, mi madre, que pertenec?a a una antigua familia albanesa, debi? soportar las carencias con dignidad.


Juntos se instalaron en Rojas, que, como gran parte de los viejos pueblos de la pampa, fue uno de los tantos fortines que levantaron los espa?oles y que marcaban la frontera de la civilizaci?n cristiana.

Recuerdo a un viejo indio que me contaba an?cdotas de sangrientas luchas y de malones, que trenzaba sus tientos con paciencia y que, cuando le dijeron que transmitir?an por una radio de galena la pelea de Firpo con Dempsey, contest?: "Cuando m?s cencia, m?s mandinga".

En este pueblo pampeano, mi padre lleg? a tener un peque?o molino harinero. Centro de candorosas fantas?as para el ni?o que entonces yo era, cuando los domingos permanec?a en el taller haciendo cositas en la carpinter?a, o sub?amos con Arturo a las bolsas de trigo, y a escondidas, como si fuera un misterioso secreto, pas?bamos la tarde comiendo galletitas.

Mi padre era la autoridad suprema de esa familia en la que el poder descend?a jer?rquicamente hacia los hermanos mayores. A?n me recuerdo mirando con miedo su rostro surcado a la vez de candor y dureza. Sus decisiones inapelables eran la base de un f?rreo sistema de ordenanzas y castigos, tambi?n para mam?. Ella, que siempre fue muy reservada y estoica, es probable que a solas haya sufrido ese car?cter tan en?rgico y severo. Nunca la o? quejarse y, en medio de esas dificultades, debi? asumir la ardua tarea de criar once hijos varones.

La educaci?n que recibimos dej? huellas tristes y perdurables en mi esp?ritu. Pero esa educaci?n, a menudo dur?sima, nos ense?? a cumplir con el deber, a ser consecuentes, rigurosos con nosotros mismos, a trabajar hasta terminar cualquier tarea empezada. Y si hemos logrado algo, ha sido por esos atributos que ?speramente debimos asimilar.

La severidad de mi padre, en ocasiones terrible, motiv?, en buena medida, esa nota de fondo de mi esp?ritu, tan propenso a la tristeza y a la melancol?a. Pero tambi?n fue el origen de la rebeld?a en dos de mis hermanos que huyeron de casa: Humberto, de quien luego hablar?, y Pepe, llamado en nuestro pueblo "el loco Sabato", que acab? y?ndose con un circo, para deshonra de mi familia burguesa. Decisi?n que entristeci? a mi madre, pero que ella sobrellev? con el estoicismo que mantuvo hasta su vejez, cuando a los noventa a?os, luego de largos padecimientos, muri? serenamente en su cama en brazos de Matilde.

Mi hermano Pepe tuvo pasi?n por el teatro y actuaba en los conjuntos pueblerinos que se llamaban "Los treinta amigos unidos" y, cuando en el cine-teatro La Perla, se pon?an en escena sainetes criollos, ?l siempre consegu?a alg?n papel, por peque?o que fuese. En su cuarto ten?a toda la colecci?n de Bambalinas que se editaba en Buenos Aires con tapas de colores, donde, adem?s de esos sainetes, se publicaban obras de Ibsen y una, que a?n recuerdo, de Tolstoi. Toda esa colecci?n fue devorada por m? antes de los doce a?os, marcando fuertemente mi vida, ya que siempre me apasion? el teatro, y aunque escrib? varias obras, nunca salieron de mis cajones.

Debajo de la aspereza en el trato, mi padre ocultaba su lado m?s vulnerable, un coraz?n c?ndido y generoso. Pose?a un asombroso sentido de la belleza, tanto que, cuando debieron trasladarse a La Plata, ?l mismo dise?? la casa en que vivimos. Tarde descubr? su pasi?n por las plantas, a las que cuidaba con una delicadeza para m? hasta entonces desconocida. Jam?s lo he visto faltar a la palabra empe?ada, y con los a?os admir? su fidelidad hacia los amigos. Como fue el caso de don Santiago, el sastre que enferm? de tuberculosis. Cuando el doctor Helguera le advirti? que la ?nica posibilidad de sobrevivir era irse a las sierras de C?rdoba, mi padre lo acompa?? en uno de esos estrechos camarotes de los viejos ferrocarriles, donde el contagio parec?a inevitable.

Recuerdo siempre esta actitud que define su devoci?n por la amistad y que supe valorar varios a?os despu?s de su muerte, como suele ocurrir en esta vida, que, a menudo, es un permanente desencuentro. Cuando se ha hecho tarde para decirle que lo queremos a pesar de todo y para agradecerle los esfuerzos con que intent? prevenirnos de las desdichas que son inevitables y, a la vez, aleccionadoras. Porque no todo era terrible en mi padre, y con nostalgia entreveo antiguas alegr?as, como las noches en que me ten?a sobre sus rodillas y me cantaba canciones de su tierra, o cuando por las tardes, al regresar del juego de naipes en el Club Social, me tra?a Mentolina, las pastillas que a todos nos gustaban.

Desgraciadamente, ?l ya no est? y cosas fundamentales han quedado sin decirse entre nosotros; cuando el amor es ya inexpresable, y las viejas heridas permanecen sin cuidado. Entonces descubrimos la ?ltima soledad: la del amante sin el amado, los hijos sin sus padres, el padre sin sus hijos. Hace muchos a?os fui hasta aquella Paola de San Francesco donde un d?a se enamor? de mi madre; entreviendo su infancia entre esas tierras a?oradas, mirando hacia el Mediterr?neo, inclin? la cabeza y mis ojos se nublaron.

Ya nada queda de la pensi?n de la calle Potos? donde una tarde, tra?da por un buen amigo, lleg? Matilde, de diecinueve a?os, huyendo de un hogar en que se la adoraba, para venir a juntarse en una piezucha de Buenos Aires con esta especie de delincuente que era yo. Para luchar en la clandestinidad contra la dictadura del general Uriburu, por un mundo sin miseria y sin desamparo. Una utop?a, claro, pero sin utop?as ning?n joven puede vivir en una realidad horrible. All?, muchas veces soportamos el hambre, cuando compart?amos un poco de pan y mate cocido, salvo en los d?as de suerte, en que la generosa do?a Esperanza, encargada de la pensi?n, nos golpeaba la puerta para ofrecernos un plato de comida.

En esos tiempos de pobreza y persecuci?n se desencaden? una grave crisis, y finalmente, mi alejamiento de aquel movimiento por el que tanto hab?a arriesgado.

Los miembros del Partido, que, por supuesto, vigilaban cualquier "desviaci?n", advirtieron en m? ciertos indicios sospechosos. En conversaciones con camaradas ?ntimos, yo sostuve que la dial?ctica era aplicable a los hechos del esp?ritu, pero no a los de la naturaleza, de modo que el "materialismo dial?ctico" era toda una contradicci?n. Alguien que no haya conocido a fondo la mentalidad del comunismo militante podr?a pensar que eso no era grave, cuando en rigor era grav?simo para los dirigentes, que consideraban un delito separar la teor?a de la pr?ctica. Ser?a largo de explicar en qu? fundamentos me basaba, lo ?nico que puedo decir es que esto sucedi? hacia 1935, y que muchos a?os m?s tarde, en un encuentro te?rico realizado en la Mutualit? de Par?s, se debati? ese problema entre grandes fil?sofos como Sartre y otros, y se sostuvo precisamente lo mismo.

Sea como fuere, aquella hip?tesis era arriesgad?sima porque el marxismo-leninismo estaba codificado de una manera f?rrea e inapelable. El Partido -palabra que siempre se escrib?a con may?scula- resolvi? mandarme por dos a?os a las Escuelas Leninistas de Mosc?, donde uno se curaba o terminaba en un gulag o en un hospital psiqui?trico. Sin duda habr?a acabado en uno de esos campos de concentraci?n, dada la convicci?n profunda que ten?a sobre ese disparate filos?fico. Por el esp?ritu de sacrificio que reinaba en los militantes, Matilde acept? tristemente mi viaje a la Uni?n Sovi?tica por dos a?os -y quiz? para siempre-, quedando ella oculta en casa de mi madre.

Antes de ir a Mosc? deb?a pasar por el Congreso contra el Fascismo y la Guerra, que presid?a en Bruselas Henri Barbusse, organizado por el Partido y bajo su riguroso control. El viaje part?a de Montevideo, yo atraves? de noche el delta del r?o de la Plata, en una lancha de contrabandistas, para luego seguir en barco, con documentos falsos, hasta Amberes; y finalmente, en tren hasta Bruselas. All? tuve la oportunidad de escuchar a gente de la Schutzbund, de Austria, y a militantes que ven?an de Alemania, donde el hitlerismo estaba en ascenso. Me pusieron en un cuarto de los llamados Auberges de la Jeunesse junto a un compa?ero que conoc? con el nombre supuesto de Pierre. Era un dirigente del Comit? Central de la Juventud Francesa, de ciega obediencia a la teor?a, lo que me hizo poner en guardia, porque en el Partido no se comet?an esa clase de equivocaciones; aquel muchacho militante luego cay? en manos de la Gestapo y fue muerto tras salvajes torturas.

En uno de esos di?logos que ten?amos antes de dormir surgi? una discusi?n, y comet? el peligroso error de manifestar mis dudas sobre aquel problema filos?fico. A la ma?ana siguiente le dije a mi compa?ero que me dol?a el est?mago y que ir?a en cuanto me aliviara el dolor. Despu?s de una hora o m?s, cuando consider? que ?l no volver?a, arregl? mi valijita y me escap? a Par?s en tren. Ya hab?an comenzado los "procesos" del siniestro imperio estalinista, y apenas tuve esa conversaci?n con Pierre comprend? que si iba a Mosc? no volver?a jam?s. Todos los di?logos, las experiencias que conoc? a trav?s de militantes de otros pa?ses, acabaron por agrietar ya en forma irreversible la fr?gil construcci?n que en mi mente se vino abajo.

Como hab?a ido a Bruselas ya con graves dudas sobre la dictadura de Stalin, en Buenos Aires, un amigo, ex simpatizante del Partido, me hab?a dado la direcci?n de un trotskista argentino director de un semanario franc?s, que a?os m?s tarde morir?a en un tanque en tiempos de la guerra civil espa?ola. ?l me puso en contacto con un portero de la ?cole Normale Sup?rieure, ex comunista, que me ofreci? dormir en su cuartucho, en una de esas grandes camas de Par?s. Como no hab?a calefacci?n y el fr?o era intenso en aquel 1935, adem?s de las mantas, nos cubr?amos con una cantidad de L"Humanit?. Durante el d?a deambulaba a la deriva por las calles de Par?s, sin llegar a ver hacia qu? tierras me arrastrar?a el naufragio. Hasta que una tarde entr? en la librer?a Gibert, del Boulevard Saint-Michel, y rob? un libro de an?lisis matem?tico de ?mile Borel y escap? con ?l escondido en mi sobretodo. Recuerdo aquel atardecer g?lido de invierno, leyendo los primeros fragmentos, con el temblor de un creyente que vuelve a entrar a un templo luego de un turbio periplo de violencias y pecados. Aquel sagrado temblor era una mezcla de deslumbramiento, de recogida admisi?n y de una paz que hac?a tiempo anhelaba mi esp?ritu: el orbe matem?tico me llamaba a sus puertas por segunda vez.

De regreso en el pa?s, espiritualmente destrozado, me encerr? en el Instituto de F?sico-Matem?tica, y en pocos a?os termin? mi doctorado. All? me preparaba casi a diario para resistir los insultos y los agravios por mi "traici?n" al comunismo, cuando en rigor era todo lo contrario. El gran traidor fue ese hombre monstruoso, ex seminarista, que liquid? a todos los que hab?an hecho verdaderamente la revoluci?n, hasta alcanzar en el extranjero al propio Trotsky, uno de los m?s brillantes y audaces revolucionarios de la primera hora, asesinado en M?xico por los hachazos estalinistas.

Los excluidos no tienen justicia que los defienda. He ido a la villa treinta y uno, de Retiro, para solidarizarme con los sacerdotes que ayunan en repudio por la crueldad con que se pretendi? echar a la gente, derribando sus precarias construcciones con salvajes topadoras.

Al regresar a casa, durante la noche he podido ver por televisi?n c?mo se agred?a a unos obreros que se negaban a desalojar una f?brica, golpeados con violencia, tratados como delincuentes por una sociedad que no considera un delito negarles a los hombres su derecho al trabajo; expropi?ndoles, incluso, hasta las pocas leyes laborales que los proteg?an.

Tambi?n he visto a la polic?a corriendo con palos y tanques hidr?ulicos a vendedores ambulantes, en lugar de encarcelar a los que se est?n robando hasta las ?ltimas monedas y tienen dinero y poder para comprar a esa justicia que cae con despiadada dureza sobre un pobre ladr?n de gallinas. Como el muchacho que me escribi? desde una c?rcel cordobesa pidi?ndome un ejemplar del Nunca m?s autografiado. Mientras ese hombre estaba preso por un delito menor, en un gesto aberrante se puso en libertad a los culpables de haber desangrado a la patria.

Con gran amargura, la tarde en que escuch? la noticia de los indultos, me encerr? en mi estudio sin deseos de ver a nadie, mientras volv?an a mi mente las im?genes del horror, aquellos escenarios del suplicio.

En los a?os que precedieron al golpe de Estado de 1976 hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podr?a tolerar. Invocando esos hechos, criminales de la m?s baja especie, representantes de fuerzas demoniacas, desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerci? con el poder?o e impunidad que permite el Estado absoluto, inici?ndose una caza de brujas que no s?lo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes.

Cuando el pa?s amaneci? de esa pesadilla, el presidente Alfons?n, en su condici?n de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, orden? a los tribunales militares enjuiciar a los culpables de ese hist?rico horror. Luego, como estatuye la Constituci?n, el fuero civil dar?a la ?ltima palabra. Finalmente se nombr? una comisi?n de civiles que, a trav?s de una investigaci?n paralela, aport? pruebas a la labor de los tribunales.

El horror que d?a a d?a ?bamos descubriendo dej? a todos los que integramos la Conadep, la oscura sensaci?n de que ninguno volver?a a ser el mismo, como suele ocurrir cuando se desciende a los infiernos. Siempre recordar? la entereza ?tica y espiritual de las personalidades de la ciencia, la filosof?a, varias religiones y el periodismo, que integraron la comisi?n.

El informe era transcripto por dactil?grafas que deb?an ser reemplazadas cuando, entre llantos, nos dec?an que les era imposible continuar su labor. En m?s de cincuenta mil p?ginas quedaron registradas las desapariciones, torturas y secuestros de miles de seres humanos, a menudo j?venes idealistas, cuyo suplicio permanecer? para siempre en el lugar m?s desgarrado de nuestro coraz?n.

El terrorismo de Estado provoc? tambi?n la destrucci?n de las familias de los desaparecidos. Padres y madres, en su atormentada fantas?a, enterraron y resucitaron a sus hijos, sin saber, siquiera, la monstruosa realidad. Ser? dif?cil calcular cu?ntos padres murieron o se dejaron morir de angustia y de tristeza, cu?ntos otros enloquecieron. Como ocurri? con Miguel Itzigson, mi gran amigo, que en sus a?os finales tuvo como ?nico objetivo recuperar a su hija, lograr alguna vez la verdad y la justicia. Pero el enfrentamiento con aquel horror, hecho de la crueldad de unos y la indiferencia de otros, acab? quebrando su admirable temple. Se dej? morir de tristeza.

El d?a en que la Conadep entreg? el informe al presidente de la naci?n, la plaza de Mayo desbordaba de hombres, mujeres, j?venes y madres con sus criaturas en brazos, que de ese modo daban su apoyo a aquel acontecimiento fundamental de nuestra historia. Ya que Nunca M?s deber?amos reiterar los hechos que nos hicieron tr?gicamente famosos, cuando la prensa del mundo entero escrib?a en castellano la palabra "desaparecido".

Lamentablemente, las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, y luego los indultos, han abortado aquella voluntad soberana que hubiese sido un ejemplo de lucha ?tica, que hubiera tenido consecuencias ejemplares para el futuro de nuestra patria. Porque la tragedia que vivi? la Argentina no ser? olvidada jam?s por los que poseen un coraz?n noble; no s?lo por quienes han presenciado aquel infierno, sino tambi?n por la condena de todos los seres de conciencia del mundo. Como lo demuestra la investigaci?n que en otros pa?ses llevan adelante seres como el juez Baltasar Garz?n, con quien estuve durante mi ?ltimo viaje a Espa?a. La sangre, el horror y la violencia cuestionan a la humanidad entera, y nos demuestran que no podemos desentendernos del sufrimiento de ning?n ser humano.

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Tags: ERNESTO SÁBATO, Antes del fin', Me llamo Ernesto

Publicado por carmenlobo @ 17:07  | Literatura
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