Viernes, 29 de abril de 2011

Fernando Pessoa

(extracto del Libro del Desasosiego)

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Una sola cosa me maravilla m?s que la estupidez con que la mayor?a de los hombres vive su vida: es la inteligencia que hay en esa estupidez.

La monoton?a de las vidas vulgares es, aparentemente, pavorosa. Estoy almorzando en este restaurante vulgar, y miro, m?s all? del mostrador, la figura del cocinero; y aqu?, a mi lado, est? de pie el camarero viejo que me sirve, como hace treinta a?os, creo, sirve en esta casa. ?Qu? vidas son las de estos hombres? Hace cuarenta a?os que aquella figura de hombre vive casi todo el d?a en una cocina; tiene unas breves vacaciones; duerme relativamente pocas horas; va de vez en cuando al pueblo, del que vuelve sin duda y sin pena; almacena lentamente dinero lento, que no se propone gastar; se pondr?a enfermo si tuviera que retirarse de su cocina (definitivamente) para irse a los campos que ha comprado en Galicia; est? en Lisboa hace cuarenta a?os y nunca ha ido, ni siquiera a?la Rotonda?ni a un teatro, y tiene un solo d?a de Coliseo:? payasos en los vestigios interiores de su vida. Se cas? no s? c?mo ni porqu?, tiene cuatro hijos y una hija, y su sonrisa, al inclinarse, desde el lado de all? del mostrador hacia donde estoy, expresa una gran, una solemne, una contenta felicidad. Y no simula, ni qu? raz?n tiene para simular. Si la siente es porque verdaderamente la tiene.

?Y el camarero viejo que me sirve, y que acaba de poner ante m? el que debe ser el millon?simo caf? de su puesta de caf? en las mesas? Tiene la misma vida que el cocinero, apenas con la diferencia de cuatro o cinco metros: los que hay de la localizaci?n del uno en la cocina a la localizaci?n del otro en la parte de fuera de la casa de comidas. Por lo dem?s, s?lo tiene dos hijos, va m?s veces a Galicia, ha visto Lisboa m?s que el otro, y conoce Oporto, donde estuvo hace cuatro a?os, y es igual de feliz.

Examino, con un asombro asustado, el panorama de estas vidas, y descubro, cuando voy a sentir horror, pena, indignaci?n ante ellas, que quien no siente horror, ni pena, ni indignaci?n, son los mismos que tendr?an derecho a sentirlos, son los mismos que viven esas vidas. Es el error central de la imaginaci?n literaria: suponer que los otros son nosotros y que deben sentir como nosotros. /Pero afortunadamente para la humanidad, cada hombre es solamente quien es, si?ndole dado el genio, ?nicamente, el algunos otros m?s./

Todo, a fin de cuentas, se da en relaci?n a aquello en que se da. Un peque?o incidente callejero, que llama a la puerta al cocinero de esta casa, le entretiene m?s que me entretiene a m? la contemplaci?n de la idea m?s original, la lectura del mejor libro, el m?s grato de los sue?os in?tiles. Y si la vida es esencialmente monoton?a, el hecho es que ?l se ha librado de la monoton?a con m?s facilidad que yo. Y se escapa de la monoton?a m?s f?cilmente que yo. La verdad no est? con ?l ni conmigo, porque no est? con nadie; pero la felicidad est? verdaderamente con ?l.

Sabio es quien monotoniza la existencia, puesto que entonces cada peque?o incidente tiene un privilegio de maravilla. El cazador de leones no tiene aventuras m?s all? del tercer le?n. Para mi cocinero mon?tono, una escena de bofetadas en la calle tiene siempre algo de apocalipsis modesto. Quien no ha salido nunca de Lisboa viaja al infinito en el tranv?a cuando va a Bemfica y, si un d?a va a Cintra, siente que ha ido a Marte. El viajero que ha recorrido toda?la Tierra, de cinco mil millas en adelante no encuentra novedades, porque s?lo encuentra cosas nuevas; otra vez la novedad, la vejez de lo eterno nuevo, pero el concepto abstracto de novedad se qued? en el mar con la segunda de ellas.

Un hombre puede, si posee verdadera sabidur?a, disfrutar del espect?culo completo del mundo en una silla, sin saber leer, sin hablar con nadie, s?lo mediante el uso de los sentidos y el alma no saber estar triste.

Monotonizar la existencia, para que no sea mon?tona. Tornar anodino lo cotidiano, para que la m?s peque?a cosa sea una distracci?n. En medio de mi trabajo de todos los d?as, oscuro, igual e in?til, me surgen visiones de fuga, huellas so?adas de islas lejanas, fiestas en avenidas de parques de otras eras, otros paisajes, otros sentimientos, otro yo. Pero reconozco, entre dos asientos, que si tuviese todo eso, nada de eso ser?a m?o. M?s vale, en realidad, el patr?n Vasques que los Reyes del Ensue?o, m?s vale, en realidad, la calle de los Doradores que las grandes avenidas de los parques imposibles. Teniendo al patr?n Vasques, puedo disfrutar del sue?o de los Reyes del Ensue?o; teniendo la oficina de la calle de los Doradores, puedo disfrutar de la visi?n interior de los paisajes que no existen. Pero si tuviese a los Reyes del Ensue?o, ?que me quedar?a por so?ar? Si tuviese los paisajes imposibles, ?que me quedar?a de imposible?

La monoton?a, la igualdad sin brillo de los d?as iguales, la ninguna diferencia entre hoy y ayer -que esto me quede siempre, con el alma despierta para disfrutar de la mosca que me distrae, cuando pasa por casualidad ante mis ojos, de la carcajada que se levanta voluble desde la calle indeterminada, la vasta liberaci?n de ser hora de cerrar la oficina, el descanso infinito de un d?a de fiesta.

Puedo imaginarlo todo, porque no soy nada. Si fuese algo, no podr?a imaginar. El ayudante de contabilidad puede so?arse emperador romano; el Rey de Inglaterra est? privado de ser, en sue?os, otro rey distinto del que es. Su realidad no le deja sentir.

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Tags: Libro del Desasosiego, Fernando Pessoa

Publicado por carmenlobo @ 18:04  | Literatura
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