Viernes, 15 de abril de 2011

Made in USA?

Supongamos que Franklin Delano Roosevelt hubiese perdido su reelecci?n en 1940 a manos del entonces h?roe norteamericano Charles Lindbergh, conocido tanto por sus proezas a?reas y sus desgracias personales como por su aislacionismo y antisemitismo. Y que Lindbergh hubiese hecho un pacto con Hitler y hubiese dejado afuera de la Segunda Guerra a su pa?s, mientras puertas adentro el fantasma del nazismo empezaba a recorrer las calles de Estados Unidos. Eso mismo supuso Philip Roth en su flamante y celebrada La conjura contra Am?rica (Mondadori). A continuaci?n, ?l mismo explica lo que hizo, por qu? lo hizo, c?mo lo hizo y para qu? lo hizo. Y ?de paso? recorre las similitudes y diferencias de este libro con los de Kafka y Orwell.

"En 1984, Orwell no escribi? una profec?a sino una historia futurista de terror que conten?a una advertencia pol?tica. Divis? un enorme cambio en el futuro con consecuencias horrendas para todos; yo intent? fabular sobre un peque?o cambio en el pasado con consecuencias horrendas para unos pocos. El imagin? una distop?a; yo, una ucron?a."

POR PHILIP ROTH

En diciembre del a?o 2000 estaba leyendo las pruebas de la autobiograf?a de Arthur Schlesinger y me sent? especialmente atra?do por su descripci?n de los acontecimientos que tuvieron lugar entre finales de los a?os ?30 y principios de los ?40, sucesos que incidieron en su juventud, primero durante sus viajes por Europa y, tambi?n m?s tarde, de regreso a Cambridge, Massachusetts.

A m? tambi?n me hab?an afectado aunque, por aquel entonces, apenas era un ni?o. El ancho mundo penetraba en nuestro hogar a diario a trav?s de los boletines radiof?nicos que mi padre escuchaba con regularidad, de los peri?dicos que tra?a a casa al final del d?a y de las conversaciones que manten?a con amigos y familiares ?que mostraban su tremenda preocupaci?n por lo que ten?a lugar en Europa y aqu?, en Norteam?rica?. Antes incluso de ir al colegio, algo sab?a ya acerca del antisemitismo nazi y del norteamericano, atizado, de una u otra manera, por figuras eminentes como Henry Ford y Charles Lindbergh, quienes, por aquellos a?os, junto con estrellas de cine como Chaplin o Valentino, se contaban entre las mayores celebridades del siglo a escala internacional. El genio del motor a combusti?n, Ford, y el as de la aeron?utica, Lindbergh ?y el pastor nacional de la propaganda antisemita, el cura locutor Charles Coughlin-eran anatemas para mi padre y su c?rculo de amistades. Pr?cticamente nadie en nuestro barrio jud?o pose?a un Ford, pese a ser el coche m?s popular del pa?s.

Me top? con una frase en la que Schlesinger comentaba que hubo algunos republicanos aislacionistas deseosos de promover a Lindbergh como candidato a la presidencia en 1940. Eso era todo cuanto hab?a, esa ?nica frase sobre Lindbergh y un hecho del que no ten?a conocimiento. Esto me hizo pensar qu? habr?a pasado si lo hubieran hecho, y anot? la pregunta en el margen. Entre la escritura de ese interrogante y el libro finalizado transcurrieron tres a?os de trabajo, pero as? naci? la idea.

LA RESPONSABILIDAD INELUDIBLE
Sin embargo, la mayor recompensa al escribir la historia y lo que le otorga su pathos no fue la resurrecci?n de mi familia hacia 1941 sino la invenci?n de la familia que vive en el piso de abajo, los tr?gicos Wishnow, en quienes el peso del antisemitismo recae con toda su fuerza. La invenci?n, particularmente, del benjam?n de los Wishnow, Seldon, ese ni?o agradable, solitario y menudo de tu clase al que siempre evitabas, cuando t? tambi?n eras ni?o, porque exig?a de ti una forma de amistad que alguien de su misma edad no pod?a soportar. El es la responsabilidad de la que no te puedes desprender. Cuanto m?s deseas perderlo de vista, menos puedes, y cuanto menos puedes, m?s lo deseas. Y que el peque?o de los Roth quiera sac?rselo de encima es lo que conduce a la tragedia del libro. Seldon Wishnow no es, como Philip, el peque?o de los Roth, un simple ni?o de 9 a?os que se enfrenta demasiados problemas, sino la figura m?s tr?gica del libro, un confiado ni?o norteamericano que sufre una experiencia cercana a la de los jud?os europeos. No es el chico que sobrevive a la confusi?n para contar el relato sino aquel cuya infancia es destruida. Es quien enlaza lo trivial con lo tr?gico en el libro; lejos de limitarme, su presencia me brind? la latitud.

ORWELL Y YO
El libro arranc? de manera inadvertida, al modo de un experimento improvisado. No lo ten?a en la cabeza ni era el tipo de obra que pretend?a escribir. El tema, por no hablar del m?todo, jam?s se me habr?a ocurrido por m? mismo. Con frecuencia escribo sobre cosas que no acontecieron, pero nunca sobre hechos hist?ricos que no tuvieron lugar. En aquellos tiempos existieron la institucionalizada discriminaci?n antisemita de la jerarqu?a protestante; el virulento odio hacia los jud?os del Bund germano-norteamericano y del Frente Cristiano; la repugnante supremac?a cristiana predicada por Henry Ford, el padre Coughlin y el reverendo Gerald L.K. Smith; el ocasional desprecio a los jud?os expresado por periodistas como Westbrook Pegler y Fulton Lewis, y el antisemitismo ciegamente narcisista y ario del propio Lindbergh. Pero en Estados Unidos no triunfaron, si bien muchas de las cosas que no acontecieron aqu? s? lo hicieron en otros lados. El y si... de Norteam?rica fue la realidad de otros. Todo lo que he hecho ha sido despojar el pasado de su fatalidad, mostrando c?mo las cosas podr?an haber sido diferentes.

Pero no dispon?a de modelos literarios para recrear el pasado. Estaba familiarizado con t?tulos que imaginaban el futuro, sobre todo con 1984, pero, por mucho que lo admire, no me tom? la molestia de releerlo. En 1984 ?escrito en 1948 y publicado un a?o despu?s?, Orwell presupone una gigantesca cat?strofe hist?rica que vuelve su mundo irreconocible. Tanto la Alemania hitleriana como la Rusia stalinista brindaban modelos anclados en el siglo XX para semejante cat?strofe. Sin embargo, mi talento no est? hecho para fabular sobre eventos a gran escala. Proyect? algo peque?o, lo suficientemente peque?o para ser cre?ble, o al menos eso esperaba; algo que hubiese podido ocurrir en las elecciones a la presidencia norteamericana de 1940, momento en que el pa?s estaba ferozmente dividido entre republicanos aislacionistas ?quienes, no faltos de raz?n, no quer?an formar parte de una segunda guerra europea, y que con probabilidad representaban a una ligera mayor?a de la poblaci?n? y dem?cratas intervencionistas ?que no necesariamente deseaban ir a la guerra, mas pensaban que Hitler deb?a ser detenido antes de que invadiera y conquistara Inglaterra, y Europa acabara siendo por entero fascista en sus manos?. Willkie no era el republicano llamado a vencer a Roosevelt en 1940, porque ?l mismo era intervencionista. Pero, ?y si Lindbergh se hubiese presentado? Con su aura joven y varonil. Con todo su glamour y su celebridad, encarnaci?n pr?ctica del primer gran h?roe norteamericano que deleit? al pa?s en el marco de la emergente sociedad del espect?culo. Y con unas inamovibles convicciones aislacionistas que lo compromet?an a mantener nuestra naci?n fuera de esa horrible contienda... No creo inveros?mil un resultado electoral como el que propongo en el libro: Lindbergh privando a Roosevelt de su tercer mandato. Orwell estaba lejos de la plausibilidad al dibujar el mundo como lo hizo, pero era consciente de ello. Su libro no era una profec?a. Era una historia futurista de terror que conten?a, por descontado, una advertencia pol?tica. Orwell divis? un enorme cambio en el futuro con consecuencias horrendas para todos; yo intent? fabular sobre un peque?o cambio en el pasado con consecuencias horrendas para unos pocos. El imagin? una distop?a; yo, una ucron?a.

EL ANFITRION DE VON RIBBENTROP
?Por qu? eleg? a Lindbergh? Reitero que no era descabellado verlo como candidato y vencedor electoral. Pero lo postul? como l?der pol?tico en una novela en la que deseaba que los jud?os norteamericanos sintiesen la presi?n de una genuina amenaza antisemita. Lindbergh se distingui? no s?lo por su aislacionismo sino por su actitud racista hacia los jud?os ?que se refleja de forma nada ambigua en sus discursos, diarios y correspondencia?. En el fondo de su coraz?n, Lindbergh cre?a en la supremac?a blanca y ?dejando a un lado casos aislados de amistad con jud?os sueltos, por ejemplo Harry Guggenheim? no consideraba a los jud?os, tomados como grupo, en un mismo plano de igualdad gen?tica, moral o cultural que los n?rdicos blancos como ?l, y tampoco ciudadanos norteamericanos deseables, si no era en peque?as cantidades. Todo esto no significa que, si hubiera llegado a la presidencia, se habr?a vuelto contra ellos y los habr?a perseguido abiertamente, pero el caso es que tampoco procede as? en mi novela. En ella no importa tanto lo que hace (que es muy poco: firmar el pacto de no agresi?n con Hitler pocas semanas despu?s de la toma de posesi?n, dar luz verde a una embajada nazi en Washington y, un a?o despu?s, ejercer de anfitri?n junto a su esposa en una cena oficial en honor de Von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores de Hitler) como lo que los jud?os norteamericanos sospechan, con acierto o no, que ser?a capaz de hacer, a la luz de sus declaraciones p?blicas, m?s concretamente su vilipendio de los jud?os, en el transcurso de una intervenci?n radiof?nica nacional, cuando los defini? como belicistas extranjeros indiferentes a los intereses de Estados Unidos. Este discurso lo ofreci? en Des Moines el 11 de septiembre de 1941 en el marco de un mitin de la campa?a Am?rica Primero; en mi libro lo adelant? un a?o, pero no alter? su contenido ni su impacto.

KAFKA Y YO
Algunos lectores van a desear tomarse este libro como un roman ? clef sobre el momento actual que atraviesa Norteam?rica. Eso ser?a un error. Me propuse hacer exactamente lo que he hecho; reconstruir c?mo podr?an haber sido los a?os que van de 1940 a 1942 en el caso de que Lindbergh, en vez de Roosevelt, hubiese sido escogido presidente en las elecciones de 1940. No estoy fingiendo estar interesado en aquellos dos a?os, realmente lo estoy. Resultaron turbulentos en Estados Unidos porque fueron catastr?ficos en Europa. Todos mis esfuerzos imaginativos se encaminaron a reflejar esa realidad con plena intensidad, y no tanto para iluminar el presente a partir del pasado sino para iluminar el pasado a partir del pasado. Quise situar a mi familia frente a esta contingencia, imaginar precisamente c?mo habr?a reaccionado en el caso de que la historia hubiese salido de la forma desviada en que la he presentado en el libro, y se hubiese visto superada por las fuerzas que he dispuesto contra ella. Fuerzas dispuestas contra ella entonces, no ahora.

Los libros de Kafka jugaron un papel relevante en la imaginaci?n de los escritores checos que se opusieron al gobierno t?tere de Rusia en la Checoslovaquia comunista de los a?os ?60 y ?70, un fen?meno que alarm? al gobierno y lo llev? a prohibir la venta y la discusi?n de sus obras, que retir? de los estantes de las librer?as. Obviamente no hab?a sido con la intenci?n de inspirar a esos futuros escritores que Kafka hab?a escrito El proceso y El castillo a principios del siglo XX. La literatura da lugar a todo tipo de usos, tanto p?blicos como privados, pero uno no debe confundir esos usos con la realidad que un autor ha conseguido esforzadamente verter en una obra de arte. Dicho sea de paso, aquellos escritores praguenses eran bien conscientes de estar violando con plena voluntad la integridad de la implacable imaginaci?n de Kafka, pese a lo cual siguieron adelante ?y con toda su energ?a? con la explotaci?n de sus libros, y se sirvieron de ellos para sus prop?sitos pol?ticos durante una terrible crisis nacional.

El libro incluye un ep?logo de veintisiete p?ginas con condensada informaci?n hist?rica y biogr?fica, lo que yo llamo la "verdad cronol?gica" de aquellos a?os. Ninguna otra de mis obras ha adjuntado nada que se parezca a este furg?n de cola, pero me sent? obligado a se?alar d?nde las vidas y hechos aut?nticos hab?an sido claramente manipulados en pro de mis intenciones ficcionales. No deseo que en la mente del lector se produzca confusi?n alguna acerca de d?nde acaban los hechos hist?ricos y empieza la imaginaci?n, de forma que, en el ep?logo, ofrezco un breve informe de aquella ?poca tal y como fue. Quiero dejar claro que no he arrastrado a figuras hist?ricas reales, bajo sus propios nombres, a mi relato, atribuy?ndoles puntos de vista gratuitos o forz?ndolos a comportarse de forma reprobable (s? inesperada, sorpresiva, bella, chocante, pero no reprobable). Charles Lindbergh, Anne Morrow Lindbergh, Henry Ford, el alcalde La Guardia, Walter Winchell, Franklin Delano Roosevelt, el senador de Montana, Burton Wheeler; el secretario de Interior, Harold Ickes; el g?ngster de Newark, Longy Zwillman; el rabino de Newark, Joachim Prinz... Yo tuve que creer que, dadas las circunstancias que hab?a imaginado, cada uno de ellos bien podr?a haber hecho o dicho algo muy similar a lo que les hice hacer o decir; de lo contrario, no podr?a haber escrito el libro. Presento 27 p?ginas de evidencia documental que respaldan una irrealidad hist?rica de 362, con la esperanza de alejar al libro de la f?bula.

CUANDO LA EPICA ES DESASTRE
La historia pide cuentas a todos, lo sepan o no, les guste o no. En libros recientes, incluyendo el presente, he tomado este simple hecho de la vida y lo he magnificado, a la luz de los momentos cr?ticos que he atravesado como norteamericano del siglo XX. Nac? en 1933: el a?o en que Hitler llegaba al poder, Roosevelt inauguraba su presidencia, Fiorello La Guardia era escogido alcalde de Nueva York y Meyer Ellenstein se convert?a en alcalde de Newark ?el primer y ?nico alcalde jud?o de mi ciudad?. De ni?o, en el aparato de radio de la sala de estar de mi casa, escuchaba las voces del F?hrer y del norteamericano padre Coughlin lanzando sus diatribas antisemitas. Combatir y ganar la Segunda Guerra Mundial fue el gran tema nacional entre diciembre de 1941 y agosto de 1945, en el coraz?n de mis a?os escolares. La Guerra Fr?a y la cruzada anticomunista ensombrecieron mis a?os de instituto y universidad, de la misma forma que el descubrimiento de la monstruosa verdad sobre el Holocausto y el inicio del terror de la era at?mica. La guerra de Corea, que acab? poco antes de que fuera llamado a filas, y la de Vietnam, con todo el revuelo dom?stico que desencaden? ?junto con los asesinatos de l?deres pol?ticos norteamericanos? monopolizaron mi atenci?n cada uno de los d?as en que estuve en la treintena.

Y ahora Arist?fanes, que seguramente debe ser Dios, nos ha dado a George W. Bush, un hombre incapacitado para llevar adelante una ferreter?a y mucho menos una naci?n como ?sta. El me ha reafirmado en la m?xima que ha sobrevolado la escritura de todos mis libros y que ha convertido nuestras vidas como norteamericanos en tan precarias como las de cualquiera: todas las garant?as son provisionales, incluso aqu?, en una democracia con doscientos a?os de vida. Pese a contar los norteamericanos con una poderosa rep?blica armada hasta los dientes, estamos en una emboscada tendida por la imprevisibilidad de la historia.

?Puedo concluir con una cita de mi libro? "Lo implacablemente imprevisto, que hab?a dado un vuelco err?neo, era lo que en la escuela estudi?bamos como historia, una historia inocua, donde todo lo inesperado en su ?poca est? registrado en la p?gina como inevitable. El terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia, que transforma el desastre en ?pica." Al escribir estos libros he intentado reconvertir la ?pica en desastre, tal y como lo padecieron ?sin conocimiento previo, sin preparaci?n? personas cuyas expectativas como norteamericanos, si bien ni inocentes ni ilusorias, se encaminaban a algo muy diferente de lo que obtuvieron.

Traducci?n: Antonio Lozano

Fuente: P?gina/12, 30/10/05


Tags: La conjura contra América, PHILIP ROTH

Publicado por carmenlobo @ 22:42  | Literatura
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