Viernes, 08 de abril de 2011

F. Scott Fitzgerald "El Derrumbe" (Febrero de 1936)

?

I

Sin duda que la vida entera es un proceso de quebrantamiento, pero los golpes que desempe?an la parte dram?tica del trabajo ?los grandes y repentinos golpes que vienen, o parecieran venir, del exterior?, los que uno recuerda y lo hacen culpar a las cosas, y de los cuales, en los momentos de debilidad, se habla a los amigos, no muestran sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpe que viene de adentro y que uno no siente hasta que es ya demasiado tarde para impedirlo, hasta que comprende positivamente que de alg?n modo no volver? a ser el mismo. El primer tipo de quebrantamiento parece ocurrir r?pido; el segundo ocurre casi sin que uno lo sepa, pero se le percibe en realidad muy de repente. Antes de continuar con esta breve historia, perm?taseme hacer una observaci?n general: la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener en la mente dos ideas opuestas a la vez sin perder la capacidad de funcionar. Uno debiera, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas no tienen remedio y, sin embargo, estar determinado a cambiarlas. Esta filosof?a concordaba perfectamente con los primeros a?os de mi edad adulta, cuando vi c?mo lo improbable, lo no plausible, a menudo lo ?imposible?, se hac?a realidad. La vida era algo que se pod?a dominar si es que hab?a algo de bueno en uno. La vida se rend?a con facilidad a la inteligencia y el esfuerzo, o a la proporci?n que de ambos pudiera reunirse.
Ser escritor de ?xito parec?a un asunto rom?ntico: uno no ser?a jam?s tan famoso como un artista de cine, pero la notoriedad que se lograra ser?a probablemente m?s duradera; no tendr?a tampoco el poder de un hombre de fuertes convicciones pol?ticas o religiosas, pero era por cierto m?s independiente. Desde luego que en la pr?ctica de nuestro propio oficio est?bamos siempre insatisfechos, pero yo, por ejemplo, no hubiera elegido otro por ning?n motivo. Mientras transcurr?an los veinte, con mis propios veinte llev?ndoles un poquito de delantera, mis dos pesares juveniles ?no ser lo suficientemente grande (o bueno) para jugar f?tbol en el college y no haber sido enviado a ultramar durante la guerra? se resolvieron en infantiles ensue?os de hero?smo imaginario que resultaban buenos para dormirse durante las noches inquietas. Los grandes problemas de la vida parec?an solucionarse, y si el asunto de arreglarlos resultaba dif?cil, lo agotaban a uno demasiado como para pensar en problemas m?s generales.
Hace diez a?os, la vida era en gran medida un asunto personal. Hab?a que mantener en equilibrio el sentido de la futilidad del esfuerzo y el sentido de la necesidad de luchar; la convicci?n de la inevitabilidad del fracaso y aun la determinaci?n de ?triunfar?... Y m?s que ?stas, la contradicci?n entre la mano muerta del pasado y las grandes intenciones del futuro. Si lograba hacerlo en medio de los males corrientes ?dom?sticos, profesionales y personales?, entonces el ego podr?a continuar como una flecha disparada desde la nada y hacia la nada, pero con tanta fuerza que s?lo la gravedad terminar?a por traerla de nuevo a la tierra.
Durante diecisiete a?os, con un a?o en que lo central fue un deliberado haraganeo y descanso, las cosas se sucedieron as?, siendo las nuevas tareas s?lo una agradable perspectiva para ma?ana. Estaba viviendo con ah?nco, tambi?n, pero: ?Hasta los cuarenta y nueve estar? bien ?dec?a?. Puedo estar seguro de eso. Para un hombre que ha vivido como yo, es todo cuanto se puede pedir?. ...Y entonces, a diez a?os a?n de los cuarenta y ?nueve, descubr? de pronto que me hab?a derrumbado prematuramente.

II

Pero un hombre puede derrumbarse de muchas maneras: es posible que el golpe sea en la cabeza; ?caso en el cual otros lo despojan a uno del poder de decisi?n!; o en el cuerpo, lo que hace inevitable someterse al blanco mundo de los hospitales, o en los nervios. William Seabrook, en un libro despiadado, cuenta con cierto orgullo y con un final de pel?cula c?mo se convirti? en una carga p?blica. Lo que lo condujo al alcoholismo, o que estuvo al menos presente, fue un derrumbamiento de su sistema nervioso. Aunque el autor de estas l?neas no se hallaba tan implicado ?har?a seis meses por esos d?as que no se tomaba ni un vaso de cerveza?, eran sus reflejos nerviosos los que estaban cediendo: demasiada rabia y demasiadas l?grimas.
Lo que es m?s ?para volver a mi tesis de que la vida tiene una ofensiva variable?, la noci?n de haberse derrumbado no coincidi? con un golpe, sino con un per?odo de tranquilidad. No mucho antes hab?a estado en la oficina de un gran m?dico, escuchando una grave sentencia. Con lo que, mirando atr?s, pareciera cierta ecuanimidad, yo hab?a seguido con mis asuntos en la ciudad donde entonces viv?a, sin que me importara mucho, sin pensar en todo lo que quedaba sin hacer, o en lo que ocurr?a con esta y aquella obligaci?n como lo hace la gente en los libros; estaba bien asegurado, y de todas maneras hab?a sido un guardi?n mediocre de la mayor?a de las cosas que se dejaran en mis manos, inclusive de mi talento.
Pero el instinto me dijo fuerte y repentinamente que deb?a estar solo. No quer?a ver a nadie. Hab?a visto a demasiada gente durante toda mi vida; era bastante sociable, pero ten?a una tendencia muy marcada a identificarme, en mis ideas, en mi destino, con todos aquellos con quienes me relacionaba, de cualquier clase que fueran. Siempre estaba salvando o siendo salvado: en una sola ma?ana era capaz de pasar por todas las emociones que pudieran atribu?rsele a Wellington en Waterloo. Viv?a en un mundo de inescrutables discordias y de amigos y partidarios inalienables.
Sin embargo, ahora quer?a estar totalmente solo, y as? me las arregl? para mantenerme m?s o menos al margen de las responsabilidades ordinarias.
No fue un per?odo de infelicidad. Part? y disminuyeron las personas. Descubr? que estaba m?s que cansado. A veces pod?a permanecer tendido durmiendo o dormitando hasta veinte horas al d?a, de lo que me alegraba, y en los intervalos trataba resueltamente de no pensar, y para lograrlo hac?a listas, hac?a listas y las romp?a, listas por cientos: de dirigentes de caballer?a y jugadores de f?tbol, y de ciudades y melod?as populares, y de pitchers, y de tiempos felices y de aficiones, y de casas en que hab?a vivido, y de cu?ntos trajes hab?a comprado desde que sal? del ej?rcito, y cu?ntos pares de zapatos (no cont? el traje que me compr? en Sorrento y que encogi?, ni los zapatos y la camisa de vestir con cuello que anduve trayendo durante a?os sin jam?s pon?rmelos, porque los zapatos se volvieron ?speros y h?medos, y la camisa y el cuello, amarillos y hediondos a almid?n). Y listas de mujeres que me hab?an gustado, y de los tiempos en que me hab?a dejado desairar por gente que no era mejor que yo ni en car?cter ni en capacidad.
...Y entonces, repentina y sorpresivamente, me sent? mejor.
...Y me quebr? como un plato viejo apenas o? las noticias.
Ese es el verdadero final de esta historia. ?Qu? hacerle? Eso es algo que tendr?a que descansar en lo que sol?a llamarse ?las entra?as del tiempo?. Baste decir que despu?s de m?s o menos una hora de solitario abrazo con la almohada comenc? a darme cuenta de que durante dos a?os mi vida hab?a consistido en girar recursos que yo no pose?a, pero al precio de hipotecarme f?sica y espiritualmente hasta el tope. ?Qu? era el peque?o regalo de vida que recib?a en comparaci?n con eso?..., cuando hab?a tenido orgullo de mi orden y confianza en una independencia permanente.
Me di cuenta de que en esos dos a?os, con el objeto de preservar algo ?un secreto interior tal vez, tal vez no?, me hab?a apartado de todas las cosas que antes amaba, de que cada acto de la vida, desde el aseo matinal de dientes hasta la comida con un amigo, se hab?a convertido en un esfuerzo. Comprend? que durante mucho tiempo no me gustaron ni las gentes ni las cosas, sino que tan s?lo hab?a adoptado la vieja y endeble m?scara del cari?o. Comprend? que aun mi cari?o por aquellos que me eran m?s cercanos se convert?a s?lo en un intento de amar, que mis relaciones ocasionales ?con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo? eran solamente lo que yo recordaba que deb?a hacer, en comparaci?n con otros d?as. Y en el mismo mes llegaron a exasperarme cosas tales como el sonido de la radio, los avisos en las revistas, los chillidos de la v?a f?rrea, el silencio muerto del campo; me volv? despectivo ante la blandura humana, de inmediato (si bien furtivamente) hostil hacia la dureza; odiando a la noche cuando no pod?a dormir y odiando el d?a porque marchaba hacia la noche. Dorm?a ahora sobre el lado del coraz?n porque sab?a que mientras m?s pronto lo cansara, aunque fuese un poquito, m?s pronto llegar?a esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me capacitar?a para enfrentar mejor el nuevo d?a.
Hab?a ciertos puntos, ciertas caras a las que Pod?a mirar. Como la mayor?a de los nacidos en el Medio Oeste, nunca he tenido demasiados prejuicios raciales: siempre tuve un secreto deseo de esas hermosas rubias escandinavas que se sentaban en los porches de Saint Paul, pero que econ?micamente no hab?a surgido lo necesario para formar parte de lo que entonces constitu?a sociedad. Eran demasiado bonitas para ser ?polluelas? y hab?an salido muy recientemente de las granjas como para ocupar un lugar bajo el sol, pero yo recordaba haber caminado cuadras nada m?s que para vislumbrar ese cabello reluciente: el brillante mech?n de una muchacha que jam?s conocer?a. Estoy haciendo ch?chara urbana e impopular. Eludo el hecho de que en esos ?ltimos d?as no pod?a tolerar ni la presencia de los celtas, los ingleses, los pol?ticos, los extra?os, los virginianos, los negros (claros u oscuros), la Gente que Caza, los vendedores, de los tipos de clase media, en general, de los escritores (evitaba muy cuidadosamente a los escritores porque ellos pueden perpetuar los l?os como nadie m?s puede hacerlo)... y de todas las clases en cuanto clases y de la mayor?a de la gente en cuanto a miembros de su clase... En un intento de aferrarme a algo, me gustaban los m?dicos y las ni?itas hasta m?s o menos la edad de trece, y los muchachos bien educados desde algo as? como los ocho a?os adelante. Lograba encontrar paz y felicidad en estos pocos grupos de gente. Olvid? agregar que me gustaban los viejos mayores de setenta y hasta mayores de sesenta si es que sus caras se ve?an secas. Me gustaba el rostro de Katharine Hepburn en la pantalla, sin importarme lo que se dijera sobre sus afectaciones, y la cara de Miriam Hopkins, y los viejos amigos, siempre que s?lo los viera una vez al a?o y pudiera recordar sus fantasmas.
Todo esto resulta bastante inhumano y mezquino, ?verdad? Bueno, ?se, muchachos, es el verdadero s?ntoma del desmoronamiento. No es un cuadro de lo m?s hermoso. Fue inevitablemente acarreado de un lugar a otro dentro de su marco y expuesto ante diversos cr?ticos y cr?ticas. A una de ellas s?lo se le puede describir como una persona cuya vida hace que las vidas de otras personas se parezcan a la muerte..., aun esta vez, aunque la pusieron en el a menudo poco simp?tico papel de consoladora de Job. A pesar de que esta historia ya termin?, perm?tanme agregar nuestra conversaci?n a manera de postdata:
En vez de compadecerte tanto, escucha ?expres? ella (siempre dice ?escucha? debido a que piensa mientras habla; de veras piensa). De modo que dijo?: Escucha. Imag?nate que no se tratara de un derrumbe en ti... Imag?nate que fuera un derrumbe en el Gran Ca??n.
El derrumbe es en m? ?repuse heroicamente.

?Escucha! El mundo s?lo existe en tus ojos, en tu concepci?n de ?l. Puedes agrandarlo o achicarlo a tu antojo. Y est?s tratando de ser un individuo peque?o y enfermizo. Santo cielo, si alguna vez yo me derrumbara, tratar?a de hacer que el mundo se derrumbara conmigo. ?Escucha! El mundo s?lo existe en la medida en que lo percibas, y por lo tanto es mucho mejor decir que no eres t? quien se ha derrumbado, sino el Gran Ca??n.
?Ya se trag? a todo su Spinoza la ni?a?
No s? nada de Spinoza. Lo que s?... ?Habl? entonces de viejas heridas suyas que parec?an, en las palabras, haber sido m?s dolorosas que las m?as, y de c?mo las hab?a atacado, aventajado, derrotado.
Sent? cierta reacci?n ante lo que dijo, pero soy hombre que piensa lento, y se me ocurri?, simult?neamente, que de todas las fuerzas naturales, la ?nica imposible de comunicar es la vitalidad. En los d?as en que a uno le llegaba el jugo como un art?culo sin impuesto, uno trataba de distribuirlo, pero siempre sin ?xito; para seguir mezclando met?foras, la vitalidad nunca se ?pega?. Se la tiene o no se la tiene, igual que la salud o los ojos caf?s o una voz de bar?tono. Podr?a haberle pedido que me convidara un poco, envuelta con cuidado y lista para cocinarla y digerirla, pero no la habr?a obtenido jam?s, ni aunque me hubiera quedado esperando mil horas con la taza de lata de la autocompasi?n. Pude alejarme de su puerta, sosteni?ndome muy delicadamente, como loza trisada, y penetrar en el mundo de la amargura, donde me estaba construyendo mi casa con los materiales que all? se encuentran ? y recordar despu?s de salir de su puerta:
?Eres la sal de la tierra. Pero si la sal ha perdido su sabor, ?con qu? se la ha de salar??
MATEO 5?13.

?


Tags: F. Scott Fitzgerald

Publicado por carmenlobo @ 14:37  | Literatura
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios