Lunes, 04 de abril de 2011
Manuel Vicent

Manuel Vicent?

Natalia Ginzburg pens? que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Lo record? terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado. El ?ltimo amor que lo arrebat? de la vida fue el que mantuvo con la actriz Constance Dowling

La escritora Natalia Ginzburg regres? a Tur?n siete a?os despu?s de que su amigo Cesare Pavese se hubiera suicidado. Tur?n era la ciudad donde se hab?an conocido de j?venes, hab?an trabajado juntos en la editorial Einaudi, tal vez se hab?an enamorado en secreto. Viejos tiempos, otros d?as, otros juegos. Despu?s de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, que se hab?a cebado con su familia, Natalia volv?a desde Londres con su segundo marido y apenas cruz? el vest?bulo de la estaci?n de Porta Nuova se dirigi? a la plaza porticada de Carlo Felice. Llena de melancol?a percibi? que la ciudad segu?a oliendo a holl?n, que los comercios y los cines manten?an los mismos nombres, all? estaba tambi?n el puesto de helados rosas y blancos, que le recordaban los d?as felices de su ni?ez, pero ahora hab?a trolebuses y alg?n paso subterr?neo nuevo.


    "Natalia conoc?a todos sus avatares amorosos. Lo record? terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado"

La escritora se detuvo ante la puerta del albergo Roma, situado bajo las arcadas de la plaza y decidi? entrar. Detr?s del mostrador encontr? a la mujer de siempre, una hija de la familia que hab?a regentado este humilde hotel desde hac?a m?s de cien a?os. En el angosto recibidor todo segu?a igual. Los dos radiadores, la moqueta roja, los dos peque?os sillones ra?dos, el espejo velado. La mujer de la recepci?n conoc?a el pasado de Natalia Ginzburg y supo enseguida el motivo de la visita: "La habitaci?n que busca es la 346, est? en la segunda planta" -le dijo-. Subi? agarrada a la barandilla met?lica de la escalera y una criada le abri? la puerta con una llave que se sac? del bolsillo del delantal. En aquella habitaci?n el tiempo tambi?n se hab?a detenido. Estaba intacta, tal como la dej? la muerte, con el aire estancado. La misma cama estrecha con cabecera de hierro, el perchero, la silla, la mesa de madera, el tel?fono negro colgado en la pared, la l?mpara de pl?stico en la mesilla de noche, la cortina de la ventana. Nadie hab?a tocado ninguno de estos enseres desde entonces, hac?a siete a?os. La escritora comenz? a llorar.

Un s?bado, 26 de agosto de 1950, Cesare Pavese dej? la casa de su hermana Mar?a con la que viv?a y se dirigi? al albergo Roma con un malet?n en el que no llevaba ninguna prenda de ropa sino un solo libro,?Di?logos con Leuc?.?La humedad que liberaba el r?o Po envolv?a en un calor pegajoso de final de verano la ciudad desierta. El poeta acababa de sufrir el ?ltimo desaire amoroso, pidi? habitaci?n y una vez instalado en ella realiz? tres llamadas de tel?fono mientras la oscuridad de la tarde se instalaba en la ventana. Se o?an escapes de motocicletas que cruzaban la plaza. El poeta tal vez imagin? que cada una de aquellas m?quinas llevar?a en el trasport?n a una muchacha feliz de regreso del campo despu?s de darse con su novio un revolc?n sobre la hierba, como hab?a descrito en unos de sus poemas. "La muchacha, sentada, se acicala el peinado / y no mira al compa?ero, tendido, con los ojos abiertos".

No obtuvo ninguna respuesta a sus tres llamadas, el ?ltimo hilo que le un?a a la vida. El poeta se descalz?, se tendi? en la cama con la camisa blanca y el traje oscuro, se afloj? el nudo de la corbata y los pies p?lidos, desnudos formaron dos alas dispuestas a volar. Pocos d?as antes hab?a confesado en una carta a su amiga Pierina que nunca se hab?a despertado con una mujer al lado, que nunca hab?a experimentado la mirada que dirige a un hombre una mujer enamorada. Ni siquiera hab?a tenido el amor maternal, que cualquier ni?o merece. Su madre Consolina hab?a tratado siempre con un rigor absorbente a su hijo Cesare, el menor de cinco hermanos, tres de ellos ya muertos, y le hab?a transferido los traumas que ella hab?a sufrido con su marido, quien en el lecho de muerte pidi? ver por ?ltima vez a una vecina, que hab?a sido su amante, y ella se neg? a dejarla pasar. Esta escena carg? la neurosis del adolescente hasta convertirlo en un ser introvertido, solitario, negado para la amistad y a la hora de conquistar a una mujer tampoco le ayudaba su rostro ceniciento, su car?cter agrio y pesimista y al mismo tiempo excesivamente enamoradizo.

Natalia Ginzburg admiraba su obra, hab?a sido su confidente y tal vez uno de sus amores frustrados. Nacida en Palermo en 1916, hija del jud?o Giuseppe Levi, profesor de medicina, perseguido por sus ideas antifascistas, su familia se traslad? a Tur?n donde Natalia se cas? con el historiador Leone Ginzburg, de origen ruso, cofundador de la editorial Einaudi, tambi?n encarcelado por su ideolog?a, confinado en un pueblo de los Abruzzos y finalmente torturado hasta la muerte en la c?rcel de Regina Coeli en 1944 por los nazis. Pavese y Natalia hab?an sido compa?eros, camaradas, amigos antes de la guerra. Se ve?an todos los d?as en la editorial donde ?l trabajaba de lector y traductor. Natalia conoc?a todos sus avatares amorosos. Primero fue su pasi?n por Battistina Pizzardo, activista del Partido Comunista. Ella se sirvi? de su amor para usarlo de correo en la clandestinidad y gracias a este favor el enamorado fue a la c?rcel y luego desterrado a Brancaleone Calabro. All? escribi? el libro de poemas?Trabajar cansa,?pero al volver a Tur?n se encontr? a Battistina, la mujer de la voz ronca, casada con un antiguo novio.

Pavese hab?a conseguido librarse de ir a la guerra por ser asm?tico y terminada la contienda, afiliado al PCI, sigui? trabajando en la editorial Einaudi, escribiendo novelas y enamor?ndose equivocadamente. Esta vez el fracaso lo obtuvo de Bianca Garuffi, otra escritora, empleada en las mismas oficinas y con la que public? un libro creado a medias. La relaci?n fue tormentosa. Frente a la cama que la muerte dej? hecha en la habitaci?n 346 del albergo Roma, Natalia Ginzburg pens? que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Lo record? terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado, escribiendo en los caf?s llenos de humo alguno de aquellos versos: "Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran a la cara, entre los tallos delgados la mujer le muerde los cabellos y despu?s muerde la hierba". El ?ltimo amor que lo arrebat? de la vida fue el que mantuvo con la actriz norteamericana Constance Dowling, ex amante de Elia Kazan, de la que qued? colgado durante un rodaje en Roma. Le ofreci? matrimonio, pero la rubia que fue famosa por sus ojos de avellana se cas? con otro. ?Ojos color de avellana? Fue a esta mujer a la que el poeta dedic? el verso m?s famoso que han ido repitiendo desde entonces todos los amantes desesperados: "Vendr? la muerte y tendr? tus ojos".

El despecho le oblig? a escribir en su diario: "Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribir? m?s". De hecho no cumpli? su palabra porque en el albergo Roma, un momento antes de tomar varios tubos de barbit?ricos, de aflojarse el nudo de la corbata y de tumbarse en la cama con el traje oscuro y los pies desnudos hab?a escrito en una p?gina en blanco del libro?Di?logos con Leuc?:?"Perdono a todos y a todos pido perd?n. No chismorreen demasiado".

Natalia Ginzburg pens? que su amigo hab?a elegido morir esa tarde de agosto t?rrido como un forastero, cuando ninguno de sus amigos estaba en la ciudad. No fue necesario abandonar la cama, solo el alba como su ?ltima amante entr? en el cuarto vac?o. Al d?a siguiente era domingo y las campanas de Santa Mar?a tocaron a misa sobre el cad?ver del poeta y los fieles acicalados al salir a la plaza compraban helados rosas y blancos a sus ni?os. Siete a?os despu?s de aquello, all? frente a la cama vac?a Natalia Ginzburg, su amor secreto, se secaba las l?grimas.

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MANUEL VICENT??26/03/2011

El Pais


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Tags: Cesare Pavese, Manuel Vicent, Natalia Ginzburg

Publicado por carmenlobo @ 16:40  | Vincent, Manuel
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