Jueves, 03 de marzo de 2011

El falso autostop

Mil?n Kundera : El libro de los amores rid?culos
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1

La manecilla del nivel de la gasolina cay? de pron?to a cero y el joven conductor del coup? afirm? que era cabreante lo que tragaba aquel coche.
?A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasoli?na ?dijo la chica (que ten?a unos veintid?s a?os) y le record? al conductor unos cuantos sitios del mapa del pa?s en los que ya les hab?a sucedido lo mismo.
El joven respondi? que ?l no ten?a motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le suced?a estan?do con ella adquir?a el encanto de la aventura. La chi?ca protest?; siempre que se les hab?a acabado la gaso?lina en medio de la carretera, la aventura hab?a sido s?lo para ella, porque el joven se hab?a escondido y ella hab?a tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a alg?n coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera m?s pr?xima, volver a parar otro coche y regresar con el bid?n. El joven le pregunt? si los conductores que la hab?an llevado hab?an sido tan de?sagradables como para que ella hablase de su misi?n como de una humillaci?n. Ella respondi? (con pueril coqueter?a) que a veces hab?an sido muy agradables, pero que no hab?a podido sacar provecho alguno por?que iba cargada con el bid?n y hab?a tenido adem?s que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.
?Miserable ?le dijo el joven.
La chica afirm? que la miserable no era ella, sino precisamente ?l; ?qui?n sabe cu?ntas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El jo?ven cogi? a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sab?a que ella lo quer?a y que ten?a celos de ?l. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va uni?da a la humildad), presenta, adem?s de su natural in?comodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven cre?a. Como no ten?a m?s que veintiocho a?os, le parec?a que era muy mayor y que hab?a aprendido ya todo lo que un hombre puede sa?ber de las mujeres. Lo que m?s apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces hab?a encontrado con menor fre?cuencia en las mujeres: su pureza.
La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a qui?nientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afir?mar que se hab?a quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la iz?quierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado por?que, junto al surtidor, hab?a un voluminoso cami?n con un gran dep?sito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el dep?sito del surtidor.
?Vamos a tener que esperar un buen rato ?le dijo el joven a la chica y sali? del coche?. ?Va a tar?dar mucho? ?le pregunt? a un hombre vestido con un mono azul.
?Un minuto ?respondi? el hombre.
Y el joven dijo:
?Ya veremos lo que dura un minuto.
Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chi?ca sal?a por la otra puerta.
?Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa ?Dijo ella.
??Qu? vas a hacer? ?pregunt? el joven intencio?nadamente, porque quer?a ver la cara que iba a po?ner.
Hac?a ya un a?o que la conoc?a y la chica a?n era capaz de avergonzarse delante de ?l, y a ?l le encanta?ban esos instantes en los que ella sent?a verg?enza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que ?l se hab?a relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sab?a que en este mundo to?do es pasajero, y eso hac?a que hasta la verg?enza de su chica fuera algo preciado para ?l.

2

A la chica realmente le desagradaban las ocasiones en las que ten?a que pedirle (el joven conduc?a con frecuencia muchas horas sin parar) que se detuviese un momento junto a un bosquecillo. Siempre le daba rabia cuando ?l le preguntaba con fingido asombro por el motivo de la parada. Ella sab?a que la verg?en?za que sent?a era rid?cula y pasada de moda. En el tra?bajo hab?a podido comprobar muchas veces que la gente se re?a de su susceptibilidad y que la provoca?ban a prop?sito. Sent?a siempre verg?enza anticipada s?lo de pensar que iba a darle verg?enza. Con fre?cuencia deseaba poder sentirse libre dentro de su cuerpo, despreocupada y sin angustias, como lo hac?a la mayor?a de las mujeres a su alrededor. Hasta hab?a llegado a inventarse un sistema especial de convenci?miento pedag?gico: se dec?a que cada persona recib?a al nacer uno de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen una de los mill nes de habitaciones de un inmenso hotel; que aquel cuerpo era, por tanto, casual e impersonal; que era una cosa prestada y hecha en serie. Lo repet?a una y otra vez, en distintas versiones, pero nunca era capaz de sentir de ese modo. Aquel dualismo del cuerpo y el alma le era ajeno. Ella misma era excesivamente su propio cuerpo, y por eso siempre lo sent?a con an?gustia.
Con esa misma angustia se hab?a aproximado tam?bi?n al joven a quien hab?a conocido hac?a un a?o y con el que era feliz quiz? precisamente porque nunca separaba su cuerpo de su alma y con ?l pod?a?vivir por entero. En aquella indivisi?n resid?a su felicidad, s?lo que tras la felicidad siempre se agazapaba la sospecha, y la chica estaba llena de sospechas. Con frecuencia pensaba que las otras mujeres (las que no se angustia?ban) eran m?s seductoras y atractivas, y que el joven, que no ocultaba que conoc?a bien a aquel tipo de mu?jeres, se le ir?a alguna vez con alguna de ellas. (Es cierto que el joven afirmaba que ya estaba harto de ese tipo de mujeres para el resto de su vida, pero la chica sab?a que ?l era mucho m?s joven de lo que pensaba. ) Ella quer?a que fuese suyo por completo y ser ella por completo de ?l, pero con frecuencia le pa?rec?a que cuanto m?s trataba de d?rselo todo, m?s le negaba algo: lo que da precisamente el amor carente de profundidad y superficial, lo que da el flirt. Sufr?a por no saber ser, adem?s de seria, ligera.
Pero esta vez no sufr?a ni pensaba en nada de eso. Se sent?a a gusto. Era su primer d?a de vacaciones (ca?torce d?as de vacaciones en los que durante todo el a?o hab?a centrado su deseo), el cielo estaba azul (to?do el a?o hab?a estado pregunt?ndose horrorizada si el cielo estar?a verdaderamente azul) y ?l estaba con ella. A su ??qu? vas a hacer?? respondi? ruboriz?ndo?se y se alej? del coche sin decir palabra. Dej? a su la?do la estaci?n de servicio que estaba al borde de la carretera, completamente solitaria, en medio del cam?po; a unos cien metros de all? (en la misma direcci?n en la que iban) empezaba el bosque. Se dirigi? hacia ?l, se escondi? tras un arbusto y disfrut? durante todo ese tiempo de una sensaci?n de satisfacci?n. (Es que hasta la alegr?a que produce la presencia del hombre a quien se ama se siente mejor a solas. Si la presencia de ?l fuera continua, s?lo estar?a presente en su cons?tante transcurrir.?Detenerla?s?lo es posible en los ratos de soledad. )
Despu?s sali? del bosque y se dirigi? hacia la ca?rretera; desde all? se ve?a la estaci?n de servicio; el cami?n cisterna ya se hab?a ido; el coche se hab?a aproximado a la roja torrecilla del surtidor. La chica se puso a andar carretera adelante, mirando a ratos si ya ven?a. Luego lo vio, se detuvo y empez? a hacerle se?as, tal como se las hacen los autoestopistas a los co?ches desconocidos. El coche fren? y se detuvo justo al lado de la chica. El joven se agach? hacia la ventani?lla, la baj?, sonri? y pregunt?:
??Adonde va, se?orita?
??Va hacia Bystrica? ?pregunt? la chica y sonri? con coqueter?a.
?Pase, si?ntese ?el joven abri? la puerta. La chi?ca se sent? y el coche se puso en marcha.


3


El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurr?a con frecuencia: ten?a un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas extras; en casa, su madre estaba en?ferma, sol?a estar cansada; tampoco destacaba por la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en s? mis ma, era v?ctima f?cil de la angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestaci?n de alegr?a de ella con la ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonri? y dijo:
?Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco a?os que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.
La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamer?as que le hac?a; ten?a ganas de disfrutar un rato de aquella c?lida sensaci?n y por eso le dijo:
?Parece que sabe mentir muy bien.
??Tengo cara de mentiroso?
?Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres?dijo la chica y en su voz hab?a un resto involuntario de la vieja angustia, porque cre?a realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.
El joven ya se hab?a sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez pod?a pasarlos f?cilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a ?l, sino a un conductor desconocido. Por eso le res?pondi? sin m?s:
??Eso le molesta?
?Si saliese con usted, me importar?a ?dijo la chica y hab?a en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor?: Pero como a usted no le conozco, no me molesta.
?Las mujeres siempre encuentran muchos m?s defectos en su propio hombre que en los dem?s ?ahora se trataba de un sutil mensaje pedag?gico del joven a la chica?, pero ya que no tenemos nada que ver, podr?amos entendernos bien.
La chica no ten?a intenci?n de entender el mensaje pedag?gico subyacente y por eso se dirigi? exclusiva?mente al conductor desconocido:
??Y qu?, si dentro de un momento nos vamos a separar?
??Por qu??
?Porque en Bystrica me bajo.
??Y qu? pasar?a si yo me bajase con usted?
Al o?r estas palabras la chica mir? al joven y com?prob? que ten?a exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus m?s amargas horas de celos; se ho?rroriz? al ver con qu? coqueter?a la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sen?taba. Por eso le contest? en plan provocador:
??Y qu? iba a hacer?usted?conmigo?
?Con una mujer tan guapa no necesitar?a pensar demasiado qu? hacer ?dijo el joven, y en ese mo?mento hablaba ya m?s para su chica que para la autoestopista.
Pero la chica sinti? como si, al hacerle decir aque?lla frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:
??No le parece que exagera?
El joven mir? a su chica; aquella cara altiva estaba llena de tensi?n; sinti? l?stima por la chica y a?or? su mirada habitual, familiar (de la que sol?a decir que era infantil y sencilla); se acerc? a ella, pas? el brazo por su hombro y le susurr? el nombre con que sol?a llamarla y con el que ahora pretend?a acabar el juego.
Pero la chica le apart? y dijo:
??Me parece que va demasiado r?pido!
El joven, al ser rechazado, dijo:
?Perdone se?orita ?y se puso a mirar fijamente la carretera.

4

Pero el dolor de los celos abandon? a la chica tan r?pido como la hab?a atacado. Al fin y al cabo era sensata y sab?a que s?lo se trataba de un juego; inclu?so le pareci? un poco rid?culo haber rechazado al jo?ven s?lo por la rabia que le produc?an los celos; no quer?a que ?l lo notase. Por suerte las mujeres tienen una habilidad m?gica para modificar?ex post?el senti?do de sus actos. De modo que utiliz? esta habilidad y decidi? que no lo hab?a rechazado porque le hubie?ra dado rabia, sino para poder continuar con un juego que, por caprichoso, era tan adecuado para el primer d?a de vacaciones.
De manera que volvi? a ser una autoestopista que acaba de rechazar a un conductor atrevido s?lo para hacer la conquista m?s lenta y m?s excitante. Se volvi? hacia el joven y le dijo con voz melosa:
??No era mi intenci?n ofenderle!
?Perdone, no volver? a tocarla ?dijo el joven.
Estaba enfadado con la chica por no haberle hecho caso y haberse negado a volver a ser ella misma cuan?do tanto lo deseaba; y como la chica segu?a con su m?scara, el joven le traspas? su enfado a la desconoci?da autoestopista que ella representaba; y as? descubri? de pronto el car?cter de su papel: abandon? la galan?ter?a con la que hab?a pretendido halagar indirecta?mente a su chica y empez? a hacer de hombre duro que al dirigirse a las mujeres pone de relieve m?s bien los aspectos bastos de la masculinidad: la voluntad, el sarcasmo, la confianza en s? mismo.
Este papel era contradictorio con las atenciones que habitualmente le dedicaba el joven a la chica. Es verdad que antes de conocerla se comportaba con las mujeres de un modo m?s bien brusco que delicado, pero nunca hab?a llegado a parecer un hombre demo?n?acamente duro porque no sobresal?a ni por su fuerza de voluntad ni por su falta de miramientos. Pero si nunca lo hab?a parecido, tanto m?s hab?a?deseado?en otros tiempos parecerlo. Se trata seguramente de un deseo bastante ingenuo, pero qu? se le va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obst?culos que les pone el esp?ritu maduro y con frecuencia perduran m?s que ?l, hasta la ?ltima vejez. Y aquel deseo in?fantil aprovech? r?pidamente la oportunidad de asu?mir el papel que se le ofrec?a.
A la chica le ven?a muy bien el distanciamiento sarc?stico del joven: la liberaba de s? misma. Ella mis?ma era, ante todo, celos. En el momento en que dej? de ver a su lado al joven galante que trataba de sedu?cirla y vio su cara inaccesible, sus celos se acallaron. La chica pod?a olvidarse de s? misma y entregarse a su papel.
?Su papel? ?Cu?l? Era un papel de literatura bara?ta. Una autoestopista hab?a parado un coche, no para que la llevase, sino para seducir al hombre que iba en el coche; era una seductora experimentada que domi?naba estupendamente sus encantos. La chica se com?penetr? con aquel est?pido personaje de novela con una facilidad que a ella misma la dej?, acto seguido, sorprendida y encantada.
Y as? iban en coche y charlaban; un conductor desconocido y una autoestopista desconocida.

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5

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No hab?a nada que el joven hubiera echado tanto en falta en su vida como la despreocupaci?n. La carre?tera de su vida hab?a sido dise?ada con despiadada se?veridad: su empleo no acababa con las ocho horas de trabajo diario, invad?a tambi?n el resto de su tiempo con el aburrimiento obligado de las reuniones y del es?tudio en casa; invad?a tambi?n, a trav?s de la atenci?n que le prestaban sus innumerables compa?eros y com?pa?eras, el escas?simo tiempo de su vida privada, que! nunca permanec?a en secreto y que por lo dem?s se ha?b?a convertido ya un par de veces en objeto de coti?lleos y de debate p?blico. Ni siquiera las dos semanas de vacaciones le brindaban una sensaci?n de liberaci?n y de aventura; hasta aqu? llegaba la sombra gris de la severa planificaci?n; la escasez de casas de veraneo en nuestro pa?s le hab?a obligado a reservar con medio a?o de antelaci?n la habitaci?n en los montes Tatra, para i lo cual hab?a necesitado una recomendaci?n del Co?mit? de su empresa, cuya omnipresente alma no le perd?a as? la pista ni por un momento.
Ya se hab?a hecho a la idea de todo aquello pero, de vez en cuando, ten?a la horrible sensaci?n de que le obligaban a ir por una carretera en la que todos le ve?an y de la que no pod?a desviarse. Ahora mismo volv?a a tener esa sensaci?n; un extra?o cortocircuito hizo que identificase la carretera imaginaria con la ca?rretera verdadera por la que iba y eso le sugiri? de pronto la idea de hacer una locura.
??A d?nde dijo que quer?a ir?
?A Banska Bystrica ?respondi?.
??Y qu? va a hacer all??
?He quedado con una persona.
??Con qui?n?
?Con un se?or.
El coche se aproximaba a un cruce de caminos im?portante; el conductor disminuy? la velocidad para poder leer las se?ales que indicaban la direcci?n; lue?go dobl? a la derecha.
??Y qu? pasar?a si no llegase a su cita?
?Ser?a culpa suya y tendr?a que ocuparse de m?.
?Seguramente no se ha dado cuenta de que he doblado hacia Nove Zamky.
??De verdad? ?Se ha vuelto loco!
?No tenga miedo, yo me ocupar? de usted ?dijo el joven.
De pronto el juego hab?a adquirido un nivel supe?rior. El coche no s?lo se alejaba de su objetivo imagi?nario en Banska Bystrica, sino tambi?n del objetivo real hacia el que hab?a partido por la ma?ana: los Ta?tra y la habitaci?n reservada. De pronto la vida de fic?ci?n atacaba a la vida sin ficci?n. El joven se alejaba de s? mismo y de la severa ruta de la que hasta ahora nunca se hab?a desviado.
??Pero si hab?a dicho que iba a los Peque?os Ta?tra! ?se asombr? la chica.
?Se?orita, yo voy a donde quiero. Soy un hom?bre libre y hago lo que quiero y lo que me da la gana.

6

Cuando llegaron a Nove Zamky, empezaba a ha?cerse de noche.
El joven nunca hab?a estado all? y tard? un rato en orientarse. Detuvo varias veces el coche para pregun?tar a los viandantes d?nde estaba el hotel. Hab?a va?rias calles en obras, de modo que, aunque el hotel es?taba muy cerca (seg?n afirmaban todas las personas a las que les hab?a preguntado), el camino daba tantas vueltas y ten?a tantos desv?os que tardaron casi un cuarto de hora en aparcar el coche. El hotel no ten?a un aspecto muy agradable, pero era el ?nico hotel de la ciudad y el joven ya no ten?a ganas de seguir con?duciendo. As? que le dijo a la chica:
?Espere ?y baj? del coche.
Al bajar del coche volvi? naturalmente a ser ?l mismo. Y le pareci? un fastidio encontrarse por la noche en un sitio completamente distinto del que ha?b?a planeado; y resultaba a?n m?s fastidioso porque nadie le hab?a obligado y ni siquiera ?l mismo lo ha?b?a pretendido. Se echaba en cara la locura que hab?a cometido, pero al final acab? por restarle importan?cia: la habitaci?n de los Tatra pod?a esperar hasta el d?a siguiente y no est? mal celebrar el primer d?a de vacaciones con algo inesperado.
Atraves? el restaurante ?lleno de humo, repleto, ruidoso? y pregunt? por la recepci?n. Le indicaron que siguiese hasta la escalera, donde, tras una puerta de cristal, estaba sentada una rubia de aspecto anti?cuado bajo un tablero lleno de llaves: le cost? trabajo obtener la llave de la ?nica habitaci?n libre.
La chica, al quedarse sola, tambi?n prescindi? de su papel. Pero le fastidiaba encontrarse en una ciudad extra?a. Estaba tan entregada al joven que no dudaba de nada de lo que ?l hac?a y dejaba en sus manos, con toda confianza, las horas de su vida. Pero en cambio volvi? a pensar que quiz?, tal como ella ahora, otras mujeres con las que se encontraba en sus viajes de tra?bajo esperar?an al joven en su coche. Pero, curiosa?mente, aquella imagen ahora no le produjo dolor; la chica sonri? inmediatamente al pensar lo hermoso que era que esa mujer extra?a fuese ahora ella; aque?lla mujer extra?a, irresponsable e indecente, una de aquellas de las que hab?a tenido tantos celos; le pare?c?a que les hab?a ganado la mano a todas; que hab?a descubierto el modo de apoderarse de sus armas; de darle al joven lo que hasta entonces no hab?a sabido darle: ligereza, inmoralidad e informalidad; sinti? una particular sensaci?n de satisfacci?n por ser capaz de convertirse ella misma en todas las dem?s mujeres y de ocupar y devorar as? (ella sola, la ?nica) a su amado.
El joven abri? la puerta del coche y condujo a la chica al restaurante. En medio del ruido, la suciedad y el humo, descubri? una ?nica mesa libre en un rinc?n.


7

?Bueno ?y ahora c?mo se va a ocupar de m??
??Qu? aperitivo prefiere?
La chica no era muy aficionada a beber; como mu?cho beb?a vino y le gustaba el vermouth. Pero esta vez, adrede, dijo:
?Vodka.
?Estupendo ?dijo el joven?. Espero que no se me emborrache.
??Y si me emborrachara? ?dijo la chica.
El joven no le respondi? y llam? al camarero y pi?di? dos vodkas y, para cenar, solomillo. El camarero trajo, al cabo de un rato, una bandeja con dos vasitos y la puso sobre la mesa.
El joven levant? el vaso y dijo:
??A su salud!
?-?No se le ocurre un brindis m?s ingenioso?
Hab?a algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora, cuando estaban sentados cara a cara, comprendi? que no s?lo eran las?palabras?las que hac?an de ella otra persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos y su m??mica, y que se parec?a con una fidelidad que lle?gaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que ?l conoc?a tan bien y que le produc?a un ligero re?chazo.
Y por eso (con el vaso en la mano levantada) mo?dific? su brindis:
?Bien, entonces no brindar? por usted, sino por su especie, en la que se conjuga con tanto acierto lo mejor del animal y lo peor del hombre.
??Cuando habla de esa especie se refiere a todas las mujeres? ?pregunt? la chica.
?No, me refiero s?lo a las que se parecen a usted.
?De todos modos no me parece muy gracioso comparar a una mujer con un animal.
?Bueno ?el joven segu?a con el vaso levanta?do?, entonces no brindo por su especie, sino por su alma, ?le parece bien? Por su alma que se enciende cuando desciende de la cabeza al vientre y que se apa?ga cuando vuelve a subir a la cabeza.
La chica levant? su vaso:
?Bien, entonces por mi alma que desciende hasta el vientre.
?Rectifico otra vez ?dijo el joven?: mejor por su vientre, al cual desciende su alma.
?Por mi vientre ?dijo la chica y fue como si su vientre (ahora que lo hab?an mencionado) respondiera a la llamada: sent?a cada mil?metro de su piel.
El camarero trajo el solomillo y el joven pidi? m?s vodka con sif?n (esta vez brindaron por los pechos de la chica) y la conversaci?n continu? con un extra?o to?no fr?volo. El joven estaba cada vez m?s irritado por lo bien que la chicasab?a?ser esa mujer lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; est? claro que no ha penetrado ning?n alma extra?a dentro de ella; est? jugando a ser ella misma; quiz? sea esa otra parte de su ser que otras veces permanece encerrada y a la que ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica crea que al jugar se est? negando a s? misma, pero ?no sucede precisamente lo contrario? ?No es en el juego donde se convierte de verdad en s? misma? ?No se libera al jugar? No, la que est? sentada frente a ?l no es una mujer extra?a dentro del cuerpo de su chica; es su propia chica, nadie m?s que ella. La miraba y sent?a hacia ella un desagrado cada vez mayor.
Pero no se trataba ?nicamente de desagrado. Cuanto m?s se alejaba la chica de ?l?s?quicamente, m?s la deseabaf?sicamente; la extra?eza del alma par?ticularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo convert?a de verdad en cuerpo; era como si has?ta entonces aquel cuerpo no hubiera existido para el joven m?s que en el limbo de la compasi?n, la ternu?ra, los cuidados, el amor y la emoci?n; como si hubie?se estado perdido en aquel limbo (?s?, como si el cuer?po hubiese estado perdido!). El joven ten?a la sensa?ci?n de?ver?hoy por primera vez el cuerpo de la chica.
Cuando termin? de tomar el tercer vodka con so?da, la chica se levant? y dijo con coqueter?a:
?Perdone.
El joven dijo:
??Puedo preguntarle a d?nde va, se?orita?
?A mear, si no le importa ?dijo la chica y se ale?j? por entre las" mesas hacia una cortina de terciopelo.


8


Estaba contenta de haber dejado estupefacto al jo?ven con aquella palabra que ?a pesar de su inocen?cia? nunca le hab?a o?do decir: le parec?a que nada reflejaba mejor al tipo de mujer a la que jugaba que la coqueter?a con la que hab?a puesto el ?nfasis en la mencionada palabra; s?, estaba completamente satis?fecha; aquel juego le entusiasmaba; le hac?a sentir lo que nunca hab?a sentido: por ejemplo aquella?sensa?ci?n de despreocupada irresponsabilidad.
Ella, que siempre hab?a tenido miedo de cada pa?so que ten?a que dar, de pronto se sent?a completa?mente suelta. Aquella vida ajena dentro de la que se encontraba era una vida sin verg?enza, sin determininaciones biogr?ficas, sin pasado y sin futuro, sin atadu?ras; era una vida excepcionalmente libre. La chica, siendo autoestopista, pod?a hacerlo todo:?todo le esta?ba permitido; decir cualquier cosa, hacer cualquier co?sa, sentir cualquier cosa.

Atravesaba la sala y se daba cuenta de que la mira?ban desde todas las mesas; esa tambi?n era una sensa?ci?n nueva, hasta entonces desconocida: la imp?dica satisfacci?n del propio cuerpo. Hasta ahora nunca ha?b?a sido capaz de librarse por completo de aquella ni??a de catorce a?os que se averg?enza de sus pechos y que siente como una desagradable impudicia que le sobresalgan del cuerpo y sean visibles. Aunque siem?pre se hab?a sentido orgullosa de ser guapa y bien he?cha, aquel orgullo era inmediatamente corregido por la verg?enza: intu?a correctamente que la belleza fe?menina funciona, ante todo, como incitaci?n sexual y eso le desagradaba; ansiaba que su cuerpo s?lo se diri?giese al hombre que amaba; cuando los hombres le miraban los pechos en la calle, le parec?a que con ello arrasaban una parte de su m?s secreta intimidad, que s?lo le pertenec?a a ella y a su amante. Pero ahora era una autoestopista, una mujer sin destino; se hab?a vis?to privada de las tiernas ataduras de su amor y hab?a empezado a tomar intensa conciencia de su cuerpo; lo sent?a con tanta mayor excitaci?n cuanto m?s extra?os eran los ojos que la observaban.
Cuando pasaba junto a la ?ltima mesa, un indivi?duo medio borracho, deseando jactarse de ser un hombre de mundo, le dijo en franc?s:
??Combien, mademoiselle?
La chica lo entendi?. Irgui? el cuerpo, sintiendo cada uno de los movimientos de sus caderas; desapa?reci? tras la cortina.



9

Todo aquello era un juego raro. La rareza consis?t?a, por ejemplo, en que el joven, aunque hab?a asu?mido estupendamente la funci?n de conductor desco?nocido, no dejaba de ver en la autoestopista descono?cida a su chica. Y eso era precisamente lo m?s doloro?so; ve?a a su chica seducir a un hombre desconocido y disfrutaba del amargo privilegio de estar presente; ve?a de cerca el aspecto que tiene y lo que dice cuando lo enga?a (cuando lo enga?aba, cuando lo va a enga??ar); ten?a el parad?jico honor de ser ?l mismo objeto de su infidelidad.
Lo peor era que la adoraba m?s de lo que la ama?ba; siempre le hab?a parecido que su ser s?lo era?real?dentro de los l?mites de la fidelidad y la pureza y que m?s all? de esos l?mites simplemente no exis?t?a; que m?s all? de aquellos l?mites habr?a dejado de ser ella misma, tal como el agua deja de ser agua m?s all? del l?mite de la ebullici?n. Ahora, al verla traspo?ner con natural elegancia aquel horrible l?mite, se lle?naba de rabia.
La chica volvi? del servicio y se quej?:
?Uno de aquellos me dijo: ?Combien, mademoi?selle?
?No se asombre ?dijo el joven?, tiene usted aspecto de furcia.

??Sabe que no me molesta en absoluto?
??Deb?a haberse ido con ese se?or!
?Ya le tengo a usted.
?Puede irse con ?l despu?s. ?Por qu? no se po?nen de acuerdo?
?No me gusta.
?Pero no tiene usted inconveniente en estar una misma noche con varios hombres.
?Si son guapos ?por qu? no?
??Los prefiere uno tras otro o al mismo tiempo?
?De las dos maneras.
La conversaci?n era una suma de barbaridades ca?da vez mayores; la chica estaba un poco espantada, pero no pod?a protestar. Tambi?n el juego encierra falta de libertad para el hombre, tambi?n el juego es una trampa para el jugador; si aquello no fuera un juego, si estuvieran sentadas frente a frente dos perso?nas extra?as, la autoestopista se hubiera podido ofen?der hace tiempo y hubiera podido marcharse; pero el juego no tiene escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego, las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero, los l?mites del campo de juego no pueden traspasarse. La chica sab?a que ten?a que aceptar cualquier juego, precisa?mente porque era un juego. Sab?a que cuanto m?s exagerado fuera, m?s ser?a un juego y m?s obediente iba a tener que ser al jugar. Y era in?til invocar la ra?z?n y advertir al alma alocada que deb?a mantener las distancias con respecto al juego y no tom?rselo en se?rio. Precisamente porque se trataba s?lo de un juego, el alma no ten?a miedo, no se resist?a y ca?a en ?l co?mo alucinada.
El joven llam? al camarero y pag? la cuenta. Lue?go se levant? y le dijo a la chica:
?Podemos ir.
??A d?nde? ?fingi? asombro la chica.
?No preguntes y camina ?dijo el joven.
??Con qui?n se cree que est? hablando?
?Con una furcia ?dijo el joven.


10


Iban por una escalera mal iluminada: en el des?cansillo, antes del primer piso, hab?a un grupo de hombres medio borrachos delante de la puerta del re?trete. El joven abraz? a la chica por la espalda, de tal modo que su mano apretaba el pecho de ella. Los hombres que estaban junto al retrete lo vieron y em?pezaron a dar gritos. La chica intent? soltarse pero el joven le grit?:
??Aguanta!
Los hombres aprobaron su actitud con zafia solida?ridad y le dirigieron a la chica unas cuantas groser?as. El joven lleg? con la chica al primer piso y abri? la puerta de la habitaci?n. Encendi? la luz.
Era una habitaci?n estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo. El joven cerr? la puerta y se volvi? hacia la chica. Estaba frente a ?l con un gesto de suficiencia y una mirada descaradamente sen?sual. El joven la miraba y trataba de descubrir, tras la expresi?n lasciva, los familiares rasgos de la chica, a los que amaba con ternura. Era como si mirase dos im?genes metidas en un mismo visor, dos im?genes puestas una encima de otra y que se trasparentasen la una a trav?s de la otra. Aquellas dos im?genes que se trasparentaban le dec?an que en la chica hab?a?de to?do, que su alma era terriblemente amorfa, que cab?a en ella la fidelidad y la infidelidad, la traici?n y la inocencia, la coqueter?a y el recato; aquella mezcla brutal le parec?a asquerosa como la variedad de un ba?surero. Las dos im?genes segu?an trasparent?ndose la una a trav?s de la otra y el joven pensaba en que la chica s?lo se diferenciaba de las dem?s superficial?mente, pero que en sus extensas profundidades era igual a otras mujeres, llena de todos los pensamien?tos, las sensaciones, los vicios posibles, d?ndoles as? la raz?n a sus dudas y a sus celos secretos; que lo que parece un perfil que marca sus l?mites como individuo es s?lo una falacia que enga?a al otro, a quien la mi?ra, a ?l. Le parec?a que aquella chica, tal como ?l la quer?a, no era m?s que un producto de su deseo, de su capacidad de abstracci?n, de su confianza, y que la chica?real?estaba ahora ante ?l y era desesperadamente extra?a, desesperadamente?ambigua. La odiaba.
??Qu? est?s esperando? Desn?date ?dijo.
La chica inclin? con coqueter?a la cabeza y dijo:
??Para qu??
El tono con que lo dijo le result? muy familiar, le pareci? que hace ya mucho tiempo se lo hab?a o?do a otra mujer, pero ya no sab?a a cu?l. Ten?a ganas de humillarla. No a la autoestopista, sino a su propia chica. El juego se hab?a confundido con la vida. Jugar a humillar a la autoestopista no era m?s que una excusa para humillar a la chica. El joven olvid? que estaba jugando. Sencillamente odiaba a la mujer que estaba delante de ?l. La mir? fijamente y sac? de la cartera un billete de cincuenta coronas. Se lo dio a la chica:
??Es suficiente?
La chica cogi? las cincuenta coronas y dijo:
?No me valora demasiado.
El joven dijo:
?No vales m?s.
La chica se abraz? al joven:
??No debes portarte as? conmigo! ?Conmigo tie?nes que portarte de otra manera, tienes que poner al?go de tu parte!
Lo abrazaba y trataba de llegar con su boca a la de ?l. El joven le puso los dedos en la boca y la apart? suavemente. Dijo:
?S?lo beso a las mujeres cuando las quiero.
??Y a m? no me quieres?
?No.
??Y a qui?n quieres?
??A ti qu? te importa? ?Desn?date!

11


Nunca se hab?a desnudado as?. La timidez, el sen?timiento interior de p?nico, el alocamiento, todo lo que siempre hab?a sentido al desnudarse delante del joven (cuando no la tapaba la oscuridad), todo aque?llo hab?a desaparecido. Ahora estaba frente a ?l con?fiada, descarada, iluminada y sorprendida al descubrir de pronto los hasta entonces desconocidos gestos del desnudo lento y excitante. Percib?a sus miradas, iba dejando a un lado, con mimo, cada una de sus pren?das y saboreaba los distintos estadios de la desnudez. Pero de pronto se encontr? ante ?l totalmente desnu?da y en ese momento se dijo que el juego hab?a ter?minado; que al quitarse la ropa se ha quitado tam?bi?n el disfraz y que ahora est? desnuda, lo cual signi?fica que ahora vuelve a ser ella misma y que el joven ahora tiene que acercarse a ella y hacer un gesto con el que lo borre todo, tras el cual s?lo vendr? ya el m?s ?ntimo acto amoroso. As? que se qued? desnuda de?lante del joven y en ese momento dej? de jugar; esta?ba perpleja y en su cara apareci? una sonrisa que era de verdad s?lo suya: t?mida y confusa.
Pero el joven no se acerc? a ella y no borr? el jue?go. No percibi? la sonrisa que le era familiar; s?lo ve?a ante s? el hermoso cuerpo extra?o de su propia chica, a la que odiaba. El odio limpi? su sensualidad de cualquier resto de sentimientos. Ella quiso acercar?se pero ?l le dijo:
?Qu?date donde est?s, quiero verte bien.
Lo ?nico que ahora deseaba era comportarse con ella como con una furcia de alquiler. S?lo que el jo?ven nunca hab?a tenido una furcia de alquiler y las ?nicas im?genes de que dispon?a al respecto prove?n?an de la literatura y de lo que hab?a o?do contar. Se remiti? por lo tanto a aquellas im?genes y lo primero que vio en ellas fue a una mujer en ropa interior ne gra (con medias negras) bailando sobre la reluciente tapa de un piano. En la peque?a habitaci?n del hotel no hab?a piano, lo ?nico que hab?a era una mesilla junto a la pared, peque?a, cubierta con un mantel de lino. Le orden? a la chica que se subiera a ella. La chi?ca hizo un gesto de s?plica pero el joven dijo:
?Ya has cobrado.
Al ver en la mirada del joven su irreductible obse?si?n, trat? de continuar con el juego, aunque ya no pod?a ni sab?a hacerlo. Con l?grimas en los ojos se su?bi? a la mesa. Apenas med?a un metro de lado y una de las patas era un poquito m?s corta; la chica, de pie sobre la mesa, ten?a sensaci?n de inestabilidad.
Pero el joven estaba satisfecho con la figura desnu?da que se elevaba por encima de ?l y cuya avergonza?da inseguridad no hac?a m?s que incrementar su auto?ritarismo. Deseaba ver aquel cuerpo en todas las pos?turas y desde todos los ?ngulos, del mismo modo en que se imaginaba que lo hab?an visto y lo ver?an tam?bi?n otros hombres. Era grosero y lascivo. Le dec?a pa?labras que ella nunca le hab?a o?do decir. La chica te?n?a ganas de rebelarse, de huir del juego; le llam? por su nombre pero ?l le grit? que no ten?a derecho a tra?tarlo con tanta confianza. Y as? por fin, confusa y llo?rosa, le obedeci?; se inclinaba y se agachaba seg?n los deseos del joven, saludaba y mov?a las caderas como si estuviera bailando un twist; en ese momento, al ha?cer un movimiento un poco m?s brusco, el mantel se desliz? bajo sus piernas y estuvo a punto de caerse. El joven la sostuvo y la arrastr? a la cama.
La penetr?. Ella se alegr? de pensar que al menos ahora se acabar?a aquel desgraciado juego y que volve?r?an a ser ellos mismos, tal como eran, tal como se quer?an. Trat? de unir su boca a la de ?l. Pero el jo?ven se lo impidi? y le repiti? que s?lo besaba a una mujer cuando la quer?a. Se ech? a llorar. Pero ni si?quiera del llanto pudo disfrutar, porque el furioso apasionamiento del joven iba gan?ndose gradualmen?te su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su al?ma. Pronto hubo en la cama dos cuerpos perfecta?mente fundidos, sensuales y ajenos. Aquello era pre?cisamente lo que toda su vida la hab?a espantado y lo que hab?a tratado cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor. Sab?a que hab?a atravesado la frontera prohibida, pero ahora, despu?s de cruzarla, ya se mov?a sin protestar y con plena participaci?n; s?lo en alg?n rinc?n lejano de su conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca ha?b?a sentido tal placer y tanto placer como precisamen?te esta vez ?m?s all? de aquella frontera.


12


Luego todo termin?. El joven se levant? de enci?ma de la chica y llev? la mano al largo cable que col?gaba sobre la cama; apag? la luz. No deseaba ver la cara de la chica. Sab?a que el juego hab?a terminado, pero no ten?a ganas de volver a la relaci?n habitual con ella; le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la oscuridad junto a ella, acostado de mo?do que sus cuerpos no se tocaran.
Al cabo de un rato oy? un suave gemido; la mano de la chica roz? t?mida, infantilmente, la suya: la ro?z?, se retir?, volvi? a rozarla y luego se oy? una voz suplicante, que gem?a, lo llamaba por un apelativo familiar y dec?a:
?Yo soy yo, yo soy yo...
El joven callaba, no se mov?a y advert?a la triste falta de contenido de la afirmaci?n de la chica, en la que lo desconocido era definido por s? mismo, por lo desconocido.
Y la chica pas? en seguida de los gemidos a un ruidoso llanto y volvi? a repetir aquella emotiva tau?tolog?a incontables veces:
?Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo...
El joven empez? a llamar en su ayuda a la compa?si?n (tuvo que llamarla de lejos, porque por all? cerca no se encontraba), para acallar a la chica. Todav?a te?n?an por delante trece d?as de vacaciones.

Tags: Milán Kundera, El libro de los amores ri, El falso autostop

Publicado por carmenlobo @ 23:09  | Literatura
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