Mi?rcoles, 23 de febrero de 2011

El Otro

Por Jorge Luis Borges


El hecho ocurri? el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escrib? inmediatamente porque mi primer prop?sito fue olvidarlo, para no perder la raz?n. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leer?n como un cuento y, con los a?os, lo ser? tal vez para m?. S? que fue casi atroz mientras dur? y m?s a?n durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Ser?an las diez de la ma?ana. Yo estaba recostado en un banco, frente al r?o Charles. A unos quinientos metros a mi derecha hab?a un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el r?o hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Her?clito. Yo hab?a dormido bien, mi clase de la tarde anterior hab?a logrado, creo, interesar a los alumnos. No hab?a un alma a la vista.
Sent? de golpe la impresi?n (que seg?n los psic?logos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se hab?a sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se hab?a puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurri? la primera de las muchas zozobras de esa ma?ana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de El?as Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Meli?n Lafinur, que hace tantos a?os ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la d?cima del principio. La voz no era la de ?lvaro, pero quer?a parecerse a la de Alvaro. La reconoc? con horror.
Me le acerqu? y le dije:
-Se?or, ?usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestaci?n.
Hubo un silencio largo. Le pregunt?:
-?En el n?mero diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contest? que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo tambi?n soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondi? con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insisti?:
-Yo estoy aqu? en Ginebra, en un banco, a unos pasos del R?dano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contest?:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Per? nuestro bisabuelo. Tambi?n hay una palangana de plata, que pend?a del arz?n. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de vol?menes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre cap?tulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de T?cito en lat?n y en la versi?n de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biograf?a de Amiel y, escondido detr?s de los dem?s, un libro en r?stica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balk?nicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigi?.
-Esta bien. Dufour. ?Te basta con todo eso?
-No -respondi?-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy so?ando, es natural que sepa lo que yo s?. Su cat?logo prolijo es del todo vano.
La objeci?n era justa. Le contest?:
-Si esta ma?ana y este encuentro son sue?os, cada uno de los dos tiene que pensar que el so?ador es ?l. Tal vez dejemos de so?ar, tal vez no. Nuestra evidente obligaci?n, mientras tanto, es aceptar el sue?o, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-?Y si el sue?o durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fing? un aplomo que ciertamente no sent?a. Le dije:
-Mi sue?o ha durado ya setenta a?os. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos est? pasando ahora, salvo que somos dos. ?No quer?s saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asinti? sin una palabra. Yo prosegu? un poco perdido:
-Madre est? sana y buena en su casa de Charcas y Maip?, en Buenos Aires, pero padre muri? hace unos treinta a?os. Muri? del coraz?n. Lo acab? una hemiplej?a; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un ni?o sobre la mano de un gigante. Muri? con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela hab?a muerto en la misma casa. Unos d?as antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que est? muri?ndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan com?n y corriente."Norah, tu hermana, se cas? y tiene dos hijos. A prop?sito, ?en casa como est?n?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jes?s era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en par?bolas.
Vacil? y me dijo:
-?Y usted?
No s? la cifra de los libros que escribir?s, pero s? que son demasiados. Escribir?s poes?as que te dar?n un agrado no compartido y cuentos de ?ndole fant?stica. Dar?s clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agrad? que nada me preguntara sobre el fracaso o ?xito de los libros.
Cambi?. Cambi? de tono y prosegu?:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tard? en capitular; Inglaterra y Am?rica libraron contra un dictador alem?n, que se llamaba Hitler, la c?clica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hac?a mil novecientos cuarenta y seis, engendr? otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de C?rdoba nos salv?, como antes Entre R?os. Ahora, las cosas andan mal. Rusia est? apoder?ndose del planeta; Am?rica, trabada por la superstici?n de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada d?a que pasa nuestro pa?s es m?s provinciano. M?s provinciano y m?s engre?do, como si cerrara los ojos. No me sorprender?a que la ense?anza del lat?n fuera reemplazada por la del guaran?.
Not? que apenas me prestaba atenci?n. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sent? por ese pobre muchacho, m?s ?ntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunt? qu? era.
-Los pose?dos o, seg?n creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replic? no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ?Que tal es?
No bien lo dije, sent? que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictamin?- ha penetrado m?s que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa ret?rica me pareci? una prueba de que se hab?a serenado.
Le pregunt? qu? otros vol?menes del maestro hab?a recorrido.
Enumer? dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunt? si al leerlos distingu?a bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondi? con cierta sorpresa.
Le pregunt? qu? estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titular?a Los himnos rojos. Tambi?n hab?a pensado en Los ritmos rojos.
-?Por qu? no? -le dije-. Pod?s alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rub?n Dar?o y la canci?n gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclar? que su libro cantar?a la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su ?poca. Me qued? pensando y le pregunt? si verdaderamente se sent?a hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas f?nebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los n?meros pares, de todos los af?nicos, etc?tera. Me dijo que su libro se refer?a a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contest?- no es m?s que una abstracci?n. S?lo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio alg?n griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas p?ginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que est?n por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situaci?n era ?nica y, francamente, no est?bamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego cre?a en la invenci?n o descubrimiento de met?foras nuevas; yo en las que corresponden a afinidades ?ntimas y notorias y que nuestra imaginaci?n ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sue?os y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opini?n, que expondr?a en un libro a?os despu?s.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ?c?mo explicar que haya olvidado su encuentro con un se?or de edad que en 1918 le dijo que ?l tambi?n era Borges?
No hab?a pensado en esa dificultad. Le respond? sin convicci?n:
-Tal vez el hecho fue tan extra?o que trat? de olvidarlo.
Aventur? una t?mida pregunta:
-?C?mo anda su memoria?
Comprend? que para un muchacho que no hab?a cumplido veinte a?os; un hombre de m?s de setenta era casi un muerto. Le contest?:
-Suele parecerse al olvido, pero todav?a encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosaj?n y no soy el ?ltimo de la clase.
Nuestra conversaci?n ya hab?a durado demasiado para ser la de un sue?o.
Una brusca idea se me ocurri?.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no est?s so?ando conmigo.
O? bien este verso, que no has le?do nunca, que yo recuerde.
Lentamente enton? la famosa l?nea:
L'byre - univers tordant son corps ?caill? d'astres.?Sent? su casi temeroso estupor. Lo repiti? en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuce?-. Yo no podr? nunca escribir una l?nea como ?sa.
Hugo nos hab?a unido.
Antes, ?l hab?a repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observ?- es porque la deseaba y no sucedi?. El poema gana si adivinamos que es la manifestaci?n de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se qued? mir?ndome.
-Usted no lo conoce -exclam?-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversaci?n de personas de miscel?nea lectura y gustos diversos, comprend? que no pod?amos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No pod?amos enga?arnos, lo cual hace dif?cil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situaci?n era harto anormal para durar mucho m?s tiempo. Aconsejar o discutir era in?til, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto record? una fantas?a de Coleridge. Alguien sue?a que cruza el para?so y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ah? est? la flor. Se me ocurri? un artificio an?logo.
-O? -le dije-, ?ten?s alg?n dinero?
-S? - me replic?-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convid? a Sim?n Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Sim?n que ejercer? la medicina en Carouge, y que har? mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sac? tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreci? uno de los primeros.
Yo le tend? uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tama?o. Lo examin? con avidez.
-No puede ser -grit?-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses despu?s alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanz? a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrecci?n de L?zaro habr?n quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pens?. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guard? la moneda.
Yo resolv? tirarla al r?o. El arco del escudo de plata perdi?ndose en el r?o de plata hubiera conferido a mi historia una imagen v?vida, pero la suerte no lo quiso.
Respond? que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos vi?ramos al d?a siguiente, en ese mismo banco que est? en dos tiempos y en dos sitios.
Asinti? en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le hab?a hecho tarde. Los dos ment?amos y cada cual sab?a que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-?A buscarlo? -me interrog?.
-S?. Cuando alcances mi edad habr?s perdido casi por completo la vista.
Ver?s el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa tr?gica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al d?a siguiente no fui. EL otro tampoco habr? ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro convers? conmigo en un sue?o y fue as? que pudo olvidarme; yo convers? con ?l en la vigilia y todav?a me atormenta el encuentro.
El otro me so??, pero no me so?? rigurosamente. So??, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el d?lar.

Tags: Jorge Luis Borges

Publicado por carmenlobo @ 17:42  | Literatura
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios