Mi?rcoles, 23 de febrero de 2011

Couverture

EL HOMBRE REBELDE

Albert Camus

I


?Qu? es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es adem?s un hombre que dice que s? desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido ?rdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ?Cu?l es el contenido de ese "no"? Significa, por ejemplo, "las cosas han durado demasiado", "hasta ahora, s?; en adelante, no" ,"vas demasiado lejos", y tambi?n "hay un l?mite que no pasar?is". En suma, ese "no" af?rma la existencia de una frontera. Vuelve a encontrarse la misma idea de l?mite en ese sentimiento del rebelde de que el otro "exagera", de que no extiende su derecho m?s all? de una frontera a partir de la cual otro derecho le hace frente y lo limita. As?, el movimiento de rebeli?n se apoya, al mismo tiempo, en el rechazo categ?rico de una intrusi?n juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen derecho; m?s exactamente, en la impresi?n del rebelde de que "tiene derecho a...". La rebeli?n va acompa?ada de la sensaci?n de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, raz?n. En esto es en lo que el esclavo rebelado dice al mismo tiempo s? y no. Afirma, al mismo tiempo que la frontera, todo lo que sospecha y quiere conservar m?s ac? de la frontera. Demuestra, con obstinaci?n, que hay en ?l algo que "vale la pena de...", que exige vigilancia. De cierta manera opone al orden que le oprime una especie de derecho a no ser oprimido m?s all? de lo que puede admitir. Al mismo tiempo que la repulsi?n con respecto al intruso, hay en toda rebeli?n una adhesi?n entera o instant?nea del hombre a cierta parte de s? mismo. Hace, pues, que intervenga impl?citamente un juicio de valor, y tan poco gratuito que lo mantiene en medio de los peligros. Hasta entonces se callaba, por lo menos, abandonado a esa desesperaci?n en que se acepta una situaci?n aunque se la juzgue injusta. Callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada y, en ciertos casos, es no desear nada en efecto. La desesperaci?n, como lo absurdo, juzga y desea todo en general y nada en particular. El silencio la traduce bien. Pero desde el momento en que habla, aunque diga que no, desea y juzga. El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo), da media vuelta. Marchaba bajo el l?tigo del amo y he aqu? que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo valor no implica la rebeli?n, pero todo movimiento de rebeli?n invoca t?citamente un valor. ?Se trata por lo menos de un valor?

Por confusamente que sea, una toma de conciencia nace del movimiento de rebeli?n: la percepci?n, con frecuencia evidente, de que hay en el hombre algo con lo que el hombre puede identificarse, al menos por un tiempo. Esta identificaci?n no era sentida realmente hasta ahora. El esclavo sufr?a todas las exacciones anteriores al movimiento de rebeli?n. Y hasta con frecuencia hab?a recibido sin reaccionar ?rdenes m?s indignantes que la que provoca su negativa. Era con ellas paciente; las rechazaba, quiz?, en s? mismo, pero puesto que callaba, era m?s cuidadoso de su inter?s inmediato que consciente todav?a de su derecho. Con la p?rdida de la paciencia con la impaciencia, comienza, por el contrario, un movimiento que puede extenderse a todo lo que era aceptado anteriormente. Ese impulso es casi siempre retroactivo. El esclavo, en el instante en que rechaza la orden humillante de su superior, rechaza al mismo tiempo el estado de esclavo. El movimiento de rebeli?n lo lleva m?s all? de donde estaba en la simple negaci?n. Inclusive rebasa el l?mite que fijaba a su adversario, y ahora pide que se le trate como igual.

Lo que era al principio una resistencia irreductible del hombre, se convierte en el hombre entero que se identifica con ella y se resume en ella. Esa parte de s? mismo que quer?a hacer respetar la pone entonces por encima de lo dem?s y la proclama preferible a todo, inclusive a la vida. Se convierte para ?l en el bien supremo. Instalado anteriormente en un convenio, el esclavo se arroja de un golpe ("puesto que es as?...") al Todo o Nada. La conciencia nace con la rebeli?n. Pero se ve que es conciencia, al mismo tiempo, de un "todo" todav?a bastante oscuro y de una "nada" que anuncia la posibilidad de que se sacrifique el hombre a ese todo. El rebelde quiere serlo todo, identificarse totalmente con ese bien del que ha adquirido conciencia de pronto y que quiere que sea, en su persona, reconocido y saludado; o nada, es decir, encontrarse definitivamente ca?do por la fuerza que le domina. Cuando no puede m?s, acepta la ?ltima p?rdida, que le supone la muerte, si debe ser privado de esa consagraci?n exclusiva que llamar?, por ejemplo, su libertad. Antes morir de pie que vivir de rodillas.

El valor, seg?n los buenos autores, "representa las m?s de las veces un paso del hecho al derecho, de lo deseado a lo deseable (en general, por intermedio de lo com?nmente deseado)" El paso al derecho queda manifiesto, seg?n hemos visto, en la rebeli?n. Igualmente el paso del "ser?a necesario que eso fuese" al "quiero que eso sea". Pero m?s todav?a, quiz?, esa noci?n de la superaci?n del individuo en un bien en adelante com?n. El surgimiento del Todo o Nada muestra que la rebeli?n, contrariamente a la opini?n corriente, y aunque nazca en lo que el hombre tiene de m?s estrictamente individual, pone en tela de juicio la noci?n misma de individuo. Si el individuo, en efecto, acepta morir, y muere en la ocasi?n, en el movimiento de su rebeli?n, muestra con ello que se sacrifica en beneficio de un bien del que estima que sobrepasa a su propio destino.

Si prefiere la probabilidad de la muerte a la negaci?n de ese derecho que defiende es porque coloca a este ?ltimo por encima de s? mismo. Obra, por lo tanto, en nombre de un valor que, aun siendo todav?a confuso, al menos tiene de ?l el sentimiento de que le es com?n con todos los hombres. Se ve que la afirmaci?n envuelta en todo acto de rebeli?n se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de su soledad supuesta y le proporciona una raz?n de obrar. Pero importa observar ya que este valor que existe antes de toda acci?n, contradice las filosof?as puramente hist?ricas, en las cuales el valor es conquistado (si se conquista) al t?rmino de la acci?n. El an?lisis de la rebeli?n conduce, por lo menos, a la sospecha de que hay una naturaleza humana, como pensaban los griegos, y contrariamente a los postulados del pensamiento contempor?neo. ?Por qu? rebelarse si no hay en uno nada permanente que conservar? 1 El esclavo se alza por todas las existencias al mismo tiempo cuando juzga que con tal orden se niega algo que hay en ?l y que no le pertenece a ?l solo, sino que constituye un lazo com?n en el cual todos los hombres, hasta el que le insulta y le oprime, tienen una comunidad preparada 2.Dos observaciones apoyar?n este razonamiento. Se advertir? ante todo que el movimiento de rebeli?n no es, en su esencia, un movimiento ego?sta. Puede haber, sin duda, determinaciones ego?stas. Pero la rebeli?n se hace tanto contra la mentira como contra la opresi?n. Adem?s, a partir de esas determinaciones, y en su impulso m?s profundo, el rebelde no preserva nada, puesto que pone todo en juego. Exige, sin duda, para s? mismo el respeto, pero en la medida en que se identifica con una comunidad natural.

Observemos despu?s que la rebeli?n no nace solamente, y forzosamente, en el oprimido, sino que puede nacer tambi?n ante el espect?culo de la opresi?n de que otro es v?ctima. Hay, pues, en este caso identificaci?n con el otro individuo. Y hay que precisar que no se trata de una identificaci?n psicol?gica, subterfugio por el cual el individuo sentir?a imaginativamente que es a ?l a quien se hace la ofensa. Puede suceder, por el contrario, que no se soporte el ver c?mo se infligen a otros ofensas que nosotros mismos hemos sufrido sin rebelarnos. Los suicidios de protesta en el presidio, entre los terroristas rusos a cuyos camaradas se azotaba, ilustran este gran movimiento. Tampoco se trata del sentimiento de la comunidad de intereses. Podemos encontrar indignamente, en efecto, la injusticia impuesta a hombres que consideramos adversarios. Hay solamente identificaci?n de destinos y toma de partido. El individuo no es, por lo tanto, por s? solo, el valor que ?l quiere defender. Son necesarios, para componerlo, por lo menos todos los hombres. En la rebeli?n el hombre se supera en sus semejantes, y, desde este punto de vista, la solidaridad humana es metaf?sica. Simplemente, no se trata por el momento sino de esa especie de solidaridad que nace de las cadenas. Todav?a se puede precisar el aspecto positivo del valor presunto en toda rebeli?n compar?ndolo con una noci?n enteramente negativa como la del resentimiento, tal como la ha definido Scheler 1.En efecto, el movimiento de rebeli?n es m?s que un acto de reivindicaci?n, en el sentido fuerte de la palabra. El resentimiento est? definido muy bien por Scheler como una auto-intoxicaci?n, la secreci?n nefasta, en vaso cerrado, de una impotencia prolongada. La rebeli?n, por el contrario, fractura al ser y le ayuda a desbordarse. Libera oleadas que, de estancadas, se hacen furiosas. Scheler mismo acent?a el aspecto pasivo del resentimiento, observando el gran lugar que ocupa en la psicolog?a de las mujeres, destinadas al deseo y a la posesi?n. En las fuentes de la rebeli?n hay, por el contrario, un principio de actividad superabundante y de energ?a. Scheler tiene tambi?n raz?n cuando dice que la envidia colorea fuertemente al resentimiento. Pero se envidia lo que no se tiene, en tanto que el rebelde defiende lo que es. No reclama solamente un bien que no posee o que le hayan frustrado. Aspira a hacer reconocer algo que tiene y que ya ha sido reconocido por ?l, en casi todos los casos, como m?s importante que lo que podr?a envidiar. La rebeli?n, no es realista. Siempre, seg?n Scheler, el resentimiento se convierte en arribismo o en acritud, seg?n crezca en un alma fuerte o d?bil. Pero en ambos casos se quiere ser lo que no se es. El resentimiento es siempre resentimiento contra si mismo. El rebelde, por el contrario, en su primer movimiento, se niega a que se toque lo que ?l es. Lucha por la integridad de una parte de su ser. No trata ante todo de conquistar, sino de imponer.

Parece, en fin, que el resentimiento se deleita de antemano con un dolor que querr?a que sintiese el objeto de su rencor. Nietzsche y Scheler tienen raz?n al ver una bella ilustraci?n de esta sensibilidad en el pasaje en que Tertuliano informa a sus lectores que en el cielo la mayor fuente de felicidad entre los bienaventurados ser? el espect?culo de los emperadores romanos consumidos en el infierno. Esta felicidad es tambi?n la de las buenas gentes que iban a presenciar las ejecuciones capitales. La rebeli?n, por el contrario, en su principio, se limita a rechazar la humillaci?n sin pedirla para los dem?s. Acepta tambi?n el dolor para uno mismo, con tal que su integridad sea respetada.

No se comprende, pues, por qu? Scheler identifica absolutamente el esp?ritu de rebeli?n con el resentimiento. Su cr?tica del resentimiento inherente al humanitarismo (del cual trata como de la forma no cristiana del amor a los hombres) podr?a aplicarse quiz? a ciertas formas vagas de idealismo humanitario, o a las t?cnicas del terror. Pero falla en lo concerniente a la rebeli?n del hombre contra su condici?n, al movimiento que alza al individuo en defensa de una dignidad com?n a todos los hombres. Scheler quiere demostrar que el humanitarismo va acompa?ado del odio al mundo. Se ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en particular. Esto es justo en algunos casos, y se comprende mejor a Scheler cuando se ve que el humanitarismo est? representado, seg?n ?l, por Bentham y Rousseau. Pero la pasi?n del hombre por el hombre puede nacer de algo que no sea el c?lculo aritm?tico de los intereses, o de una confianza, por lo dem?s te?rica, en la naturaleza humana. Frente a los utilitaristas y al preceptor de Emilio existe, por ejemplo, la l?gica encarnada por Dostoievsky en Iv?n Karam?zov, que va del movimiento de rebeli?n a la insurrecci?n metaf?sica. Scheler, que lo sabe, resume as? esta concepci?n: "No hay en el mundo bastante amor para que se malgaste en otro que el ser humano". Aunque esta proposici?n fuese cierta, la desesperaci?n vertiginosa que supone merecer?a algo m?s que el desd?n. En realidad, desconoce el car?cter desgarrado de la rebeli?n de Karam?zov. El drama de Iv?n, por el contrario, nace de que hay demasiado amor sin objeto. Como este amor queda sin empleo, y Dios es negado, se decide entonces transportarlo al ser humano en nombre de una generosa complicidad. Por lo dem?s, en el movimiento de rebeli?n, tal como lo hemos encarado hasta ahora, no se elige un ideal abstracto, por pobreza de coraz?n, y con un fin de reivindicaci?n est?ril. Se exige que sea considerado lo que en el hombre no puede reducirse a la idea, esa parte ardorosa que no puede servir sino para ser. ?Quiere decir esto que ninguna rebeli?n est? cargada de resentimiento? No, y lo sabemos harto bien en el siglo de los rencores. Pero debemos tomar esta noci?n en su sentido m?s amplio so pena de traicionarla y, a este respecto, la rebeli?n rebasa al resentimiento por todos lados. Cuando en Cumbres borrascosas Heathcliff prefiere su amor a Dios y pide el infierno para reunirse con la que ama, quien habla no es solamente su juventud humillada, sino tambi?n la experiencia ardiente de toda una vida. El mismo movimiento hace decir al maestro Eckart, en un arrebato sorprendente de herej?a, que prefiere el infierno con Jes?s al cielo sin ?l. Es el movimiento mismo del amor. Contra Scheler no se podr?a, pues, insistir demasiado en la afirmaci?n apasionada que circula por el movimiento de rebeli?n y que lo distingue del resentimiento. Aparentemente negativa, puesto que nada crea, la rebeli?n es profundamente positiva, pues revela lo que hay que defender siempre en el hombre.

Pero, para terminar, ?esta rebeli?n y el valor que contiene no son relativos? En efecto, con las ?pocas y las civilizaciones parecen cambiar las razones por las cuales el hombre se subleva. Es evidente que un paria hind?, un guerrero del imperio Inca, un primitivo del ?frica Central, o un miembro de las primeras comunidades cristianas, no ten?an la misma idea de la rebeli?n. Se podr?a afirmar tambi?n, con una probabilidad extremadamente grande, que la idea de rebeli?n no tiene sentido en estos casos precisos. Sin embargo, un esclavo griego, un siervo, un condotiero del Renacimiento, un burgu?s parisiense de la Regencia, un intelectual ruso de la primera d?cada de 1900 y un obrero contempor?neo, si bien podr?an diferir con respecto a las razones de la rebeli?n, estar?an de acuerdo, sin duda alguna, en cuanto a su legitimidad. Dicho de otro modo, el problema de la rebeli?n parece no adquirir un sentido preciso sino dentro del pensamiento occidental. Se podr?a ser todav?a m?s expl?cito observando, con Scheler, que el esp?ritu de rebeli?n se expresa dif?cilmente en las sociedades en que las desigualdades son muy grandes (r?gimen de las castas hind?es) o, por el contrario, en las que la igualdad es absoluta (ciertas sociedades primitivas). En sociedad, el esp?ritu de rebeli?n no es posible sino en los grupos en que una igualdad te?rica encubre grandes desigualdades de hecho. El problema de la rebeli?n no tiene, pues, sentido sino dentro de nuestra sociedad occidental. Por lo tanto, se podr?a sentir la tentaci?n de afirmar que es relativo al desarrollo del individualismo si las observaciones precedentes no nos hubiesen puesto en guardia contra esta conclusi?n.


En efecto, en el plano de la evidencia, todo lo que se puede sacar de la observaci?n de Scheler, es que, por la teor?a de la libertad pol?tica, hay en el hombre, en el seno de nuestras sociedades, un aumento de la noci?n de hombre y, por la pr?ctica de esta misma libertad, la insatisfacci?n correspondiente. La libertad de hecho no ha aumentado proporcionalmente a la conciencia que el hombre ha adquirido de ella. De esta observaci?n no se puede deducir sino esto: la rebeli?n es el acto del hombre informado que posee la conciencia de sus derechos. Pero nada nos permite decir que se trate solamente de los derechos del individuo.

Al contrario, parece, por la solidaridad ya se?alada, que se trata de una conciencia cada vez m?s amplia que la especie humana adquiere de s? misma a lo largo de su aventura. En realidad, el subdito del Inca o el paria no se plantean el problema de la rebeli?n porque ha sido resuelto para ellos en una tradici?n; antes de que hubieran podido plante?rselo la respuesta era lo sagrado. Si en el mundo sagrado no se encuentra el problema de la rebeli?n, es porque, en verdad, no se encuentra en ?l ninguna problem?tica real, pues todas las respuestas han sido dadas de una vez. La metaf?sica est? reemplazada por el mito. Ya no hay interrogaciones, no hay sino respuestas y comentarios eternos, que en tal caso pueden ser metaf?sicos. Pero antes de que el hombre entre en lo sagrado, y tambi?n para que entre en ?l, y desde que sale de ?l, y tambi?n para que salga, hay interrogaci?n y rebeli?n. El hombre rebelde es el hombre situado antes o despu?s de lo sagrado, y dedicado a reivindicar un orden humano en el cual todas las respuestas sean humanas, es decir, razonablemente formuladas. Desde ese momento toda interrogaci?n, toda palabra es rebeli?n, en tanto que en el mundo de lo sagrado toda palabra es acci?n de gracias. Ser?a posible mostrar as? que no puede haber para un esp?ritu humano sino dos universos posibles, el de lo sagrado (o de la gracia, para hablar el lenguaje cristiano) l y el de la rebeli?n. La desaparici?n del uno equivale a la aparici?n del otro, aunque esta aparici?n puede hacerse en formas desconcertantes. Tambi?n en ello volvemos a encontrar el Todo o Nada. La actualidad del problema de la rebeli?n depende ?nicamente del hecho de que, sociedades enteras han querido diferenciarse con respecto a lo sagrado. Vivimos en una historia desconsagrada. Es cierto que el hombre no se resume en la insurrecci?n. Pero la historia actual, con sus contiendas, nos obliga a decir que la rebeli?n es una de las dimensiones esenciales del hombre. Es nuestra realidad hist?rica. A menos de que huyamos de la realidad, es necesario que encontremos en ella nuestros valores. ?Se puede, lejos de lo sagrado y de sus valores absolutos, encontrar la regla de una conducta? Tal es la pregunta que plantea la rebeli?n.

Ya hemos podido registrar el valor confuso que nace en ese l?mite en que se mantiene la rebeli?n. Ahora tenemos que preguntarnos si este valor vuelve a encontrarse en las formas contempor?neas del pensamiento y de la acci?n rebeldes y, si se encuentra en ellos, tenemos tambi?n que precisar su contenido. Pero, advirt?moslo antes de proseguir, el fundamento de ese valor es la rebeli?n misma. La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebeli?n y ?ste, a su vez, no encuentra justificaci?n sino en esa complicidad.
Tendremos, por lo tanto, derecho a decir que toda rebeli?n que se autoriza a negar o a destruir esta solidaridad pierde por ello el nombre de rebeli?n y coincide en realidad con un consentimiento homicida. Del mismo modo esta solidaridad fuera de lo sagrado s?lo adquiere vida al nivel de la rebeli?n. Para ser, el hombre debe sublevarse pero su rebeli?n debe respetar el l?mite que descubre ella misma, all? donde los hombres, al juntarse, comienzan a ser. El pensamiento rebelde no puede, por lo tanto, prescindir de la memoria: es una tensi?n perpetua. Al seguirlo en sus obras y sus actos tendremos que decir siempre si permanece fiel a su nobleza primera o si, por cansancio y locura, la olvida contrariamente, en una embriaguez de tiran?a o de servidumbre.

Entre tanto, he aqu? el primer progreso que el esp?ritu de rebeli?n hace realizar a una reflexi?n anteriormente imbuida de la absurdidad y de la aparente esterilidad del mundo. En la experiencia absurda el sufrimiento es individual. A partir del movimiento de rebeli?n, tiene conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos. El primer progreso de un esp?ritu extra?ado consiste, por lo tanto, en reconocer que comparte esa extra?eza con todos los hombres y que la realidad humana, en su totalidad, sufre a causa de esa distancia en relaci?n con ella y con el mundo. El mal que experimentaba un solo hombre se convierte en una peste colectiva. En nuestra prueba cotidiana la rebeli?n desempe?a el mismo papel que el "cogito" en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo com?n que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.

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Publicado por carmenlobo @ 16:54  | Literatura
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