Gabriela Mistral " Elogio de las cosas de la tierra"
Noviembre de 1926
La ceniza es ligera y callada.
La ceniza callada viuda del gayo fuego, que no brinca más con treinta piernas doradas y rojas; viuda del fuego-centauro, que siempre
vencía tirando esparadazos azules. La ceniza sin fiesta, tumbada como la viuda hindú.
La ceniza beguina, oración sin ímpetu, oración arrodillada sin un levantamiento de palabra en el pecho.
La ceniza esposa del fuego, que lo cubría un poco como una mujer, para guardarlo en el tizón rosado.
La ceniza gris, sin niguna voz para su pequeña derrota; con callada muerte de pobre.
La ceniza clara, que deja la leña tierna, felpa de cariño, parecida a una mejilla de madre vieja, como el pliegue tibio que hace el cuello
humano debajo del mentón, tibia también como una pequeña lagartija muerta que ya se voltea con la mano y no responde.
La ceniza acre de la lengua que no quiere ser probada, áspera por voluntad de pureza, como la nuez.
La ceniza que ayuda a la tierra fecundarse, hermana sin hijo que alimenta al otro.
La ceniza buena de la muerte; un copo liviano sobre la boca que ya no avienta más. Buen sayal de muerte que cae sin pliegues de la cabeza a los pies, tan largo como se quiera, tan espeso como el corazón, para ensordecerse.
La ceniza con su olor fuerte de substancia absoluta, sabe alejar de la carne tendida las hormigas largas de la muerte, la mosca grande de la muerte.
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