
Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 17 de abril de 1919 – 16 de marzo de 1978, Lubriano, Italia) Fue un poeta, crítico, traductor y escritor nacido en Argentina y nacionalizado italiano, país que lo acoge en 1958.
Hijo de padre inglés y madre argentina ( Italo- Suiza), estudió Ingeniería Civil en la Universidad de Buenos Aires.
Su primer libro de poesía, Libro de poemas y canciones (1940), obtuvo el Premio Martín Fierro de la Sociedad Argentina de Escritores. Un año después conoce a Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, con los que le une una gran amistad.
Entre 1942 y 1944 dirige la revista literaria Verde Memoria. Entre 1945 y 1947, la revista Disco.
Trabaja en los Ferrocarriles del Estado, pero deja su puesto en 1944.
En 1945 autoedita dos libros de poesía: Ensayos de poesía lírica y Persecución de las musas menores. En 1946 publica Paseo Sentimental.
En 1951 viaja por Europa con Silvina Ocampo y Bioy Casares, y visita Italia por primera vez.
Wilcock practicó asiduamente la crítica, colaborando en multitud de diarios y revistas literarias. Fue también traductor del inglés, francés, italiano y alemán. Al igual que su amigo Raymond Queneau, Wilcock ejerció la labor de inventor de autores bajo demanda para diferentes editoriales europeas.[1]
En 1957 se instala definitivamente en Italia, país en el que acabaría solicitando la nacionalidad.
Wilcock muere el 16 de marzo de 1978, en su casa de campo de Lubriano, Italia.
Los amantes
Juan Rodolfo Wilcock
Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.
La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.
Ogni mattina all'alba questa luce di viole
Suscitando profumi nei giardinetti immobili
Si riversa dai tetti sulle prime automobili
E accende i vetri rotti sparsi fra le aiole;
Sugli alberi gli uccelli che dormivano tranquilli
Si svegliano e si salutano con delicati strilli...
È il momento migliore del mondo materiale
Che rinasce lavato dalla notte spirituale
Dai rami polverosi scende qualche soffio di vento
E il poeta solitario, fisicamente contento
Passeggia per le strade, come Adamo il primo giorno
Guardando attorno al suo nuovo soggiorno
E inserendolo nel suo ragionamento,
Mentre ascolta le voci più o meno profonde
Con cui il mondo a se stesso risponde.
A chi giova il piacere dei sensi? All'intelletto,
Che d'altronde sopporta dolori e infermità
Indipendentemente dalla sua capacità
Di godimento proprio; perché non è perfetto
E sfoggia carne e peli come gli altri animali,
Senza mai liberarsi dagli ingombri carnali,
Senza essere del tutto lieto e neppure del tutto abbietto;
Lui che sognò di volare sul mare senza confine
Con dietro le spalle un paio d'ali turchine...
Forse l'anima è divina, ma non è indispensabile
Quanto il corpo in cui dimora e che è la sua cagione;
Dalla prima infanzia in poi questo corpo è la prigione
Dell'anima che fermenta come una massa malleabile
Per finalmente impietrirsi nelle forme più strane,
Dall'uccello melodico fino alle peggiori iguane;
Ma sempre scomodissima perché non riesce a uscire
Da un corpo inadeguato e sempre meno forte,
Il che provoca disordini difficili da guarire,
Le complicate nevrosi che accelerano la morte.
Nella sua culla maleodorante il bambino allunga la mano
Per prendere qualche oggetto di solito troppo lontano
Che la sua mente nebbiosa considera interessante;
Ed è tutte le persone possibili in quell'istante.
Poi, col tempo, andrà escludendo molte personalità,
Rifiutando o trascurando migliaia di possibilità:
Non sarà prete né artista, né meccanico d'officina,
Non sarà un esploratore né emigrerà in Palestina,
Nemmeno sarà la copia di una persona esistita,
Come ogni essere del mondo dovrà vivere la sua vita.
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