Jueves, 11 de noviembre de 2010


-Oh, he le?do algunas p?ginas -dice Johnny-. En lo de Tica hablaban muucho de tu libro pero yo no entend?a ni el t?tulo. Ayer Art me trajo la edici?n inglesa y entonces me enter? de algunas cosas. Est? muy bien tu libro.

Adopto la actitud natural en esos casos, mezclando un aire de displicente modestia con una cierta dosis de inter?s, como si su opini?n fuera a revelarme -a m?, el autor- la verdad sobre mi libro.

-Es como en un espejo -dice Johnny-. Al principio yo cre?a que leer lo que escriben sobre uno era m?s o menos como mirarse a uno mismo y no en el espejo. Admiro mucho a los escritores, es incre?ble las cosas que dicen. Toda esa parte sobre los or?genes del bebop...

-Bueno, no hice m?s que transcribir literalmente lo que me contaste en Baltimore -digo, defendi?ndome sin saber de qu?.

-S?, est? todo, pero en realidad es como en un espejo -se emperra Johnny.

-?Qu? m?s quieres? Los espejos son fieles.

-Faltan cosas, Bruno -dice Johnny-. T? est?s mucho m?s enterado que yo, pero me parece que faltan cosas.

-Las que te habr?s olvidado de decirme -contest? bastante picado. Este mono salvaje es capaz de... (Habr? que hablar con Delaunay, ser?a lamentable que una declaraci?n imprudente malograra un sano esfuerzo cr?tico que... Por ejemplo el vestido rojo de Lan -est? diciendo Johnny. Y en todo caso aprovechar las novedades de esta noche para incorporarlas a una nueva edici?n; no estar?a mal. Ten?a como un olor a perro -est? diciendo Johnny- y es lo ?nico que vale en ese disco. S?, escuchar atentamente y proceder con rapidez, porque en manos de otras gentes estos posibles desmentidos podr?an tener consecuencias lamentables. Y la urna del medio, la m?s grande, llena de un polvo casi azul -est? diciendo Johnny- y tan parecidaa a una polvera que ten?a mi hermana. Mientras no pase de las alucinaciones, lo peor ser?a que desmintiera las ideas de fondo, el sistema est?tico que tantos elogios...-. Y adem?s el cool no es ni por casualidad lo que has escrito -est? diciendo Johnny. Atenci?n.)

-?C?mo que no es lo que yo he escrito? Johnny, est? bien que las cosas cambien, pero no hace seis meses que t?...

-Hace seis meses -dice Johnny, baj?ndose del pretil y acod?ndose para descansar la cabeza entre las manos-. Six months ago. Ah, Bruno, lo que yo podr?a tocar ahora mismo si tuviera a los muchachos... Y a prop?sito: muy ingenioso lo que has escrito sobre el saxo y el sexo, muy bonito el juego de palabras. Six months ago: Six, sax, sex. Positivamente precioso, Bruno. Maldito seas, Bruno.

No me voy a poner a decirle que su edad mental no le permite comprender que ese inocente juego de palabras encubre un sistema de ideas bastante profundo (a Leonard Feather le pareci? exact?simo cuando se lo expliqu? en Nueva York) y que el paraerotismo del jazz evoluciona desde tiempos del washboard, etc. Es lo de siempre, de pronto me alegra poder pensar que los cr?ticos son mucho m?s necesarios de lo que yo mismo estoy dispuesto a reconocer (en privado, en esto que escribo) porque los creadores, desde el inventor de la m?sica hasta Johnny pasando por toda la condenada serie, son incapaces de extraer las consecuencias dial?cticas de su obra, postular los fundamentos y la trascendencia de lo que est?n escribiendo o improvisando. Tendr?a que recordar esto en los momentos de depresi?n en que me da l?stima no ser nada m?s que un cr?tico. -El nombre de la estrella es Ajenjo -est? diciendo Johnny, y de golpe oigo su otra voz, la voz de cuando est?... ?c?mo decir esto, c?mo describir a Johnny cuando est? de su lado, ya solo otra vez, ya salido? Inquieto, me bajo del pretil, lo miro de cerca. Y el nombre de la estrella es Ajenjo, no hay nada que hacerle.

-El nombre de la estrella es Ajenjo -dice Johnny, hablando para sus dos manos-. Y sus cuerpos ser?n echados en las plazas de la grande ciudad. Hace seis meses.

Aunque nadie me vea, aunque nadie lo sepa, me encojo de hombros para las estrellas (el nombre de la estrella es Ajenjo). Volvemos a lo de siempre: "Esto lo estoy tocando ma?ana." El nombre de la estrella es Ajenjo y sus cuerpos ser?n echados hace seis meses. En las plazas de la grande ciudad. Salido, lejos. Y yo con sangre en el ojo, simplemente porque no ha querido decirme nada m?s sobre el libro, y en realidad no he llegado a saber qu? piensa del libro que tantos miles de fans est?n leyendo en dos idiomas (muy pronto en tres, y ya se habla de la edici?n espa?ola, parece que en Buenos Aires no solamente se tocan tangos).

-Era un vestido precioso -dice Johnny-. No quieras saber c?mo le quedaba a Lan, pero va a ser mejor que te lo explique delante de un whisky, si es que tienes dinero. D?d?e me ha dejado apenas trescientos francos.

R?e burlonamente, mirando el Sena. Como si ?l no supiera procurarse la bebida y la marihuana. Empieza a explicarme que D?d?e es muy buena (y del libro nada) y que lo hace por bondad, pero por suerte est? el compa?ero Bruno (que ha escrito un libro, pero nada) y lo mejor ser? ir a sentarse a un caf? del barrio ?rabe, donde lo dejan a uno tranquilo siempre que se vea que pertenece un poco a la estrella llamada Ajenjo (esto lo pienso yo, estamos entrando por el lado de Saint-S?v?rin y son las dos de la ma?ana, hora en que mi mujer suele despertarse y ensayar todo lo que me va a decir junto con el caf? con leche). As? pasa con Johnny, as? nos bebemos un horrible co?ac barato, as? doblamos la dosis y nos sentimos tan contentos. Pero del libro nada, solamente la polvera en forma de cisne, la estrella, pedazos de cosas que van pasando por pedazos de frases, por pedazos de miradas, por pedazos de sonrisas, por gotas de saliva sobre la mesa, pegadas a los bordes del vaso (del vaso de Johnny). S?, hay momentos en que quisiera que ya estuviese muerto. Supongo que muchos en mi caso pensar?an lo mismo. Pero c?mo resignarse a que Johnny se muera llev?ndose lo que no quiere decirme esta noche, que desde la muerte siga cazando, siga salido (yo ya no s? c?mo escribir todo esto) aunque me valga la paz, la c?tedra, esa autoridad que dan las tesis incontrovertidas y los entierros bien capitaneados.

De cuando en cuando Johnny interrumpe un largo tamborileo sobre la mesa, me mira, hace un gesto incomprensible y vuelve a tamborilear. El patr?n del caf? nos conoce desde los tiempos en que ven?amos con un guitarrista ?rabe. Hace rato que Ben Aifa quisiera irse a dormir, somos los ?nicos en el mugriento caf? que huele a aj? y a pasteles con grasa. Tambi?n yo me caigo de sue?o pero la c?lera me sostiene, una rabia sorda y que no va contra Johnny, m?s bien como cuando se ha hecho el amor toda una tarde y se siente la necesidad de una ducha, de que el agua y el jab?n se lleven eso que empieza a volverse rancio, a mostrar demasiado claramente lo que al principio... Y Johnny marca un ritmo obstinado sobre la mesa, y a ratos canturrea, casi sin mirarme. Muy bien puede ocurrir que no vuelva a hacer comentarios sobre el libro. Las cosas se lo van llevando de un lado a otro, ma?ana ser? una mujer, otro l?o cualquiera, un viaje. Lo m?s prudente ser?a quitarle disimuladamente la edici?n en ingl?s, y para eso hablar con D?d?e y pedirle el favor a cambio de tantos otros. Es absurda esta inquietud, esta casi c?lera. No cab?a esperar ning?n entusiasmo de parte de Johnny; en realidad jam?s se me hab?a ocurrido pensar que leer?a el libro. S? muy bien que el libro no dice la verdad sobre Johnny (tampoco miente), sino que se limita a la m?sica de Johnny. Por discreci?n, por bondad, no he querido mostrar al desnudo su incurable esquizofrenia, el s?rdido trasfondo de la droga, la promiscuidad de esa vida lamentable. Me he impuesto mostrar las l?neas esenciales, poniendo el acento en lo que verdaderamente cuenta, el arte incomparable de Johnny ?Qu? m?s pod?a decir? Pero a lo mejor es precisamente ah? donde est? ?l esper?ndome, como siempre al acecho esperando algo, agazapado para dar uno de esos saltos absurdos de los que salimos todos lastimados. Y es ah? donde acaso est? esper?ndome para desmentir todas las bases est?ticas sobre las cuales he fundado la raz?n ?ltima de su m?sica, la gran teor?a del jazz contempor?neo que tantos elogios me ha valido en todas partes.

Honestamente, ?qu? me importa su vida? Lo ?nico que me inquieta es que se deje llevar por esa conducta que no soy capaz de seguir (digamos que no quiero seguir) y acabe desmintiendo las conclusiones de mi libro. Que deje caer por ah? que mis afirmaciones son falsas, que su m?sica es otra cosa.

-Oye, hace un rato dijiste que en el libro faltaban cosas.

(Atenci?n, ahora.)

-?Que faltan cosas, Bruno? Ah, s?, te dije que faltaban cosas. Mira, no es solamente el vestido rojo de Lan. Est?n... ?Ser?n realmente urnas, Bruno? Anoche volv? a verlas, un campo inmenso, pero ya no estaban tan enterradas. Algunas ten?an inscripciones y dibujos, se ve?an gigantes con cascos como en el cine, y en las manos unos garrotes enormes. Es terrible andar entre las urnas y saber que no hay nadie m?s, qu? soy el ?nico que anda entre ellas buscando. No te aflijas, Bruno, no importa que se te haya olvidado poner todo eso. Pero, Bruno -y levanta un dedo que no tiembla- de lo que te has olvidado es de mi.

-Vamos, Johnny.

-De m?, Bruno, de m?. Y no es culpa tuya no haber podido escribir lo que yo tampoco soy capaz de tocar. Cuando dices por ah? que mi verdadera biograf?a est? en mis discos, yo s? que lo crees de verdad y adem?s suena muy bien, pero no es as?. Y si yo mismo no he sabido tocar como deb?a, tocar lo que soy de veras... ya ves que no se te pueden pedir milagros, Bruno. Hace calor aqu? adentro, v?monos.

Lo sigo a la calle, erramos unos metros hasta que en una calleja nos interpela un gato blanco y Johnny se queda largo tiempo acarici?ndolo. Bueno, ya es bastante; en la plaza Saint-Michel encontrar? un taxi para llevarlo al hotel e irme a casa. Despu?s de todo no ha sido tan terrible; por un momento tem? que Johnny hubiera elaborado una especie de antiteor?a del libro, y que la probara conmigo antes de soltarla por ah? a todo trapo. Pobre Johnny acariciando un gato blanco. En el fondo lo ?nico que ha dicho es que nadie sabe nada de nadie, y no es una novedad. Toda biograf?a da eso por supuesto y sigue adelante, qu? diablos. Vamos, Johnny, vamos a casa que es tarde.

-No creas que solamente es eso -dice Johnny, enderez?ndose de golpe como s? supiera lo que estoy pensando-. Est? Dios, querido. Ah? s? que no has pegado una.

-Vamos, Johnny, vamos a casa que es tarde.

-Est? lo que t? y los que son como mi compa?ero Bruno llaman Dios. El tubo de dent?frico por la ma?ana, a eso le llaman Dios. El tacho de basura, a eso le llaman Dios. El miedo a reventar, a eso le llaman Dios. Y has tenido la desverg?enza de mezclarme con esa porquer?a, has escrito que mi infancia, y mi familia, y no s? qu? herencias ancestrales... Un mont?n de huevos podridos y t? cacareando en el medio, muy contento con tu Dios. No quiero tu Dios, no ha sido nunca el m?o.

-Lo ?nico que he dicho es que la m?sica negra...

-No quiero tu Dios -repite Johnny-. ?Por qu? me lo has hecho aceptar en tu libro? Yo no s? si hay Dios, yo toco mi m?sica, ya hago mi Dios, no necesito de tus inventos, d?jaselos a Mahalia Jackson y al Papa, y ahora mismo vas a sacar esa parte de tu libro.

-Si insistes -digo por decir algo-. En la segunda edici?n.

-Estoy tan solo como este gato, y mucho m?s solo porque lo s? y ?l no. Condenado, me est? plantando las u?as en la mano. Breno, el jazz no es solamente m?sica, yo no soy solamente Johnny Carter.

-Justamente es lo que quer?a decir cuando escrib? que a veces tocas como...

-Como si me lloviera en el culo -dice Johnny, y es la primera vez en la noche que lo siento enfurecerse-. No se puede decir nada, inmediatamente lo traduces a tu sucio idioma. Si cuando yo toco t? ves a los ?ngeles, no es culpa m?a. Si los otros abren la boca y dicen que he alcanzado la perfecci?n, no es culpa m?a. Y esto es lo peor, lo que verdaderamente te has olvidado de decir en tu libro, Bruno, y es que yo no valgo nada, que lo que toco y lo que la gente me aplaude no vale nada, realmente no vale nada.

Rara modestia, en verdad, a esa hora de la noche. Este Johnny...

- ?C?mo te puedo explicar? -grita Johnny poni?ndome las manos en los hombros, sacudi?ndome a derecha y a izquierda. (La paix!, chillan desde una ventana)-. No es una cuesti?n de m?s m?sica o de menos m?sica, es otra cosa... por ejemplo, es la diferencia entre que Bee haya muerto y que est? viva. Lo que yo toco es Bee muerta, sabes, mientras que lo que yo quiero, lo que yo quiero... Y por eso a veces pisoteo el saxo y la gente cree que se me ha ido la mano en la bebida. Claro que en realidad siempre estoy borracho cuando lo hago, porque al fin y al cabo un saxo cuesta much?simo dinero.

-Vamos por aqu?. Te llevar? al hotel en taxi.

-Eres la mar de bueno, Bruno -se burla Johnny-. El compa?ero Bruno anota en su libreta todo lo que uno le dice, salvo las cosas importantes. Nunca cre? que pudieras equivocarte tanto hasta que Art me pas? el libro. Al principio me pareci? que hablabas de alg?n otro, de Ronnie o de Marcel, y despu?s Johnny de aqu? y Johnny de all?, es decir que se trataba de m? y yo me preguntaba ?pero ?ste soy yo?, y dale conmigo en Baltimore, y el Birdland, y que mi estilo... Oye -agrega casi fr?amente-, no es que no me d? cuenta de que has escrito un libro para el p?blico. Est? muy bien y todo lo que dices sobre mi manera de tocar y de sentir el jazz me parece perfectamente O.K. ?Para qu? vamos a seguir discutiendo sobre el libro? Una basura en el Sena, esa paja que flota al lado del muelle, tu libro. Y yo esa otra paja, y t? esa botella que pasa por ah? cabeceando. Bruno, yo me voy a morir sin haber encontrado... sin...

Lo sostengo por debajo de los brazos, lo apoyo en el pretil del muelle. Se est? hundiendo en el delirio de siempre, murmura pedazos de palabras, escupe.

-Sin haber encontrado -repite-. Sin haber encontrado...

-?Qu? quer?as encontrar, hermano? -le digo-. No hay que pedir imposibles, lo que t? has encontrado bastar?a para...

-Para ti, ya s? -dice rencorosamente Johnny-. Para Art, para D?d?e, para Lan... No sabes c?mo... Si, a veces la puerta ha empezado a abrirse... Mira las dos pajas, se han encontrado, est?n bailando una frente a la otra... Es bonito, eh... Ha empezado a abrirse... el tiempo... yo te he dicho, me parece, que eso del tiempo... Bruno, toda mi vida he buscado en mi m?sica que esa puerta se abriera al fin. Una nada, una rajita... Me acuerdo en Nueva York, una noche... Un vestido rojo. S?, rojo, y le quedaba precioso. Bueno, una noche est?bamos con Miles y Hal... llev?bamos yo creo que una hora d?ndole a lo mismo, solos, tan felices... Miles toc? algo tan hermoso que casi me tira de la silla, y entonces me largu?, cerr? los ojos, volaba. Bruno, te juro que volaba... Me o?a como si desde un sitio lejan?simo pero dentro de m? mismo, al lado de m? mismo, alguien estuviera de pie... No exactamente alguien... Mira la botella, es incre?ble c?mo cabecea... No era alguien, uno busca comparaciones... Era la seguridad, el encuentro, como en algunos sue?os, ?no te parece?, cuando todo est? resuelto, Lan y las chicas te esperan con un pavo al horno, en el auto no atrapas ninguna luz roja, todo va dulce como una bola de billar. Y lo que hab?a a mi lado era como yo mismo pero sin ocupar ning?n sitio, sin estar en Nueva York, y sobre todo sin tiempo, sin que despu?s... sin que hubiera despu?s... Por un rato no hubo m?s que siempre... Y yo no sab?a que era mentira, que eso ocurr?a porque estaba perdido en la m?sica, y que apenas acabara de tocar, porque al fin y al cabo alguna vez ten?a que dejar que el pobre Hal se quitara las ganas en el piano, en ese mismo instante me caer?a de cabeza en m? mismo...

Llora dulcemente, se frota los ojos con sus manos sucias. Yo ya no s? qu? hacer, es tan tarde, del r?o sube la humedad, nos vamos a resfriar los dos.

-Me parece que he querido nadar sin agua -murmura Johnny-. Me parece que he querido tener el vestido rojo de Lan pero sin Lan. Y Bee est? muerta, Bruno. Yo creo que t? tienes raz?n, que tu libro est? muy bien.

-Vamos, Johnny, no pienso ofenderme por lo que le encuentres de malo.

-No es eso, tu libro est? bien porque... porque no tiene urnas, Bruno. Es como lo que toca Satchmo, tan limpio, tan puro. ?A ti no te parece que lo que toca Satchmo es como un cumplea?os o una buena acci?n? Nosotros... Te digo que he querido nadar sin agua. Me pareci?... pero hay que ser idiota... me pareci? que un d?a iba a encontrar otra cosa. No estaba satisfecho, pensaba que las cosas buenas, el vestido rojo de Lan, y hasta Bee, eran como trampas para ratones, no s? explicarme de otra manera... Trampas para que uno se conforme, sabes, para que uno diga que todo est? bien. Bruno, yo creo que Lan y el jazz, s?, hasta el jazz, eran como anuncios en una revista, cosas bonitas para que me quedara conforme como te quedas t? porque tienes Par?s y tu mujer y tu trabajo... Yo ten?a mi saxo... y mi sexo, como dice el libro. Todo lo que hac?a falta. Trampas, querido... porque no puede ser que no haya otra cosa, no puede ser que estemos tan cerca, tan del otro lado de la puerta...

-Lo ?nico que cuenta es dar de s? todo lo posible -digo, sinti?ndome insuperablemente est?pido.

-Y ganar todos los a?os el referendum de Down Beat, claro -asiente Johnny-. Claro que s?, claro que s?, claro que s?. Claro que s?.

Lo llevo poco a poco hacia la plaza. Por suerte hay un taxi en la esquina.

-Sobre todo no acepto a tu Dios -murmura Johnny-. No me vengas con eso, no lo permito. Y si realmente est? del otro lado de la puerta, maldito si me importa. No tiene ning?n m?rito pasar al otro lado porque ?l te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso s?. Romperla a pu?etazos, eyacular contra la puerta, mear un d?a entero contra la puerta. Aquella vez en Nueva York yo creo que abr? la puerta con mi m?sica, hasta que tuve que parar y entonces el maldito me la cerr? en la cara nada m?s que porque no le he rezado nunca, porque no le voy a rezar nunca, por que no quiero saber nada con ese portero de librea, ese abridor de puertas a cambio de una propina, ese...

Pobre Johnny, despu?s se queja de que uno no ponga esas cosas en un libro. Las tres de la madrugada, madre m?a.


Tica se hab?a vuelto a Nueva York, Johnny se hab?a vuelto a Nueva York (sin D?d?e, muy bien instalada ahora en casa de Louis Perron, que promete como trombonista). Baby Lennox se hab?a vuelto a Nueva York. La temporada no era gran cosa en Par?s y yo extra?aba a mis amigos. Mi libro sobre Johnny se vend?a muy bien en todas partes, y naturalmente Sammy Pretzal hablaba ya de una posible adaptaci?n en Hollywood, cosa siempre interesante cuando se calcula la relaci?n franco-d?lar. Mi mujer segu?a furiosa por mi historia con Baby Lennox, nada demasiado grave por lo dem?s, al fin y al cabo Baby es acentuadamente promiscua y cualquier mujer inteligente deber?a comprender que esas cosas no comprometen el equilibrio conyugal, aparte de que Baby ya se hab?a vuelto a Nueva York con Johnny, finalmente se hab?a dado el gusto de irse con Johnny en el mismo barco. Ya estar?a fumando marihuana con Johnny, perdida como ?l, pobre muchacha. Y Amorous acababa de salir en Par?s, justo cuando la segunda edici?n de mi libro entraba en prensa y se hablaba de traducirlo al alem?n. Yo hab?a pensado mucho en las posibles modificaciones de la segunda edici?n. Honrado en la medida en que la profesi?n lo permite, me preguntaba si no hubiera sido necesario mostrar bajo otra luz la personalidad de mi biografiado. Discutimos varias veces con Delaunay y con Hodeir, ellos no sab?an realmente qu? aconsejarme porque encontraban que el libro era estupendo y que a la gente le gustaba as?. Me pareci? advertir que los dos tem?an un contagio literario, que yo acabara ti?endo la obra con matices que poco o nada tengan que ver con la m?sica de Johnny, al menos seg?n la entend?amos todos nosotros. Me pareci? que la opini?n de gentes autorizadas (y mi decisi?n personal, ser?a tonto negarlo a esta altura de las cosas) justificaba dejar tal cual la segunda edici?n. La lectura minuciosa de las revistas especializadas de los Estados Unidos (cuatro reportajes a Johnny, noticias sobre una nueva tentativa de suicidio, esta vez con tintura de yodo, sonda g?strica y tres semanas de hospital, de nuevo tocando en Baltimore como si nada) me tranquiliz? bastante, aparte de la pena que me produc?an estas reca?das lamentables. Johnny no hab?a dicho ni una palabra comprometedora sobre el libro. Ejemplo (en Stomping Around, una revista musical de Chicago, entrevista de Teddy Rogers a Johnny): "?Has le?do lo que ha escrito Bruno V... sobre ti en Par?s?" "-S?. Est? muy bien." "?Nada que decir sobre ese libro?" "-Nada, fuera de que est? muy bien. Bruno es un gran muchacho." Quedaba por saber lo que pudiera decir Johnny cuando anduviera borracho o drogado, pero por lo menos no hab?a rumores de ning?n desmentido de su parte. Decid? no tocar la segunda edici?n del libro, seguir presentando a Johnny como lo que era en el fondo: un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado como tanto m?sico, tanto ajedrecista y tanto poeta del don de crear cosas estupendas sin tener la menor conciencia (a lo sumo un orgullo de boxeador que se sabe fuerte) de las dimensiones de su obra. Todo me induc?a a conservar tal cual ese retrato de Johnny; no era cosa de crearse complicaciones con un p?blico que quiere mucho jazz pero nada de an?lisis musicales o psicol?gicos, nada que no sea la satisfacci?n moment?nea y bien recortada, las manos que marcan el ritmo, las caras que se aflojan beat?ficamente, la m?sica que se pasea por la piel, se incorpora a la sangre y a la respiraci?n, y despu?s basta, nada de razones profundas.

Primero llegaron los telegramas (a Delaunay, a m?, por la tarde ya sal?an en los diarios con comentarios idiotas); veinte d?as despu?s tuve carta de Baby Lennox, que no se hab?a olvidado de m?. "En Bellevue lo trataron espl?ndidamente y yo lo fui a buscar cuando sali?. Viv?amos en el departamento de Mike Russolo, que anda en gira por Noruega. Johnny estaba muy bien, y aunque no quer?a tocar en p?blico acept? grabar discos con los chicos del Club 28. A ti te lo puedo decir, en realidad estaba muy d?bil (ya me imagino lo que quer?a dar a entender Baby con esto, despu?s de nuestra aventura en Par?s) y de noche me daba miedo la forma en que respiraba y se quejaba. Lo ?nico que me consuela -agregaba deliciosamente Baby- es que muri? contento y sin saberlo. Estaba mirando la televisi?n y de golpe se cay? al suelo. Me dijeron que fue instant?neo." De donde se deduc?a que Baby no hab?a estado presente, y as? era porque luego supimos que Johnny viv?a en casa de Tica y que hab?a pasado cinco d?as con ella, preocupado y abatido, hablando de abandonar el jazz, irse a vivir a M?xico y trabajar en el campo (a todos les da por ah? en alg?n momento de su vida, es casi aburrido), y que Tica lo vigilaba y hac?a lo posible por tranquilizarlo y obligarlo a pensar en el futuro (esto lo dijo luego Tica, como si ella o Johnny hubieran tenido jam?s la menor idea del futuro). A mitad de un programa de televisi?n que le hac?a mucha gracia a Johnny, empez? a toser, de golpe se dobl? bruscamente, etc. No estoy tan seguro de que la muerte fuese instant?nea como lo declar? Tica a la polic?a (tratando de salir del l?o descomunal en que la hab?a metido la muerte de Johnny en su departamento, la marihuana que habia al alcance de la mano, algunos l?os anteriores de la pobre Tica, y los resultados no del todo convincentes de la autopsia. Ya se imagina uno todo lo que un m?dico pod?a encontrar en el h?gado y en los pulmones de Johnny). "No quieras saber lo que me doli? su muerte, aunque podr?a contarte otras cosas -agregaba dulcemente esta querida Baby- pero alguna vez cuando tenga m?s ?nimos te escribir? o te contar? (parece que Rogers quiere contratarme para Par?s y Berl?n) todo lo que es necesario que sepas, t? que eras el mejor amigo de Johnny." Y despu?s de una carilla entera dedicada a insultar a Tica, que de creerle no s?lo ser?a causante de la muerte de Johnny sino del ataque a Pearl Harbor y de la Peste Negra, esta pobrecita Baby terminaba: "Antes de que se me olvide, un d?a en Bellevue pregunt? mucho por ti, se le me daban las ideas y pensaba que estabas en Nueva York y que no quer?as ir a verlo, hablaba siempre de unos campos llenos de cosas, y despu?s te llamaba y hasta te dec?a palabrotas, pobre. Ya sabes lo que es la fiebre. Tica le dijo a Bob Carey que las ?ltimas palabras de Johnny hab?an sido algo as? como: "Oh, hazme una m?scara", pero ya te imaginas que en ese momento..." Vaya si me lo imaginaba. "Se hab?a puesto muy gordo", agregaba Baby al final de su carta, "y jadeaba al caminar". Eran los detalles que cab?a esperar de una persona tan delicada como Baby Lennox.

Todo esto coincidi? con la aparici?n de la segunda edici?n de mi libro, pero por suerte tuve tiempo de incorporar una nota necrol?gica redactada a toda m?quina, y una fotograf?a del entierro donde se ve?a a muchos jazzmen famosos. En esa forma la biograf?a qued?, por decirlo as?, completa. Quiz? no est? bien que yo diga esto, pero como es natural me sit?o en un plano meramente est?tico. Ya hablan de una nueva traducci?n, creo que al sueco o al noruego. Mi mujer est? encantada con la noticia.

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Tags: El Perseguidor, Charlie Parker, Julio Cortazar

Publicado por carmenlobo @ 11:09  | Cortazar, Julio
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