Jueves, 11 de noviembre de 2010

Ha pasado una mano por el aire, toc?ndolo por todos lados, dej?ndolo como marcado por su paso. Sonr?e, Tengo la sensaci?n de que est? solo, completamente solo. Me siento como hueco a su lado. Si a Johnny se le ocurriera pasar su mano a trav?s de m? me cortar?a como manteca, como humo. A lo mejor es por eso que a veces me roza la cara con los dedos, cautelosamente.

-Tienes el pan ah?, sobre el mantel -dice Johnny mirando el aire-. Es una cosa s?lida, no se puede negar, con un color bell?simo, un perfume. Algo que no soy yo, algo distinto, fuera de m?. Pero si lo toco, si estiro los dedos y lo agarro, entonces hay algo que cambia, ?no te parece? El pan est? fuera de m?, pero lo toco con los dedos, lo siento, siento que eso es el mundo, pero si yo puedo tocarlo y sentirlo, entonces no se puede decir realmente que sea otra cosa, o ?t? crees que se puede decir?

-Querido, hace miles de a?os que un mont?n de barbudos se vienen rompiendo la cabeza para resolver el problema.

-En el pan es de d?a -murmura Johnny, tap?ndose la cara-, Y yo me atrevo a tocarlo, a cortarlo en dos, a met?rmelo en la boca. No pasa nada, ya s?: eso es lo terrible. ?Te das cuenta de que es terrible que no pase nada? Cortas el pan, le c1avas el cuchillo, y todo sigue como antes. Yo no comprendo, Bruno.

Me ha empezado a inquietar la cara de Johnny, su excitaci?n. Cada vez resulta m?s dif?cil hacerlo hablar de jazz, de sus recuerdos, de sus planes, traerlo a la realidad. (A la realidad; apenas lo escribo me da asco. Johnny tiene raz?n, la realidad no puede ser esto, no es posible que ser cr?tico de jazz sea la realidad, porque entonces hay alguien que nos est? tomando el pelo. Pero al mismo tiempo a Johnny no se le puede seguir as? la corriente porque vamos a acabar todos locos.)


Ahora se ha quedado dormido, o por lo menos ha cerrado los ojos y se hace el dormido. Otra vez me doy cuenta de lo dif?cil que resulta saber qu? es lo que est? haciendo, qu? es Johnny. Si duerme, si se hace el dormido, si cree dormir. Uno est? mucho m?s fuera de Johnny que de cualquier otro amigo. Nadie puede ser m?s vulgar, m?s com?n, m?s atado a las circunstancias de una pobre vida; accesible por todos lados, aparentemente. No es ninguna excepci?n, aparentemente. Cualquiera puede ser como Johnny, siempre que acepte ser un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poes?a y de talento. Aparentemente. Yo que me he pasado la vida admirando a los genios, a los Picasso, a los Einstein, a toda la santa lista que cualquiera puede fabricar en un minuto (y Gandhi, y Chaplin, y Stravinsky), estoy dispuesto como cualquiera a admitir que esos fen?menos andan pos las nubes, y que con ellos no hay que extra?arse de nada. Son diferentes, no hay vuelta que darle. En cambio la diferencia de Johnny es secreta, irritante por lo misteriosa, porque no tiene ninguna explicaci?n. Johnny no es un genio, no ha descubierto nada, hace jazz como varios miles de negros y de blancos, y aunque lo hace mejor que todos ellos, hay que reconocer que eso depende un poco de los gustos del p?blico, de las modas, del tiempo, en suma. Panassi?, por ejemplo, encuentra que Johnny es francamente malo, y aunque nosotros creemos que el francamente malo es Panassi?, de todas maneras hay materia abierta a la pol?mica. Todo esto prueba que Johnny no es nada del otro mundo, pero apenas lo pienso me pregunto si precisamente no hay en Johnny algo del otro mundo (que ?l es el primero en desconocer). Probablemente se reir?a mucho si se lo dijeran. Yo s? bastante bien lo que piensa, lo que vive de estas cosas. Digo: lo que vive de esas cosas, porque Johnny... Pero no voy a eso, lo que quer?a explicarme a m? mismo es que la distancia que va de Johnny a nosotros no tiene explicaci?n, no se funda en diferencias explicables. Y me parece que ?l es el primero en pagar las consecuencias de eso, que lo afecta tanto como a nosotros. Dan ganas de decir en seguida que Johnny es como un ?ngel entre los hombres, hasta que una elemental honradez obliga a tragarse 1a frase, a darla bonitamente vuelta, y a reconocer que quiz? lo que pasa es que Johnny es un hombre entre los ?ngeles, una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros. Y a lo mejor es por eso que Johnny me toca la cara con los dedos y me hace sentir tan infeliz, tan transparente, tan poca cosa con mi buena salud, mi casa, mi mujer, mi prestigio. Mi prestigio, sobre todo. Sobre todo mi prestigio.

Pero es lo de siempre, he salido del hospital y apenas he calzado en la calle, en la hora, en todo lo que tengo que hacer, la tortilla ha girado blandamente en el aire y se ha dado vuelta. Pobre Johnny, tan fuera de la realidad. (Es as?, es as?. Me es m?s f?cil creer que es as?, ahora que estoy en un caf? y a dos horas de mi visita al hospital, que todo lo que escrib? m?s arriba forz?ndome como un condenado a ser por lo menos un poco decente conmigo mismo.)


Por suerte lo del incendio se ha arreglado O.K., pues como cab?a suponer la marquesa ha hecho de las suyas para que lo del incendio se arreglara O.K. D?d?e y Art Boucaya han venido a buscarme al diario, y los tres nos hemos ido a Vix para escuchar la ya famosa -aunque todav?a secreta- grabaci?n de Amorous. En el taxi D?d?e me ha contado sin muchas ganas c?mo la marquesa lo ha sacado a Johnny del lio del incendio, que por lo dem?s no hab?a pasado de un colch?n chamuscado y un susto terrible de todos los argelinos que viven en el hotel de la rue Lagrange. Multa (ya pagada), otro hotel (ya conseguido por Tica), y Johnny est? convaleciente en una cama grand?sima y muy linda, toma leche a baldes y le? el Paris Match y el New Yorker, mezclando a veces su famoso (y ro?oso) librito de bolsillo con poemas de Dylan Thomas y anotaciones a l?piz por todas partes.

Con estas noticias y un co?ac en el caf? de la esquina, nos hemos instalado en la sala de audiciones para escuchar Amorous y Streptomicyne. Art ha pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su m?sica por la cara, ha entrado ah? aunque est? en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su m?sica durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompa?a algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje ca?da final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un coraz?n que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y ?l hablaba del pan hace unos d?as). Pero en cambio a Johnny se le escapar?a lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisaci?n llena de huidas en todas direcciones, de interrogaci?n, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para ?l es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la se?al de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos m?s grandes del jazz. El artista que hay en ?l va a ponerse fren?tico de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambale?ndose, escap?ndosele la saliva de la boca junto con la m?sica, m?s que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras m?s lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo converg?a a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una v?ctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biograf?a (por cierto que la edici?n en ingl?s acaba de aparecer y se vende como la coca-cola). Ahora s? que no es as?, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le est? ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qu? es lo que persigue Johnny, pero es as?, est? ah?, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las reca?das, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de ?l, de todo lo que en ?l corre contra m? y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpanc? enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonr?e enternecido.

Art y D?d?e no ven (me parece que no quieren ver) m?s que la belleza formal de Amorous. Incluso a D?d?e le gusta m?s Streptomicyne, donde Johnny improvisa con su soltura corriente, lo que el p?blico entiende por perfecci?n y a m? me parece que en Johnny es m?s bien distracci?n, dejar correr la m?sica, estar en otro lado. Ya en la calle le he preguntado a D?d?e cu?les son sus planes, y me ha dicho que apenas Johnny pueda salir del hotel (la polic?a se lo impide por el momento) una nueva marca de discos le har? grabar todo lo que ?l quiera y le pagar? muy bien. Art sostiene que Johnny est? lleno de ideas estupendas, y que ?l y Marcel Gavoty van a "trabajar" las novedades junto con Johnny, aunque despu?s de las ?ltimas semanas se ve que Art no las tiene todas consigo, y yo s? por mi parte que anda en conversaciones con un agente para volverse a Nueva York lo antes posible. Cosa que comprendo de sobra, pobre muchacho.

-Tica se est? portando muy bien -ha dicho rencorosamente D?d?e-. Claro, para ella es tan f?cil. Siempre llega a ?ltimo momento, y no tiene m?s que abrir el bolso y arreglarlo todo. Yo, en cambio...

Art y yo nos hemos mirado. ?Qu? le podr?amos decir? Las mujeres se pasan la vida dando vueltas alrededor de Johnny y de los que son como Johnny. No es extra?o, no es necesario ser mujer para sentirse atra?do por Johnny. Lo dif?cil es girar en torno a ?l sin perder la distancia, como un buen sat?lite, un buen cr?tico. Art no estaba entonces en Baltimore, pero me acuerdo de los tiempos en que conoc? a Johnny, cuando viv?a con Lan y los ni?os. Daba l?stima ver a Lan. Pero despu?s de tratar un tiempo a Johnny, de aceptar poco a poco el imperio de su m?sica, de sus terrores diurnos, de sus explicaciones inconcebibles sobre cosas que jam?s hab?an ocurrido, de sus repentinos accesos de ternura, entonces uno comprend?a por qu? Lan ten?a esa cara y c?mo era imposible que tuviese otra cara y viviera a la vez con Johnny. Tica es otra cosa, se le escapa por la v?a de la promiscuidad, de la gran vida, y adem?s tiene al d?lar sujeto por la cola y eso es m?s eficaz que una ametralladora, por lo menos es lo que dice Art Boucaya cuando anda resentido con Tica o le duele la cabeza.

-Venga lo antes posible -me ha pedido D?d?e-. A ?l le gusta hablar con usted.

Me hubiera gustado sermonearla por lo del incendio (por la causa del incendio, de la que es seguramente c?mplice) pero ser?a tan in?til como decirle al mismo Johnny que tiene que convertirse en un ciudadano ?til. Por el momento todo va bien, y es curioso (es inquietante) que apenas las cosas andan bien por el lado de Johnny yo me siento inmensamente contento. No soy tan inocente como para creer en una simple reacci?n amistosa. Es m?s bien como un aplazamiento, un respiro. No necesito buscarle explicaciones cuando lo siento tan claramente como puedo sentir la nariz pegada a la cara. Me da rabia ser el ?nico que siente esto, que lo padece todo el tiempo. Me da rabia que Art Boucaya, Tica o D?d?e no se den cuenta de que cada vez que Johnny sufre, va a la c?rcel, quiere matarse, incendia un colch?n o corre desnudo por los pasillos de un hotel, est? pagando algo por ellos, est? muri?ndose por ellos. Sin saberlo, y no como los que pronuncian grandes discursos en el pat?bulo o escriben libros para denunciar los males de la humanidad o tocan el piano con el aire de quien est? lavando los pecados del mundo. Sin saberlo, pobre saxofonista, con todo lo que esta palabra tiene de rid?culo, de poca cosa, de uno m?s entre tantos pobres saxofonistas.

Lo malo es que si sigo as? voy a acabar escribiendo m?s sobre m? mismo que sobre Johnny. Empiezo a parecerme a un evangelista y no me hace ninguna gracia. Mientras volv?a a casa he pensado con el cinismo necesario para recobrar la confianza, que en mi libro sobre Johnny s?lo menciono de paso, discretamente, el lado patol?gico de su persona. No me ha parecido necesario explicarle a la gente que Johnny cree pasearse por campos llenos de urnas, o que las pinturas se mueven cuando ?l las mira; fantasmas de la marihuana, al fin y al cabo, que se acaban con la cura de desintoxicaci?n. Pero se dir?a que Johnny me deja en prenda esos fantasmas, me los pone como otros tantos pa?uelos en el bolsillo hasta que llega la hora de recobrarlos. Y creo que soy el ?nico que los aguanta, los convive y los teme; y nadie lo sabe, ni siquiera Johnny. Uno no puede confesarle cosas as? a Johnny, como las confesar?a a un hombre realmente grande, al maestro ante quien nos humillamos a cambio de un consejo. ?Qu? mundo es ?ste que me toca cargar como un fardo? ?Qu? clase de evangelista soy? En Johnny no hay la menor grandeza, lo he sabido desde que lo conoc?, desde que empec? a admirarlo. Ya hace rato que esto no me sorprende, aunque al principio me resultara desconcertante esa falta de grandeza, quiz? porque es una dimensi?n que uno no est? dispuesto a aplicar al primero que llega, y sobre todo a los jazzmen. No s? por qu? (no s? por qu?) cre? en un momento que en Johnny hab?a una grandeza que ?l desmiente de d?a en d?a (o que nosotros desmentimos, y en realidad no es lo mismo; porque, seamos honrados, en Johnny hay como el fantasma de otro Johnny que pudo ser, y ese otro Johnny est? lleno de grandeza; al fantasma se le nota como la falta de esa dimensi?n que sin embargo negativamente evoca y contiene). Esto lo digo porque las tentativas que ha hecho Johnny para cambiar de vida, desde su aborto de suicidio hasta la marihuana, son las que cab?a esperar de alguien tan sin grandeza como ?l. Creo que lo admiro todav?a m?s por eso, porque es realmente el chimpanc? que quiere aprender a leer, un pobre tipo que se da con la cara contra las paredes, y no se convence, y vuelve a empezar. Ah, pero si un d?a el chimpanc? se pone a leer, qu? quiebra en masa, qu? desparramo, qu? s?lvese el que pueda, yo el primero. Es terrible que un hombre sin grandeza alguna se tire de esa manera contra la pared. Nos denuncia a todos con el choque de sus huesos, nos hace trizas con la primera frase de su m?sica. (Los m?rtires, los h?roes, de acuerdo: uno est? seguro con ellos. ?Pero Johnny!)

Secuencias. No s? decirlo mejor, es como una noci?n de que bruscamente se arman secuencias terribles o idiotas en la vida de un hombre, sin que se sepa qu? ley fuera de las leyes clasificadas decide que a cierta llamada telef?nica va a seguir inmediatamente la llegada de nuestra hermana que vive en Auvernia, o se va a ir la leche al fuego, o vamos a ver desde el balc?n a un chico debajo de un auto. Como en los equipos de f?tbol y en las comisiones directivas, parecer?a que el destino nombra siempre algunos suplentes por si le fallan los titulares. Y as? es que esta ma?ana, cuando todav?a me duraba el contento por saberlo mejorado y contento a Johnny Carter, me telefonean de urgencia al diario, y la que telefonea es Tica, y la noticia es que en Chicago acaba de morirse Bee, la hija menor de Lan y de Johnny, y que naturalmente Johnny est? como loco y ser?a bueno que yo fuera a darles una mano a los amigos.

He vuelto a subir una escalera de hotel -y van ya tantas en mi amistad con Johnny- para encontrarme con Tica tomando t?, con D?d?e mojando una toalla, con Art, Delaunay y Pepe Ram?rez que hablan en voz baja de las ?ltimas noticias de Lester Young, y con Johnny muy quieto en la cama una toalla en la frente y un aire perfectamente tranquilo y casi desde?oso. Inmediatamente me he puesto en el bolsillo la cara de circunstancias limit?ndome a apretarle fuerte la mano a Johnny, encender un cigarrillo y esperar.

-Bruno, me duele aqu? -ha dicho Johnny al cabo de un rato, toc?ndose el sitio convencional del coraz?n-. Bruno, ella era como una piedrecita blanca en mi mano. Y yo no soy nada m?s que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie, limpiar? las l?grimas de mis ojos.

Todo esto dicho solemnemente, casi recitando, y Tica mirando a Art, y los dos haci?ndose se?as de indulgencia, aprovechando que Johnny tiene la cara tapada con la toalla mojada y no puede verlos. Personalmente me repugnan las frases baratas, pero todo esto que ha dicho Johnny, aparte de que me parece haberlo le?do en alg?n sitio, me ha sonado como una m?scara que se pusiera a hablar, as? de hueco, as? de in?til. D?d?e ha venido con otra toalla y le ha cambiado el ap?sito, y en el intervalo he podido vislumbrar el rostro de Johnny y lo he visto de un gris ceniciento, con la boca torcida y los ojos apretados hasta arrugarse. Y como siempre con Johnny, las cosas han ocurrido de otra manera que la que uno esperaba, y Pepe Ram?rez que no lo conoce gran cosa est? todav?a bajo los efectos de la sorpresa y yo creo que del esc?ndalo, porque al cabo de un rato Johnny se ha sentado en la cama y se ha puesto a insultar lentamente, mascando cada palabra, y solt?ndola despu?s como un trompo se ha puesto a insultar a los responsables de la grabaci?n de Amorous, sin mirar a nadie pero clav?ndonos a todos como bichos en un cart?n nada m?s que con la incre?ble obscenidad de sus palabras, y as? ha estado dos minutos insultando a todos los de Amorous, empezando por Art y Delaunay, pasando por m? (aunque yo...) y acabando en D?d?e, en Cristo omnipotente y en la puta que los pari? a todos sin la menor excepci?n. Y eso ha sido en el fondo, eso y lo de la piedrecita blanca, la oraci?n f?nebre de Bee, muerta en Chicago de neumon?a.

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Pasar?n quince d?as vac?os; montones de trabajo, art?culos period?sticos, visitas aqu? y all? -un buen resumen de la vida de un cr?tico, ese hombre que s?lo puede vivir de prestado, de las novedades y las decisiones ajenas. Hablando de lo cual una noche estaremos Tica, Baby Lennox y yo en el Caf? de Flore, tarareando muy contentos Out of nowhere y comentando un solo de piano de Billy Taylor que a los tres nos parece bueno, y sobre todo a Baby Lennox que adem?s se ha vestido a la moda de Saint Germain-des-Pr?s y hay que ver c?mo le queda. Baby ver? aparecer a Johnny con el arrobamiento de sus veinte a?os, y Johnny la mirar? sin verla y seguir? de largo, hasta sentarse solo en otra mesa, completamente borracho o dormido. Sentir? la mano de Tica en la rodilla.

-Lo ves, ha vuelto a fumar anoche. O esta tarde. Esa mujer...

Le he contestado sin ganas que D?d?e es tan culpable como cualquier otra, empezando por ella que ha fumado docenas de veces con Johnny y volver? a hacerlo el d?a que le d? la santa gana. Me vendr? un gran deseo de irme y de estar solo, como siempre que es imposible acercarse a Johnny, estar con ?l y de su lado. Lo ver? hacer dibujos en la mesa con el dedo, quedarse mirando al camarero que le pregunta qu? va a beber, y por fin Johnny dibujar? en el aire una especie de flecha y la sostendr? con las dos manos como si pesara una barbaridad, y en las otras mesas la gente empezar? a divertirse con mucha discreci?n como corresponde en el Flore. Entonces Tica dir?: "Mierda", se pasar? a la mesa de Johnny, y despu?s de dar una orden al camarero se pondr? a hablarle en la oreja a Johnny. Ni que decir que Baby se apresurar? a confiarme sus m?s caras esperanzas, pero yo le dir? vagamente que esa noche hay que dejar tranquilo a Johnny y que las ni?as buenas se van temprano a la cama, si es posible en compa??a de un cr?tico de jazz. Baby reir? amablemente, su mano me acariciar? el pelo, y despu?s nos quedaremos tranquilos viendo pasar a la muchacha que se cubre la cara con una capa de albayalde y se pinta de verde los ojos y hasta la boca. Baby dir? que no le parece tan mal, y yo le pedir? que me cante bajito uno de esos blues que le est?n dando fama en Londres y en Estocolmo. Y despu?s volveremos a Out of nowhere, que esta noche nos persigue interminablemente como un perro que tambi?n fuera de albayalde y de ojos verdes.

Pasar?n por ah? dos de los chicos del nuevo quinteto de Johnny, y aprovechar? para preguntarles c?mo ha andado la cosa esta noche; me enterar? as? de que Johnny apenas ha podido tocar, pero que lo que ha tocado val?a por todas las ideas juntas de un John Lewis, suponiendo que este ?ltimo sea capaz de tener alguna idea porque, como ha dicho uno de los chicos, lo ?nico que tiene siempre a mano es las notas para tapar un agujero, que no es lo mismo. Y yo me preguntar? entre tanto hasta d?nde va a poder resistir Johnny, y sobre todo el p?blico que cree en Johnny. Los chicos no aceptar?n una cerveza, Baby y yo nos quedaremos nuevamente solos, y acabar? por ceder a sus preguntas y explicarle a Baby, que realmente merece su apodo, por qu? Johnny est? enfermo y acabado, por qu? los chicos del quinteto est?n cada d?a m?s hartos, por qu? la cosa va a estallar en una de ?sas como ya ha estallado en San Francisco, en Baltimore y en Nueva York media docena de veces.

Entrar?n otros m?sicos que tocan en el barrio, y algunos ir?n a la mesa de Johnny y lo saludar?n, pero ?l los mirar? como desde lejos, con una cara horriblemente idiota, los ojos h?medos y mansos, la boca incapaz de contener la saliva que le brilla en los labios. Ser? divertido observar el doble manejo de Tica y de Baby, Tica apelando a su dominio sobre los hombres para alejarlos de Johnny con una r?pida explicaci?n y una sonrisa, Baby sopl?ndome en la oreja su admiraci?n por Johnny y lo bueno que ser?a llevarlo a un sanatorio para que lo desintoxicaran, y todo ello simplemente porque est? en celo y quisiera acostarse con Johnny esta misma noche, cosa por lo dem?s imposible seg?n puede verse, y que me alegra bastante. Como me ocurre desde que la conozco, pensar? en lo bueno que ser?a poder acariciar los muslos de Baby y estar? a un paso de proponerle que nos vayamos a tomar un trago a otro lugar m?s tranquilo (ella no querr? y en el fondo yo tampoco, porque esa otra mesa nos tendr? atados e infelices) hasta que de repente, sin nada que anuncie lo que va a suceder, veremos levantarse lentamente a Johnny, mirarnos y reconocernos, venir hacia nosotros -digamos hacia m?, porque Baby no cuentaa- y al llegar a la mesa se doblar? un poco con toda naturalidad, como quien va a tomar una papa frita del plato, y lo veremos arrodillarse frente a m?, con toda naturalidad se pondr? de rodillas y me mirar? en los ojos, y yo ver? que est? llorando, y sabr? sin palabras que Johnny est? llorando por la peque?a Bee.

Mi reacci?n es tan natural, he querido levantar a Johnny, evitar que hiciera el rid?culo, y al final el rid?culo lo he hecho yo porque nada hay m?s lamentable que un hombre esforz?ndose por mover a otro que est? muy bien como est?, que se siente perfectamente en la posici?n que le da la gana, de manera que los parroquianos del Flore, que no se alarman por peque?as cosas, me han mirado poco amablemente, aun sin saber en su mayor?a que ese negro arrodillado es Johnny Carter me han mirado como mirar?a la gente a alguien que se trepara a un altar y tironeara de Cristo para sacarlo de la cruz. El primero en reproch?rmelo ha sido Johnny, nada m?s que llorando silenciosamente ha alzado los ojos y me ha mirado, y entre eso y la censura evidente de los parroquianos no me ha quedado m?s remedio que volver a sentarme frente a Johnny, sinti?ndome peor que ?l, queriendo estar en cualquier parte menos en esa silla y frente a Johnny de rodillas.

El resto no ha sido tan malo, aunque no s? cu?ntos siglos han pasado sin que nadie se moviera, sin que las l?grimas dejaran de correr por la cara de Johnny, sin que sus ojos estuvieran continuamente fijos en los m?os mientras yo trataba de ofrecerle un cigarrillo, de encender otro para m?, de hacerle un gesto de entendimiento a Baby que estaba, me parece, a punto de salir corriendo o de ponerse a llorar por su parte. Como siempre, ha sido Tica la que ha arreglado el l?o sent?ndose con su gran tranquilidad en nuestra mesa, arrimando una silla al lado de Johnny y poni?ndole la mano en el hombro, sin forzarlo, hasta que al final Johnny se ha enderezado un poco y ha pasado de ese horror a la conveniente actitud del amigo sentado, nada m?s que levantando unos cent?metros las rodillas y dejando que entre sus nalgas y el suelo (iba a decir y la cruz, realmente esto es contagioso) se interpusiera la aceptad?sima comodidad de una silla. La gente se ha cansado de mirar a Johnny, ?l de llorar, y nosotros de sentirnos como perros. De golpe me he explicado el cari?o que algunos pintores les tienen a las sillas, cualquiera de las sillas del Flore me ha parecido de repente un objeto maravilloso, una flor, un perfume, el perfecto instrumento del orden y la honradez de los hombres en su ciudad.

Johnny ha sacado un pa?uelo, ha pedido disculpas sin forzar la cosa, y Tica ha hecho traer un caf? doble y se lo ha dado a beber. Baby ha estado maravillosa, renunciando de golpe a toda su estupidez cuando se trata de Johnny se ha puesto a tararear Mamie's blues sin dar la impresi?n de que lo hac?a a prop?sito, y Johnny la ha mirado y se ha sonre?do, y me parece que Tica y yo hemos pensado al mismo tiempo que la imagen de Bee se perd?a poco a poco en el fondo de los ojos de Johnny, y que una vez m?s Johnny aceptaba volver por un rato a nuestro lado, acompa?arnos hasta la pr?xima fuga. Como siempre, apenas ha pasado el momento en que me siento como un perro, mi superioridad frente a Jonny me ha permitido mostrarme indulgente, charlar de todo un poco sin entrar en zonas demasiado personales (hubiera sido horrible ver deslizarse a Johnny de la silla, volver a...), y por suerte Tica y Baby se han portado como ?ngeles y la gente del Flore se ha ido renovando a lo largo de una hora, por lo cual los parroquianos de la una de la madrugada no han sospechado siquiera lo que acababa de pasar, aunque en realidad no haya pasado gran cosa si se lo piensa bien. Baby se ha ido la primera (es una chica estudiosa Baby, a las nueve ya estar? ensayando con Fred Callender para grabar por la tarde) y Tica ha tomado su tercer vaso de co?ac y nos ha ofrecido llevarnos a casa. Entonces Johnny ha dicho que no, que prefer?a seguir charlando conmigo, y Tica ha encontrado que estaba muy bien y se ha ido, no sin antes pagar las vueltas de todos como corresponde a una marquesa. Y Johnny y yo nos hemos tomado una copita de chartreuse, dado que entre amigos est?n permitidas estas debilidades, y hemos empezado a caminar por Saint-Germain-des-Pr?s porque Johnny ha insistido en que le har? bien caminar y yo no soy de los que dejan caer a los camaradas en esas circunstancias.

Por la rue de l'Abbaye vamos bajando hasta la plaza Furstenberg, que a Johnny le recuerda peligrosamente un teatro de juguete que seg?n parece le regal? su padrino cuando ten?a ocho a?os. Trato de llev?rmelo hacia la rue Jacob por miedo de que los recuerdos lo devuelvan a Bee, pero se dir?a que Johnny ha cerrado el capitulo por lo que falta de la noche. Anda tranquilo, sin titubear (otras veces lo he visto tambalearse en la calle, y no por estar borracho; algo en los reflejos que no funciona) y el calor de la noche y el silencio de las calles nos hace bien a los dos. Fumamos Gauloises, nos dejamos ir hacia el r?o, y frente a una de las cajas de lat?n de los libreros del Quai de Conti un recuerdo cualquiera o un silbido de alg?n estudiante nos trae a la boca un tema de Viv?ldi y los dos nos ponemos a cantarlo con mucho sentimiento y entusiasmo, y Johnny dice que si tuviera su saxo se pasar?a la noche tocando Vivaldi, cosa que yo encuentro exagerada.

-En fin, tambi?n tocar?a un poco de Bach y de Charles Ives -dice Johnny, condescendiente-. No s? poor qu? a los franceses no les interesa Charles Ives. ?Conoces sus canciones? La del leopardo, tendr?as qu? conocer la canci?n del leopardo. A leopard...

Y con su flaca voz de tenor se explaya sobre el leopardo, y ni que decir que muchas de las frases que canta no son en absoluto de Ives, cosa que a Johnny lo tiene sin cuidado mientras est? seguro de que est? cantando algo bueno. Al final nos sentamos sobre el pretil, frente a la rue G?t-le-Coeur y fumamos otro cigarrillo porque la noche es magn?fica y dentro de un rato el tabaco nos obligar? a beber cerveza en un caf? y esto nos gusta por anticipado a Johnny y a m?. Casi no le presto atenci?n cuando menciona por primera vez mi libro, porque en seguida vuelve a hablar de Charles Ives y de c?mo se ha divertido en citar muchas veces temas de Ives en sus discos, sin que nadie se diera cuenta (ni el mismo Ives, supongo), pero al rato me pongo a pensar en lo del libro y trato de traerlo al tema.


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Tags: El Perseguidor III, Charlie Parker, Julio Cortazar, Summertime

Publicado por carmenlobo @ 11:05  | Cortazar, Julio
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