Jueves, 11 de noviembre de 2010

Sonr?o lo mejor que puedo, comprendiendo vagamente que tiene raz?n, pero que lo que ?l sospecha y lo que yo presiento de su sospecha se va a borrar como siempre apenas est? en la calle y me meta en mi vida de todos los d?as. En ese momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de que est? medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una especie de parodia que ?l convierte en una esperanza. Todo lo que Johnny me dice en momentos as? (y hace m?s de cinco a?os que Johnny me dice y les dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometi?ndose volver a pensarlo m?s tarde. Apenas se est? en la calle, apenas es el recuerdo y no Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo de la marihuana, un manotear mon?tono (por que hay otros que dicen cosas parecidas, a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y despu?s de la maravilla nace la irritaci?n, y a m? por lo menos me pasa que siento como si Johnny me hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre al otro d?a, no cuando Johnny me lo est? diciendo, porque entonces siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o m?s bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo como un tronco meti?ndole una cu?a y martillando hasta el final. Y Johnny ya no tiene fuerzas para martillar nada, y yo ni siquiera s? qu? martillo har?a falta para meter una cu?a que tampoco me imagino.


De manera que al final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de esas cosas que tienen que pasar -?sa u otra parecida-, y es que cuando me estaba despidiendo de D?d?e y le daba al espalda a Johnny he sentido que algo ocurr?a, lo he visto en los ojos de D?d?e y me he vuelto r?pidamente (porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ?ngel que es como mi hermano, a este hermano que es como mi ?ngel) y he visto a Johnny que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo he visto sentado en el sill?n completamente desnudo, con las piernas levantadas y las rodillas junto al ment?n, temblando pero ri?ndose, desnudo de arriba a abajo en el sill?n mugriento.

-Empieza a hacer calor -ha dicho Johnny. Bruno, mira qu? hermosa cicatriz tengo entre las costillas.

-T?pate -ha mandado D?d?e, avergonzada y sin saber qu? decir. Nos conocemos bastante y un hombre desnudo no es m?s que un hombre desnudo, pero de todos modos D?d?e ha tenido verg?enza y yo no sabia c?mo hacer para no dar la impresi?n de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y ?l lo sab?a y se ha re?do con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las piernas levantadas, el sexo colg?ndole al borde del sill?n como un mono en el zoo, y la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado un asco infinito. Entonces D?d?e ha agarrado la frazada y lo ha envuelto presurosa, mientras Johnny se re?a y parec?a muy feliz. Me he despedido vagamente, prometiendo volver al otro d?a, y D?d?e me ha acompa?ado hasta el rellano, cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a decirme.

-Est? as? desde que volvimos de la gira por B?lgica. Hab?a tocado tan bien en todas partes, y yo estaba tan contenta.

-Me pregunto de d?nde habr? sacado la droga -he dicho, mir?ndola en los ojos.

-No s?. Ha estado bebiendo vino y co?ac casi todo el tiempo. Pero tambi?n ha fumado, aunque menos que all?...

All? es Baltimore y Nueva York, son los tres meses en el hospital psiqui?trico de Bellevue, y la larga temporada en Camarillo.

?Realmente Johnny toc? bien en B?lgica, D?d?e?

-S?, Bruno, me parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y los muchachos de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban cosas raras, como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del p?blico. Yo cre?... pero ya ve, ahora es peor que nunca.

?Peor que en Nueva York? Usted no lo conoci? en esos a?os.

D?d?e no es tonta, pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre cuando a?n no estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y lo de antes no son m?s que palabras. No s? c?mo dec?rselo, y ni siquiera le tengo plena confianza, pero al final me decido.

-Me imagino que se han quedado sin dinero.

-Tenemos ese contrato para empezar pasado ma?ana -ha dicho D?d?e.

-?Usted cree que va a poder grabar y presentarse en p?blico?

-Oh, s? -ha dicho D?d?e un poco sorprendida-. Johnny puede tocar mejor que nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuesti?n es el saxo.

-Me voy a ocupar de eso. Aqu? tiene, D?d?e. Solamente que... Lo mejor ser?a que Johnny no lo supiera.

-Bruno...

Con un gesto, y empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras imaginables, la gratitud in?til de D?d?e. Separado de ella por cuatro o cinco pelda?os me ha sido m?s f?cil dec?rselo.

-Por nada del mundo tiene que fumar antes del primer concierto. D?jelo beber un poco pero no le d? dinero para lo otro.

D?d?e no ha contestado nada; aunque he visto c?mo sus manos doblaban y doblaban los billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la seguridad de que D?d?e no fuma. Su ?nica complicidad puede nacer del miedo o del amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le suplica llorando... Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por el momento habr? dinero para comer y para remedios. En la calle me he subido el cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he respirado hasta que me dolieron los pulmones; me ha parecido que Par?s ol?a a limpio, a pan caliente. S?lo ahora me he dado cuenta de c?mo ol?a la pieza de Johnny, el cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He entrado en un caf? para beber un co?ac y lavarme la boca, quiz? tambi?n la memoria que insiste e insiste en las palabras de Johnny, sus cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y en el fondo no quiero ver. Me he puesto a pensar en pasado ma?ana y era como una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia adelante.

Cuando no se est? demasiado seguro de nada, lo mejor es crearse deberes a manera de flotadores. Dos o tres d?as despu?s he pensado que ten?a el deber de averiguar si la marquesa le est? facilitando marihuana a Johnny Carter, y he ido al estudio de Montparnasse. La marquesa es verdaderamente una marquesa, tiene dinero a montones que le viene del marqu?s, aunque hace rato que se hayan divorciado a causa de la marihuana y otras razones parecidas. Su amistad con Johnny viene de Nueva York, probablemente del a?o que Johnny se hizo famoso de la noche a la ma?ana simplemente porque alguien le dio la oportunidad de reunir a cuatro o cinco muchachos a quienes les gustaba su estilo, y Johnny pudo tocar a sus anchas por primera vez y los dej? a todos asombrados. Este no es el momento de hacer cr?tica de jazz, y los interesados pueden leer mi libro sobre Johnny y el nuevo estilo de la posguerra, pero bien puedo decir que el cuarenta y ocho -digamos hasta el cincuenta- fue como una explosi?n de la m?sica, pero una explosi?n fr?a, silenciosa, una explosi?n en la que cada cosa qued? en su sitio y no hubo gritos ni escombros, pero la costra de la costumbre se raj? en millones de pedazos y hasta sus defensores (en las orquestas y en el p?blico) hicieron una cuesti?n de amor propio de algo que ya no sent?an como antes. Porque despu?s del paso de Johnny por el saxo alto no se puede seguir oyendo a los m?sicos anteriores y creer que son el non plus ultra; hay que conformarse con aplicar esa especie de resignaci?n disfrazada que se llama sentido hist?rico, y decir que cualquiera de esos m?sicos ha sido estupendo y lo sigue siendo en-su-momento. Johnny ha pasado por el jazz como una mano que da vuelta la hoja, y se acab?.

La marquesa, que tiene unas orejas de lebrel para todo lo que sea m?sica, ha admirado siempre una enormidad a Johnny y a sus amigos del grupo. Me imagino que debi? darles no pocos d?lares en los d?as del Club 33, cuando la mayor?a de los cr?ticos protestaban por las grabaciones de Johnny y juzgaban su jazz con arreglo a criterios m?s que podridos. Probablemente tambi?n en esa ?poca la marquesa empez? a acostarse de cuando en cuando con Johnny, y a fumar con ?l. Muchas veces los he visto juntos antes de las sesiones de grabaci?n o en los entreactos de los conciertos, y Johnny parec?a enormemente feliz al lado de la marquesa, aunque en alguna otra platea o en su casa estaban Lan y los chicos esper?ndolo. Pero Johnny no ha tenido jam?s idea de lo que es esperar nada, y tampoco se imagina que alguien pueda estar esper?ndolo. Hasta su manera de plantar a Lan lo pinta de cuerpo entero. He visto la postal que le mand? desde Roma, despu?s de cuatro meses de ausencia (se hab?a trepado a un avi?n con otros dos m?sicos sin que Lan supiera nada). La postal representaba a R?mulo y Remo, que siempre le han hecho mucha gracia a Johnny (una de sus grabaciones se llama as?), y dec?a: "Ando solo en una multitud de amores", que es un fragmento de un poema de Dylan Thomas a quien Johnny lee todo el tiempo. Los agentes de Johnny en Estados Unidos se arreglaron para deducir una parte de sus regal?as y entregarlas a Lan, que por su parte comprendi? pronto que no hab?a hecho tan mal negocio libr?ndose de Johnny. Alguien me dijo que la marquesa dio tambi?n dinero a Lan, sin que Lan supiera de d?nde proced?a. No me extra?a porque la marquesa es descabelladamente buena y entiende el mundo un poco como las tortillas que fabrica en su estudio cuando los amigos empiezan a llegar a montones, y que consiste en tener una especie de tortilla permanente a la cual echa diversas cosas y va sacando pedazos y ofreci?ndolos cuando hace falta.

He encontrado a la marquesa con Marcel Gavoty y con Art Boucaya, y precisamente estaban hablando de las grabaciones que hab?a hecho Johnny la tarde anterior. Me han ca?do encima como si vieran llegar a un arc?ngel, la marquesa me ha besuqueado hasta cansarse, y los muchachos me han palmeado como pueden hacerlo un contrabajista y un saxo bar?tono. He tenido que refugiarme detr?s de un sill?n, defendi?ndome como pod?a, y todo porque se han enterado de que soy el proveedor del magn?fico saxo con el cual Johnny acaba de grabar cuatro o cinco de sus mejores improvisaciones. La marquesa ha dicho en seguida que Johnny era una rata inmunda, y que como estaba peleado con ella (no ha dicho por qu?) la rata inmunda sab?a muy bien que s?lo pidi?ndole perd?n en debida forma hubiera podido conseguir el cheque para ir a comprarse un saxo. Naturalmente Johnny no ha querido pedir perd?n desde que ha vuelto a Par?s -la pelea parece que ha sido en Londres, dos meses atr?s- y en esa forna nadie pod?a saber que hab?a perdido su condenado saxo en el m?tro, etc?tera. Cuando la marquesa se echa a hablar uno se pregunta si el estilo de Dizzy no se le ha pegado al idioma, pues es una serie interminable de variaciones en los registros m?s inesperados, hasta que al final la marquesa se da un gran golpe en los muslos, abre de par en par la boca y se pone a re?r como si la estuvieran matando a cosquillas. Y entonces Art Boucaya ha aprovechado para darme detalles de la sesi?n de ayer, que me he perdido por culpa de mi mujer non neumon?a.

-Tica puede dar fe -ha dicho Art mostrando a la marquesa que se retuerce de risa-. Bruno, no te puedes imaginar lo que fue eso hasta que oigas los discos. Si Dios estaba ayer en alguna parte puedes creerme que era en esa condenada sala de grabaci?n, donde hac?a un calor de mil demonios dicho sea de paso. ?Te acuerdas de Willow Tree, Marcel?

-Si me acuerdo -ha dicho Marcel-. El est?pido pregunta si me acuerdo. Estoy tatuado de la cabeza a los pies con Wittow Tree.

Tica nos ha tra?do highballs y nos hemos puesto c?modos para charlar. En realidad hemos hablado poco de la sesi?n de ayer, porque cualquier m?sico sabe que de esas cosas no se puede hablar, pero lo poco que han dicho me ha devuelto alguna esperanza y he pensado que tal vez mi saxo le traiga buena suerte a Johnny. De todas maneras no han faltado las an?cdotas que enfriaran un poco esa esperanza, como por ejemplo que Johnny se ha sacado los zapatos entre grabaci?n y grabaci?n, y se ha paseado descalzo por el estudio. Pero en cambio se ha reconciliado con la marquesa y ha prometido venir al estudio a tomar una copa antes de su presentaci?n de esta noche.

-?Conoces a la muchacha que tiene ahora Johnny? -ha querido saber Tica. Le he hecho una descripci?n lo m?s sucinta posible, pero Marcel la ha completado a la francesa, con toda clase de matices y alusiones que han divertido much?simo a la marquesa. No se ha hecho la menor referencia a la droga, aunque yo estoy tan aprensivo que me ha parecido olerla en el aire del estudio de Tica, aparte de que Tica se r?e de una manera que tambi?n noto a veces en Johnny y en Art, y que delata a los adictos. Me pregunto c?mo se habr? procurado Johnny la marihuana si estaba peleado con la marquesa; mi confianza en D?d?e se ha venido bruscamente al suelo, si es que en realidad le ten?a confianza. En el fondo son todos iguales.

Envidio un poco esa igualdad que los acerca, que los vuelve c?mplices con tanta facilidad; desde mi mundo puritano -no necesito confesarlo, cualquiera que me conozca sabe de mi horror al desorden moral- los veo como a ?ngeles enfermos, irritantes a fuerza de irresponsabilidad pero pagando los cuidados con cosas como los discos de Johnny, la generosidad de la marquesa. Y no digo todo, y quisiera forzarme a decirlo: los envidio, envidio a Johnny, a ese Johnny del otro lado, sin que nadie sepa qu? es exactamente ese otro lado. Envidio todo menos su dolor, cosa que nadie dejar? de comprender, pero aun en su dolor tiene que haber atisbos de algo que me es negado. Envidio a Johnny y al mismo tiempo me da rabia que se est? destruyendo por el mal empleo de sus dones, por la est?pida acumulaci?n de insensatez que requiere su presi?n de vida. Pienso que si Johnny pudiera orientar esa vida, incluso sin sacrificarle nada, ni siquiera la droga, y si piloteara mejor ese avi?n que desde hace cinco a?os vuela a ciegas, quiz? acabar?a en lo peor, en la locura completa, en la muerte, pero no sin haber tocado a fondo lo que busca en sus tristes mon?logos a posteriori, en sus recuentos de experiencias fascinantes pero que se quedan a mitad de camino. Y todo eso lo sostengo desde mi cobard?a personal, y quiz? en el fondo quisiera que Johnny acabara de una vez, como una estrella que se rompe en mil pedazos y deja idiotas a los astr?nomos durante una semana, y despu?s uno se va a dormir y ma?ana es otro d?a.

Parecer?a que Johnny ha tenido como una sospecha de todo lo que he estado pensando, porque me ha hecho un alegre saludo al entrar y ha venido casi en seguida a sentarse a mi lado, despu?s de besar y hacer girar por el aire a la marquesa, y cambiar con ella y con Art un complicado ritual onomatop?yico que les ha producido una inmensa gracia a todos.

-Bruno -ha dicho Johnny, instal?ndose en el mejor sof?, el cacharro es una maravilla y que digan ?stos lo que le he sacado ayer del fondo. A Tica le ca?an unas l?grimas como bombillas el?ctricas, y no creo que fuera porque le debe plata a la modista, ?eh, Tica?

He querido saber algo m?s de la sesi?n, pero a Johnny le basta ese desborde de orgullo. Casi en seguida se ha puesto a hablar con Marcel del programa de esta noche y de lo bien que les caen a los dos los flamantes trajes grises con que van a presentarse en el teatro. Johnny est? realmente muy bien y se ve que lleva d?as sin fumar demasiado; debe de tener exactamente la dosis que le hace falta para tocar con gusto. Y justamente cuando lo estoy pensado, Johnny me planta la mano en el hombro y se inclina para decirme:

-D?d?? me ha contado que la otra tarde estuve muy mal contigo.

-Bah, ni te acuerdes.

-Pero si me acuerdo muy bien. Y si quieres mi opini?n, en realidad estuve formidable. Deber?as sentirte contento de que me haya portado as? contigo; no lo hago con nadie, cr?eme. Es una muestra de c?mo te aprecio. Tenemos que ir juntos a alg?n sitio para hablar de un mont?n de cosas. Aqu?... -Saca el labio inferior, desde?oso, y se r?e, se encoge de hombros, parece estar bailando en el sof?-. Viejo Bruno. Dice D?d?e que me port? muy mal, de veras.

-Ten?as gripe. ?Est?s mejor?

-No era gripe. Vino el m?dico, y en seguida empez? a decirme que el jazz le gusta enormemente, y que una noche tengo que ir a su casa para escuchar discos. D?d?e me cont? que le hab?as dado dinero.

-Para que salieran del paso hasta que cobres. ?Qu? tal lo de esta noche?

-Bueno, tengo ganas de tocar y tocar?a ahora mismo si tuviera el saxo, pero D?d?e se emperr? en llevarlo ella misma al teatro. Es un saxo formidable, ayer me parec?a que estaba haciendo el amor cuando lo tocaba. Vieras la cara de Tica cuando acab?. ?Estaba celosa, Tica?

Y se han vuelto a re?r a gritos, y Johnny ha considerado conveniente correr por el estudio dando grandes saltos de contento, y entre ?l y Art han bailado sin m?sica, levantando y bajando las cejas para marcar el comp?s, Es imposible impacientarse con Johnny o con Art; ser?a como enojarse con el viento porque nos despeina. En voz baja, Tica, Marcel y yo hemos cambiado impresiones sobre la presentaci?n de la noche. Marcel est? seguro de que Johnny va a repetir su formidable ?xito de 1951, cuando vino por primera vez a Par?s. Despu?s de lo de ayer est? seguro de que todo va a salir bien. Quisiera sentirme tan tranquilo como ?l, pero de todas maneras no podr? hacer m?s que sentarme en las primeras filas y escuchar el concierto. Por lo menos tengo la tranquilidad de que Johnny no est? drogado como la noche de Baltimore. Cuando le he dicho esto a Tica, me ha apretado la mano como si se estuviera por caer al agua. Art y Jobnny se han ido hasta el piano, y Art le est? mostrando un nuevo tema a Johnny que mueve la cabeza y canturrea. Los dos est?n elegant?simos con sus trajes grises, aunque a Johnny lo perjudica la grasa que ha juntado en estos tiempos.

Con Tica hemos hablado de la noche de Baltimore, cuando Johnny tuvo la primera gran crisis violenta. Mientras habl?bamos he mirado a Tica en los ojos, porque quer?a estar seguro de que me comprende, y que no ceder? esta vez. Si Johnny llega a beber demasiado co?ac o a fumar una nada de droga, el concierto va a ser un fracaso y todo se vendr? al suelo. Par?s no es un casino de provincia y todo el mundo tiene puestos los ojos en Johnny. Y mientras lo pienso no puedo impedirme un mal gusto en la boca, una c?lera que no va contra Johnny ni contra las cosas que le ocurren; m?s bien contra m? y la gente que lo rodea, la marquesa y Marcel, por ejemplo. En el fondo somos una banda de ego?stas, so pretexto de cuidar a Johnny lo que hacemos es salvar nuestra idea de ?l, prepararnos a los nuevos placeres que va a darnos Johnny, sacarle brillo a la estatua que hemos erigido entre todos y defenderla cueste lo que cueste. El fracaso de Johnny ser?a malo para mi libro (de un momento a otro saldr? la traducci?n al ingl?s y al italiano), y probablemente de cosas as? est? hecha una parte de mi cuidado por Johnny. Art y Marcel lo necesitan para ganarse el pan, y la marquesa, vaya a saber qu? ve la marquesa en Johnny aparte de su talento. Todo esto no tiene nada que hacer con el otro Johnny, y de repente me he dado cuenta de que quiz? Johnny quer?a decirme eso cuando se arranc? la frazada y se mostr? desnudo como un gusano, Johnny sin saxo, Johnny sin dinero y sin ropa, Johnny obsesionado por algo que su pobre inteligencia no alcanza a entender pero que flota lentamente en su m?sica, acaricia su piel, lo prepara quiz? para un salto imprevisible que nosotros no comprenderemos nunca.

Y cuando se piensan cosas as? acaba uno por sentir de veras mal gusto en la boca, y toda la sinceridad del mundo no paga el moment?neo descubrimiento de que uno es una pobre porquer?a al lado de un tipo como Johnny Carter, que ahora ha venido a beberse su co?ac al sof? y me mira con aire divertido. Ya es hora de que nos vayamos todos a la sala Pleyel. Que la m?sica salve por lo menos el resto de la noche, y cumpla a fondo una de sus peores misiones, la de ponernos un buen biombo delante del espejo, borrarnos del mapa durante un par de horas.


Como es natural ma?ana escribir? para Jazz Hot una cr?nica del concierto de esta noche. Pero aqu?, con esta taquigraf?a garabateada sobre una rodilla en los intervalos, no siento el menor deseo de hablar como cr?tico, es decir de sancionar comparativamente. S? muy bien que para m? Johnny ha dejado de ser un jazzman y que su genio musical es como una fachada, algo que todo el mundo puede llegar a comprender y admirar pero que encubre otra cosa, y esa otra cosa es lo ?nico que deber?a importarme, quiz? porque es lo ?nico que verdaderamente le importa a Johnny.

Es f?cil decirlo, mientras soy todav?a la m?sica de Johnny. Cuando se enfr?a... ?Por qu? no podr? hacer como ?l, por qu? no podr? tirarme de cabeza contra pared? Antepongo minuciosamente las palabras a la realidad que pretenden describirme, me escudo en consideraciones y sospechas que no son m?s que una est?pida dial?ctica. Me parece comprender por qu? la plegaria reclama instintivamente el caer de rodillas. El cambio de posici?n es el s?mbolo de un cambio en la voz, en lo que la voz va a articular, en lo articulado mismo. Cuando llego al punto de atisbar ese cambio, las cosas que hasta un segundo antes me hab?an parecido arbitrarias se llenan de sentido profundo, se simplifican extraordinariamente y al mismo tiempo se ahondan. Ni Marcel ni Art se han dado cuenta ayer de que Johnny no estaba loco cuando se sac? los zapatos en la sala de grabaci?n. Johnny necesitaba en ese instante tocar el suelo con su piel, atarse a la tierra de la que su m?sica era una confirmaci?n y no una fuga. Porque tambi?n siento esto en Johnny, y es que no huye de nada, no se droga para huir como la mayor?a de los viciosos, no toca el saxo para agazaparse detr?s de un foso de m?sica, no se pasa semanas encerrado en las cl?nicas psiqui?tricas para sentirse al abrigo de las presiones que es incapaz de soportar. Hasta su estilo, lo m?s aut?ntico en ?l, ese estilo que merece nombres absurdos sin necesitar de ninguno, prueba que el arte de Johnny no es una sustituci?n ni una completaci?n. Johnny ha abandonado el lenguaje hot m?s o menos corriente hasta hace diez a?os, porque ese lenguaje violentamente er?tico era demasiado pasivo para ?l. En su caso el deseo se antepone al placer y lo frustra, porque el deseo le exige avanzar, buscar, negando por adelantado los encuentros f?ciles del jazz tradicional. Por eso, creo, a Johnny no le gustan gran cosa los blues, donde el masoquismo y las nostalgias... Pero de todo esto ya he hablado en mi libro, mostrando c?mo la renuncia a la satisfacci?n inmediata indujo a Johnny a elaborar un lenguaje que ?l y otros m?sicos est?n llevando hoy a sus ?ltimas posibilidades. Este jazz desecha todo erotismo f?cil, todo wagnerianismo por decirlo as?, para situarse en un plano aparentemente desasido donde la m?sica queda en absoluta libertad, as? como la pintura sustra?da a lo representativo queda en libertad para no ser m?s que pintura. Pero entonces, due?o de una m?sica que no facilita los orgasmos ni las nostalgias, de una m?sica que me gustar?a poder llamar metaf?sica, Johnny parece contar con ella para explorarse, para morder en la realidad que se le escapa todos los d?as. Veo ah? la alta paradoja de su estilo, su agresiva eficacia. Incapaz de satisfacerse, vale como un acicate continuo, una construcci?n infinita cuyo placer no est? en el remate sino en la reiteraci?n exploradora, en el ejemplo de facultades que dejan atr?s lo prontamente humano sin perder humanidad. Y cuando Johnny se pierde como esta noche en la creaci?n continua de su m?sica, s? muy bien que no est? escapando de nada. lr a un encuentro no puede ser nunca escapar, aunque releguemos cada vez el lugar de la cita; y en cuanto a lo que pueda quedarse atr?s, Johnny lo ignora o lo desprecia soberanamente. La marquesa, por ejemplo, cree que Johnny teme la miseria, sin darse cuenta de que lo ?nico que Johnny puede temer es no encontrarse una chuleta al alcance del cuchillo cuando se le da la gana de comerla, o una cama cuando tiene sue?o, o cien d?lares en la cartera cuando le parece normal ser due?o de cien d?lares. Johnny n? se mueve en un mundo de abstracciones como nosotros; por eso su m?sica, esa admirable m?sica que he escuchado esta noche, no tiene nada de abstracta. Pero s?lo ?l puede hacer el recuento de lo que ha cosechado mientras tocaba, y probablemente ya estar? en otra cosa, perdi?ndose en una nueva conjetura o en una nueva sospecha. Sus conquistas son como un sue?o, las olvida al despertar cuando los aplausos lo traen de vuelta, a ?l que anda tan lejos viviendo su cuarto de hora de minuto y medio.


Ser?a como vivir sujeto a un pararrayos en plena tormenta y creer que no va a pasar nada. A los cuatro a cinco d?as me he encontrado con Art Boucaya en el Dupont del barrio latino, y le ha faltado tiempo para poner los ojos en blanco y anunciarme las malas noticias. En el primer momento he sentido una especie de satisfacci?n que no me queda m?s remedio que calificar de maligna, porque bien sab?a yo que la calma no pod?a durar mucho; pero despu?s he pensado en las consecuencias y mi cari?o por Johnny se ha puesto a retorcerme el est?mago; entonces me he bebido dos co?acs mientras Art me describ?a lo ocurrido. En resumen parece ser que esa tarde Delaunay hab?a preparado una sesi?n de grabaci?n para presentar un nuevo quinteto con Johnny a la cabeza, Art, Marcel Gavoty y dos chicos muy buenos de Par?s en el piano y la bater?a. La cosa tenia que empezar a las tres de la tarde y contaban con todo el d?a y parte de la noche para entrar en calor y grabar unas cuantas cosas. Y qu? pasa. Pasa que Johnny empieza por llegar a las cinco, cuando Delaunay estaba que herv?a de impaciencia, y despu?s de tirarse en una silla dice que no se siente bien y que ha venido solamente para no estropearles el d?a a los muchachos, pero que no tiene ninguna gana de tocar.

-Entre Marcel y yo tratamos de convencerlo de que descansara un rato, pero no hac?a m?s que hablar de no s? qu? campos con urnas que hab?a encontrado, y dale con las urnas durante media hora. Al final empez? a sacar montones de hojas que hab?a juntado en alg?n parque y guardado en los bolsillos. Resultado, que el piso del estudio parec?a el jard?n bot?nico, los empleados andaban de un lado a otro con cara de perros, y a todo esto sin grabar nada; f?jate que el ingeniero llevaba tres horas fumando en su cabina, y eso en Paris ya es mucho para un ingeniero.

"Al final Marcel convenci? a Johnny de que lo mejor era probar, se pusieron a tocar los dos y nosotros los segu?amos de a poco, m?s bien para sacarnos el cansancio de no hacer nada. Hac?a rato que me daba cuenta de que Johnny ten?a una especie de contracci?n en el brazo derecho, y cuando empez? a tocar te aseguro que era terrible de ver. La cara gris, sabes, y de cuando en cuando como un escalofr?o; yo no ve?a el momento de que se fuera al suelo. Y en una de esas pega un grito, nos mira a todos uno a uno, muy despacio, y nos pregunta qu? estamos esperando para empezar con Amorous. Ya sabes, ese tema de Alamo. Bueno, Delaunay le hace una se?a al t?cnico, salimos todos lo mejor posible, y Johnny abre las piernas, se planta como en un bote que cabecea, y se larga a tocar de una manera que te juro no hab?a o?do jam?s. Esto durante tres minutos, hasta que de golpe suelta un soplido capaz de arruinar la misma armon?a celestial, y se va a un rinc?n dej?ndonos a todos en plena marcha, que acab?ramos lo mejor que nos fuera posible.

"Pero ahora viene lo peor, y es que cuando acabamos, lo primero que dijo Johnny fue que todo hab?a salido como el diablo, y que esa grabaci?n no contaba para nada. Naturalmente, ni Delaunay ni nosotros le hicimos caso, porque a pesar de los defectos el solo de Johnny val?a por mil de los que oyes todos los d?as. Una cosa distinta, que no te puedo explicar... Ya lo escuchar?s, te imaginas que ni Delaunay ni los t?cnicos piensan destruir la grabaci?n. Pero Johnny insist?a como un loco, amenazando romper los vidrios de la cabina si no le probaban que el disco hab?a sido anulado. Por fin el ingeniero le mostr? cualquier cosa y lo convenci?, y entonces Johnny propuso que grab?ramos Streptomicyne, que sali? mucho mejor y a la vez mucho peor, quiero decirte que es un disco impecable y redondo, pero ya no tiene esa cosa incre?ble que Johnny hab?a soplado en Amorous."

Suspirando, Art ha terminado de beber su cerveza y me ha mirado l?gubremente. Le he preguntado qu? ha hecho Johnny despu?s de eso, y me ha dicho que despu?s de hartarlos a todos con sus historias sobre las hojas y los campos llenos de urnas, se ha negado a seguir tocando y ha salido a tropezones del estudio. Marcel le ha quitado el saxo para evitar que vuelva a perderlo o pisotearlo, y entre ?l y uno de los chicos franceses lo han llevado al hotel.

?Qu? otra cosa puedo hacer sino ir en seguida a verlo? Pero de todos modos lo he dejado para ma?ana. Y a la ma?ana siguiente me he encontrado a Johnny en las noticias de polic?a del Figaro, porque durante la noche parece que Johnny ha incendiado la pieza del hotel y ha salido corriendo desnudo por los pasillos. Tanto ?l como D?d?e han resultado ilesos, pero Johnny est? en el hospital bajo vigilancia. Le he mostrado la noticia a mi mujer para alentarla en su convalecencia, y he ido en seguida al hospital donde mis credenciales de periodista no me han servido de nada. Lo m?s que he alcanzado a saber es que Johnny est? deliranndo y que tiene adentro bastante marihuana como para enloquecer a diez personas. La pobre D?d?e no ha sido capaz de resistir, de convencerlo de que siguiera sin fumar; todas las mujeres de Johnny acaban siendo sus c?mplices, y estoy archiseguro de que la droga se la ha facilitado la marquesa.

En fin, la cuesti?n es que he ido inmediatamente a casa de Delaunay para pedirle que me haga escuchar Amorous lo antes posible. Vaya a saber si Amorous no resulta el testamento del pobre Johnny; y en ese caso, mi deber profesional...


Pero no, todav?a no. A los cinco d?as me ha telefoneado D?d?e dici?ndome que Johnny est? mucho mejor y que quiere verme. He preferido no hacerle reproches, primero porque supongo que voy a perder el tiempo, y segundo porque la voz de la pobre D?d?e parece salir de una tetera rajada. He prometido ir en seguida, y le he dicho que tal vez cuando Johnny est? mejor se pueda organizar una gira por las ciudades del interior. He colgado el tubo cuando D?d?e empezaba a llorar.

Johnny est? sentado en la cama, en una sala donde hay otros dos enfermos que por suerte duermen. Antes de que pueda decirle nada me ha atrapado la cabeza con sus dos manazas, y me ha besado muchas veces en la frente y las mejillas. Est? terriblemente demacrado, aunque me ha dicho que le dan mucho de comer y que tiene apetito. Por el momento lo que m?s le preocupa es saber si los muchachos hablan mal de ?l, si su crisis ha da?ado a alguien, y cosas as?. Es casi in?til que le responda, pues sabe muy bien que los conciertos han sido anulados y que eso perjudica a Art, a Marcel y al resto; pero me lo pregunta como si creyera que entre tanto ha ocurrido algo que bueno, algo que componga las cosas. Y a1 mismo tiempo no me enga?a, porque en el fondo de todo eso est? su soberana indiferencia; a Johnny se le importa un bledo que todo se haya ido al diablo, y lo conozco demasiado como para no darme cuenta.

-Qu? quieres que te diga, Johnny. Las cosas podr?an haber salido mejor, pero t? tienes el talento de echarlo todo a perder.

-S?, no lo puedo negar -ha dicho cansadamente Johnny-. Y todo por culpa de las urnas.

Me he acordado de las palabras de Art, me he quedado mir?ndolo.

-Campos llenos de urnas, Bruno. Montones de urnas invisibles, enterradas en un campo inmenso. Yo andaba por ah? y de cuando en cuando tropezaba con algo. T? dir?s que lo he so?ado, eh. Era as?, f?jate: de cuando en cuando tropezaba con una urna, hasta darme cuenta de que todo el campo estaba lleno de urnas, que hab?a miles y miles, y que dentro de cada urna estaban las cenizas de un muerto. Entonces me acuerdo que me agach? y me puse a cavar con las u?as hasta que una de las urnas qued? a la vista. S?, me acuerdo. Me acuerdo que pens?: "Esta va a estar vac?a porque es la que me toca a m?." Pero no, estaba llena de un polvo gris como s? muy bien que estaban las otras aunque no las hab?a visto. Entonces... entonces fue cuando empezamos a grabar Amorous, me parece.

Discretamente he echado una ojeada al cuadro de temperatura. Bastante normal, qui?n lo dir?a. Un m?dico joven se ha asomado a la puerta, salud?ndome con una inclinaci?n de cabeza, y ha hecho un gesto de aliento a Johnny, un gesto casi deportivo, muy de buen muchacho. Pero Johnny no le ha contestado, y cuando el m?dico se ha ido sin pasar de la puerta, he visto que Johnny tenia los pu?os cerrados.

-Eso es lo que no entender?n nunca -me ha dicho-. Son como un mono con un plumero, como las chicas del conservatorio de Kansas City que cre?an tocar Chopin, nada menos. Bruno, en Camarillo me hab?an puesto en una pieza con otros tres, y por la ma?ana entraba un interno lavadito y rosadito que daba gusto. Parec?a hijo del Kleenex y del Tampax, cr?eme. Una especie de inmenso idiota que se me sentaba al lado y me daba ?nimos, a m? que quer?a morirme, que ya no pensaba en Lan ni en nadie. Y lo peor era que el tipo se ofend?a porque no le prestaba atenci?n. Parec?a esperar que me sentara en la cama, maravillado de su cara blanca y su pelo bien peinado y sus u?as cuidadas, y que me mejorara como esos que llegan a Lourdes y tiran la muleta y salen a los saltos

-Bruno, ese tipo y todos los otros tipos de Camarillo estaban convencidos. ?De qu?, quieres saber? No s?, te juro, pero estaban convencidos. De lo que eran, supongo, de lo que val?an, de su diploma. No, no es eso. Algunos eran modestos y no se cre?an infalibles. Pero hasta el m?s modesto se sent?a seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qu?, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con m?s pestes que el demonio debajo de la piel, ten?a bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no hab?a m?s que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador col?ndose a s? mismo... Pero ellos eran la ciencia americana, ?comprendes, Bruno? El guardapolvo los proteg?a de los agujeros; no ve?an nada, aceptaban lo ya visto por otros, se imaginaban que estaban viendo. Y naturalmente no pod?an ver los agujeros, y estaban muy seguros de s? mismos, convencid?simos de sus recetas, sus jeringas, su maldito psicoan?lisis, sus no fume y sus no beba... Ah, el d?a en que pude mandarme mudar, subirme al tren, mirar por la ventanilla c?mo todo se iba para atr?s, se hac?a pedazos, no s? si has visto c?mo el paisaje se va rompiendo cuando lo miras alejarse...

Fumamos Gauloises. A Johnny le han dado permiso para beber un poco de co?ac y fumar ocho o diez cigarrillos. Pero se ve que es su cuerpo el que fuma, que ?l est? en otra cosa casi como si se negara a salir del pozo. Me pregunto qu? ha visto, qu? ha sentido estos ?ltimos d?as. No quiero excitarlo, pero si se pusiera a hablar por su cuenta... Fumamos, callados, y a veces Johnny estira e1 brazo y me pasa los dedos por la cara, como para identificarme. Despu?s juega con su reloj pulsera, lo mira con cari?o.

-Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un mont?n de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy dif?ciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dicultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a m?. Yo no s? qu? se imaginan, que uno se est? haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapesista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente dif?ciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades. Anoche se me ocurri? mirarme en este espejito, y te aseguro que era tan terriblemente dif?cil que casi me tiro de la cama. Imag?nate que te est?s viendo a ti mismo; eso tan s?lo basta para quedarse fr?o durante media hora. Realmente ese tipo no soy yo, en el primer momento he sentido claramente que no era yo. Lo agarr? de sorpresa, de refil?n, y supe que no era yo. Eso lo sent?a, y cuando algo se siente... Pero es como en Palm Beach, sobre una ola te cae la segunda, y despu?s otra... Apenas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras... No, no son las palabras, son lo que est? en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. Y la baba viene y te tapa, y te convence de que el del espejo eres t?. Claro, pero c?mo no darse cuenta. Pero si soy yo, con mi pelo, esta cicatriz. Y la gente no se da cuenta de que lo ?nico que aceptan es la baba, y por eso les parece tan f?cil mirarse al espejo. O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ?T? has cortado un pedazo de pan con un cuchillo?

-Me suele ocurrir -he dicho, divertido.

-Y te has quedado tan tranquilo. Yo no puedo, Bruno. Una noche tir? todo tan lejos que el cuchillo casi le saca un ojo al japon?s de la mesa de al lado. Era en Los ?ngeles, se arm? un l?o tan descomunal... Cuando les expliqu?, me llevaron preso. Y eso que me parec?a tan sencillo explicarles todo. Esa vez conoc? al doctor Christie. Un tipo estupendo, y eso que yo a los m?dicos...



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Tags: Julio Cortazar, El perseguidor

Publicado por carmenlobo @ 10:55  | Cortazar, Julio
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