Mi?rcoles, 10 de noviembre de 2010

Continuidad de los parques

Final del juego, 1956

Hab?a empezado a leer la novela unos d?as antes. La abandon? por negocios urgentes, volvi? a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, despu?s de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuesti?n de aparcer?as volvi? al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sill?n favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dej? que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los ?ltimos cap?tulos. Su memoria reten?a sin esfuerzo los nombres y las im?genes de los protagonistas; la ilusi?n novelesca lo gan? casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando l?nea a l?nea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba c?modamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos segu?an al alcance de la mano, que m?s all? de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la s?rdida disyuntiva de los h?roes, dej?ndose ir hacia las im?genes que se concertaban y adquir?an color y movimiento, fue testigo del ?ltimo encuentro en la caba?a del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero ?l rechazaba las caricias, no hab?a venido para repetir las ceremonias de una pasi?n secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El pu?al se entibiaba contra su pecho, y debajo lat?a la libertad agazapada. Un di?logo anhelante corr?a por las p?ginas como un arroyo de serpientes, y se sent?a que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada hab?a sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante ten?a su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrump?a apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.


????Sin mirarse ya, atados r?gidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la caba?a. Ella deb?a seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta ?l se volvi? un instante para verla correr con el pelo suelto. Corri? a su vez, parapet?ndose en los ?rboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crep?sculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no deb?an ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estar?a a esa hora, y no estaba. Subi? los tres pelda?os del porche y entr?. Desde la sangre galopando en sus o?dos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, despu?s una galer?a, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitaci?n, nadie en la segunda. La puerta del sal?n, y entonces el pu?al en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sill?n de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sill?n leyendo una novela.

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Tags: Continuidad de los parque, Final del juego, 1956, Realismo mágico

Publicado por carmenlobo @ 9:35  | Cortazar, Julio
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