viernes, 29 de octubre de 2010

 CON PERMISO, VIÁ DENTRAR...
por Atahualpa Yupanqui

 

Mi padre era gaucho, mi tìos lo eran, mis primos también. Asì que para conocer gauchos no necesité salir de mi casa. En el patio de mi casa se sintiò la escuela desde que yo nacì. No tenìa que andar comprando la entrada para verlo a El Chùcaro. Desde muy niño por juguetes lo que tenìa eran estribos, espuelas, alguna lanza, un par de puñales. Me ponìa los estribos y me imaginaba en un caballo; asì andaba de un lado a otro, caminando. Eran unos estribos pequeños porque en aquel tiempo el hombre pobre se mandaba a hacer las botas; eran pocos los que usaban « botas de lechero », como le llamàbamos. Se mandaba a hacer botas de cabritilla que, por finas que fueran, no valìan màs de seis pesos. Y sus espuelas; espuelas de plata tambièn tenìa por entonces cualquier pobre.
Asì como ese viejito francés que usted ve ir al mercado y compra dos tomates, tres zanahorias, midiendo sus centavitos porque gente que pasò la guerra sabe lo que es economìa, pero que guarda unas monedas para llevarse un bouquet de violetas; un viejito francés que no quiere comer sin flores. A eso yo le llamo civilizaciòn y a esos sedimentos civilizadores, los admiro y los respeto. Por entonces, en mi casa y en mi paìs, cualquier pobre guardaba algo de su sueldito por si se podìa agenciar de un par de espuelas; que no iba a comprar al « Trust Joyero Relojero », que se las compraba a Juan Garay o a Pedro Galvàn, otro paysano que ya no las usaba.
Y en mi infancia sonaron aquellas espuelas que aùn hoy conservo conmigo.

Mi horizonte no era muy grande y acaso por eso me debo haber ido metiendo en el mundo de la guitarra. Ya de chico estaba lleno de sueños y cuando joven era muy lector hasta de lecturas que me hacìan daño, tendrìa trece, catorce años cuando leìa a Nietsche; después a Schopenhauer, Esponceda, los sonetistas del Siglo de Oro (Quevedo, Gòngora, Lope de Vega, los Argensola), lo leì a Villaespesa, a Cervantes; me hice bastante cervantino y me desvelaba con los libros de caballerìa. Todo lo iba tomando de un puñado de libros que tenìa mi padre que no se podìa decir que llegaran a ser una biblioteca; leìa sin sistema ni mucho orden, lo que el mundo iba escribiendo.
Pero se terminaba todo cuando oìa una guitarra, tocada por un paisano o por alguien que pasaba por el pueblo ganàndose la vida. Aquellas aldeas con una estaciòn de ferrocarril y ocho casas y diez ranchos, como Augustìn Roca donde mi padre era empleado de ferrocarril, no tenìa casa de cultura, ni teatros, ni cine, lo que habìa era cancha de pelota y allì cantaban aquellos señores, en el frontòn.
Pero cantaban de noche y sòlo algunas veces me llevaba mi padre, a las nueve, y a las diez, cuando se estaba poniendo linda la reuniòn – yo tendrìa siete, ocho años – a volar para casa. Y en mi casa yo tocaba la guitarra con dos cuerditas y me daba los conciertos para mì solo.

La guitarra es para mì un poco el templo donde yo entro a rezar. Cuando yo necesito musitar mi salmo profundo, voy a la guitarra. Por supuesto, no voy a tocar chacareras, que me encantan, ni gatos. La chacarera en Santiago del Estero, la zamba en Tucumàn y el estilo en la provincia de Buenos Aires, para mì eso configura toda una atmòsfera tradicional y hermosa. Pero para rezar, la vidala. Y la hora no importa, las nueves o las tres de la mañana y no necesito el estìmulo del vino, ni de amigos. Respondo al reclamo interior, al “cascabel”, como lo llamaba Ortega y Gasset: cuando se agita dentro de uno el cascabel, es cuando se necesita andar ese camino para ver qué rebaño lo anda buscando.
Por ahì ando yo, por esa senda y hace años y no por excepciòn, ni por ningùn privilegio; es mi manera de ser. Hablando de su dogma, respetabilìsimo por cierto, el profeta Isaìas decìa cosas muy importantes, de vez en cuando: “Dios – decìa – es aquel a quien sòlo el silencio nombra; nombrar demasiadas veces a Dios es una forma de venderlo”. Es el almacenero que siempre le anda recomendando alguna marca de yerba; la verdadera yerba, la buena, no se nombra mucho; se dice: “quiere yerbear?”; ahì està el asunto.
En guitarra ocurre lo mismo: la vidala que màs ama uno es la que no llega al disco, la que no se toca en los escenarios con mucho anuncio como preparando el clima; ésa no va; ésa es mìa; ésa es para rezar yo solo.
Tengo muchas de ésas, sì; “Paso de los Andes”; una zamba en homenaje a San Martìn, es una de las escondìdas; « Mangrullando », sabe lo que es un mangrullo?: cuatro cañas en el desierto y un cuero de vaca donde la centinela miraba se venìan los indios; tiene cincuenta años guardada: quedò para el salmo.
Y después algunos se enteran, los que estàn màs cerca mìo, mi familia, y si no, no se entera nadie, con que me entere yo ya està ganado el asunto.

Yo aspiro a ser un tradicionalista. Pienso que de acuerdo al ritmo que llevan estos tiempos, a la marcha de los relojes de esta época, de acuerdo a como se compone lo que se llama el “nuevo folklore”, la “nueva canciòn argentina”, el “nuevo texto”, las “canciones del mañana”, eso que uno ve con gran profusiòn y difusiòn, dentro de cincuenta años ningùn niño argentino va a saber còmo era la Zamba de Vargas.
Va a haber una confusiòn tan grande de ritmo, de manera de decir, de acentuar, de afirmar el acento rìtmico, el juego musical, guitarristico o pianìstico, ese bote va a navegar de tal manera para cruzar ràpido el rìo, como ya nadie se va a acordar còmo era hacerlo dulcemente sobre la antigua corriente: el rìo que pasa.
Entonces es cuando y màs quiero hacer la zamba antigua, la chacarera, la vidala vieja; no feas ni retrògadas por viejas, sino llenas de belleza y de ejemplo, llenas de modelo. Y no porque las toque yo, sino porque antes que yo la tocara ya eran asì; yo lo que hago es honrarme con tocarlas.

Baguala, vidala, estilo, milonga: esos son los hechos fundamentales, sin eso no existirìa el folklore. Con la baguala no se precisa ni el grito, ni la guitarra, ni el poeta; la baguala no necesita de la ciudad, ella en sì misma es toda una entitad.
La milonga es una forma de meditar. Hay dos formas de milonga: la milonga corralera, porque “corral” es donde hay reuniòn de gente, en tono mayor, que es descriptiva, donde el hombre cuenta una carrera: « le corro con mi manchao al colorao de Cirilo »… « El desafìo », o habla de unos amores, una jugada de taba, un duelo criollo y està la milonga decidora, donde el hombre busca su necesaria soledad para decir sus cosas.
La milonga es de la pampa y el hombre de la pampa usa rollo largo para enlazar porque no tiene obstàculos; el norteño tiene piedras y por eso usa el rollo corto. Mucho lazo, galope abierto, un señor de a caballo en la pampa es un dominador del espacio, entonces cuando toma la guitarra no canta dos minutos porque tiene llanura y tiempo.
Ademàs no tiene supersticiones, no tiene misterios: como la pampa no tiene eco, no le devuelve la voz, se la traga. La montaña sì le devuelve la voz al indio y el indio se llena de miedo, vive con los fantasmas; nunca viò salir ni ponerse el sol, lo vio a las diez de la mañana cuando pasò la montaña y a las tres de la tarde cuando se fue; la luna, igual: “donde se irà, pue’ señor?”. Todas esas cosas van entrando en las oscuridades de su mundo y se traducen en su canto; por eso el montañés usa la copla de cuatro versos porque « màs, pa’ qué ? », constriñe, tiene una facultad de sìntesis extraordinaria:

Tengo prisa y no me apuro
parece que no la tengo
apurao que va despacio
le camina el pensamiento.

Que tal?, la firmarìa Unamuno, o no? Si ya no la firmò algùn otro.
Y la zamba y la chacarera son formas amables. La zamba es de reuniòn social, es danza para el amor, como el vals en la ciudad, como la contradanza de los ingleses. No conviene ponerse a decir muchas cosas con la zamba porque se traicionarìa el espìritu del tres por cuatro, del juego del pañuelo; se pueden insinuar, nomàs.
Como el ùnico lenguaje que tiene la zamba es el pañuelo uno le puede adjudicar a la mirada, al gesto, o al silencio del hombre cosas que el pañuelo no puede decir. Pero no le adjudique demasiado porque entonces cae en la filosofìa y eso guàrdelo para otro asunto: para la baguala, para la vidala, para la milonga, donde el hombre, como se dice en el campo, es un “solo con soledad”. Porque hay solos sin soledad que usted ve parados en las esquinas; solos sin ellos.
No sé, asì pensando de golpe, como nace una canciòn. Generalmente hago los versos primero y después le pongo mùsica o no le pongo mùsica nunca, lo dejo como versito. Varìa mucho: a veces hago una copla y a los dos meses està formada como “El alazàn”, por ejemplo, en un par de meses estaba hecha la letra y la mùsica y el espìritu de la interpretaciòn, la velocidad, el tiempo (que no es el musical, es el otro); el saber esperar: hacer la introduciòn larga, sufrir un poco – masoquista, si quiere – antes de empezar a decir algo.
Otras veces hago primero la mùsica y después me sale al tiempo la copla o no me sale, queda en mùsica nomàs; debo tener setenta, ochenta zambas que no tienen palabras; solos de guitarra o porque encuentro que està bien asì o porque no lo he podido expresar; yo tengo muchas limitaciones, no se vaya a creer.
Todo lo que compongo en guitarra antes lo caminé sin tener la idea de hacer una canciòn. Habìa un inspector de algodones en Suncho Corral, en el Sur de Santiago del Estero, departamento de Figueroa, que era amigo mìo y por años me estuvo diciendo: « cuando vayas a Suncho Corral te vienes a casa, Atahualpa », años invitàndome. Le estoy hablando de cuando yo tendrìa veinticuatro, veinticinco. Fui a Suncho Corral y digo “voy a visitar al amigo” y resulta que el hombre se habìa muerto ese dìa. Le dije a unos amigos: “guàrdenme la guitarra” y me fui al velorio. Total que me quedé como un mes; recorrì los algodonales, escuché vidalas, chacareras, remedios, vì a un hombre que le decìan el « Tero » zapatear con un solo pie, tomàndose el otro con la mano, a una velocidad tremenda. Todo eso pasò hace dos años, hice la vidala de Suncho Corral, que acabo de grabar en México. Mire si es misterioso el camino que le da por andar a una canciòn.

Dicen que lo que yo hago es poesìa; vaya a saber: lo que procuro es incorporar mi voz a las viejas voces populares, en lo posible, imitandolas porque me encanta esa forma de decir del argentino que fue mi abuelo y el abuelo de mucha gente; esa levadura de pueblo de poquito antes de aparecer el siglo; eso procuro de decirlo a mi manera.
Y no para escribir cosas tìpicas, no para sacar patente de sabedor de minucias folklòricas o criollistas: hablar de còmo se hace un lazo, còmo se enrolla, còmo se lanza lo que me importa es el lazo cuyo final, cuya argolla està en el profundo del corazòn del hombre. Cuando al hombre no le alcanza el brazo inventa el lazo; el lazo como prolongaciòn del anhelo del hombre: por ese lado me gusta galopar!
A lo mejor la poesìa es simplemente bùsqueda, que sé yo. La poesìa es misiòn, la biblia que todo el mundo siente todos los dìas y que unos escriben y otros no. Y si el mundo se salva, creo yo, es por ahì; por la poesìa y la belleza y la buena mùsica.
Cuando sale poesìa, eso no lo puede saber uno. Intento buscarla en los temas màs sencillos, ya sean de adentro o de afuera, estado de ànimo o actitudes del campo. No soy ningùn desesperado buscador de metàforas porque lo que importa no es que la gente diga: “mirà lo que dijo y còmo lo digo”, para mi eso casi es verguenza, lo que cuenta es fijar un acontecimiento del alma o de la terra y, si es posible, con belleza. Si eso es poesìa, muchas gracias, es poesìa.

Para tratar los asuntos de amor el paisano tiene un pudor infinito; generalmente no los trata porque esas son cosas que no le importan a nadie; es fortuna o infortunio muy privado y particular, frente al cual nadie osaba meterse porque era comprometer el respetado universo del hombre. Se hablaba de cualquier cosa pero en materia de amor, a callarse la boca. Asì fuera una travesura, asì fuera que lo veìan dar la vuelta a caballo por el rancho de doña Fulana de Tal cuando venir por otro lado le quedaba màs cerca. Esas cosas iban de mirada entre los paisanos pero cuando llegaba el susodicho “buenas tardes”; “buenas tardes”. Ni una alusiòn, porque una alusiòn podìa significar en un rebencazo o un tajo, como diciendo: “qué se mete, qué le importa a usted”! Y era verdad; lo que importaba era lo trascendente.
Serà por eso, como usted dice, que yo trato con pudor la cuestiòn amorosa en mis canciones; o no la trato. “Recuerdos del Portezuelo”, esa novia de ojito; “Le tengo rabia al silencio” y se acabò; nada màs.
Era muy fàcil respetar; ahora – y le llaman “evoluciòn” – es difìcil encontrar respeto; respeto por la palabra o el silencio o el amor de un hombre.
La mùsica es una de las cosas que puede salvar al mundo, porque un hombre que busca y encuentra y se solaza horas y dìas y años y años luz, a través de generaciones, con la belleza, que otra cosa puede querer que un mundo mejor?
Y cuando hablamos de buena mùsica no hablemos solamente de la folklòrica, hablemos de Bach, de Haendel, o los romànticos, hablemos de Mozart; por ese lado andan las cosas.
Y también es importante el silencio. Como decìa un paisano: "cuando yo era muchacho y disculpe la memoria” casi me vuelvo loco tratando de hacer sonar el silencio en la guitarra. Cuatro años me pasé buscando un tono que tradujera el silencio, que cuando la gente lo oyera dijera: “ahì està el silencio!”.
Como hacerlo? Trabajé con las bordonas, con las cuerdas gruesas, pero, como?: en tono mayor, en tono menor, con dos cuerdas, con tres, con una, en acorde, en arpegio, una sola nota suelta, una nota larga, una redonda, imitando el violoncello, no imitando nada. Me llevaba mucho tiempo y tortura interior. Menos mal que frené porque si no estarìa en Vieytes. Tonteras que hace uno.
Con el asunto del precio de la madera y la deforestaciòn estamos haciendo un parque inglés de la Repùblica Argentina; ya no tenemos ni donde atar el caballo. Por ahì hay un tema que me preocupa y lo estoy escribiendo; un ensayito del que llevo cuatro, cinco pàginas que se ajustaràn a una y media o terminaré rompiéndolo o ampliàndolo, vaya a saber.
Pòngale al norte de Santiago del Estero donde todavìa queda algùn arbol. El hombre que se pone el hacha al hombro cuando todavìa està la estrella arriba, el lucerito, y va al monte y empieza a hachar, desde el primer golpe de hacha se ausenta el ave. Y esa ave no vuelve màs porque hacha todo el dìa y hacha mañana y hacha pasado y termina con este algarrobo, con este quebracho y sigue con el otro y en poco tiempo esa comarca, donde todavìa hay sesenta mil àrboles en muchas leguas, se vuelve una comarca sin àrboles y sin pàjaros.
Entonces, ahì està el asunto: còmo devolverle el canto a la selva? Còmo hacer para que vuelva el ay! de la paloma? el zorzal que huyò, el pechito colorado que no volverà nunca aterrorizado por el Tac! de cada hachazo.
Buena preocupaciòn para nuestros mùsicos que se dicen compositores y tocan lindo el piano, el violìn, el charango y la quena. No trabajando en la ciudad para llegar al disco; cantando al campesino, haciendo mùsica con sabor al lugar; quien sabe si esa no es una manera simbòlica de pedir perdòn a la selva y devolverle un pedazo de su canto.
Es mi gran preocupaciòn actual; tonta preocupaciòn si quiere, pero déjeme que asì sea. Claro que para eso uno solo no alcanza; tienen que ser muchos y muchos sin la idea del disco, del éxito, del premio de la Sociedad de Autores, porque entonces serìa deleznable asunto el nuestro, serìa inferiorizar un sueño, matarlo, y el que mata un sueño tiene dos mil años de càrcel, por lo menos; sin libertad condicional y sin abogado cerca.

Hay creadores y creadores; hay gente que hace una zamba, la inscribe y se aplaude un año entero. Después estàn los creadores de vulgaridades, se pone de moda la sangrìa y le hacen una canciòn a la sangrìa.
Mire lo que pasa con Corrientes. Corrientes es una provincia muy seria, rigurosa, dura para vivir y trabajar, llena de belleza, un nacedero de tradiciones libertarias que no termina nunca. Y nadie le canta a esa vertiente sino que va a lo divertido del gritito, o a la bombacha o al castellano mal hablado y asì obtienen esos éxitos de una baratura y una vulgaridad que Corrientes no merece. Pero qué puede contar un chamamé llenos de alaridos frente a lo que escribe, por ejemplo, un Porfirio Sapa donde el hombre correntino pecha el monte, el peligro, la vibora, la laguna infestada y vive ahì con su mujer, con sus hijos, con sus sueños y su guitarra?
Y, La Rioja? En La Rioja usted tiene que tener en cuenta los cuarenta y cinco grados de calor, la falta de vegetaciòn de frutos; sobran colores y falta dulzura del clima, la cosa tierna, la noche amable. Que hay que hacerla con alcohol o con tambores o con guitarras porque de por sì no es amable la noche; hay que embellecerla o envilecerla, segùn las entenderas de cada cual. Entonces salen esas vidalas chayeras, porque chaya es fiesta en quechua, vidalas farristas y tontas, con mucho éxito entre farristas y tontos pero que para la formaciòn de una cultura nacional no cuentan un comino.
A la provincia de Buenos Aires no la tocan, no se animan porque tiene mucha soledad en sus estilos. Y la soledad no es comercial. Menos mal: Buenos Aires se va salvando.

Después vienen los otros, los que dicen: « Tengo mi mensaje » y han escrito dos zambas, una chacarera y una canciòn de protesta y a eso le llaman « mensaje ». Eso es falso. Mensaje es una vida. Mensaje es Tagore, mensaje es Cristo, mensaje con setenta y cinco años de Chazarreta tocando danzas y nunca hablando de mensaje; pero lo dejò. Mensaje es Ricardo Rojas, es Martìnez Estrada; a eso llamo yo mensaje. Cuando se serena el agua y se anda por el agua, ahì empieza a asomar el mensaje; mientras tanto, calladito.
En esto del folklore hay mucha resaca, como dice un tal Luna que, dicho sea de paso, me dedica un libro sin que nadie se lo haya pedido, ni autorizado; un libro que no està escrito ni con mala intenciòn ni con buena intenciòn, con errores de fecha y acontecimientos; cosas que después de trabajar cincuenta años uno cree no merecer.
Pero en esto de que hay mucha resaca, usa la palabra exacta. Como también hay que decir que hay gente que ha hecho un esfuerzo sincero y honesto, quince, veinte nombres, para decir unas doscientas canciones que estàn escritas con belleza, con buena intenciòn, incluso en lo social, muy bien realizadas y que yo las respeto y las aplaudo.
Hay cosas que usted dice y dicen “Es un amargao”. Amargado de qué ? Si a mì hace cuarenta años que me va bien, desde el punto de vista personal; lo que me va mal es desde el punto de vista universal; me va triste. Hay dos tipos de historia la que escriben los historiadores segùn el escaño donde estàn sentados y la otra, la que no se escribe sino que se canta o se calla, que es la del pueblo. Hay una copla anònima que dice:

Asì se escribe la historia
de nuestra tierra, paisano
en los libros con borrones
y con cruces, en los llanos.

Y esta otra, tucumana antigua, que cantan allà los N.N. de la montaña:

Al que se muere, lo lloran
le rezan y que sé yo
y antes nadie se acordaba
las pobrezas que pasò.

A mì eso me duele desde hace cincuenta años hasta ese momento. Todo el mundo habla de las manos y de los pies de Cristo crucificado, pero del lanzazo al costado nadie habla. Y ése es el que me duele a mì.  

« El payador perseguido » no es Atahualpa Yupanqui solo, es mucho pueblo argentino, pòngale las etiquetas que quiera porque dentro de ellos hay una desazòn que no los deja dormir en paz y nuestro pueblo necesita trabajar y dormir en paz; a través del lento correr del tiempo, del arrugarse del àrbol. Y yo noto que no soy yo, hay muchìsimos, hay miles de « payadores perseguidos » en mi paìs que no importa que no sean payadores pero es penoso que sean perseguidos.

No miro mucho para atràs: he vivido cuarenta y cinco vidas en el tiempo de una sola, he pasado pobrezas, angustias, rebeliones, tristezas, humilliaciones, olvidos, ingratitudes; yo mismo he sido ingrato y olvidador. Prefiero mirar para adelante. Porque detràs de mi lo ùnico que he hecho es ir acumulando una serie de vivencias, de acontecimientos, de eso que la gente llama experiencia. Yo tenìa un amigo a quien recuerdo “muy siempre”, como decimos en el campo, un amigo que muriò hace treinta años o algo parecido, el autor de “Los ejes de mi carreta”, Don Romildo Risso. Don Romildo me decia: “hay dos clases de viejos – él era un hombre de canas y yo un mocoso de veinticinco años – “dos clases de viejos – me decìa Don Romildo Risso - : aquel que pasò la vida acumulando experiencia y aquel otro que se pasò la vida amontonando zonceras y se cree que es experiencia”.

Atahualpa Yupanqui
Recopilaciòn de Ernesto Gonzàlez Bermejo
© Revista Crisis, septiembre 1975

 

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Publicado por carmenlobo @ 17:15  | Literatura
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