Jueves, 21 de octubre de 2010



Osvaldo Soriano:"Triste, solitario y final" III

Viajaron de pie durante casi una hora. Cuatro negros iban en el fondo del ?mnibus cantando y se comportaban de manera agresiva. Los blancos que los rodeaban trataban de mantenerse a distancia. Marlowe los mir? un rato y dijo luego a Soriano, hablando en espa?ol:
-Los negros est?n haciendo li? otra vez. La polic?a tiene que calmarlos a palos todos los d?as. La ciudad est? cambiando, no volver? a ser como antes. Antes era una mierda.
- ? Ahora ser? mejor?
-No dije eso. Dije que antes era una mierda. Los ricos se vinieron para ac? y construyeron palacios en los valles, alrededor de Hollywood. Para ellos era como vivir un sue?o. No hab?a negros aqu?. Llegaron de a poco, corridos de otros lugares. Vamos, tenemos que bajar.
Caminaron dos cuadras. El cielo plomizo dejaba caer una llovizna muy suave que humedec?a las calles. La gente abr?a paraguas y hacia cola para conseguir taxis. Marlowe se detuvo a comprar cigarrillos.
-?Le gusta la ciudad?
-No mucho; estoy confundido. Nunca hab?a hecho un viaje tan largo ni pensaba conocer Estados Unidos. No me gusta este pa?s. Pero, no s?... hay algo grande...
-?Algo grande? Pilas de mierda, compa?ero. Cuando le den una paliza para sacarle la billetera se dar? cuenta de que aqu? no hay nada grande, como no sean los tesoros del T?o Sam.
Entraron a la oficina. Marlowe abri? con una llave grande y Soriano sinti? una oleada de aire pesado. La sala ol?a a encierro. Los sillones eran viejos y estaban cubiertos de polvo. Marlowe levanto un par de sobres del suelo y los dej? sobre el escritorio sin abrirlos. Soriano se sent? en un sill?n y pidi? un cenicero. Marlowe hizo un gesto indicando que tirara la ceniza al suelo. Luego saco una camisa limpia de un caj?n y se cambio all? mismo; limpio sus viejos zapatos con una cortina, encendi? un cigarrillo y llam? por tel?fono al servicio de recepci?n. Nadie lo hab?a buscado.
-No se preocupe -dijo a la telefonista-, ahora encuentro a la gente en el cementerio.
Colg?. Soriano se hab?a levantado para apagar el cigarrillo en un cenicero, sobre el escritorio. All? vio tambi?n un tintero seco, el tel?fono negro, cartas sin abrir, papeles. Todo estaba cubierto por una leve capa de polvo. El argentino observ? atentamente. Marlowe se dio cuenta, pero estaba acostumbrado a que la gente que entraba a su oficina se alarmara por el desorden. Soriano levant? la cabeza hacia el brazo de luz del techo y se quedo mirando. Marlowe sonri? por primera vez.
-Son Rosie, Mary y Joanne. No pudieron conmigo.
Eran tres polillas muertas que aspiraban a un entierro natural, ya que el polvo las estaba cubriendo. Soriano calcul? que llevar?an varios meses all?.
Marlowe apag? la luz, cerr? la puerta y fueron hacia el ascensor. Afuera vieron que hab?a dejado de llover.
Entraron en un restaurante de tercera. La hora de la cena hab?a pasado y quedaba poca gente: una pareja con las manos entrelazadas sobre la mesa, un viejo borracho que dormitaba con la barba ca?da sobre el pecho, tres taxistas negros que discut?an a gritos. El sal?n era fr?o y la luz demasiado triste. Se sentaron en una mesa alejada. Marlowe saco los cigarrillos y se paso la mano por la cara. Se dio cuenta de que llevaba dos d?as sin afeitarse y otro tanto sin darse una ducha. Pidieron un guiso barato.
-Cu?nteme qui?n es usted -dijo Marlowe.
-Vivo en Buenos Aires. Trabajo en un diario. Desde hace algunos a?os investigo la vida de Laurel y Hardy. Quer?a escribir algo sobre ellos, una biograf?a o una obra de teatro. Me cost? decidirme. Por fin empec? una novela. Quer?a conocer Los ?ngeles para ubicar la acci?n con detalles. Estuve juntando plata para venir. Tuve que empe?arme un poco. La devaluaci?n de la plata argentina pon?a los d?lares cada vez mas lejos.
- ?Cu?nto tiempo estar? aqu??
-Hace una semana que vine, planeaba quedarme otra m?s, pero ando muy escaso de plata.
-No se preocupe, yo tengo que quedarme toda la vida y ando con veinte d?lares en el bolsillo.
-Usted es un tipo extra?o. Los pocos americanos de su edad que conoc? est?n horrorizados por los soldados muertos en Vietnam, por la droga, por la fuga de sus hijos, pero andan en autos veloces, tienen su vida organizada.
Marlowe mir? al argentino, fumo un par de pitadas de su cigarrillo y luego esboz? una sonrisa -la segunda de la noche- mientras sacaba su billetera.
-Mire. Este permiso de detective privado me habilita para meter las narices en asuntos ajenos. En eso anduve desde que abandon? la polic?a. ?Usted cree que me sirvi? de algo? Me golpearon, me acertaron alg?n balazo, me echaron a patadas de todas partes, estuve preso y un d?a la hija de un millonario me hizo el cuento del pr?ncipe azul.
Marlowe extendi? la servilleta sobre la camisa limpia. Comieron en silencio. Soriano habla empezado a sentir una cierta simpat?a por ese hombre, como si de pronto hubiera descubierto que hab?a otra manera, ins?lita, de ser norteamericano.
-?Qu? hace todos los d?as? -pregunt? por fin el argentino.
-Termino de gastar los d?lares que me deja alg?n cliente, me siento en mi oficina y espero otro. ?Qu? har?a usted?
-No s?. Usted es un tipo inteligente, puede ganarse la vida de muchas maneras.
-?Es que no entiende? Estoy cansado de tanta comedia. No quiero ganar dinero en esta cloaca. Es in?til andar a los tiros. No hay nada que defender. Creo que nunca lo hubo. Ahora todo el mundo tiene un muerto en la familia y el que no, est? solo como un perro. Este pa?s ha estado sumergido en la mierda desde hace muchos a?os, pero la gente dec?a que el olor era de margaritas silvestres. Cuando los vietcong empezaron a revolver la mierda, la cosa cambi?. ?Usted ha visto gente feliz aqu??
Soriano no contest?.
-Siga buscando, haga la prueba. Quiz?s pueda escribir otra Love Story.
-Est? bastante amargado.
-Ya me lo dijeron. ?Qu? le parece una copa en casa?
-Me parece bien.
-?Juega al ajedrez?
-Muy mal. Apenas se mover las piezas.
-Bueno, tal vez pueda ganarle.
-?Juega seguido?
-A veces. Cuando Capablanca no est? de mal humor.
Mientras sub?an los escalones de tronco, Soriano iba en silencio detr?s del detective.
-El s?bado voy a cortar esos yuyos. Me parece que los descuide mucho. Los vecinos tienen jardines bien cuidados, llenos de flores. Les molesta ver una casa que arruine la elegancia de toda la cuadra.
Entraron. Marlowe encendi? la luz. La habitaci?n era fr?a pero no estaba tan descuidada como la oficina. Un gato negro, que dorm?a enroscado en el div?n, se estir? como si fuera de goma. Hac?a un gran esfuerzo para mantener los ojos abiertos. Salt? y camin? hacia Marlowe; dijo miau, se acarici? una y otra vez en su pantal?n y luego se sent? frente a ?l. Clav? sus ojos en los del detective.
-Siempre hace lo mismo, como si me reprochara algo. Lleg? un d?a, hace dos a?os. Estaba en la ventana, mirando hacia el interior. Abr? el postigo, pero en lugar de escapar se quedo mir?ndome. Estaba flaco y sarnoso, tenia mugre y una mirada triste que no me sacaba de encima. "Es lo ?nico que te falta, Marlowe", me dije, y lo hice entrar. Ese d?a no fui a la oficina. Le puse alcohol en la sarna y le di de comer. Nunca llora ni me agradece nada. Salta por la claraboya y se va de paseo. Cuando estoy muy deprimido se acuesta a dormir. Un d?a descubr? que era el quien estaba deprimido y me fui a la cama, pero no pude dormir porque sus ojos brillaban demasiado en la oscuridad. ?C?mo toma el whisky???


?

?

-Con hielo, si tiene.
-Tengo. La factura de electricidad vence dentro de una semana. El gas ya est? cortado. Hace a?os que estoy en la bancarrota. ?En la Argentina pagan bien a los detectives?
-No s?; solo se utilizan para conseguir divorcios.
-Quiz?s me gustar?a Buenos Aires. ?C?mo es?
-Es una ciudad muy grande, m?s grande que Los ?ngeles, sucia, llena de baches, de veredas rotas, de pizzer?as, cines y comercios. Esta rodeada de villas miserables, tan malas como las que ocupan aqu? los negros. All? la gente odia a los polic?as y desprecia a los norteamericanos.
-?A los norteamericanos pobres tambi?n? -sonri? Marlowe.
-No hay norteamericanos pobres en Am?rica Latina. No les sienta el clima.
-No hay nada peor que un yanqui pobre, compa?ero. No hay clima que le siente. Aqu? no tiene lugar; lo patean, lo meten preso por vagancia, lo llaman basura. Pero si se va a otra parte nadie quiere escuchar su m?sica.
-No crea que va a conmoverme. Ning?n yanqui podr?a conmoverme.
-Usted es comunista, ?eh?
-?Me permite que lo mande al carajo?
-Perd?neme. Me puse cargoso.
-P?ngale leche al gato. Hace rato que lo mira. Parece enojado.
-Ya le dije que siempre me mira. Tiene leche en el plato.
-?Quiere hablarme de Stan Laurel?
-No es mucho lo que s?. Hace a?os John Wayne me dio una paliza por su culpa, pero no lo lamente. Laurel me hab?a dado un billete de cien.
-Hoy dijo que Laurel se estaba muriendo. ?Que quiso decir con eso?
-Fue a verme para que investigara por que nadie le daba trabajo. Me dijo que se estaba muriendo. Yo no quer?a saber nada de ponerme a trabajar para un viejo mani?tico, pero por fin acepte. En el fondo soy muy sentimental. Creo que perd? el tiempo.
-?Le cont? cosas de su vida?
-No muchas. Mire, yo soy un psic?logo aficionado, nada m?s, pero me di cuenta de que era un hombre destruido. El y Hardy hab?an sido dos grandes c?micos, pero nadie se acordaba de ellos. Muerto Ollie, el flaco se qued? tan solo como ese gato.
-Ten?a familia.
-Si. El gato me tiene a m? y no est? m?s contento por eso.
-?Qu? quiere decir?
-Quiero decir que uno puede estar solo mientras alguien lo acaricia. Stan ten?a un pasado muy grande y si nadie lo recordaba le habr? parecido solo un sue?o. Hardy ya no exist?a, los estudios no lo llamaban. Solo quedaban esas viejas pel?culas del gordo y el flaco. Es posible que ya no se reconociera en ellas.
-Dick van Dyke estuvo muy cerca de ?l.
-S?. Tuvo dos disc?pulos. Dick van Dyke y Jerry Lewis. Dos tipos bastante inalcanzables. Pudieron ayudarlo, pero seg?n me dijo no quer?an humillarlo. Me gustar?a hablar con ellos para saber si estaban tan ciegos.
-Escuche, Marlowe: un periodista ingl?s vino hasta aqu? para hacerle un reportaje a Stan unos a?os antes de su muerte. Los rumores de que estaba en la miseria hab?an llegado a Londres y la revista quer?a tener una historia estremecedora.?
-?Lo usaron a ?l?
-?Claro! ?Qu? periodista perder?a esa nota? Laurel le dio la entrevista en la pensi?n donde viv?a...?
-No era una pensi?n, era un peque?o hotel.?
-Bueno, es lo mismo. El cronista cont? en su articulo que el c?mico estaba en desgracia e hizo llorar a todos los ingleses. En Francia reprodujeron la nota. Ya sabe como son los franceses, ahora quieren hacerles un monumento a Laurel y Hardy. En Europa se hizo una colecta entre la colonia art?stica y le mandaron plata. Cuando la recibi? Laurel casi se muere. Se sinti? humillado, traicionado.
-Lo peor es que era cierto -dijo Marlowe-. ?l estaba en la ruina, o casi.
-Yo creo que lo que escribi? el periodista era m?s o menos exacto. Tal vez se puso un poco dram?tico, pero Laurel estaba terminado y en la miseria. Lo peor vino despu?s, con Dick van Dyke.
-?Qu? hizo el cabr?n?
-No se enoje, Marlowe. Lo que hizo pudo ser un acto de piedad.
-?Qu? hizo?
-Pag? a un escritor para que hiciera un libro poniendo las cosas en su lugar. All? est? todo cambiado: Stan vive en un departamento lujoso, rodeado de amor; recibe miles de telegramas por d?a. En fin, descansa sobre los laureles.
-?Y Stan permiti? eso?
-Parece que s?.
-?Que porquer?a! El viejo no necesitaba esa adoraci?n de mierda. ?l era grande sin necesidad de repet?rselo a todo el mundo. Era un lindo viejo, se pon?a un traje antiguo y tenia una dignidad que se ve?a desde lejos. No, el no pudo hacer eso.
-Vamos, no se ponga sentimental. Yo lo quiero tanto como usted, pero soy realista. Adem?s esa historia debe haber sido una barrera para disimular la soledad. No se puede juzgarlo por eso.
-No lo juzgo. Quisiera saber por que lo hizo. D?game, Soriano, ?de d?nde sac? toda esa informaci?n?
-Estuve unos a?os recorriendo archivos; lei notas, libros, y de vez en cuando me puse a pensar como encajaba una cosa con otra.
-Tal vez usted sea un mal investigador, o haya seguido pistas falsas. No tengo la seguridad de que un tipo que no conozco, que habla el ingl?s de Harpo Marx, tenga informaci?n seria.
-T?melo como quiera. ?Qu? hora es?
-Las once. ?Juega al ajedrez?
-Bueno. ?D?nde est? el ba?o? Marlowe llen? su pipa lentamente, apretando el tabaco con paciencia. Saco el tablero de ajedrez y acomod? las piezas de marfil, minuciosamente, primero las blancas. -?Quiere caf??
Desde el ba?o, Soriano contesto que s?. El detective sac? una peque?a garrafa de gas que guardaba bajo la pileta de la cocina. Le arm? el quemador, la sacudi? y la encendi?. Comenz? a preparar la cafetera. El miau del gato lo hizo mirar hacia el piso. Los ojos del animal estaban fijos en ?l.
-?No te gusta mi aspecto? -dijo en ingl?s-. Voy a ba?arme y tal vez hasta me corte las u?as. Estoy un poco descuidado ?ltimamente.
Soriano sali? del ba?o. Hab?a encendido un cigarrillo y se acomod? en el sill?n. Marlowe sirvi? caf? en dos tazas y lo llev? hasta la mesa en una bandeja verde de metal. Las tazas estaban apoyadas en peque?as servilletas bordadas. El argentino empez? a tomar sorbos.
-Hace buen caf?.
-El caf? es muy importante para m?. Creo que pronto no podr? tomar otra cosa. ?Juega con blancas?
-Es lo mismo. ?Tiene whisky?
-S?quelo de ese armario; yo tambi?n tengo la garganta seca. ?Le gustar?a hablar con Dick?
-Claro.
-Bueno. Qu?dese a dormir aqu?, si no le molesta compartir el div?n con el gato. Ma?ana podr?amos visitar a la estrella. Tenemos tiempo.
Soriano dud? unos instantes.
-No se ofenda, Marlowe. Yo me quedo una semana m?s en Los ?ngeles; si usted no tiene problemas puedo dejar el hotel y dormir en ese div?n. Con la plata que ahorro podremos pagar la cuenta del gas.?
-Cons?ltelo con el gato. El que duerme en el div?n es ?l. Pero h?blele con calma porque no entiende espa?ol.

?

A las ocho Marlowe salt? de la cama y se dio una ducha. El calef?n no funcionaba y el agua estaba helada. El fr?o de esa ma?ana gris, cubierta de nubes cargadas, hab?a penetrado en la casa.
El detective se visti? r?pidamente, tiritando, y prepar? caf?. En el living, sobre el div?n, el argentino hab?a dejado de roncar y desaparec?a bajo dos frazadas. El gato, que hab?a dormido a sus pies, salt? al piso, se arque? con la cola parada y fue hasta la cocina. Marlowe le puso un plato con leche y luego un pu?ado de carne picada que sac? de la heladera. Por la ma?ana el detective parec?a algo m?s viejo. Su pelo estaba revuelto y las arrugas de la cara se ve?an m?s profundas. En la nariz, bastante achatada, hab?a algunos barritos negros, pero hubiera tenido que acercarse al espejo para notarlos, porque ya no ve?a como antes. Encendi? un cigarrillo y aspir? las primeras pitadas con verdadera gana. Con el cigarrillo entre los labios y la taza de caf? sobre la bandeja verde, se acerc? al div?n donde Soriano respiraba profundamente.
-?Vamos, compa?ero! ?Arriba!
Soriano abri? los ojos; en su cara hab?a un profundo disgusto y mir? al detective.
-?Qu? hora es?
-Ocho y veinte.
-?Siempre madruga as??
-S?lo cuando tengo que ser cort?z con los hu?spedes. Le he preparado un ba?o de fragancias, aunque el agua no est? muy caliente.
El argentino se sent?, se frot? la cara con las manos y mir? a Marlowe.
-No me haga chistes a esta hora. Estoy dormido.
Se lav? y se visti? perezosamente mientras tomaba el caf? a sorbos espaciados. Sentado frente a ?l, Marlowe lo miraba con curiosidad.
-?Vamos a visitar a Dick?
-?Lo encontraremos?
-El tel?fono est? en la gu?a. Voy a llamarlo.
Tom? el aparato y disco. Contest? una voz suave.
-Me llamo Philip Marlowe y soy detective privado. Necesito hablar con el se?or Dick van Dyke.
-?Por qu? asunto es, se?or?
-Estoy con un periodista sudamericano y queremos hablarle sobre Stan Laurel.
-Un momento, por favor.
Dos minutos m?s tarde:
-?Hola! El se?or Van Dyke debe ir al estudio ahora. Tiene compromisos para todo el d?a. ?Puede llamarlo ma?ana?
-No; deme con ?l, por favor.
-No estoy autorizada a pasarle llamadas.
-D?gale que quiero hablar con ?l.
-Espere, por favor.
Dos minutos m?s tarde:
-Dentro de dos horas el se?or Van Dyke estar? en el estudio de la Fox. Trate de verlo all?.
-No me dejar?n pasar.
-Arr?glese. Es detective, no?
El click interrumpi? la comunicaci?n.
-Vamos -dijo Marlowe-, tiene que cumplir su promesa de pagar el gas.
Tomaron un taxi que los llev? hasta un banco y luego los dej? frente a los estudios de la Fox, en Hollywood. Era un edificio alto de cuatro plantas. Todas las ventanas estaban abiertas y por la rampa de acceso entraban y sal?an autom?viles. Caminaron hasta la recepci?n.
Un negro de rostro duro, parecido a Sidney Poitier, pero m?s joven, estaba atendiendo a una mujer. Cuando la despidi?, miro con desgano a los dos hombres.
-Me llamo Philip Marlowe. El se?or Van Dyke necesita un detective y me llam? con urgencia.
Le mostr? la credencial. El negro la estudi? detenidamente, como si fuera una broma.
-?Para qu? necesitar?a un detective el se?or Van Dyke?
-Preg?nteselo.
-?El gordo es su guardaespaldas? Parece muy blando para eso.
-No lo diga en espa?ol. No le gustan los negros y pierde la paciencia muy r?pido.
-?No me diga! No parece muy decidido.
-Una vez apil? a cuatro negros porque abr?an demasiado la boca. El se?or Van Dyke pidi? que viniera especialmente.
-Bueno, vayan al segundo piso. Ser? mejor que Dick se ponga contento de verlos porque si no tendr?n un disgusto.
Tomaron el ascensor repleto. Soriano pregunt?, todav?a so?oliento:
-?Que dijo el negro?
-Usted lo impresion?, compa?ero. A la salida le pedir? un aut?grafo.

Llegaron a una antesala donde mucha gente caminaba de un lado hacia otro. La recepcionista escrib?a a m?quina, rubia y lejana. Los dos hombres caminaron por un pasillo, doblaron, abrieron un par de puertas y por fin entraron en una sala a oscuras. En una peque?a pantalla se ve?a una pel?cula de cowboys. Avanzaron a tientas en la oscuridad.
-?Que se sienten! -grit? un vozarr?n desde la cabina de m?quinas. Hallaron dos butacas libres en el extremo de una fila y se sentaron.
-?Qu? hacemos ac?? -dijo Soriano en voz baja.
-No s?. Nunca vengo al cine tan temprano.
Se levantaron. Marlowe tropez? con un pie. Caminaron hasta la puerta donde se ve?a una luz roja. Al asomarse al pasillo, vieron a dos hombres que corr?an hacia la sala. Uno era el negro de la recepci?n.
-?P?rense! -grit?.
Marlowe empuj? a Soriano hacia atr?s.
-?M?tase adentro!
Se perdieron en la oscuridad del microcine. De un golpe el negro abri? la puerta. Soriano pas? entre dos filas de butacas tratando de agacharse. Sinti? que alguien lo tomaba del saco. Forceje?, pero fue in?til. Tir? con toda su fuerza y gir? bruscamente, golpeando con el pu?o derecho. El bulto dio un grito, tropez? y cay? sobre dos hombres que estaban sentados. La fila de butacas se tambale?. En el pasillo se encendi? una linterna.
-?No hagan ruido! -grito el operador desde la cabina de m?quinas. Marlowe salt? de una fila a otra
y empuj? a un hombre que cay? pesadamente, arrastrando tres butacas.
-?Puede levantarse, Soriano?
Un grito ahogado le respondi?. Luego hubo un ruido sordo y el crujido de maderas rotas.
-?Estoy bien, compa?ero, pero no se ve un car...!
Soriano escuch? que un gong sonaba junto a su oreja derecha y cay? hacia atr?s. Trat? de sostenerse. Sinti? que sus dedos desgarraban tela y antes de llegar al piso se dio vuelta. Lanz? una patada y un grito de mujer le avis? que hab?a dado en el blanco. La proyecci?n segu?a; en la pantalla, un grupo de vaqueros montaba sus caballos y se lanzaba hacia el horizonte, mientras el sol despuntaba tras las colinas.
-?Paren, carajo! -grit? el vozarr?n de la cabina, mientras Marlowe corr?a hacia all?. La puerta se abri? y un hombre de mameluco sali? iluminado desde atr?s por los carbones de las m?quinas. Murmuraba palabrotas. Llevaba una barreta en la mano, pero no alcanz? a levantarla: Marlowe le dio con la derecha en la mand?bula primero y con la rodilla en la ingle despu?s. El operador no lleg? a gemir; cay? hacia adelante. Marlowe le cerro la puerta y la sala qued? otra vez a oscuras.
Soriano advirti? que la confusi?n aumentaba a su alrededor. El golpe en la oreja le abri? una furia que nunca hab?a sentido antes. Avanz? hacia un costado como borracho, tropez? con algo, oy? una voz gangosa y entrecortada y golpe? furiosamente con la derecha calculando la altura de la cabeza. Alguien buf?. Soriano crey? que su pu?o estallaba. Cuando lo toc? con la mano los vidrios de unos anteojos estaban todav?a clavados en sus dedos. Salt? sobre la butaca. Sinti? un golpe terrible y luego un estruendo como si hubiera volcado un cami?n. Trat? de abandonar el lugar. Gigantescas sombras de cabezas se proyectaban en la pantalla donde se le?a:
JOHN WAYNE en
Marlowe no alcanzaba a entender que pasaba. Estaba algo inquieto por la suerte del argentino, cuando escuch? m?s gritos y golpes en medio de la sala. Una mujer gritaba, desesperada:
-?Pap?! ?Pap?! Hay sangre, mi Dios, hay sangre. ?Pap?!
Delante del detective, dos hombres peleaban trabajosamente entre si. Hacia dos minutos que cambiaban golpes y ninguno ca?a.
LOS H?ROES NO MUEREN NUNCA
?Una pel?cula excepcional donde John Wayne lucha contra indios y bandidos!
La pantalla tembl?, mientras en un bar Wayne golpeaba a diestra y siniestra a varios bandidos que se lanzaban sobre ?l.
?No DEJE DE VER ESTA COLOSAL PEL?CULA!
Marlowe se abri? paso entre varias personas. Un gordo cay? sobre ?l sin intentar agarrarse.
-?Soriano!
-No grite, ac? estoy -la voz del periodista sonaba cercana. El detective alcanz? a ver su figura contra la pared. Tres hombres forcejeaban en medio del pasillo. Uno de ellos dio un golpe a Marlowe que cay? sentado. Una mujer que corr?a hacia la salida tropez? con el cuerpo y se fue de narices sobre las butacas. Dio un grito lastimoso y luego empez? a aullar con voz fina y quebrada. Un guardia empez? a disparar al aire. Los tiros sonaban como bombas.
Acompa?e A JOHN WAYNE EN sus AVENTURAS!
?VEALO HACER JUSTICIA!
Marlowe se hab?a puesto de pie, ayudado por Soriano. Mir? hacia la pantalla y sus ojos se abrieron como dos monedas enormes.
-?Mierda, Soriano! ?Usted ve lo mismo que yo, o estoy loco?
-No entiendo nada, compa?ero. ?Que hace peleando con Wayne?
?NADIE DETIENE AL IMPLACABLE JOHN WAYNE!
En la pantalla, Wayne golpeaba con pu?os y pies a Philip Marlowe, mientras dos hombres lo sujetaban. De pronto la pel?cula se apag? y s?lo qued? un rect?ngulo de luz. La pelea hab?a parado tambi?n en la sala. Marlowe y Soriano se abrieron paso hacia la salida.
-?Ad?nde va, amigo? -Un guardia uniformado, que ten?a una linterna en la mano y con la otra trataba de parar una hemorragia de la nariz, intercept? al detective.
-?A buscar a la polic?a, imb?cil! -grito Marlowe, indignado.
-Este puede salir, es actor -indico el guardia-. Nadie m?s sale de ac?, se?ores. ?Ahora va a venir la polic?a!
El detective y su compa?ero corrieron por el pasillo iluminado. Se cruzaron con dos hombres y una mujer vestida de uniforme blanco, y Marlowe casi derriba a la enfermera. Al doblar, ambos se detuvieron bruscamente. Marlowe sac? un atado de cigarrillos, pero estaba destrozado. Soriano busc? entre sus ropas y encontr? los suyos. Entonces vio su mano derecha, herida, que conservaba algunos vidrios incrustados. Marlowe encendi? los cigarrillos y dijo:
-No lo crea, Soriano: usted no es el toro salvaje de las pampas.
Caminaron en silencio. Doblaron a la izquierda primero y a la derecha despu?s. De pronto Soriano se detuvo frente a una puerta y sonri?.
-Un ba?o. No daba m?s.
Entraron. Se ubicaron frente a dos mingitorios y estuvieron un largo rato. Un hombre de traje gris y anteojos se puso entre ellos. Marlowe lo mir?.

?

-Perd?neme, ?sabe d?nde podemos encontrar al se?or Dick van Dyke?
-Sigan el pasillo hasta hallar una oficina con su nombre. ?Vienen del l?o? -movi? la cabeza indicando la direcci?n del microcine. Marlowe dijo que si-. ?Qu? pas?? Todo el mundo est? agitado por eso -pregunt? el hombre mientras se apartaba del mingitorio y abrochaba la bragueta.
-No s? -contesto Marlowe-; una gresca a oscuras.
Soriano se lav? la cara y empez? a secarse con el pa?uelo.
-Ustedes intervinieron, ?eh?
-Gracias por todo, amigo -interrumpi? Marlowe y luego de hacer una se?a a Soriano, salieron.
-?Qu? le dijo?
-Es al final del pasillo.
Llegaron a la oficina. La puerta era de vidrio y adentro se ve?a una muchacha peque?a de piernas gruesas y muy blancas, que ordenaba papeles sobre un escritorio. Entraron. Marlowe dijo:
-Nos espera el se?or Van Dyke.
La mujer los mir? detenidamente de arriba abajo. Luego sonri? incr?dula.
-?No deber?an pasar por el sastre primero? Al se?or Van Dyke no le gusta la gente desali?ada.
-No se r?a de los pobres, hija. Tuvimos un accidente.
-?En el microcine? Andan buscando a dos provocadores que armaron un l?o.
-?No me diga! Anuncie a Philip Marlowe, por favor.
-Pierde el tiempo. El se?or Van Dyke est? muy ocupado.
Marlowe hizo un gesto de disgusto, dio vuelta a la mesa y camin? hacia la puerta que dec?a "PRIVADO, H?GASE ANUNCIAR". Soriano fue tras ?l. La muchacha lo tom? de la manga y dio un salto.
-?Ad?nde van? ?Quieren que me echen?
-No se preocupe, hermosa, usted deber?a aparecer en las pel?culas -dijo Soriano en su idioma.
-?Qu? dice?
-Nada -contest? el argentino, ahora en ingl?s, mientras entraba por la puerta que Marlowe hab?a dejado abierta.
-?Otro m?s? -dijo el hombre alto, morocho, que vest?a traje gris hecho a medida.
-?l quiere hablarle de Laurel y Hardy -dijo Marlowe se?alando a su compa?ero. Soriano arrastraba a la muchacha que segu?a reteni?ndolo de una manga y tironeaba.
-No entiendo -dijo Van Dyke, con gesto impaciente-. ?Qu? pasa con Laurel y Hardy?
-Usted los conoci? ?verdad? -pregunt? el detective.
-A Stan si, a Hardy lo vi solo un par de veces.
Soriano dio un paso adelante, tratando de zafarse de la mujer que lo ten?a agarrado de la manga.
-Usted fue alumno de Laurel -dijo en castellano-. Yo quiero saber algunas cosas sobre sus ?ltimos d?as. Estoy escribiendo una novela.
-?Usted es espa?ol o mexicano? -pregunto el actor en ingles.
-Argentino. Estoy enojado con usted.
-?Est? qu?? -dijo Van Dyke, frunciendo el rostro.
-Dice que est? enojado, se?or Van Dyke. Vino a decirme que usted contrat? a un escritor para que contara un mont?n de mentiras sobre Laurel.
-?Mentiras? Laurel aprob? todo lo que dec?a el libro.
-Eso no quiere decir que no fueran mentiras -contesto Marlowe, mientras se sentaba en un sill?n. Mir? a Soriano, sonri?, levant? las cejas y dijo en espa?ol-: ?Va a llevarse a la muchacha? No cabr? en el div?n.
Ella segu?a aferrada al brazo del argentino.
-Usted es detective. D?gale que me suelte.
-Dice mi amigo que lo suelte.
La muchacha dio un paso hacia atr?s. Sorpresivamente fr?a y resuelta, levant? un brazo y cruz? la cara de Soriano con una bofetada. El periodista se toc? la mejilla con una mano, hizo un gesto de furia amenazante, y la mujer desapareci? tras la puerta. Marlowe, muy serio, mir? a su compa?ero.
-?Que golpe! Debe dolerle.
-?D?jese de bromas! Hoy me han pegado m?s que en toda mi vida.
-?Esta comedia es incomprensible, se?ores! ?V?yanse o llamare a la guardia! -dijo Van Dyke, bastante molesto.
-?Oyo, Marlowe? Eso lo entend?. Si viene el negro se arma otra vez y no quiero recibir m?s palizas.
-No asuste a mi amigo, se?or Van Dyke. Sea m?s cortes.
-Son un par de locos. Primero entran sin permiso, tan rotosos como dos vagabundos, despu?s usted se sienta en mi mejor sill?n como si estuviera en su casa y me hace preguntas impertinentes. Su amigo provoca a mi??aria y se hace golpear, luego pelean entre ustedes y se insultan. ?Esto es demasiado!
Van Dyke abri? un caj?n y saco una peque?a pistola calibre 22 corto. Marlowe abri? los brazos.
-?Otra vez!
Soriano levant? las manos. Por su cara redonda corr?an algunas gotas de sudor. Mir? a Marlowe.
-?Ahora nos van a pegar un tiro? Yo vine a buscar informaci?n sobre Laurel y Hardy, no a jugar a los cowboys.
-?Qu? dice el gordo? No me cae simp?tico.
Marlowe, en ingles:
-Es un buen muchacho. Naci? al sur del r?o Grande y le falta educaci?n, pero no es su culpa.
Y en castellano:
-Usted no cae simp?tico en este edificio, compa?ero. Diga una frase de disculpa o va a llamar al negro.
-?Que lo llame, que mierda!
-No sea mal hablado, tenemos una pistola enfrente.
-?D?jense de hablar en cocoliche! ?Fuera de aqu?! -grito Van Dyke.
Marlowe se puso de pie.
-Vamos, Soriano. Este hombre no es el mismo que veo en las comedias de TV.
-Cre? que usted era capaz de desarmar a un tipo como ese, Marlowe. Se est? poniendo viejo.
-Ya ver?a lo que hago. Vamos.
Salieron. Marlowe cerr? la puerta tras de s? y se par? frente al escritorio.
-?Qu? n?mero tiene el mat?n ese? -se?al? la oficina del actor.
-Marque el uno -dijo la??aria, aterrorizada ante la mirada de los dos hombres que ten?a enfrente. El detective tom? el tel?fono y llam?.
-Le habla Marlowe, se?or Van Dyke.
-?Quien?
-?Marlowe, est?pido! Mire por la ventana y me ver? en la cabina del tel?fono.
Hubo un ruido en la l?nea. Marlowe dej? el tubo y se lanz? contra la puerta que se abri? violentamente. En dos zancadas estuvo sobre el actor que miraba por la ventana. Lo levant? de las solapas y con la rodilla lo golpe? en el est?mago. Soriano, que estaba parado en la puerta, hizo un gesto de sorpresa.
-Perd?neme por lo que dije antes.
-No es nada. Guarde la pistola -le entrego el arma del actor.
Van Dyke hab?a ca?do de rodillas tom?ndose ?l estomago. De su boca sal?a una baba verde. El pelo le ca?a sobre la frente mientras el saco, que ten?a un solo bot?n abrochado, estaba inflado como una bolsa.
-D?jemelo, Marlowe.
-?Ahora que est? blandito? No, compa?ero, no le pegue nunca a un hombre que est? peleando con otro.
De pronto, por la puerta abierta, entraron tres hombres seguidos por la??aria. Uno era el negro. La furia le hab?a deformado el gesto y un tic le hac?a temblar el labio inferior.
-?Agarren a ese! Al gordo me lo cargo yo.
Los dos hombres se lanzaron sobre Marlowe. Uno de ellos le tiro un golpe alto que el detective esquivo. El otro, m?s sereno, quiso pegarle en el est?mago, pero el detective se hizo a un lado y le dio un codazo en la cara. El primero, que media menos que la estatua de Washington, lo golpe? con una cachiporra de goma y Marlowe vio dar vueltas la habitaci?n. Cay? de rodillas junto a Van Dyke y pareci? que ambos estaban rezando frente a un altar.
-?Quietos! ?Se termino! -Soriano ten?a la pistola de Van Dyke en la mano derecha.
Con las ropas casi destrozadas, el pantal?n muy ca?do, la barriga hinchada y las piernas chuecas muy abiertas, parec?a un cowboy tard?o.
-?Las manos arriba, vamos! -gritaba en castellano y agitaba el arma amenazadoramente- usted tambi?n, Van Dyke!
Marlowe empez? a levantarse y se corri? hacia la pared. Con su voz gangosa repiti?, sin ?nfasis, en ingl?s:
-Las manos arriba y contra la pared. -Mir? al negro que ten?a los ojos h?medos por la rabia.- Le dije, amigo: no se meta con el argentino, est? invicto.
-?Hijo de puta...! Lo voy a seguir hasta el infierno.
-Traduzca, Marlowe, no entiendo nada. ?El negro est? enojado?
-Un poco, pero reconoce que usted es mejor que ?l.
-Tenga la pistola. Yo no se como se maneja el seguro.
-?Ah, no! Usted les apunt?. Yo voy a ver que juguetes tienen.
Marlowe palp? a cada uno. El negro ten?a un revolver 38 de ca?o largo y los otros pistolas 45 y cachiporras. El detective guard? el arsenal en el ba?o y ech? llave.
-Rajemos -dijo Soriano.
-?No le va a pedir el tel?fono a la chica?
-Claro. ?Cu?l es tu tel?fono, querida?
La muchacha sonri? y quiso hacer un puchero, pero no le sali?; dijo un n?mero.
-T?ngame la pistola, Marlowe, voy a anotarlo.
-No exagere. ?Se cree Sam Spade? -Dos hombres hab?an bajado las manos y empezaban a darse vuelta.- Sin comentarios, amigos -dijo Marlowe-. Sam Spade escribir? un verso para su dama y nos vamos enseguida.
Soriano anot? el n?mero y regres? sonriente.
-Deme la pistola.
-?Qu? diferencia hay?
-?Deme, le digo!
El detective le entreg? la pistola. Soriano se la apoy? en el pecho.
-?Al ba?o! ?Entre!
-?Se volvi? loco? -Marlowe intuyo, sin embargo, que el argentino no bromeaba. Estaba m?s serio que nunca. El gordo dio dos pasos atr?s y dijo en ingl?s a la??aria.
-Vamos, amor, lleve a mi amigo al ba?o.
La muchacha sonri?, divertida. Sali? de la fila y empuj? al detective.
-Muy bien; ?nadie se mueva, porque lo rajo! -grito Soriano en espa?ol.
La mujer cerr? el ba?o y entrego la llave al argentino que parec?a muy nervioso.
-Venga, se?or Van Dyke -dijo en espa?ol y acompa?? las palabras con un movimiento de cabeza.
El actor dio dos pasos al frente. Parec?a aterrorizado. El negro habl?.
-Si lo toca voy a destrozarlo, mexicano sucio.
-Argentino, compa?ero -aclaro en castellano-. Qu?dese quieto si no quiere un tiro en la panza. Usted, querida -ahora deletreaba ingl?s-, deme la billetera de su patr?n.
En el ba?o, Marlowe hab?a empezado a golpear la puerta. Gritaba.
-?No sea imbecil, Soriano! ?Lo van a destrozar! ?Qu? quiere hacer?
Entre tanto, la mujer vaciaba la billetera de Van Dyke; los tres hombres se mov?an contra la pared. Marlowe gritaba en el ba?o, enfurecido.
-?Tengo las armas aqu?, Soriano! ?Abra!
Soriano guard? el dinero en el bolsillo.
-Esto es un robo. Dentro de un rato vendr? la polic?a encima suyo -dijo Van Dyke.
-No entiendo bien que dice -contesto Soriano en espa?ol-, pero usted no va a llamar a la polic?a. No le gustar? pasar por est?pido. Usted, vaya a soltar a mi compa?ero que tiene dolor de panza.
Cuando la muchacha abri? la puerta, Marlow apareci? rugiendo, con un revolver en cada mano.
-?Termino la broma? ?Chiquil?n est?pido!
-Bueno. Cuando se despida nos vamos -dijo Soriano.
Salieron. Soriano ech? llave a la puerta. Bajaron las escaleras y llegaron a la calle con aire indiferente. Soriano hizo senas a un taxi. Subieron. El argentino dio la direcci?n de la oficina de Marlowe.
-Usted me debe una explicaci?n y mejor que sea buena.
-Le voy a decir la verdad. Tome prestados unos d?lares del se?or Van Dyke. Me pareci? que usted es demasiado orgulloso para pedir favores.


?

-?Que?!
-?No ve? Ya est? escandalizado. Si tanto l?o, que m?s da echar mano a una...
-Usted es un inmoral...
-?Ufa...! Deme un serm?n, ahora. Usted es complicado. Lo met? en el ba?o, ?no?
-Eso me duele. ?Qui?n es usted para juzgar mi conducta? ?Por qu? no me dej? participar? Se cree m?s vivo porque es joven, ?eh?
Hubo un largo silencio. Por fin bajaron del auto. Fueron sin hablar hasta el ascensor. De Marlowe dijo:
-Tome las llaves. V?yase a casa. Tengo ganas de pegarle y creo que voy a hacerlo.
-Escuche, Marlow...
-?V?yase!
El detective tom? el ascensor y cerro la puerta r?pidamente. Soriano se qued? solo. Su cara se hab?a puesto roja. Sali? a la calle y par? un taxi. Dio la direcci?n de Marlowe. Sac? el dinero y lo cont?: hab?a setecientos ochenta d?lares. Sinti? una sensaci?n de angustia. Baj? dos cuadras antes y se detuvo a comprar una botella de whisky.
Cuando entr? en la casa, el gato fue hacia ?l y se sent? en medio del living. Soriano abri? la heladera, sac? leche y llen? un platito. El gato tom? un poco y se sent? a mirar al argentino. Este se sirvi? un vaso de whisky con hielo, mir? la pared y sinti? un fr?o en la espalda.
-?Mierda, Marlowe! ?Nos hab?an roto la ropa!
S?lo los ojos del gato, ardientes como brasas de cigarrillos, vigilaban en la oscuridad. Soriano estaba tendido en el div?n con la ropa puesta. Dejaba colgar un brazo en cuya mano hab?a un cigarrillo apagado. Roncaba estrepitosamente. La radio sonaba baja, algo lejana y sola. El gato hab?a buscado un lugar entre las piernas del periodista y miraba la puerta de calle. Cuando esta se abri?, la escena se modific? ligeramente. El gato salt? al suelo y el estallido de luz le cerr? las pupilas. Soriano, sacudido por el ruido, dej? de roncar y se acomod? en el div?n con un gesto de disgusto. Sigui? durmiendo.
Marlowe ten?a el pelo revuelto. La corbata abierta colgaba desde el medio del pecho y estaba sucia. El traje sin planchar ten?a un aspecto andrajoso. El saco estaba desgarrado en el brazo derecho hasta el codo, y el pantal?n se hab?a roto en un siete a la altura de la rodilla derecha.
Tambale?. Sus ojos estaban vidriosos y opacos como el caf?. La culata de la pistola asomaba entre el cintur?n y el el?stico del calzoncillo.
-?Lev?ntese, Soriano!
El argentino empez? a incorporarse con lentitud; trataba de entreabrir los ojos, atacados por la luz. De entre sus dedos cay? el cigarrillo apagado. Protest?.
-?Qu? hora es?
Se sent? en el div?n, la cara cubierta por las manos; el pelo estaba sucio y ten?a el color del barro. Abri? los dedos y entre ellos sus ojos observaron al detective que estaba parado, inclinado hacia adelante. Oscilaba. A Soriano se le ocurri? que era un capricho de la luz.
-Est? borracho -dijo en un tono neutro.
-?Lev?ntese!
-?Por qu? no se da una ducha? Ya conectaron el gas.
-?Le voy a romper la cara, gordo est?pido!
Escupi? al suelo. El gato mir? la saliva y baj? las orejas.
-No me provoque. Tiene una pistola y est? borracho.
-?Una pistola?
-En la cintura.
Marlowe bajo la vista. Tir? de la empu?adura y sac? la pistola.
-No es m?a. La ?ltima vez que la vi, hace muchos a?os, la usaba un detective sobrio, que pagaba sus impuestos y ten?a clientes importantes y enemigos que pod?an emboscarlo en un callej?n.
-Un gran hombre.
-Un hombre, compa?ero. ?Se burla?
-No me burlo.
-?Va a pelear o no?
-No.
Hubo un silencio. Los dos hombres se miraron largamente. De los ojos de Marlowe saltaron dos lagrimas transparentes como gotas de agua, corrieron entre las arrugas de la cara y cayeron al suelo. El ruido fue terrible en la habitaci?n vac?a; la pistola hab?a escapado de las manos del detective. El gato corri? a refugiarse en la cocina. Marlowe alz? las manos y las puso muy cerca de sus ojos nublados. Estaban raspadas y sangrantes, sucias de tierra. Las bajo y sus ojos apenas sostuvieron la mirada del argentino.
-Me ca?.
-?Anduvo jugando a la mancha?
Otra vez se miraron. Marlowe sacudi? la cabeza y las l?grimas saltaron de sus ojos. Retrocedi? hasta la pared.
-Deme caf?.
Soriano se puso de pie, apag? la radio y camin? lentamente hasta la cocina. Encendi? el gas y puso el agua. Escuch? los pesados y vacilantes pasos del detective que entr? en el ba?o. Marlowe se par? frente al espejo. Mir? sus manos desgarradas, su imagen gastada, las ropas abiertas. Trag?. Ten?a la boca seca y afiebrada. Abri? la ducha y meti? la cabeza en el agua. Tuvo un mareo. Soriano escuch? el ruido seco y luego sinti? un dolor en el pecho. Llen? una taza de caf? y fue hasta el ba?o.
-?El cafe! -grit? a trav?s de la puerta.
No hubo respuesta. Una furia s?bita, desesperada, se apoder? del periodista. La taza sali? despedida contra la puerta y se hizo a?icos. El caf? form? figuras que cambiaron hasta agotarse en peque?os r?os que fluyeron hacia el piso. De una patada abri? la puerta del ba?o.
El cuerpo del detective estaba estirado y parec?a un pescado fl?ccido sobre el que alguien habr?a abandonado un traje gris. La mitad del cuerpo colgaba dentro de la ba?adera y el agua le mojaba el torso. El detective se movi?, intent? levantarse, pero volvi? a caer. Un hilo de sangre le marcaba el p?mulo derecho. Se incorpor? muy despacio. Gir? la cabeza mojada, sucia, sangrante, y fij? sus ojos en el hombre que estaba parado a sus espaldas.
-V?yase -murmuro.
-Usted me da pena, detective. Ya no reconoce ni su propia pistola. Un trago lo pone belicoso y despu?s se cae solo.
Marlowe se puso de pie. Se sent?a mal, pero de pronto descubri? que ten?a la mente despejada y fr?a. Pas? junto a Soriano sin mirarlo, atraves? la puerta y entr? al living. Encendi? un cigarrillo. El gato cruz? la habitaci?n a la carrera y maull? frente al detective. Marlowe lo levanto y el animal desapareci? entre sus brazos.
-Me ca?, Soriano. Me lastim? y romp? el ?nico traje decente que me quedaba. Estoy viejo y le agradezco que me lo recuerde. Usted es un joven valiente que roba una billetera con una pistola en la mano, pero antes me encierra en el ba?o para que no me de verg?enza. Le agradezco tambi?n. El viejo Marlowe no sirve para carterista ni para borracho.
-No se ponga dram?tico.
-No, pierda cuidado. Yo tambi?n me sent? joven el d?a en que un actor viejo y destrozado vino a decirme que se estaba muriendo. Le dije que se fuera a un asilo de ancianos. No me hizo caso. Se muri? en una pensi?n, como un perro.

?


Continua ... en el libro ! ^-*

?


Tags: Osvaldo Soriano, solitario y fina

Publicado por carmenlobo @ 10:36  | Literatura
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios