Mi?rcoles, 20 de octubre de 2010



Osvaldo Soriano:"Triste, solitario y final" II

Cuando Laurel entr? a la oficina, Philip Marlowe le?a un libro sentado en su sill?n; las largas piernas del detective estaban sobre el escritorio y sus pies se apoyaban sobre un mont?n de carpetas. Los zapatos brillaban limpios y lustrados, pero las suelas ten?an agujeros y a los tacos de goma se les ve?an los clavos. Laurel se par? ante el escritorio y observ? con atenci?n al hombre que segu?a distra?do.
-Buen d?a -salud?.
El detective levant? los ojos. Mir? un largo rato al viejo que vest?a un traje pasado de moda, pero limpio y bien planchado. En las manos llevaba un sombrero y el sobretodo que se hab?a quitado antes de entrar. Sus ojos eran brillantes y sonre?a, como si hubiera alg?n motivo para hacerlo. Pas? un largo minuto antes de que Marlowe dejara el libro sobre el escritorio y encendiera un cigarrillo.
-Creo que se equivoc? de puerta.
-Usted necesita un empleo y yo se lo ofrezco -dijo el actor.
-?Que interesante! ?De qu? se trata?
-?Qu? esta leyendo? -replico Laurel.
-Una novela policial. Un detective de la agencia Continental llega a un pueblo y se mezcla con una banda de criminales y con la polic?a y anda a los tiros con todo el mundo. No es un hombre delicado, se lo aseguro. Me hubiera gustado tenerlo de socio. La novela no dice como se llama, pero podr?a encontrarlo a la vuelta de una esquina.
-?Alguna vez tuvo que matar a alguien? -dijo Laurel, y se ruboriz?.
-Alguna vez. Casi lo he olvidado.
-El suyo es un oficio duro.
-Lo fue. Cuando tenia l?o pod?a ganarme algunos d?lares. Ya estoy un poco viejo para eso. ?Qu? me ofrece usted, Laurel?
-Cien d?lares de adelanto. Acepto su precio.
-?Trajo el dinero?
-Aqu? est?. Hoy lo veo m?s comprensivo.
-Tengo algunos problemas que solucionar. Eso me hace m?s est?pido. ?Por qu? no se sienta?
Laurel se sent?.
-Quiero saber por qu? nadie me ofrece trabajo. Si tratara de averiguarlo por mi cuenta arriesgar?a mi prestigio. Hay muchos veteranos trabajando en el cine y en la televisi?n. Yo podr?a actuar, o dirigir, o escribir guiones, pero nadie me ofrece nada desde hace muchos a?os. Oliver consigui? trabajo una vez, en una pel?cula de John Wayne, pero fue un fracaso. Tuvo que ir a pedirlo. Yo nunca quise hacer eso.
-?Conoce a mucha gente en Hollywood? -pregunt? Marlowe.
- Algunos viejos, a los que no veo hace tiempo, y dos muchachos que vienen a verme de vez en cuando para charlar sobre la comicidad. Ellos tienen mucho trabajo. Usted los conoce: Jerry Lewis y Dick van Dyke.
- No voy mucho al cine, pero los he visto. ?Son sus amigos?
- Dick es un amigo. Tiene talento; mucho talento. Me considera su maestro. Viene a casa y charlamos largas horas.
-?Porqu? no lo contrata?
- El no puede contratarme. Es posible que no se anime a incluir en sus pel?culas al viejo maestro.
- Entiendo. Por ah? anda a las trompadas un muchacho a quien le ense?? el oficio, pero no se le ocurre colaborar con el viejo Marlowe. Viene a visitarme para tomar whisky. Me consulta sus casos, me da la mano y se va. Lew es un gran muchacho, preocupado por el psicoan?lisis, pero debe creer que los viejos viven del aire. Los productores pensar?n que usted est? en buena posici?n y que sin Hardy no le interesa trabajar.
- Cuando ?l viv?a tampoco nos ofrecieron nada. En el cincuenta y uno hicimos una pel?cula en Paris. Fue lo ?ltimo.
- ?Ganaron dinero?
- No. La pel?cula fue un fracaso. Ollie estaba enfermo y no pod?a moverse demasiado. Yo tambi?n hab?a estado con ataques y no era un buen momento. No filmamos en Estados Unidos desde que Ollie volvi? de la guerra.
- ?Hardy fue a la guerra?
- Hab?a recibido instrucci?n en un colegio militar cuando muchacho. Lo llamaron y le dieron el grado de capit?n. Estuvo en Gibraltar.
- ?El quer?a ir al frente?
- Era un muchacho muy despreocupado. Lo tom? en broma. Me dijo: "Me voy al frente" y no lo vi hasta un a?o despu?s. Cuando me cont? sus an?cdotas pens? en filmar una pel?cula, pero ?l estaba muy dolorido por todo lo que ocurri? y preferimos dejarlo.
- ?Cu?ndo muri??
- En 1957, en un hospital. Estaba muy enfermo y paral?tico. Fue una ?poca muy dif?cil. No fui al entierro y me criticaron por eso, pero no pod?a ir.
-?Por qu??
- Ollie no era s?lo un amigo. Era parte de m?; ninguno pod?a ser nada sin el otro. Nuestra vida fue el cine y lo compartimos todo. No nos ve?amos mucho, pero hac?amos lo ?nico que justificaba nuestra vida: filmar. Pronto me di cuenta de que ?ramos uno solo. Yo no pod?a asistir a mi propio entierro.
- ?Porqu? me dijo ayer que estaba muriendo?
- Estoy enfermo, Marlowe. Soy diab?tico y tengo ataques. S? que no me queda mucho tiempo. Pero no era eso lo que trataba de decirle. Desde que no trabajo me estoy muriendo un poco cada d?a. Cuando uno tiene un solo motivo para vivir, y ese motivo desaparece, siente que est? de m?s. Quiero que usted averig?e por que los productores me han olvidado.
- ?Tuvo relaci?n con los diez de Hollywood?
- ?Los diez de Hollywood?
- Sabe de que hablo: los juicios de Joe.
- Los conozco, pero nada m?s.
- Espero que no me mienta -dijo el detective-. la pol?tica ha dejado fuera de carrera a m?s actores que la droga. Usted conoce bien todo eso. Si Joe ve?a rojo era para echar a correr. S? de uno de los condenados. Pas? nueve meses preso por vender bonos para el partido. ?l quer?a ayudar a los otros detenidos y lo metieron adentro. Su vida result? un desastre: uno puede ser un desgraciado y seguramente ir? preso. Haga la prueba. Se?ale a los culpables de su suerte y le dar?n una buena celda. H?gase rico o sea un rebelde famoso y lo aplaudir?n.
- No se enoje, detective.
- No estoy enojado -Marlowe levant? la voz-, pero me molesta que se haga el inocente, Laurel.
- No entiendo -Stan baj? el tono.
- D?jelo.
- Una vez Buster Keaton me dijo que hab?amos cometido un error, porque nuestros argumentos se basaban en la destrucci?n de la propiedad privada y en el ataque a la polic?a. Dec?a que la gente se re?a de eso, pero en el fondo nos odiaba.
- ?D?nde est? ahora Keaton?
- Creo que en Canad?, haciendo pel?culas de turismo. Est? en la miseria.
- ?No me diga!
- Muchos c?micos terminaron as?. Chaplin se salv?.
-?Se salv?? -se burl? el detective.
- A ?l tambi?n lo persiguieron. Tuvo que irse.
- Vea, amigo, cuando en este pa?s lo persiguen a uno en serio, es dif?cil escapar. Chaplin fue un rebelde famoso, lleno de mujeres y de millones. Joe no ten?a inter?s en meterlo a la sombra. Un d?a de estos volver? a pasear su esqueleto por Hollywood y le har?n reverencias. Es posible que le levanten un monumento. Usted y yo estaremos pidiendo limosna en la entrada de los estudios.
- No exagere -respondi? el actor.
- Esta bien. Estoy sintiendo frio. Cambiemos este billete de cien en lo de V?ctor. Prepara un gimlet de primera y a esta hora el bar est? casi desierto.?

Ollie se ha sentado en un sill?n donde el cuerpo parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta calidad, tratando de que las cenizas no caigan sobre el piso brillante del hall. Su vista sube, baja, gira y se detiene en los cuadros de las paredes, en los muebles, en todo ese lujo que adorna la sala confortable pero deshabitada.
"Que viejo est?", piensa la secretaria vieja, que ha entrado por una puerta enorme y se acerca al gordo con una sonrisa.
- El se?or Wayne lo recibir? en un momento -le dice y a?n cuando ha terminado de hablar sostiene su mirada a trav?s de los lentes.
- Gracias -contesta el gordo, e inclina la cabeza a modo de saludo. A ella le parece que el juego es el mismo de siempre, solo que falta Stan para levantar su sombrero y responder al saludo.
El gordo no se ha movido del sill?n y continua mirando discretamente a su alrededor, hasta descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una equis sobre la pared, justo frente a ?l. A la derecha, una bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de cuidar sus pliegues imperfectos.
Apaga el cigarro y se arrellana en el asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un poco de verg?enza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le ha dicho que no se apresure. No le habl? mal de Wayne porque nunca habla mal de nadie, pero ?l se dio cuenta de que no le cae simp?tico. Tal vez haya sido una imprudencia molestarlo, interrumpir su trabajo.
La puerta se abre y la secretaria, solemne y curiosa, le indica que pase. Transpone la puerta enorme y encuentra el vac?o. All?, a lo lejos, un cowboy se pone de pie y levanta los brazos, jovial y descansado, como si acabara de despertarse de una siesta.
-?Mi viejo Ollie! -grita. Avanza. Sacude el cuerpo flaco, excesivamente alto. Lleva un pantal?n vaquero de cuero y una chaqueta de cheyenne; a ambos lados de la cintura cuelgan las pistolas. Cuando est?n a dos metros el gordo anticipa la mano derecha y una sonrisa. Wayne, con la velocidad de un rayo, saca sus pistolas y aprieta ambos gatillos a la vez.
Hay un chasquido seco, absurdo, que se pierde en el aire; una carcajada falsa, hiriente, m?s de complicidad que de gozo, deforma la cara del cowboy. Ollie comienza a sonre?r. Es una respuesta t?mida y sorprendida que se apaga pronto. Wayne sigue riendo mientras las pistolas giran en sus dedos, pasan de una mano a otra antes de caer en las fundas.
- ?Mi viejo Ollie! -repite Wayne y estrecha los hombros del gordo que sonr?e sin ganas, apenas con un gesto quebrado-. ?Qu? te parece mi ropa para la pr?xima pel?cula? -pregunta Wayne.
- Est?s muy bien, sos un verdadero cowboy- contesta Ollie y su mirada recorre cada detalle.
- Hay que cuidar la forma, Ollie -dice Wayne mientras levanta las cejas-, el p?blico no quiere vaqueros mal entrazados, que den risa.
Hace un par?ntesis, como disfrutando, y agrega: -Ustedes si que dieron risa. Ya lo creo.
- Gracias -contesta el gordo, que sostiene el sombrero entre sus manos.
Lo ve alejarse hacia el escritorio, en el fondo del sal?n, y lo sigue con paso lento. No hablan. La enorme figura del vaquero se hace m?s imponente al recortarse frente al ventanal. Se sienta tras el escritorio y saca un cigarrillo que enciende con una peque?a pistola. Una enorme pintura de Custer se empeque?ece a sus espaldas. Por fin, habla:
- ?Qu? te trae de visita, Ollie?
El gordo vacila. Parece un principiante, o un viejo est?pido. Dice en voz baja:
- Busco un papel, John; algo para mi solo. Stan y yo tenemos algunas propuestas, pero ?l prefiere elegir los guiones. Estudia demasiado las cosas y entretanto...
- Ustedes todav?a pueden trabajar, Ollie... ?Qu? es eso de separarse?
- No nos separamos, John, busco algo transitorio. Mi situaci?n no es buena y unos d?lares me vendr?an bien.
Wayne ha sacado una pistola y mira dentro del tambor, lo hace girar, sopla el humo del cigarrillo a trav?s del ca?o.
- Deb? imaginarlo. Puedo darte algo en The Fighting Kentuckian. Un villano o algo as?.
- Un villano...
- Algo as?.
Se miran. El gordo se siente como un elefante indefenso ante el cazador. Ahora sabe que Stan ten?a raz?n. Aqu? est?, convertido en un villano, disfrazado con un gorro de piel y una carabina.
- Arregla con el ayudante de producci?n ?oye decir. Sale. No sabe si ha tendido otra vez su mano, pero se la lleva a la boca y siente gusto a p?lvora.?
La vieja secretaria lo despide con una sonrisa. "?Que viejo est?!", piensa.

El ?mnibus lo dej? cerca de Santa M?nica. El palacete de John Wayne ocupaba una manzana, ten?a dos plantas y estaba rodeado de jardines. Observados a distancia, eran como manchones verdes en los que se mezclaban flores rojas y pinos y fuentes de agua. Marlowe pas? de largo. Aunque nadie la custodiaba, la mansi?n tenia algo de infranqueable.
Por fin, el detective se decidi?. Volvi? sobre sus pasos y cruz? los jardines. Caminaba lentamente, levantando la vista hacia las ventanas del piso alto. Nada indicaba que la casa estuviera habitada. Lleg? a la puerta principal e hizo sonar la campanilla.
Esper? algunos segundos y repiti? el llamado, pero nadie respondi?. Dio un rodeo a la mansi?n. El sol d?bil del invierno se ocultaba y un viento fresco cruzaba por el jard?n. Marlowe lo sinti? en el pecho. Se pregunt? si este ser?a el mismo lugar al que quince a?os antes hab?an llegado el gordo Oliver Hardy a pedir trabajo. Pens? (mientras en sus labios se dibujaba apenas una sonrisa) que ?l estaba ahora en la misma situaci?n que aquel gordo: sin un d?lar y con los huesos cansados de tanto andar. De pronto, tuvo necesidad de entrar en esa casa, de recorrer los pasillos. Lleg? al contrafrente. Dos ventanales estaban entreabiertos. Desde el interior surg?an voces y extra?os sonidos. Se pregunt? si habr?a una fiesta. Prob? el picaporte de una de las puertas y abri?. Era un pasillo oscuro por el que avanz? casi a tientas. Por fin entr? a una habitaci?n cubierta de sombras. Tom? por otro pasillo hasta una escalera. Las voces eran m?s intensas y algunos destellos de luz llegaban desde la planta alta. Comenz? a subir. Una voz grave y pausada lo detuvo.
-?Ad?nde cree que va?
Un cincuent?n cuadrado y macizo se coloc? frente a ?l. Estaba vestido de cowboy. Las ropas eran flamantes y desped?an brillo. En el pecho el grandull?n ten?a colocada una estrella de sheriff. En la mano derecha sosten?a un revolver.
-Un raterito, ?eh? -gru?o el sheriff.
-Soy Philip Marlowe, detective privado. Busco al se?or Wayne.
-Al senor Wayne -repiti? el otro-. ?Sabe lo que hacemos aqu? con los intrusos?
-S?. Les dan un papel de villanos en una pel?cula.
-?C?mo adivin?? En las pel?culas del Oeste los villanos siempre salen castigados. A veces ni se pagan su ata?d. Empiece a subir, compa?ero.
Marlowe avanz? por la escalera. Detr?s, el cowboy parec?a un oso sosteniendo un revolver. Entraron en una habitaci?n donde media docena de vaqueros tomaban whisky y Coca Cola. Un par de ellos se dio vuelta para mirar a los reci?n llegados, pero no les prestaron atenci?n. El cazador empuj? su presa hacia un extremo del sal?n. Marlowe reconoci? a John Wayne que conversaba con dos rubias. Nunca crey? que pudiera ser tan alto. Estaba de pie y sosten?a un vaso de whisky en una mano.
-Lo encontr? husmeando abajo, se?or. Un raterito, si me permite que lo juzgue por su aspecto. Iba a darle una paliza, pero me dijo que era detective privado y que quer?a hablar con usted.
-?C?mo se llama? -pregunto Wayne, sin mover un m?sculo, ni dar demasiada importancia al asunto.
-Philip Marlowe. Si ese oso deja de apuntarme podr?a mostrarle mi credencial.
-Guarda la pistola, Johnson -el hombre obedeci?-. Hable, amigo. Estoy trabajando y tengo poco tiempo.
El detective no supo que decir. Era absurdo recordar aquel episodio de quince a?os atr?s, cuando el hombre gordo, uno de los m?s grandes c?micos del cine, se plant? frente al cowboy para pedirle un papel en una pel?cula. Wayne se lo hab?a dado.
-Quisiera un papel en una pel?cula -dijo Marlowe.
Wayne lo miro, incr?dulo. Sacudi? su cabeza, de la que colgaba un sombrero tejano.
-Usted es un bromista inoportuno o un idiota. Nadie pide un papel en una pel?cula de esta manera. Entra en mi casa sin que lo inviten, por la puerta de atr?s, dice que es un detective y termina pidiendo un trabajo. Creo que usted busca una paliza.
-?Eso, jefe! ?Una paliza! -grit? Johnson, mientras tiraba un derechazo que dio en una oreja del detective. Marlowe tambaleo, pero alcanzo a mantenerse de pie.
Wayne solt? una carcajada. Dio un paso al frente y con la pierna derecha aplico una patada en la barriga del detective. Este cay? hacia atr?s. Johnson le dio con la culata del revolver en el cuello. El detective lanz? un par de gemidos, se ahog? y cay? de costado.
Un hilo de sangre le corr?a desde la oreja golpeada. Tenia el rostro morado. Intent? levantarse. Abri? una mano delante de la cara como pidiendo que no lo castigaran m?s. Un hombre que estaba a su lado le volc? una botella de Coca Cola en la cara. Marlowe escuchaba a la distancia la m?sica de un circo remoto y se vio cercado por las fieras. Se sent?a como un espectador imb?cil que por error entra a la jaula y es atacado por los leones.
-?Usted es una mierda! -grit? y sinti? un gusto amargo en la garganta. Wayne se acerc? y tir? una patada que destroz? la nariz del detective. Todo dio vueltas en su cabeza. Se sinti? impotente; no ten?a ganas ni fuerzas para defenderse. Sent?a que tragaba sangre y paladeaba un sabor dulce.
-?Corten! -grit? alguien. Las poderosas luces se apagaron y varios hombres corrieron hacia el detective que sangraba en el piso. Tenia las ropas destrozadas.
-Fue una gran toma -dijo satisfecho el director, que sosten?a un enorme cigarro en la boca y vest?a camisa a cuadros negros y rojos-. Un gran realismo, se?or Wayne. Tal vez podamos utilizar la escena en alg?n filme.
-T?renlo -murmuro Wayne, mientras daba vueltas el cuerpo de Marlowe con su bota negra-. Hay que seguir trabajando.

?

-Parece que se cay? de la estatua de la Libertad -dijo una voz a su lado.
El detective gir? la cabeza y encontr? la peque?a figura de Laurel. Reconoci? el rostro cruzado por las arrugas, los ojos peque?os que parec?an estar lagrimeando siempre.
-Acert?, amigo. Pero no lo lamente. Siempre estoy cayendo y ya me acostumbr?. ?Cu?ntos huesos rotos tengo?
-Los de la nariz, pero ya los han puesto en su lugar. La oreja derecha no le servir? para escuchar a Mozart, si es demasiado exigente. Lo dem?s se curar? pronto.
-?Puedo irme a mi casa?
-Tal vez ma?ana lo dejen salir. Los del hospital hicieron la denuncia a la polic?a. ?Qu? les dir??
-Que me agarr? una bicicleta.

Marlowe despert? en un hospital. Parpade? y sus ojos percibieron el blanco inmaculado de las paredes, de las s?banas, de los m?dicos y de las enfermeras. Se toc? la cara. Estaba forrada. S?lo la boca y los ojos asomaban entre las vendas.

Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento es fresco y h?medo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras iguales las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Ollie, el de la ceniza. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan pasa su lengua por los labios y siente, quiz? por ?ltima vez en este viaje, el gusto salado del mar.
Tiene los ojos celestes, peque?os y rasgados, las orejas abiertas, el pelo lacio y revuelto. Toda la amargura del mundo mira, desde esa cara, la costa inglesa.
El gordo est? prolijamente peinado, el pelo ralo apretado por la gomina. La brisa le hace entrecerrar los ojos. Una arruga le cae entre las cejas, otras dos a los costados de la nariz y la boca es un arco fl?ccido sobre el ment?n quebrado.
Stan coloca una mano sobre sus ojos para evitar el fulgor del sol que se levanta en el horizonte. Esta costa (la misma que dej? hace cuarenta a?os) es otra para ?l. El flaco ha movido levemente la cabeza y le ha parecido percibir, en el gesto del gordo Ollie, una mueca parecida a una sonrisa.
-Ya salen los pescadores -ha dicho el gordo.
A lo lejos centenares de botes dejan la costa en direcci?n al barco. S?lo Laurel y Hardy permanecen en cubierta. Ambos han levantado las solapas de sus sacos, aunque no hace demasiado frio.
-Habr? que tomar un tren hasta Lancashire -dice el flaco sin mirar a su compa?ero, y agrega-: Los trenes tienen que ver con el principio y con el final.
Por primera vez, Ollie se ha dado vuelta para mirarlo. Luego baja la vista. "Los trenes tienen algo que ver con el principio y con el final", piensa.
Es cierto. Tambi?n los barcos y la distancia. Uno siempre va a morir lejos de los mejores lugares. Por verg?enza tal vez, como los elefantes. El siempre tuvo algo de elefante. No s?lo f?sicamente. Los elefantes son codiciados en su mejor momento, cuando sus colmillos son frescos y deslumbrantes. La gente solo busca eso, los colmillos. Si atrapa a un elefante enseguida se los corta y toda la grandeza del animal desaparece. Queda apenas el cuerpo pesado, dolorido; tan dolorido est? el animal que cualquiera puede matarlo.
-Me siento como un elefante -ha dicho Ollie. Stan lo mira y luego dirige sus ojos a la distancia, donde los botes avanzan agitados por el mar-. ?Tu padre sabe que llegas? -pregunta Ollie.
-Le mand? un telegrama. Habr? funci?n en el pueblo. El todav?a trabaja en el teatro del condado. Debe tener ochenta a?os. Ya no me acuerdo de su cara.
Cuarenta a?os fuera de Inglaterra. Nunca extra?? demasiado. Sin embargo, Stan siente esta madrugada un suave estremecimiento cuando piensa que ver? a su padre, que subir? otra vez a un escenario ingl?s como en aquellos tiempos de la troupe de Karno. Su padre lo hizo actor y esper? de ?l algo que nunca podr?a conseguir en su pueblo. ?Lo hab?a logrado?
Stan siente que un peso le oprime el pecho. Dos viejos van a encontrarse. Ambos son iguales ahora. Ollie mira a Stan. El flaco tiene los ojos nublados y siente un poco de frio. El sol se levanta cada vez m?s. Las estrellas, que a?n brillan, son las mismas de aquella noche de 1912 cuando abandon? Inglaterra. El flaco siente ahora lo mismo que entonces. Es necesario apostar otra vez por la vida; pero no sabe si alguien se atrever? a aceptar su apuesta.
Stan enciende un cigarrillo. Tiene que darse vuelta, dar la espalda al viento para que el f?sforo no se apague.
A lo lejos comienzan a sonar las campanas de la iglesia del pueblo. Ollie reconoce antes que Stan el ritmo de los ta?idos, la m?sica que tantas veces oyeron en sus pel?culas.
Se han mirado sin hablar. Stan se cubre la cara con las manos. Arroja el cigarrillo al mar. Ollie le da la espalda. El barco ha entrado en puerto y el ancla cae con un ruido sordo. El gordo se aleja tras la gente que desciende.
De un bolsillo, Stan saca un pu?ado de d?lares verdes y arrugados, los estruja con fuerza y los arroja al mar.
- Estoy vivo, pap? -dice, y salta a tierra.

?


?

Stan y Ollie murieron desafi?ndose, sonrieron con gesto torvo y rehusaron estar acongojados. Yo quiero decir ahora a Stan lo que el siempre me dijo cuando nos desped?amos: 'Dios te bendiga'."
Dick van Dyke en su tributo f?nebre a Stan Laurel.
Cementerio de Forest Lawn,
febrero de 1965.

Marlowe caminaba por el sendero rojizo del cementerio entre tumbas chatas y blancas. Algunas ten?an flores frescas y otras estaban cubiertas de tallos secos. Desemboc? en una amplia calle asfaltada por la que de vez en cuando pasaba un auto. En un Buick azul, descapotado, una mujer joven, vestida de negro, lloraba en el asiento trasero, mientras el chofer manejaba el coche lentamente, con una seriedad que se acentuaba por sus grandes anteojos negros.
El detective encendi? un cigarrillo, el ?ltimo, y tir? el paquete en un canasto que estaba colmado de flores marchitas. Llego al indicador. Se detuvo un instante hasta orientarse. Tom? nuevamente por un camino angosto, de ripio, mientras aspiraba lentamente el humo del cigarrillo. Su cuerpo alto, un poco encorvado, asomaba por sobre las tumbas bajas. Regresaba sin saber por que al lugar donde siete a?os atr?s hab?a visto enterrar al viejo Stan Laurel. Marlowe pens? que desde entonces no ve?a a alguien morir en su cama.
Al llegar a la tumba vio a un hombre que estaba parado frente a ella, quieto como una estatua. Ni siquiera cuando Marlowe se puso a su espalda se dio vuelta. Segu?a inmutable y en su rostro hab?a un dolor sereno. Parec?a tener alrededor de treinta a?os, no era ni alto ni bajo, y sus piernas, bastante chuecas, estaban entreabiertas. Cuando pas? a su lado, Marlowe lo mir? atentamente. La cara del hombre era redonda y le quedaba poco pelo para protegerse de la ligera llovizna que empezaba a caer. La nariz peque?a estaba colorada y de vez en cuando la frotaba con un pa?uelo. No era que estuviese llorando; se dir?a, m?s bien, que estaba resfriado. Sin ser muy gordo, su barriga desentonaba con el resto del cuerpo. Estaba encorvado y fumaba con avidez. De pronto se movi?, fue hasta una tumba vecina, se apoyo en ella sin importarle demasiado, meti? la mano derecha en un bolsillo y se qued? con la mirada fija en el cielo.
-?Lo conoc?a? -pregunt? Marlowe.
El hombre bajo la vista y miro al detective. En sus labios apareci? una sonrisa sin sentido, como si se dispusiera a iniciar una charla amable.
-No personalmente. ?Usted es pariente?
Hablaba un ingl?s tan malo que Marlowe tuvo que hacer un esfuerzo para entender el sentido de la frase.
-No. ?De donde es usted? Si es que existe alguna parte en el mundo donde se hable de esa manera.
-Soy argentino. Perd?neme, nunca tuve facilidad para el ingl?s.
-?Qu? hace aqu?, frente al viejo Stan? ?Anota el lugar para incluirlo en las gu?as de turismo de los gauchos?
-?Perd?n?
Marlowe se acerco al hombre que dej? de apoyarse en la tumba vecina. No entend?a bien esa sonrisa permanente en la cara redonda y mofletuda.
-Mire, amigo -dijo en castellano-, hablo bastante bien el espa?ol y creo que eso ser? un alivio para usted. Le pregunt? que hace frente al viejo Stan.
-Nada. ?Esta prohibido pararse aqu?? Desde que llegue a Estados Unidos estoy cometiendo infracciones.
-Le habr? costado explicarse. Soy detective privado; Laurel me hab?a contratado poco antes de morir.
-?Para que?
-Man?as de viejo. Se estaba muriendo y lo sabia. Era un hombre desesperado.
- ?Usted lleg? a conocerlo bien?
-Lo que un detective puede conocer a una persona con la que ha hablado una docena de veces.
El hombre cobr? un s?bito inter?s por el detective. Sac? un atado de cigarrillos argentinos (en el otro bolsillo tenia los Lucky, pero pens? que esto despertar?a, aunque sea de una manera trivial, el inter?s del norteamericano) y convid? uno a Marlowe. Dej? que le diera fuego. El argentino advirti? de pronto que el hombre que ten?a ante s? no se parec?a demasiado a otros que hab?a conocido en Los ?ngeles. Parec?a un poco lejano y hosco, como si lo hubieran desclavado (se le ocurri? esa imagen) de una pared y en su lugar hubiera quedado un agujero in?til. El clavo, viejo y oxidado, hasta algo torcido, tampoco serv?a para nada. Desde su llegada, el argentino estaba solo, en un hotel barato y sucio, y se alegr? de hallar a alguien con quien charlar sobre Laurel y Hardy.
-Disc?lpeme -habl? bajando la voz, como si tuviera verg?enza de lo que iba a decir-; tengo mucho inter?s en hablar con usted sobre Laurel. Si no es un inconveniente... creo que podr?a invitarlo a cenar esta noche, o a la tarde, no s?... me confundo un poco con los horarios de las comidas en este pa?s.
-?Est? solo?
-S?. Soy periodista, pero no busco informaci?n. Estoy escribiendo una novela sobre Laurel y Hardy y pens? que usted...
-Conoc? a un solo novelista, un tal Wade, y me trajo problemas. Usted no busca l?os, ?verdad?
-No. Parece estar siempre en guardia.
-Es parte de mi oficio. A causa de eso pas? los cincuenta. Tengo algunas palizas encima pero puedo darme el lujo de abandonar el cementerio caminando.
El argentino ri? como si Marlowe hubiera hecho un chiste. El detective se mantuvo impasible, entonces el periodista dej? de re?r y pregunt?:
- ?Qu? me dice, acepta? No tengo mucha plata, pero puedo pagar una comida.
-Eso es bastante en estos tiempos.
El argentino meti? la mano en el bolsillo de su saco y empez? a caminar por el sendero de ripio. Iba a hablar cuando advirti? que estaba solo. Se dio vuelta y vio a Marlowe parado ante la tumba de Laurel. Fue un instante. El detective camin? hacia ?l dando largas zancadas.
-?C?mo se llama?
-Soriano. Osvaldo Soriano.
-Soy Philip Marlowe. Con e al final. Eso me tra?a algunas dificultades con los cheques que me enviaban los clientes.
Soriano estaba riendo otra vez, pero al ver que el detective segu?a impasible dej? de hacerlo.
-?Ad?nde va ahora?
-Voy a cerrar la oficina. Acomp??eme, si no le molesta viajar en ?mnibus.
-No me molesta.

?


Publicado por carmenlobo @ 9:51  | Literatura
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios