Martes, 19 de octubre de 2010



Osvaldo Soriano:"Triste, solitario y final"

"Hasta la vista, amigo. No le digo adi?s. Se lo dije cuando ten?a alg?n significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final."

Philip Marlowe en?El largo adi?s

?



Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y h?medo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Charlie, el del fuego. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se pasa la lengua por los labios y siente, quiz? por ?ltima vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos celestes, peque?os y rasgados, las orejas abiertas, el pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve y a pesar de sus diecisiete a?os esta acostumbrado a fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de Londres, su cuerpo peque?o esta r?gido y siente que el miedo le ha ca?do encima desde alguna parte.
Charlie, que frente al p?blico es un payaso triste, sonr?e ahora, desafiante y fri?. Apoyado en la popa ha inclinado el cuerpo hacia adelante, como si quisiera estar m?s cerca de Manhattan, como si tuviera apuro por asaltar al gigante.
-Mi padre dijo que el cine matar? a los c?micos -ha dicho Stan.
Lo dice con amargura, porque ha recordado a su padre que tambi?n es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperaci?n de los fracasados, la alegr?a moment?nea de una mueca; las ha visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa durante las cenas en la vieja casa de Lancashire. Las primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no puede volver atr?s, que cualquiera sea su destine, el esta all? para aceptarlo.
-Matara a los c?micos sin talento -ha respondi? Charlie, sin mirar a su compa?ero cada vez m?s lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega, que toda Norteam?rica es un auditorio en silencio que espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de asombro, los aplausos, los vivas! de la multitud, siente que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen m?s fuego que nunca y descubre a su alrededor el j?bilo de sus compa?eros de la troupe que festejan la llegada. Stan sonr?e brevemente. Se tapa la cara con las manos porque una sensaci?n vaga y molesta le toca el coraz?n y las tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos, mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque sabe que esta ante un vencedor.
Las lanchas se acercan al barco y lo remolcan. El d?a es luminoso y la niebla se ha levantado. Algunos actores tragan scotch y dan alaridos incomprensibles. Ellos volver?n pronto a Londres, abrazar?n a sus mujeres y a sus hijos y narraran la aventura de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la escalinata. Ya no pertenece a la troupe.
Una ola de sangre caliente inunda las venas de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie est? apostando por el ?xito y la fama. De un bolsillo saca un pu?ado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se ha quedado solo y si pudiera verse sentir?a verg?enza.
-No van a matarme, pap? -dice, y salta a tierra.


El viejo Stan Laurel baj? del taxi. Mir? el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprob? el n?mero del edificio. El tr?nsito era intenso como todas las ma?anas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenia frente a ?l no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los a?os. Antes de tomar el ascensor se quito el sombrero. Nadie presto atenci?n a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se hab?a quedado solo. Sali? a un pasillo mohoso, iluminado por un par de l?mparas fluorescentes. Camin? unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que ten?a un vidrio esmerilado. En el se le?a: "Philip Marlowe, detective privado", y m?s abajo: "Entre sin llamar".
Entr? sin hacer ruido. Se hab?a vuelto cauteloso y no supo por que. Ante ?l hab?a una peque?a sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sent?. Dej? el sombrero sobre la mesa y tomo una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitaci?n. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no hab?an sido limpiadas en los ?ltimos a?os, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca hab?a alcanzado el techo. Stan fij? sus ojos en la puerta entreabierta que ten?a frente a ?l. Inclino el cuerpo, pero no alcanzo a ver el interior de la oficina. Alguien abri? la puerta por completo.
-Pase, se?or Laurel.
Marlowe era un hombre de unos cincuenta a?os, un metro ochenta de alto, cabello casta?o oscuro, aunque las canas lo hab?an blanqueado demasiado. Sus ojos, tambi?n casta?os, ten?an una mirada dura pero melanc?lica. Vest?a un traje gris claro al que hacia falta planchar.
Stan, peque?o y desgarbado, entr? en la oficina. La habitaci?n estaba iluminada por el sol que entraba a trav?s del ventanal. Marlowe se acomodo en su sill?n, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el holl?n.
-?C?mo supo mi n?mero? -pregunt? el detective, mientras con un gesto invitaba a Stan a sentarse.
-En verdad, se?or Marlowe, lo tome al azar de la gu?a.
Marlowe encendi? un cigarrillo y ech? su cuerpo hacia adelante.
-?Pidi? referencias? ?Sabe al menos quien soy?
-No. No lo hice. ?Qu? importa eso? Usted anda en este trabajo desde hace muchos a?os, seg?n me dijo por tel?fono. Si me gusta lo contratar?.
-No es un buen procedimiento, se?or Laurel. Usted es un hombre famoso. Podr?a pagar los servicios de una agencia.
-Soy un hombre famoso al que nadie conoce, se?or Marlowe. Se equivoca. No puedo pagar una agencia. No tengo mucho dinero. ?Cu?nto me dijo que cobraba por su trabajo?
-Cuarenta d?lares diarios y los gastos.
-Est? dentro de mis posibilidades, siempre que los gastos no sean muchos.
-?Est? seguro de no ser un avaro?
-Estoy casi en la ruina si le interesa saberlo. Tal vez no le convenga perder su tiempo conmigo.
-Eso lo ver? despu?s. Antes quiero saber por que uno de los c?micos m?s famosos de Hollywood viene a visitar al viejo Marlowe. No me ocupo de divorcios ni persigo a j?venes drogadictos.
-No es ese mi problema.
-Me encanta saberlo. Lo escucho.
-Me estoy muriendo, se?or Marlowe.
-No se nota.
-Sin embargo, es as?. Ollie tuvo suerte. Le fall? el coraz?n y termin? con todo. Yo me estoy muriendo lentamente, pero creo que las cosas deber?an ser mejores para un viejo actor.
-Usted no necesita un detective -gru?o Marlowe-. Hable con un agente de seguros y con un sepulturero.
-No creo que tome en serio a sus clientes.
-Usted no es mi cliente, se?or Laurel. Me parece un hombre desesperado ante la proximidad de la muerte y yo no me ocupo de esos problemas. Si me permite una sugerencia, hable con un cura; usted necesita un consejero espiritual. Tal vez lo metan en un asilo de ancianos.
-No necesito consejos. Se como recibir la muerte. Tengo setenta y cinco anos, filme m?s de trescientas pel?culas, recib? un Oscar, conoc? el mundo, me case ocho veces, varias de ellas con la mujer que ahora est? a mi lado. No me importa morir. No vine aqu? a pelearme con un detective impertinente que ni siquiera tiene su oficina limpia. Vine a contratarlo. No se ofenda, Marlowe, pero usted es un tonto. Con esos modales no lo alquilar?n ni para cuidar el perro de un
ejecutivo. Y lo peor es que ya es demasiado grandecito para cambiar.
-No rezongue, se?or Laurel. Me gano la vida como puedo. No tengo demasiado dinero porque me niego a atender las chocherias de los viejos.
-Muy bien -el actor se levanto de su sill?n-, aqu? tiene mi tel?fono. Ll?meme si cambia de idea. Usted es muy torpe, pero me parece decente.
Stan Laurel abandon? la oficina con la misma cautela con que hab?a entrado. El detective lo sigui? con los ojos. Cuando la puerta se cerr?, echo una mirada a su reloj. Eran m?s de las doce. Bajo a la calle y camin? dos cuadras hasta el bar de V?ctor. Comi? un s?ndwich y tomo una Coca Cola. Se quedo un rato pensando en el viejo Laurel. Fum? lentamente un cigarrillo. Pidi? un diario a V?ctor y busc? la p?gina de espect?culos. En un cine de segunda categor?a daban un programa de cortos c?micos: Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Larry Semon.?
Sali? a la calle.

Un fr?o seco, cortante, extra?o en Los ?ngeles, obligaba a la gente a envolverse en sobretodos y a caminar con apuro. El sol hab?a desaparecido detr?s de la muralla de edificios. Marlowe volvi? a su oficina. Del escritorio sac? una botella de whisky y un vaso. Se ech? en el sill?n, puso los pies sobre el escritorio y tom? algunos tragos. Encendi? otro cigarrillo, pero lo apag? enseguida. Intent? dormir. Cerr? los ojos, pero fue in?til. Pens? que desde su divorcio apenas hab?a trabajado en un par de casos.
Despu?s de separarse de su mujer, anduvo varios meses vagabundeando, borracho, por los suburbios de la ciudad. Recibi? un par de palizas y durmi? cuatro noches en la c?rcel. Entonces decidi? alquilar nuevamente su antigua oficina. Cada vez estaba m?s cansado y sus ahorros -mil doscientos d?lares- volaron en seguida. Tuvo que vender el auto para alquilar una casa de dos habitaciones en un barrio de clase media, en las colinas bajas.
Meti? la mano en el bolsillo y sac? algunos billetes arrugados. Los cont?: veintisiete d?lares con cincuenta. "Animo, Marlowe -se dijo-, las estupideces se pagan siempre", y record? su casamiento con Linda Loring, una millonaria posesiva, que lo rode? de lujo y lo colm? de aburrimiento durante seis meses.
No pod?a dormir m?s de dos o tres horas por d?a. Decidi? ir al cine de los c?micos. Necesitaba re?r un rato. Tom? un ?mnibus que lo dej? a tres cuadras. Camin? con pereza. Hac?a cada vez m?s frio. Levant? la cabeza para ver, sobre los edificios, un cielo color de plomo. A su lado, la gente pasaba apresurada. Se dio cuenta de que no ten?a sobretodo. Lo hab?a perdido en una noche de borrachera.
Sac? la entrada y se qued? en el hall fumando un cigarrillo. Esper? a que terminara la pel?cula de Chaplin. No le gustaba ese hombrecito engre?do, al que siempre le iba mal en las pel?culas y bien en la vida. La empleada de la boleter?a lo miraba. Era una mirada curiosa que recorr?a el traje arrugado. Se enderez? las solapas, pero ella lo sigui? observando. El le gui?? un ojo y la muchacha dio vuelta la cara. Entr?. Hab?a poco p?blico a esa hora y todos estaban juntos, como protegi?ndose del frio. Marlowe se sent? en una butaca desvencijada. Vio a B?ster Keaton, que sub?a y bajaba escaleras a toda velocidad con su cara imperturbable y tr?gica. Vio a Laurel y Hardy, que trataban de vender un ?rbol de Navidad a Jimmy Finlayson. Los vio luego destruir la casa del furioso cliente, mientras este romp?a el Ford a bigotes del gordo y el flaco ante una multitud de vecinos curiosos. Empez? a re?r y no pudo parar. Sinti? dolores en la barriga, pero aquellos dos hombres no se deten?an nunca; lo obligaban a re?r cada vez m?s. Cuando apareci? en la pantalla el polic?a Edgar Kennedy, Marlowe se par? y abandon? la sala. No quer?a saber si los llevar?a presos. Camin? unas cuadras y tom? el ?mnibus. Llego a la oficina a las seis de la tarde. Quedaba poca gente en el edificio. No sab?a por qu? regresaba all?. No ten?a trabajo y nadie lo esperaba. Tom? un trago y se qued? sentado hasta que la oscuridad lo rode?. No ten?a ganas de levantarse a encender la luz. Empez? a sentirse mal. Siempre se sent?a mal al caer la tarde. Tal vez Capablanca quiera jugar una partida de ajedrez, pens?. Cerr? la oficina y sali?. El ?mnibus tardaba casi una hora en llegar a su casa.
Subi? los escalones de tronco de pino del viejo chalet. Los yuyos hab?an cubierto el jard?n. Abri? la puerta y encendi? la luz del porche. "Una tarde me voy a quedar a cortar los yuyos", se dijo. Entr?. La sala ol?a a encierro y resultaba tan poco acogedora e impersonal como siempre. Prepar? algo de comer en la cocina. Sac? el tablero y despleg? las piezas. En verdad no ten?a ganas de jugar. Guard? el ajedrez. Se sent?a peor que Capablanca. Comi? poco. Encendi? el televisor y vio el noticiero. El presidente Johnson ordenaba bombardeos en Vietnam. Apag? el televisor. Record? algunas palabras que Laurel le hab?a dicho esa ma?ana: "Las cosas deber?an ser mejores para un viejo actor". Tal vez ahora Stan estuviera viendo ese noticiero. Tom? el tel?fono y marc? el n?mero que el actor le hab?a dejado.
-Habla Marlowe, se?or Laurel.
-Me alegra que haya cambiado de opini?n, hijo.
-No se trata de eso. Necesitaba hablar con alguien.
Hubo un silencio en la l?nea. Durante casi un minuto no se atrevieron a interrumpirlo. Por fin, Laurel:
-?Porqu? me eligi? a m??
-Lo vi esta tarde en un cine. Daban Ojo por ojo. Hac?a por lo menos diez a?os que no ve?a una pel?cula del gordo y el flaco. Me fui antes de que terminara, cuando lleg? el polic?a.
-?Tiene alergia a la polic?a, Marlowe?
-Siempre lo arruinan todo.
-Es cierto, Ollie y yo terminamos perseguidos por el polic?a Sanford. ?Porqu? eligi? esa profesi?n?
-Es muy dif?cil saberlo ahora. Trabaj? con el fiscal del distrito hace tiempo, pero soy demasiado irrespetuoso con la autoridad. Decid? seguir solo. Desde entonces estuve varias veces en la c?rcel. No me gusta colaborar.
-Yo tambi?n necesitaba hablar con alguien -lo interrumpi? Laurel.
-?Por eso fue a verme esta ma?ana?
-Creo que s?. Iba a pagar su tiempo.
-Deber?amos suscribirnos a Corazones Solitarios.
-Cre? que el c?mico era yo, Marlowe.
-Hace tiempo que dej? de serlo.
-Usted es muy duro conmigo. ?Siempre es as??
-En los ratos libres corto los yuyos del jard?n y juego al ajedrez.
-La soledad lo ha vuelto hosco, Marlowe. ?Alguna vez quiso a alguien?
-Una vez. Me cas? con ella, pero era demasiado tarde. No anduvo.
-Quise decir si tuvo amigos.
-Recuerdo uno. Se llamaba Terry Lennox. Era ingl?s, como usted. Trabaj? en pel?culas, como usted. Estaba deshecho y termin? montando una comedia para escapar de la realidad. No volv? a verlo. Estoy tan solo como es posible estarlo en este pa?s.
-?Puedo verlo ma?ana, detective? Le adelantar? cien d?lares. ?Est? bien?
-?Al diablo con los cien d?lares! Le dije que mi oficina no es un confesionario. Olv?dese de todo. Tomaremos un gimlet y no lo ver? m?s. Cuando quiera recordarlo ir? al cine. Usted era m?s divertido antes, Laurel.


-?C?mara!
La cara del gordo se ha transformado en una m?scara payasesca por el maquillaje. Est? ante la enorme cocina de un restaurante, frente a decenas de cacharros, y el vapor que sale de ellos lo envuelve y lo hace sudar. Los mozos entran uno tras otro y llevan los pedidos, vuelcan los guisos y las sopas. El piso es un enchastre de patas de cordero, papas, verduras, sobre las que el gordo y los mozos resbalan una y otra vez; caen al suelo dibujando cabriolas espectaculares. La acci?n se interrumpe a menudo. El flaco corre de un lado a otro, grita instrucciones, habla con el gordo y le marca las escenas siguientes.
Los d?as del ensayo previo lo han dejado conforme. "Ese gordo tiene talento y har? re?r mucho", piensa Stan. Est? feliz porque Hal Roach le ha dado una oportunidad para dirigir un filme. Hace catorce a?os que lleg? a Estados Unidos y se ha ganado la vida en Hollywood como actor de comedias sin demasiado ?xito.
Ollie pesa ciento cuarenta kilos, pero los lleva sin esfuerzo. Quiso ser actor desde que dej? su casa de Georgia, contra la voluntad de su padre. Cuando film? su primera pel?cula parec?a un bebe rozagante al que el p?blico esperaba que le pasaran cosas terribles. Pero era muy dif?cil triunfar. Chaplin hab?a acaparado al publico, a la prensa, y todo el mundo hablaba de ?l.
Ahora Ollie est? contento. Siente que Laurel es un tipo inteligente, que sus guiones son precisos y ricos, que sus observaciones son certeras. Ser?, cree, un gran director. El gordo deja que los auxiliares lo maquillen otra vez, mientras escucha los gritos del flaco que se acerca y controla el efecto que los cosm?ticos han conseguido sobre su cara. Todo esta listo para filmar la siguiente escena. Alguien, en el estudio vecino, hace sonar un tango. Ollie sonr?e. Recuerda aquellos rosedales de Palermo; los mateos y los bares de la estaci?n Retiro. Buenos Aires era una linda ciudad en 1915.
Ollie camina lentamente hacia las luces del escenario donde las c?maras est?n listas. No sabe por que, pero otra vez recuerda los rosedales, las mujeres timidas y los hombres impecables que las toman del brazo. Los compases del tango le traen a la memoria a aquel hombre, al bandoneon?sta -Pacho lo llamaban-, que siempre estaba haci?ndole chistes por su barriga y su lamentable espa?ol. Ten?a que ayudarlo en todo. Pacho sospechaba que Ollie comprend?a el espa?ol, pero hablaba en ingles para no meterse en l?os. El tango ha dejado de o?rse y el gordo sonr?e frente al flaco y le hace un gesto c?mplice. El flaco entiende y sonr?e tambi?n. Ahora recuerda su viaje a la Argentina, en 1914, sus acrobacias de payaso en un teatro c?ntrico (el Casino, cree recordar), la esperanza que ten?a de ser alguna vez actor de cine o director. Quiz?s ha recordado aquellos corralones donde pod?a escucharse el tango y compartir un vaso de vino con hombres de pa?uelo al cuello y mirada sobradora.
-?C?mara!
La acci?n recomienza en el mismo exacto lugar donde Stan hab?a ordenado el corte anterior. Ollie tiene que resbalar una vez m?s, debe odiar a los mozos que han dejado caer al suelo sus bandejas. El giro es perfecto y la armon?a de sus movimientos logra una extra?a forma de poes?a grotesca.
El resbal?n y la ca?da parecen un cataclismo. Stan sonr?e satisfecho. El gordo lo ha logrado. Ollie grita. La escena se rompe en mil pedazos. Stan ordena el corte de c?maras. Corre hacia el escenario. Al caer, el gordo ha arrastrado una olla de agua hirviendo. Tiene el brazo derecho rojo y la piel empieza a arrugarse. Ollie grita cada vez m?s. Alguien corre en busca de un b?lsamo para quemaduras. Stan se toma la cabeza. Quiere llorar y no lo consigue. Todo su plan se desmorona, ya no habr? pel?cula. Furioso, patea los cacharros y lanza golpes al aire, resbala sobre una planta de lechuga, trastabilla, tropieza contra las piernas del gordo que sigue gritando y cae de narices.
Hal Roach grita satisfecho, levanta los brazos y los agita, masca su cigarro con ferocidad.
-?Los encontr?! -grita-. ?Son ellos!
A su alrededor nadie ha podido contener una carcajada. La ca?da del gordo y la furia del flaco -que ahora esta tirado y golpea los pu?os contra el suelo- han sido una de las cosas m?s desopilantes que se han visto en el estudio. Roach vocifera hasta que un asistente corre a su lado.
-?Contr?telos! -ordena con voz entrecortada-. Es la pareja m?s c?mica que he visto en mi vida.
Laurel se ha levantado y camina hacia Roach. Su rostro tiene el gesto del llanto, pero solo siente pena.
-?Que cagada, Dios m?o! -Se toma la cabeza. Roach lo mira sonriente.
-?Se anima a repetirlo? -pregunta, ordena-. Directores hay muchos, Stan.
El flaco no comprende. Atr?s, una enfermera embadurna el brazo de Ollie y le coloca una venda desprolija. El gordo siente un ligero alivio. La risa de los asistentes le ha dado mucha rabia. No ha entendido tampoco que hacia Laurel en el suelo, junto a ?l. Ahora se acerca al productor y a Stan; va a decirles que dentro de una semana podr? seguir trabajando. Los dos hombres lo miran. Roach es feliz.
-Creo que ustedes van a hacer re?r -dice.


Continua

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Tags: triste, solitario y final, Osvaldo Soriano

Publicado por carmenlobo @ 20:28  | Literatura
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