Jueves, 07 de octubre de 2010
LOS JEFES
MARIO VARGAS LLOSA

I

JAVIER se adelant? por un segundo:

??Pito! ?grit?, ya de pie.

La tensi?n se quebr?, violentamente, como una explosi?n. Todos est?bamos parados: el doctor Ab?salo ten?a la boca abierta. Enrojec?a, apretando los pu?os. Cuando recobr?ndose, levantaba una mano y parec?a a punto lanzar un serm?n, el pito son? de verdad. Salimos corriendo con estr?pito, enloquecidos, azuzados por el graznido de cuervo de Amaya, que avanzaba volteando carpetas.

El patio estaba sacudido por los gritos. Los de cuarto y tercero hab?an salido antes, formaban un gran c?rculo que se mec?a bajo el polvo. Casi con nosotros, entraron lo de primero y segundo; tra?an nuevas frases agresivas, m?s odio. El c?rculo creci?. La indignaci?n era un?nime en la Media. (La Primaria ten?a un patio peque?o, de mosaicos azules, en el ala opuesta del colegio.)

?Quiere fregarnos, el serrano.

?S?. Maldito sea.

Nadie hablaba de los ex?menes finales. El fulgor de la pupilas, las vociferaciones, el esc?ndalo indicaban que hab?a llegado el momento de enfrentar al director. De pronto dej? de hacer esfuerzos por contenerme y comenc? a recorrer febrilmente los grupos: ??nos friega y nos callamos? ?. ?Hay que hacer algo?. ?Hay que hacerle algo?.

Una mano f?rrea me extrajo del centro del c?rculo.

?T? no ?dijo Javier?. No te metas. Te expulsan. Y lo sabes.

?Ahora no me importa. Me las va a pagar todas. Es mi oportunidad, ?ves? Hagamos que formen.

En voz baja fuimos repitiendo por el patio, de o?do en o?do: ?formen filas?, ?a formar, r?pido?.

??Formemos las filas! ?El vozarr?n de Raygada vibr? en el aire sofocante de la ma?ana.

Muchos, a la vez, corearon:

??A formar! ?A formar!

Los inspectores Gallardo y Romero vieron entonces, sorprendidos, que de pronto deca?a el bullicio y se organizaban las filas antes de concluir el recreo. Estaban apoyados en la pared, junto a la sala de profesores, frente a nosotros, y nos miraban nerviosamente. Luego se miraron entre ellos. En la puerta hab?an aparecido algunos profesores; tambi?n estaban extra?ados.

El inspector Gallardo se aproxim?:

??Oigan! ?grit?, desconcertado?. Todavia no. . .

?Calla ?repuso alguien, desde atr?s?. ?Calla, Gallardo, maric?n!

Gallardo se puso p?lido. A grandes pasos, con gesto amenazador, invadi? las files. A su espalda, varios gritaban: ??Gallardo, maric?n!?.

?Marchemos ?dije?. Demos vueltas al patio. Primero los de quinto.

Comenzamos a marchar. Tacone?bamos con fuerza, hasta dolernos los pies. A la segunda vuelta ?form?bamos un rect?ngulo perfecto, ajustado a las dimensiones del patio? Javier, Raygada, Le?n y yo principiamos:

?Ho-ra-rio; ho-ra-rio; ho-ra-rio...

El coro se hizo general.

??M?s fuerte! ?prorrumpi? la voz de alguien que yo odiaba: Lu?. ?Griten!

De inmediato, el vocerio aument? hasta ensordecer.

?Ho-ra-rio; ho-ra-rio; ho-ra-rio...

Los profesores, cautamente, hab?an desaparecido cerrando tras ellos la puerta de la Sala. Al pasar los de quinto junto al rinc?n donde Teobaldo vend?a fruta sobre un madero, dijo algo que no o?mos. Mov?a las manos, como alent?ndonos. ?Puerco?, pens?.

Los gritos arreciaban. Pero ni el comp?s de la marcha, ni el est?mulo de los chillidos, bastaban para disimular que est?bamos asustados. Aquella espera era angustiosa. ?Por qu? tardaba en salir? Aparentando valor a?n, repet?amos la frase, mas hab?an comenzado a mirarse unos a otros y se escuchaban, de cuando en cuando, agudas risitas forzadas. ?No debo pensar en nada, me dec?a. Ahora no?. Ya me costaba trabajo gritar: estaba ronco y me ard?a la garganta. De pronto, casi sin saberlo, miraba el cielo: persegu?a a un gallinazo que planeaba suavemente sobre el colegio, bajo una b?veda azul, l?mpida y profunda, alumbrada por un disco amarillo en un costado, como un lunar. Baj? la cabeza, r?pidamente.

Peque?o, amoratado, Ferrufino hab?a aparecido al final del pasillo que desembocaba en el patio de recreo. Los pasitos breves y chuecos, como de pato, que lo acercaban interrump?an abusivamente el silencio que hab?a reinado de improviso, sorprendi?ndome. (La puerta de la sala de profesores se abre: asoma un rostro diminuto, c?mico. Estrada quiere espiarnos: ve al director a unos pasos: velozmente, se hunde; su mano infantil cierra la puerta). Ferrufino estaba frente a nosotros: recorr?a desorbitado los grupos de estudiantes enmudecidos. Se hab?an deshecho las filas: algunos corrieron a los ba?os, otros rodeaban desesperadamente la cantina de Teobaldo. Javier, Raygada, Le?n y yo quedamos inm?viles.

?No tengan miedo?dije, pero nadie me oy? porque simult?neamente hab?a dicho el director:

?Toque el pito, Gallardo.

De nuevo se organizaron las hileras, esta vez con lentitud. El calor no era todav?a excesivo, pero ya padec?amos

cierto sopor, una ?specie de aburrimiento. ?Se cansaron

?murmur? Javier?. Malo?. Y advirti?. furioso:

??Cuidado con hablar!

Otros propagaron el aviso.

?No ?dije?. Espera. Se pondr?n como fieras apenas hable Ferrufino.

Pasaron algunos segundos de silencio, de sospechosa gravedad, antes de que fu?ramos levantando la vista, uno por uno, hacia aquel hombrecito vestido de gris. Estaba con las manos enlazadas sobre el vientre, los pies juntos, quieto.

?No quiero saber qui?n inici? este tumulto?recitaba. Un actor: el tono de su voz, pausado, suave, las palabras casi cordiales, su postura de estatua, eran cuidadosamente afectadas. ?Habr?a estado ensay?ndose solo, en su despacho??. Actos como ?ste son una verg?enza para ustedes, para el colegio y para m?. He tenido mucha paciencia, demasiada, ?iganlo bien, con el promotor de estos des?rdenes. pero ha llegado al l?mite...

?Yo o Lu? Una interminable y ?vida lengua de fuego lam?a mi espalda, mi cuello, mis mejillas a medida que los ojos de toda la Media iban girando hasta encontrarme. ?Me miraba Lu? ?Ten?a envidia? ?Me miraban los coyotes? Desde atr?s, alguien palme? mi brazo dos veces, alent?ndome. El director habl? largamente sobre Dios, la disciplina y los valores supremos del esp?ritu. Dijo que las puertas de la direcci?n estaban siempre abiertas, que los valientes de verdad deb?an dar la cara.

?Dar la cara ?repiti?: ahora era autoritario?, es decir, hablar de frente, hablarme a m?.

??No seas imb?cil! ?dije, r?pido?. ?No seas imb?cil!

Pero Raygada ya hab?a levantado su mano al mismo tiempo que daba un paso a la izquierda, abandonando la formaci?n. Una sonrisa complaciente cruz? la boca de Ferrufino y desapareci? de inmediato.

?Escucho, Raygada... ?dijo.

A medida que ?ste hablaba, sus palabras le inyectaban valor. Lleg? incluso, en un momento, a agitar sus brazos, dram?ticamente. Afirm? que no ?ramos malos y que am?bamos el colegio y a nuestros maestros; record? que la juventud era impulsiva. En nombre de todos, pidi? disculpas. Luego tartamude?, pero sigui? adelante:

?Nosotros le pedimos, se?or director, que ponga horarios de ex?menes como en a?os anteriores... ?Se call?, asustado.

?Anote, Gallardo ?dijo Ferrutino?. El alumno Raygada vendr? a estudiar la pr?xima semana, todos los d?as, hasta las nueve de la noche. ?Hizo una pausa?. E1 motivo figurar? en la libreta: por rebelarse contra una disposici?n pedag?gica.

?Se?or director... ?Raygada estaba livido.

?Me parece justo ?susurr? Javier?. Por bruto.

II

UN RAYO de sol atravesaba el sucio tragaluz y ven?a a acariciar mi frente y mis ojos, me invad?a de paz. Sin embargo, mi coraz?n estaba algo agitado y a ratos sent?a ahogos. Faltaba media hora para la salida; la impaciencia de los muchachos hab?a deca?do un poco. ?Responder?an, despu?s de todo?

?Si?ntese, Montes ?dijo el profesor Zambrano?. Es usted un asno.

?Nadie lo duda?afirm? Javier, a mi costado?. Es un asno.

?Habr?a llegado la consigna a todos los a?os? No quer?a martirizar de nuevo mi cerebro con suposiciones pesimistas, pero a cada momento ve?a a Lu, a pocos metros de mi carpeta, y sent?a desasosiego y duda, porque sab?a que en el fondo iba a decidirse, no el horario de ex?menes, ni siquiera una cuesti?n de honor, sino una venganza personal. ?C?mo descuidar esta ocasi?n feliz para atacar al enemigo que hab?a bajado la guardia?

?Toma ?dijo a mi lado, alguien?. Es de Lu.

?Lu hab?a firmado dos veces. Entre sus nombres, como un peque?o borr?n, aparec?a con la tinta brillante a?n, un signo que todos respet?bamos: la letra C, en may?scula, encerrada en un c?rculo negro. Lo mir?: su frente y su boca eran estrechas; ten?a los ojos rasgados, la piel hundida en las mejillas y la mand?bula pronunciada y firme. Me observaba seriamente: acaso pensaba que la situaci?n le exig?a ser cordial.

?Acepto tomar el mando, contigo y Raygada?.

En el mismo papel respond?: ?Con Javier?. Ley? sin inmutarse y movi? la cabeza afirmativamente.

?Javier?dije.

?Ya s? ?respondi?. Est? bien. Le haremos pasar un mal rato.

?Al director o a Lu? Iba a pregunt?rselo, pero me distrajo el silbato que anunciaba la salida. Simult?neamente se elev? el griter?o sobre nuestras cabezas, mezclado con el ruido de las carpetas removidas. Alguien ??C?rdoba, quiz???silbaba con fuerza, como queriendo destacar.

??Ya saben? ?dijo Raygada, en la fila?. Al Malec?n.

??Qu? vivo! ?exclam? uno?. Est? enterado hasta Ferrufino.

Sal?amos por la puerta de atr?s, un cuarto de hora despu?s que la Primaria. Otros lo hab?an hecho ya, y la mayor?a de alumnos se hab?a detenido en la calzada, formando peque?os grupos. Discut?an, bromeaban, se empujaban.

?Que nadie se quede por aqu?dije.

??Conmigo los coyotes!?grit? Lu, orgulloso.

Veinte muchachos lo rodearon.

?Al Malec?n?orden?, todos al Malec?n.

Tomados de los brazos, en una l?nea que un?a las dos aceras, cerramos la marcha los de quinto, obligando a apresurarse a los menos entusiastas a codazos.

Una brisa tibia, que no lograba agitar los secos algarrobos ni nuestros cabellos, llevaba de un lado a otro la arena que cubr?a a pedazos el suelo calcinado del Malec?n. Hab?an respondido. Ante nosotros ?Lu, Javier, Raygada y yo?, que d?bamos la espalda a la baranda y a los interminables arenales que comenzaban en la orilla contraria del cauce, una muchedumbre compacta, extendida a lo largo de toda la cuadra, se manten?a serena, aunque a veces, aisladamente, se escuchaban gritos estridentes.

??Qui?n habla? ?pregunt? Javier.

?Yo ?propuso Lu, listo para saltar a la baranda.

?No ?dije?. Habla t?, Javier.

Lu se contuvo y me mir?, pero no estaba enojado.

?Bueno?dijo; y agreg?, encogiendo los hombros?: ?Total!

Javier trep?. Con una de sus manos se apoyaba en un ?rbol encorvado y reseco y con la otra se sosten?a de mi cuello. Entre sus piernas, agitadas por un leve temblor que desaparec?a a medida que el tono de su voz se hac?a convincente y en?rgico, ve?a yo el seco y ardiente cauce del r?o y pensaba en Lu y en los coyotes. Hab?a sido suficiente apenas un segundo para que pasara a primer lugar; ahora ten?a el mando y lo admiraban, a ?l, ratita amarillenta que no hac?a seis meses imploraba mi permiso para entrar en la banda. Un descuido infinitamente peque?o, y luego la sangre, corriendo en abundancia por mi rostro y mi cuello, y mis brazos y piernas inmovilizados bajo la claridad lunar, incapaces ya de responder a sus pu?os.

?Te he ganado ?dijo, resollando?. Ahora soy el jefe. As? acordamos.

Ninguna de las sombras estiradas en c?rculo en la blanda arena, se hab?a movido. S?lo los sapos y los grillos respond?an a Lu, que me insultaba. Tendido todav?a sobre el c?lido suelo, atin? a gritar:

?Me retiro de la banda. Formar? otra, mucho mejor.

Pero yo y Lu y los coyotes que continuaban agazapados en la sombra, sab?amos que no era verdad.

?Me retiro yo tambi?n ?dijo Javier.

Me ayudaba a levantarme. Regresamos a la ciudad, y mientras camin?bamos por las calles vac?as, yo iba limpi?ndome con el pa?uelo de Javier la sangre y las l?grimas.

?Habla t? ahora ?dijo Javier. Hab?a bajado y algunos lo aplaud?an.

?Bueno ?repuse y sub? a la baranda.

Ni las paredes del fondo, ni los cuerpos de mis compa?eros hacian sombra.

Ten?a las manos h?medas y cre? que eran los nervios, pero era el calor. E1 sol estaba en el centro del cielo; nos sofocaba. Los ojos de mis compa?eros no llegaban a los m?os: miraban el suelo y mis rodillas. Guardaban silencio. El sol me proteg?a.

?Pediremos al director que ponga el horario de ex?menes, lo mismo que otros a?os. Raygada, Javier, Lu y yo formamos la Comisi?n. La Media est? de acuerdo, ?no es verdad ?

La mayor?a asinti?, moviendo la cabeza. Unos cuantos gritaron: ? S??.

?Lo haremos ahora mismo ?dije?. Ustedes nos esperar?n en la Plaza Merino.

Echamos a andar. La puerta principal del colegio estaba cerrada. Tocamos con fuerza; escuch?bamos a nuestra espalda un murmullo creciente. Abri? el inspector Gallardo.

??Est?n locos? ?dijo?. No hagan eso.

?No se meta ?lo interrumpi? Lu?. ?Cree que el serrano nos da miedo?

?Pasen ?dijo Gallardo?. Ya ver?n.

SUS OJILLOS nos observaban minuciosamente. Quer?a aparentar sorna y despreocupaci?n, pero no ignor?bamos que su sonrisa era forzada y que en el fondo de ese cuerpo rechoncho hab?a temor y odio. Frunc?a y despejaba el ce?o, el sudor brotaba a chorros de sus peque?as manos moradas.

Estaba tr?mulo:

??Saben ustedes c?mo se llama esto? Se llama rebeli?n, insurrecci?n. ?Creen ustedes que voy a someterme a los caprichos de unos ociosos? Las insolencias las aplasto...

Bajaba y sub?a la voz. Lo ve?a esforzarse por no gritar. ??Por qu? no revientas de una vez?, pens?. ?Cobarde!?.

Se hab?a parado. Una mancha gris flotaba en torno de sus manos, apoyadas sobre el vidrio del escritorio. De pronto su voz ascendi?, se volvi? ?spera:

?? Fuera! Quien vuelva a mencionar los ex?menes ser? castigado.

Antes que Javier o yo pudi?ramos hacerle una se?al, apareci? entonces el verdadero Lu, el de los asaltos nocturnos a las rancher?as de la Tablada, el de los combates contra los zorros en los m?danos.

?Se?or Director...

No me volv? a mirarlo. Sus ojos oblicuos estar?an despidiendo fuego y violencia, como cuando luchamos en el seco cauce del r?o. Ahora tendr?a tambi?n muy abierta su boca llena de babas, mostrar?a sus dientes amarillos.

?Tampoco nosotros podemos aceptar que nos jalen a todos porque usted quiere que no haya horarios. ?Por que quiere que todos saquemos notas bajas? ?Por qu??...

Ferrufino se hab?a acercado. Casi lo tocaba con su cuerpo. Lu, p?lido, aterrado, continuaba hablando:

?...estamos ya cansados...

?? C?llate!

El director hab?a levantado los brazos y sus pu?os estrujaban algo.

?? C?llate ! ?repiti? con ira?. ?C?llate, animal! ?C?mo te atreves!

Lu estaba ya callado, pero miraba a Ferrufino a 1os ojos como si fuera a saltar s?bitamente sobre su cuello. ?Son iguales, pens?. Dos perros?.

?De modo que has aprendido de ?ste.

Su dedo apuntaba a mi frente. Me mord? el labio: pronto sent? que recorr?a mi lengua un hilito caliente y eso me calm?.

??Fuera! ?grit? de nuevo?. ?Fuera de aqu?! Les pesar?.

Salimos. Hasta el borde de los escalones que vinculaban el colegio San Miguel con la Plaza Merino se extend?a una multitud inm?vil y anhelante. Nuestros compa?eros hab?an invadido los peque?os jardines y la fuente: estaban silenciosos y angustiados. Extra?amente, entre la mancha clara y est?tica aparec?an blancos, diminutos rect?ngulos que nadie pisaba. Las cabezas parec?an iguales, uniformes, como en la formaci?n para el desfile. Atravesamos la plaza. Nadie nos interrog?: se hac?an a un lado, dej?ndonos paso y apretaban los labios. Hasta que pisamos la avenida, se mantuvieron en su lugar. Luego, siguiendo una consigna que nadie hab?a impartido, caminaron tras de nosotros, al paso sin comp?s, como para ir a clases.

El pavimento herv?a: parec?a un espejo que el sol iba disolviendo. ?Ser? verdad??, pens?. Una noche calurosa y desierta me lo hab?an contado, en esta misma avenida y no lo cre?. Pero los peri?dicos dec?an que el sol, en algunos apartados lugares, volv?a locos a los hombres y a veces los mataba.

?Javier ?pregunt?. ?T? viste que el huevo se fre?a solo, en la pista?

Sorprendido, movi? la cabeza.

?No. Me lo contaron.

??Ser? verdad?

?Quiz?s. Ahora podr?amos hacer la prueba. El suelo arde, parece un brasero.

En la puerta de La Reina apareci? Alberto. Su pelo rubio brillaba hermosamente: parec?a de oro. Agit? su mano derecha, cordial. Ten?a muy abiertos sus enormes ojos verdes y sonre?a. Tendr?a curiosidad por saber a d?nde marchaba esa multitud uniformada y silenciosa, bajo el rudo calor.

??Vienes despu?s? ?me grit?.

?No puedo. Nos veremos a la noche.

?Es un imb?cil ?dijo Javier?. Es un borracho.

?No ?afirm?. Es mi amigo. Es un buen muchacho.

IV

?DEJAME hablar, Lu?le ped?, procurando ser suave. Pero ya nadie pod?a contenerlo. Estaba parado en baranda, bajo las ramas del seco algarrobo: manten?a admirablemente el equilibrio y su piel y su rostro recordaban un lagarto.

??No! ?dijo agresivamente?. Voy a hablar yo.

Hice una se?a a Javier. Nos acercamos a Lu y apresamos sus piernas. Pero logr? tomarse a tiempo del ?rbol y zafar su pierna derecha de mis brazos: rechazado por un fuerte puntapi? en el hombro tres pasos atr?s, vi a Javier enlazar velozmente a Lu de las rodillas, y alzar su rostro y desafiarlo con sus ojos que her?a el sol salvajemente.

??No le pegues!?grit?. Se contuvo, temblando, mientras Lu comenzaba a chillar:

??Saben ustedes lo que nos dijo el director? Nos insult?, nos trat? como a bestias. No le da su gana de poner los horarios porque quiere fregarnos. Jalar? a todo el colegio y no le importa. Es un...

Ocup?bamos el mismo lugar que antes y las torcidas filas de muchachos comenzaban a cimbrearse. Casi toda Media continuaba presente. Con el calor y cada palabra de Lu crec?a la indignaci?n de los alumnos. Se enardec?an.

?Sabemos que nos odia. No nos entendemos con ?l. Desde que lleg?, al colegio no es un colegio. Insulta, pega. Encima quiere jalarnos en los ex?menes.

Una voz aguda y an?nima lo interrumpi?:

??A qui?n le ha pegado?

Lu dud? un instante. Estall? de nuevo:

??A qui?n??desafi? ?Ar?valo, que te vean todos la espalda!

Entre murmullos, surgi? Ar?valo del centro de la masa. Estaba p?lido. Era un coyote. Lleg? hasta Lu y descubri? su pecho y espalda. Sobre sus costillas, aparec?a una gruesa franja roja.

??Esto es Ferrufino! ?La mano de Lu mostraba la marca mientras sus ojos escrutaban los rostros at?nitos de los m?s inmediatos. Tumultuosamente, el mar humano se estrech? en torno a nosotros: todos pugnaban por acercarse a Ar?valo y nadie o?a a Lu, ni a Javier y Raygada que ped?an calma, ni a mi, que gritaba: ??es mentira! ? no le hagan caso! ?es mentira!?. La marea me alej? de la baranda y de Lu. Estaba ahogado. Logr? abrirme camino hasta salir del tumulto. Desanud? mi corbata y tom? aire con la boca abierta y los brazos en alto, lentamente, hasta sentir que mi coraz?n recuperaba su ritmo.

Raygada estaba junto a m?. Indignado, me pregunt?:

??Cu?ndo fue lo de Ar?valo?

?Nunca.

??C?mo?

Hasta ?l, siempre sereno, hab?a sido conquistado. Las aletas de su nariz palpitaban vivamente y ten?a apretados los pu?os.

?Nada ?dije?, no s? cuando fue.

Lu esper? que decayera un poco la excitaci?n. Luego, levantando su voz sobre las protestas dispersas:

??Ferrufino nos va a ganar? ?pregunt? a gritos; su pu?o col?rico amenazaba a los alumnos?. ?Nos va a ganar? ? Resp?ndanme!

??No! ?prorrumpieron quinientos o m?s?. ?No! ?No!

Estremecido por el esfuerzo que le impon?an sus chillidos, Lu se balanceaba victorioso sobre la baranda.

?Que nadie entre al colegio hasta que aparezcan los horarios de ex?menes. Es justo. Tenemos derecho. Y tampoco dejaremos entrar a la Primaria.

Su voz agresiva se perdi? entre los gritos. Frente en la masa erizada de brazos que agitaban jubilosa, centenares de boinas a lo alto, no distingu? uno solo permaneciera indiferente o adverso.

??Qu? hacemos?

Javier quer?a demostrar tranquilidad, pero sus pupilas brillaban.

?Est? bien ?dije?. Lu tiene raz?n. Vamos a ayudarlo.

Corr? hacia la baranda y trep?.

?Adviertan a los de Primaria que no hay clases a la tarde ?dije?. Pueden irse ahora. Qu?dense los de quinto y los de cuarto para rodear el colegio.

?Y tambi?n los coyotes?concluy? Lu, feliz.

V

?TENGO hambre ?dijo Javier.

El calor hab?a atenuado. En el ?nico banco ?til de la Plaza Merino recib?amos los rayos de sol, filtrados f?cilmente a trav?s de unas cuantas gasas que hab?an aparecido en el cielo, pero casi ninguno transpiraba.

Le?n se frotaba las manos y sonre?a: estaba inquieto.

?No tiembles ?dijo Amaya?. Est?s grandazo para tenerle miedo a Ferrufino.

??Cuidado! ?La cara de mono de Le?n hab?a enrojecido y su ment?n sobresal?a?. ?Cuidado, Amaya! ?Estaba de pie.

?No peleen ?dijo Raygada tranquilamente?. Nadie tiene miedo. Ser?a un imb?cil.

?Demos una vuelta por atr?s ?propuse a Javier.

Contorneamos el colegio, caminando por el centro de la calle. Las altas ventanas estaban entreabiertas y no se ve?a a nadie tras ellas, ni se escuchaba ruido alguno.

?Est?n almorzando ?dijo Javier.

?S?. Claro.

En la vereda opuesta, se alzaba la puerta principal del Salesiano. Los medio internos estaban apostados en el techo, observ?ndonos. Sin duda, hab?an sido informados ??Qu? muchachos valientes! ?se burl? alguien.

Javier los insult?. Respondi? una lluvia de amenazas. Algunos escupieron, pero sin acertar. Hubo risas. ? Se mueren de envidia?, murmur? Javier.

En la esquina vimos a Lu. Estaba sentado en la vereda, solo, y miraba distraidamente la pista. Nos vio y camin? hacia nosotros. Estaba contento.

?Vinieron dos churres de primero ?dijo?. Los mandamos a jugar al r?o.

??S?? ?dijo Javier?. Espera media hora y ver?s. Se va a armar el gran esc?ndalo.

Lu y los coyotes custodiaban la puerta trasera del colegio. Estaban repartidos entre las esquinas de las calles Lima y Arequipa. Cuando llegamos al umbral del callej?n, conversaban en grupo y re?an. Todos llevaban palos y piedras.

?As? no ?dije?. Si les pegan, los churres van a querer entrar de todos modos.

Lu ri?.

?Ya ver?n. Por esta puerta no entra nadie.

Tambi?n ?l ten?a un garrote que ocultaba hasta entonces con su cuerpo. Nos lo ense??, agit?ndolo.

??Y por all?? ?pregunt?.

?Todav?a nada.

A nuestra espalda, alguien voceaba nuestros nombres. Era Raygada: ven?a corriendo y nos llamaba agitando la mano fren?ticamente. ?Ya llegan, ya llegan ?dijo con ansiedad?. Vengan?. Se detuvo de golpe diez metros antes de alcanzarnos. Dio media vuelta y regres? a toda carrera. Estaba excitad?simo. Javier y yo tambi?n corrimos. Lu nos grit? algo del r?o. ??El r?o?. pens?. No existe. ?Por qu? todo el mundo habla del r?o si s?lo baja el agua un mes al a?o??. Javier corr?a a mi lado. resoplando.

??Podremos contenerlos?

??Qu?? ?Le costaba trabajo abrir la boca, se fatigaba m?s.

??Podremos contener a la Primaria?

?Creo que s?. Todo depende.

?Mira.

En el centro de la Plaza, junto a la fuente, Le?n, Amaya y Raygada hablaban con un grupo de peque?os, cinco o seis. La situaci?n parec?a tranquila.

?Repito ?dec?a Raygada, con la lengua afuera?. V?yanse al r?o. No hay clases, no hay clases. ?Est? claro? ?O paso una pel?cula?

?Eso ?dijo uno, de nariz respingada?. Que sea en colores.

?Miren ?les dije?. Hoy no entra nadie al colegio. Nos vamos al r?o. Jugaremos f?tbol: Primaria contra Media. ?De acuerdo?

?Ja, ja?ri? el de la nariz, con suficiencia?. Les ganamos. Somos m?s.

?Ya veremos. Vayan para all?.

?No quiero?replic? una voz atrevida?. Yo voy al colegio.

Era un muchacho de cuarto, delgado y p?lido. Su largo cuello emerg?a como un palo de escoba de la camisa comando, demasiado ancha para ?l. Era brigadier de a?o. Inquieto por su audacia, dio unos pasos hacia atr?s. Le?n corri? y lo tom? de un brazo.

??No has entendido? ?Hab?a acercado su cara a la del chiquillo y le gritaba. ?De qu? diablos se asustaba Le?n? ??No has entendido, churre? No entra nadie. Ya, vamos, camina.

?No lo empujes?dije?. Va a ir solo.

??No voy! ?grit?. Ten?a el rostro levantado hacia Le?n, lo miraba con furia?. ?No voy! No quiero huelga.

??C?llate, imb?cil! ?Qui?n quiere huelga? ?Le?n parec?a muy nervioso. Apretaba con todas sus fuerzas el brazo del brigadier. Sus compa?eros observaban la escena, divertidos.

??Nos pueden expulsar! ?El brigadier se dirig?a a los peque?os, se lo notaba atemorizado y col?rico?. Ellos quieren huelga porque no les van a poner horario, les van a tomar los ex?menes de repente, sin que sepan cu?ndo. ?Creen que no s?? ?Nos pueden expulsar! Vamos al colegio, muchachos.

Hubo un movimiento de sorpresa entre los chiquillos. Se miraban ya sin sonre?r, mientras el otro segu?a chillando que nos iban a expulsar. Lloraba.

??No le pegues! ?grit?, demasiado tarde. Le?n lo hab?a golpeado en la cara, no muy fuerte, pero el chico se puso a patalear y a gritar.

?Pareces un chivo ?advirti? alguien.

Mir? a Javier. Ya hab?a corrido. Lo levant? y se lo ech? a los hombros como un fardo. Se alej? con ?l. Lo siguieron varios, riendo a carcajadas.

??Al r?o! ?grit? Raygada. Javier escuch? porque lo vimos doblar con su carga por la avenida S?nchez Cerro, camino al Malec?n.

El grupo que nos rodeaba iba creciendo. Sentados en los sardineles y en los bancos rotos, y los dem?s transitando aburridamente por los peque?os senderos asfaltados del parque, nadie, felizmente, intentaba ingresar al colegio. Repartidos en parejas, los diez encargados de custodiar la puerta principal, trat?bamos de entusiasmarlos: ?tienen que poner los horarios, porque si no, nos friegan. Y a ustedes tambi?n, cuando les toque?

?Siguen llegando ?me dijo Raygada?. Somos pocos. Nos pueden aplastar, si quieren.

?Si los entretenemos diez minutos, se acab?dijo Le?n?. Vendr? la Media y entonces los corremos al r?o a patadas.

De pronto, un chico grit? convulsionado:

??Tienen raz?n! ?Ellos tienen raz?n!?. Y dirigi?ndose a nosotros, con aire dram?tico?: Estoy con ustedes.

??Buena! ?Muy bien! ?lo aplaudimos?. Eres un hombre.

Palmeamos su espalda, lo abrazamos.

El ejemplo cundi?. Alguien dio un grito: ?Yo tambi?n?. ?Ustedes tienen raz?n?. Comenzaron a discutir entre ellos. Nosotros alent?bamos a los m?s excitados, halag?ndolos: ?Bien, churre. No eres ning?n marica?.

Raygada se encaram? sobre la fuente. Ten?a la boina en la mano derecha y la agitaba, suavemente.

?Lleguemos a un acuerdo ?exclam?. ?Todos unidos ?

Lo rodearon. Segu?an llegando grupos de alumnos, algunos de quinto de Media; con ellos formamos una muralla, entre la fuente y la puerta del colegio, mientras Raygada hablaba.

?Esto se llama solidaridad ?dec?a?. Solidaridad. ?Se call? como si hubiera terminado, pero un segundo despu?s abri? los brazos y clam?: ?No dejaremos que se cometa un abuso!

Lo aplaudieron.

?Vamos al r?o ?dije?. Todos.

?Bueno. Ustedes tambi?n.

?Nosotros vamos despu?s.

?Todos juntos o ninguno ?repuso la misma voz. Nadie se movi?.

Javier regresaba. Ven?a solo.

?Esos est?n tranquilos ?dijo?. Le han quitado el burro a una mujer. Juegan de lo lindo.

?La hora ?pidi? Le?n?. Digame alguien qu? hora es.

Eran las dos.

?A las dos y media nos vamos ?dije?. Basta que se quede uno para avisar a los retrasados.

Los que llegaban se sumerg?an en la mesa de chiquillos. Se dejaban convencer r?pidamente.

Mir? mi reloj: faltaban cinco minutos.

?V?monos ?grit?. V?monos al r?o.

Algunos hicieron como que se mov?an. Javier, Le?n, Raygada y varios m?s gritaron tambi?n, comenzaron a empujar a unos y a otros. Una palabra se repet?a sin cesar: ?r?o, r?o, r?o.?

Lentamente, la multitud de muchachos principi? a agitarse. Dejamos de azuzarlos y, al callar nosotros, me sorprendi? por segunda vez en el d?a, un silencio total. Me pon?a nervioso. Lo romp?:

?Los de Media, atr?s ?indiqu?. A la cola, formando fila...

A mi lado, alguien tir? al suelo un barquillo de helado, que salpic? mis zapatos. Enlazando los brazos, formamos un cintur?n humano. Avanz?bamos trabajosarnente. Nadie se negaba, pero la marcha era lent?sima. Una cabeza iba casi hundida en mi pecho. Se volvi?: ?c?mo se llamaba? Sus ojos peque?os eran cordiales.

?Tu padre te a va a matar ?dijo.

?Ah, pens?. Mi vecino.?

?No ?le dije?. En fin, ya veremos. Empuja.

Hab?amos abandonado la Plaza. La gruesa columna ocupaba ?ntegramente el ancho de la avenida. Por encima de las cabezas sin boinas, dos cuadras m?s all?, se ve?a la baranda verde amarillenta y los grandes algarrobos del Malec?n. Entre ellos como puntitos blancos, los arenales.

El primero en escuchar fue Javier, que marchaba a mi lado. En sus estrechos ojos ?scuros hab?a sobr?salto.

??Qu? pasa? ?dije?. Dime.

Movi? la cabeza.

??Qu? pasa? ?le grit?. ?Qu? ?yes?

Logr? ver en ese instante un muchacho uniformado que cruzaba velozmente la Plaza Merino hacia nosotros. Los gritos del reci?n llegado se confundieron en mis o?dos con el violento vocer?o que se desat? en las apretadas columnas de chiquillos, parejo a un movimiento de confusi?n. Los que march?bamos en la ?ltima hiler? no entend?amos bien. Tuvimos un segundo de desconcierto: aflojamos los brazos, algunos se soltaron. Nos sentinios arrojados hacia atr?s separados. S?bre nosotros pasaban centenares de cu?rpos, corriendo y gritando hist?ricamente ?Que pasa?, grit? a Le?n. Se?al? algo con el dedo, sin dejar de correr. ?Es Lu, dijeron a mi o?do, Algo ha pasado all?. Dicen que hay un l?o?. Ech? a correr.

En la bocacalle que se abr?a a pocos metros de la puerta trasera del colegio, me detuve en seco. En este momento era imposible ver: oleadas de uniformes aflu?an de todos lados y cubr?an la calle de gritos y cabezas descubiertas. De pronto, a unos quince pasos, encaramado sobre algo, divis? a Lu. Su cuerpo delgado se destacaba n?tidamente en la sombra de la pared que lo sosten?a. Estaba arrinconado y descargaba su garrote a todos lados. Entonces, entre el ru?do, m?s poderosa que la de quienes lo insultaban y retroced?an para librarse de sus golpes, escuch? su voz:

??Qui?n se acerca? ?gritaba?. ?Qui?n se acerca?

Cuatro metr?s m?s all?, dos coyotes, rodeados tambi?n, se defend?an a palazos y hac?an esfuerzos desesperado para romper el cerco y juntarse a Lu. Entre quienes lo acosaban, vi rostros de Media. Algunos hab?an conseguido piedras y se las arrojaban, aunque sin acercarse. A lo lejos, vi asimisrno a otros dos de la banda, que corr?an despavoridos: los persegu?a un grupo de muchachos que ten?an palos.

??C?lmense! ?C?lmense! Vamos al r?o.

Una voz nac?a a mi lado, angustiosarnente.

Era Raygada. Parec?a a punto de llorar.

?No seas idiota ?dijo Javier. Se re?a a carcajadas?. C?llate, ?no ves?

La puerta estaba abierta y por ella entraban los estudiantes a docenas, ?vidamente. Continuaban llegando a la bocacalle nuevos compa?eros: algunos se sumaban al grupo que rodeaba a Lu y los suyos. Hab?an conseguido juntarse. Lu ten?a la camisa abierta: asomaba su flaco pecho.


Tags: MARIO VARGAS LLOSA, Los jefes, Premio nobel de literatur

Publicado por carmenlobo @ 13:31  | Literatura
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